Sois todos gilipollas

Me pregunto si este año también nos van a condenar las editoriales a tener que leer libros de mierda sobre cómo -no- funciona el mundo. Porque la verdad sea dicha, está para prenderle fuego y comenzar otro en una galaxia nueva. Pero no. Tan solo nos traen recetas precocinadas sobre cómo gestionarte tu propio caos, neoliberalismo existencial del guapo. Gestionar tus (poli)amor(es), tu soledad, la falta de amigos, de nómina, de una casa en la que poder encender la calefacción todo el invierno y también el gestionarte que gilipollas te sigan tomando el pelo año tras año. Desde los partidos políticos a los notas de turno de la izquierda -me meto con ellos porque son los míos, a la derecha tan solo le deseo las 7 plagas del apocalipsis y después todo lo peor- que van de sesudos intelectuales cuando utilizan los libros como pisapapeles. Claro que si son los suyos lo entiendo.  Sí, me refiero a esos gilipollas. ¿Por qué coño alguien los escucha?

Ahora viene la parte que a nadie le gusta escuchar pero que tengo que decir porque realmente es lo más puto importante del texto: sois todos gilipollas. Y en sois me incluyo a mí, porque de momento no hablo en tercera persona, ni me creo Dios -aunque dadme tiempo porque ego, prepotencia y ganas no me faltan-. Sois todos gilipollas y solo os gusta hacer caso a gilipollas y en realidad todo esto ya lo sabéis, pero pasáis del tema porque es más fácil evadirnos de la realidad y tratar de escapar de ella -aunque siempre nos persiga- que afrontarla. Vivir es de valientes. Supongo que por eso dicen que todos llevamos muertos mucho tiempo ya. No fue a Dios a quien matamos como decía el maldito lunático de Nietzsche, sino que la humanidad se metió un tiro a bocajarro en los sesos. Y de aquellos polvos estos lodos y bla bla bla… o como diría Zizek, an so on

Sois gilipollas. ¿Ha quedado claro? Sois gilipollas por vestir igual, comprar lo mismo, ser como el resto. Sois gilipollas porque no dejáis de repetir lo que dicen todos, hacer lo que hacen todos, joder ¡incluso cagáis como hacen todos! ¿Qué narices os pasa, colegas? ¿Vuestros padres no os querían? ¿Vuestros profesores no os trataron bien? ¿Vuestra novia/novio/lo que sea que tengas que te folles de vez en cuando -de verdad que me da igual lo empoderada/o que estés o cuántas ETS quieras coger, francamente querido me importa un bledo– os ha dejado? ¿No tenéis amigos? ¿Sentís que la vida os ha defraudado? ¿Tenéis un curro de mierda? ¿Sentís la imperiosa necesidad de tener hijos, pero no disponéis de los medios económicos necesarios, pareja o algún tonto útil para que haga de padre? ¿Hay algo dentro de vosotros que os dice que nunca en la vida vais a estar completos y arrastráis esa angustia existencial que os seca la boca y os marchita el corazón esperando que algún día se pase? Pues no lo hará. Bienvenidos al siglo XXI, el puto siglo de la infelicidad. De los infelices, de los malditos gilipollas como todos vosotros.

¿Aún no os escuece? Joder, tendré que apretar más en la herida. Sois pus, las heces de la sociedad, el vómito del mundo. No hay futuro, no hay esperanza. Por no existir, no hay ya ni infierno. Lo más parecido de un fuego eterno que existe son los infinitos niveles del Candy Crush. La banalidad reina, el petardismo se corona como la quintaesencia de este sistema putrefacto y descompuesto que solo sabe exprimir a los pobres hasta la extenuación y justificar a los ricos y tratar de comprenderlos, porque claro, ellos también han sufrido. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los otros? Nicole Kidman salía preciosa en esa peli, por cierto. En serio, ¿quiénes nos hemos creído nosotros para juzgar a las personas en vez de tratar de empatizar con ellas y comprenderlas? ¿Qué clase de ser humano abyecto trataría de juzgar a las personas por un código ético y valores con voluntad universal? ¿Es que no veis acaso que Hitler también sufría? Si lo hubiéramos entendido un poco más… Si sus padres le hubieran querido más… Si su primera novia no le hubiera dicho que era un enano cabrón acomplejado… Si la sociedad  hubiera apreciado su pintura… Todo lo que necesitaba era que empatizásemos con su dolor para comprender por qué hizo lo que hizo. Bueno, necesitaba mucho amor y zamparse a Polonia también.

Veo que aun no os queda del todo claro. Lo volveré a repetir: S-O-I-S T-O-D-O-S G-I-L-I-P-O-L-L-A-S. Desde la mañana al anochecer. Desde que nacéis hasta que morís. No hay un día que pase sin que podáis olvidar que sois gilipollas y vuestra triste y miserable existencia no tiene sentido. Y además es patética; todos vosotros sois patéticos. Y lloráis, y os cagáis encima, y tenéis miedo, y pensáis que la normalidad es el escaparte de anormales en serie que se venden cual producto de marca blanca en ese matadero moderno llamado Tinder. Y le dais a match a la primera oportunidad que os sale, que os escucha, que os hace olvidar la vida de esclavos que tenéis, pero que luego la olvidáis en cuanto sale un nuevo producto con el firmware actualizado. Claro. Apuesta, apuesta, apuesta. Gana, gana, gana. Pero todos juegan, y nadie está contento, y todos quieren conseguir mejores resultados pero siguen haciendo la misma puta mierda de siempre.

Aquí supongo que os tendría que citar algo de Bauman -para acabar como una buena progre pero con ciertas dosis de acidez y humor- sobre la vida líquida, la imposibilidad de construir nada sólido -pero aún así es lo que la mayoría quiere-. La dificultad de la estabilidad emocional con el hiperconsumo de las personas y la adicción al romanticismo; lejos de erradicarse, se ha multiplicado y diversificado en portfolios amplios de amantes, de todo tipo de raza y género. Lo de distinta clase social es algo más difícil ya que el maldito bastardo de Marx se niega a dar su brazo a torcer y decir que todo aquello del motor de la historia y la lucha de clases es algo pasado de moda. Siguiendo con la línea del hipismo emocional también os hablaría de Fromm y como amar es un arte que se debe cultivar, que hay que aprender a querer, ya sabéis, a querer a Hitler a pesar de sus problemas, de ser un chico conflictivo y que siempre se andaba metiendo en líos. Hay que aprender a querer sus partes más oscuras, porque solo de entre las tinieblas puede salir la luz, bueno, y también la cámara de gas, pero eso es otra historia… Hay que saber dar amor infinito, para que lo pisen infinitamente. Hay que saber querer sin esperar nada a cambio, para que abusen y nos maltraten emocionalmente y lejos de huir nos dejemos chupar la sangre. Hay que querer. Joder, ¡hay que querer aunque sea a Hitler! ¡Hay que tener esperanza, aunque sea la de saber que acabarás en un tren sin luz, ni prácticamente aire deportado a Auschwitz!

Podéis seguir tratando de entender por qué los señoros de izquierdas son todos imbéciles -supongo que es porque no se pueden doblar lo suficiente como para poder chuparse su propia polla-, por qué tu ex, sí, esa de la que estaban tan enamorado te puso los cuernos con 3 tías porque ya sabes, necesitaba explorar su sexualidad -que tu exnovia sea una tía de mierda no quiere decir que todas las tías sean una mierda- o por qué no dejas de sentir ese vacío existencial que te consume pero lejos de ponerle solución te vas a comprar para ver si se te pasa. Eres gilipollas. Sois gilipollas. Somos gilipollas. Y si te quieres seguir engañando, autojustificánote y lo que es peor, justificar a los demás, no hay solución. Siéntate, espera. Sigue haciendo lo mismo, sigue sufriendo por lo mismo. Deja pasar el tiempo. Ya llegará la muerte. Si esto te parece bien deja de leer ahora, lo que viene no te conviene. ¿De verdad quieres seguir? Quedas advertido. Adelante.

Todos somos gilipollas. Todos. Por tanto nadie lo es. Por tanto lo somos todos. Total, ¿qué más da? La vida es absurda y patética, nadie sabe qué narices hace aquí. Es un grito desesperado en medio de la nada. La crueldad de nuestra existencia nos podría empujar a cuestionarnos todo tanto hasta el punto de tan solo querer matarnos por no encontrar sentido a nada. Y es aquí donde entra lo patético de la situación: ¿para qué suicidarse si podemos acabar en algún sitio aún peor que este, poner tanto empeño en algo para qué, si total va a acabar mal de todas formas? En el fondo, no podemos hacer otra cosa que estar aquí y ser absurdos, patéticos y ridículos. En eso reside gran parte de la verdad de la vida, en que no hay una gran verdad, en que no hay nada afuera que nos vaya a iluminar el camino y ver por fin todo claro.

La única luz fiable es la que te da Endesa a cambio de un sablazo importante. Nada tiene sentido. Y es maravilloso. Imaginaos si lo tuviese y hubiese algo más allá. Tendríamos que empatizar con Hitler, formaría parte de ese todo cósmico en el que cada acción buena, mala y regular guardaría sentido dentro del orden perpetuo. Pero de momento, a la espera de un nuevo Dios que nos tiranice a todos esto no es así. Nuestras vidas nos pertenecen y eso nos aterroriza. A Jesús lo clavaron en una puta cruz después de pegarle una paliza de muerte, dejarlo secar al sol y atravesarle el costado con una lanza. Los otros, imperio romano y tradición judía, formaban parte del plan divino, había que entenderlos, conocer sus pasados para comprender sus acciones presentes mejor. Cualquier cosa menos rebelarse ante la injusticia, ante un mundo de mierda que nos hace ser aún más gilipollas.

Dios está muerto -os hablo desde mi tradición occidental judeocristiana porque es la que conozco y habito en el mundo desde esta posición, y seamos sinceros, también para que se note que mis padres se gastaron una buena pasta en colegios de monjas-, el infierno está vacío y todos los demonios están aquí. Y son gilipollas. Y también como Dios está muerto, todo es posible, no existe el equilibrio. La vida es caos perpetuo, incomunicación, desesperación, pero al mismo tiempo también es libertad y elección. Podemos elegir ser lo gilipollas que queramos o no serlo para nada, decidir comprender a gente que solo nos buscará la ruina o comenzar a entender -y hacer entender al resto- que lejos de encajar nuestros relatos personales para justificar nuestras malas decisiones, podemos quedarnos con las acciones y no con el porno emocional que nos cuentan.

El mal es banal, tanto como los artículos de PlayGround y nuestras decisiones importan. Son las que nos hacen ubicarnos en el mundo y poder ser capaces de juzgar a los demás y determinar nuestra escala de valores, y poder ponerla en conjunto con el resto. Somos libres. De ser gilipollas. Mucho, poco o nada. Somos libres para decidir, para ser gilipollas y querer seguir comprendiendo al otro en vez de conseguir que no se nos suba a la chepa. Somos libres para comprender que lejos de que la nada que nos rodea nos paralice, nos debe mover. Si la nada es lo único real, ¿qué importa todo? Si todos somos nada, ¿qué más da? Lo contrario a la nada, es la existencia. La vida navega a la deriva en la nada. Y la vida se rebela contra la nada escogiendo su propio camino, el que nos hemos construido, el que hemos decidido. El absurdo libera. Somos gilipollas porque no tenemos otra forma de vivir que a través de las ficciones que nos construimos, de los mundos de Matrix que habitamos. Quizá la clave esté en ser real dentro del simulacro, en seguir siendo gilipollas y montarnos nuestras pelis, o en quemarlas todas, o en beber chupitos de Jagger y cerveza hasta perder la conciencia y rezar por no recuperarla jamás. O quizá en daros cuenta de que tenéis que ser muy gilipollas si habéis leído todo esto y no os habéis pegado un tiro en la boca.

En fin, sois todos g-i-l-i-p-o-l-l-a-s.




Matriarcado, muerte y cuidados

Mi abuela la está palmando, bueno, puede que cuando se publique esto ya esté muerta. El hoyo la espera en breve, da igual ya.

En momentos como este te das cuenta de lo importe, de lo que cuenta, de lo que acaba quedando al final de todo. Si sé, lo que me vais a decir, Patricia otra vez te estás exponiendo demasiado, hablas demasiado de tu vida como si a alguien le importase tía. Aun estáis a tiempo de largaros de aquí si lo que cuento no va con vosotros –y vosotras chicas, no me he olvidado de vosotras aunque vayáis siempre detrás de los tíos, es por el jodido patriarcado que hasta en la lengua nos somete y nos relega a un segundo plano–. Pues como leéis mí abuela lleva meses con un cáncer terminal, después de un largo tiempo de diagnóstico/tortura en el que no acertaban a decirle de qué se iba a morir, porque se iba a morir fijo.

Total que llevamos 3 meses en el hospital metidas, con pequeños periodos de paz en los que mi abuela ha podido ir a su casa y simular llevar una vida normal. Cómo de envidiables parecen ahora nuestras piedras de Sísifo cotidianas: lavar la ropa, limpiar los platos, bajar al super –aunque no lleguemos a fin de mes y comamos la última semana macarrones todos los días, suena hasta apetecible–.  Todo esto es muy extraño, porque a nadie le enseñan a aceptar la muerte y mucho menos a pensar que se va a morir. Nos han engañado a todos. Ahora estoy escribiendo esto desde la puta silla incómoda de la séptima planta del Vall d’Hebron, en una habitación fría, aséptica y vieja –gracias recortes– en la que ponen a los pacientes que se van a morir. Normalmente las habitaciones son de dos, pero se ve que cuando la vas a palmar la cosa cambia y tienen un trato más humano con el enfermo y los familiares. Yo qué sé, qué queréis queréis qué os diga, esto es jodidamente triste y deprimente. Agarraos que comienzan curvas, y sí, lo personal es político, soy una posmo de mierda qué le vamos a hacer.

Mi hermana está enfadada con los médicos, dice que están matando a nuestra abuela a base de pastillas y morfina. Claro, cuando te comienzan a poner la morfina estás jodida, porque es morirte del dolor o dejarte ir poco a poco, te vas atontando y durmiendo cada vez más hasta que ZAS se te acaba el juego y gameover. Lo que mi querida hermana no entiende –y quién dice mi hermana dice gran parte de la sociedad occidental actual– es que la gente se muere, sobre todo los viejos, la vida se gasta y al final, aunque la carcasa esté medio intacta, el hardware sufre de la hostia. No entendemos la muerte, es algo imposible. Odiamos pensar en Thanatos, es lógico, nos gusta la vida, el eros, el sentir, vivir, no el culto a la muerte y a la nada. Y de tanto que odiamos, pasamos una vida huyendo de nuestro destino seguro, y del hoyo no se escapa ni hasta el más cerdo explotador y el más cabrón de los tíos. Sólo somos polvo y tiempo. Nos es imposible aceptar que todo esto que hemos montado, desde los psicodramas hasta el sufrimiento más extremo, es para nada. Y que mientras podríamos haber vivido una vida digna nos la pasamos jodidos por gilipolleces y currando por cuatro duros de mierda, toda la vida aguantando para después acabar bajo tierra. Lo más triste es que hay gente que se piensa que la vida es chuparle el puto culo al jefe y dejar siempre tirados a tus compañeros cuando deciden pelear por algo, o ser el más facha de tu pueblo diciendo que desenterrar al bastardo de Franco son tensiones innecesarias. Colegas, la vida es una mierda, pero no esta puta mierda a la que muchos nos han condenado vivir.

Pasan los días, las horas, los minutos, en este lento pasillo hacia la muerte y os tengo que decir que todo me sabe a puta tierra. Cuando se vaya no la voy a ver más. CUANDO SE VAYA NO LA VOY A VER MÁS. No lo entiendo, lloro, me deprimo, grito, tengo rabia, impotencia. La muerte es nuestro mayor enemigo y contra esa puta no se puede hacer nada, nos va a ganar a todos. Todos somos Antonius Blovk jugando al ajedrez con la muerte y conocemos nuestro final. Esa danza eterna con la guadaña hasta la sórdida oscuridad, hasta lo negro, hasta el fin; lo demás son cuentos moralizantes. Puto Bergman. Nuestra lucha no son las inútiles cruzadas, ni la peste negra, sino este jodido mundo sin sentido y este sistema capitalista que nos devora sin llegar a saciarse nunca. Corremos en esta rueda infinita como putos hámsteres sin acabar de entender de qué va todo esto, y en vez de ayudarnos a pensar y construir un mundo a favor de la vida vivimos en esta ratonera inmensa, cuando deberíamos prenderle fuego.

En estos tres meses en el hospital he aprendido lo que es la verdadera sororidad, el matriarcado silencioso. La dedicación infinita de mi madre, las noches en vela de mi tía, mi hermana corriendo de su casa al hospital y del hospital a su casa cuidando dos críos y sacando a pasear a mi abuela cuando aún estaba consciente y podía ponerse en pie. Mi sobrina llenándole la habitación de dibujos, yo hablándole de política y poniéndole al día de lo que pasa en el mundo. Las mujeres de la familia unidas aunque sea por la desgracia. Los cuidados, los eternos olvidados. Sin los que este mundo no seguiría en pie ni un minuto más y sin embargo de los que nadie quiere acordarse nunca, porque son molestos, cansados y no son nada cool. Mi tío, mi padre, mi cuñado, mi hermano solo vienen a ratos, son como la visita del médico, corta e insustancial, pero también es otra parte importante en la que recae el capitalismo emocional y el patriarcado. Los hombres no cuidan, no lloran, no sufren, no muestran sus sentimientos porque si lo hacen son todos unos maricones –como si pasara algo por eso– y como ninguno encaja en ese patrón todos tratan de imitar estos roles sin mucho éxito, porque hasta ellos mismos ya están cansados de ser los tipos duros, no sirven para una puta mierda. Pero es mejor vivir con la verdad que no pasarnos toda nuestra existencia montándonos una peli que no llena nuestro vacío, sino que nos angustia aún más. Estoy escribiendo esto mientras estamos todas aquí metidas, tratando de no llorar, porque aunque nos gustaría hacerlo mi abuela está puesta de morfina hasta las cejas pero sigue escuchando, y llorar delante de un enfermo terminal, llorar porque se está muriendo, ahí delante del cuerpo aún con vida.

No somos una familia ideal, vamos ninguna lo es, pero al menos estamos unidas en la adversidad y cuando las cosas van bien no nos perdemos. Nos insultamos, nos gritamos, nos criticamos cuando otra no está y nos enfadamos mucho entre nosotras, pero también nos queremos. Esa es la esencia de la vida. Y sí, nuestra yaya se está muriendo y es una jodida tortura, pero así son las cosas, esto es ley de vida, dejar ir a quien ya no puede más, a nuestros mayores. El tema es en el cómo, en que todo aquel que quiera pueda tener una muerte digna, sin dolor, sin sufrimientos innecesarios y que se vaya con toda la paz del mundo. Si la vida es jodida ya no quiero saber cómo tiene que ser la muerte. Lo que sí os puedo contar –y muchísimos lo sabréis– es ir viendo como se degrada físicamente el ser querido, va perdiendo el hambre, las ganas de vivir, el brillo en los ojos, como se le apaga la voz, como pierde hasta el habla. Como un buen día no se levanta de la cama porque ya no puede más, como grita por las noches desconsolada sin entender qué pasa. Como recuerdas los buenos tiempos, cuando era pequeña y me contaba historias, me llevaba al cole, cuidaba de mí –como ahora lo hago yo de ella, el ciclo vital, ya sabéis amigos–. Como sabes que ya no va a haber más buenos tiempos. Como estoy en esta silla esperando a que llegue ese momento, en la espera. En la espera hacia esa noche eterna de la que nadie se libra, de la que nada escapa, en la que todo se acaba. A donde todos iremos. En esta peli no hay créditos finales, ni se enciende la luz. ÚLTIMOS PLANOS. ¿Por qué hay tanta gente en esta habitación? No quiero estar aquí. Salid fuera. No puedo más. Más morfina por favor. Siempre os querré, ¿lo sabéis? Y yo yaya y yo. Gente llorando. Aquí ya no hay nada más que hacer. La esperanza hace mucho tiempo que se fue de este cuartucho de la séptima planta del hospital. Bon voyage. Adiós. Adéu. C’est fini. Fundido en negro. Gameover. FIN.




Historias de una proleta: verano

Es verano. Estoy tomándome una birra mientras escribo esto, acabo de volver del curro de mierda al que tengo que ir todos los jodidos días.

Al menos este año tengo aire acondicionado aunque sigo sin poder irme de vacaciones. Soy de esa generación a la que nos habían prometido todo y solo hemos hecho que tragar mierda, pero bueno, eso ya lo sabéis, tampoco es que os haga un spoiler de la hostia. Estoy cansada de la gente que sube sus vacaciones a Instagram, las putas fotos de las playas del Tercer Mundo que son preciosas para los turistas, sí, pero a costa de meter a los desgraciados que les ha tocado vivir allí en una jodida verja para que no se mezclen con los turistas del Primer Mundo. No sé, no acabo de entender eso de meterte en un avión 10 horas para ir a la playa, o peor aún para hacerte fotos con niños negros –si te haces fotos con niños desconocidos en Barcelona te denuncian por pederasta, y me parece genial, sinceramente–. Supongo que preguntar dónde te has ido de vacaciones, de hecho, si te has podido ir o no de vacaciones ya es un indicador por sí mismo, es un detector fiable de gilipollas. Tal cual.

Volamos hasta LA, cogimos un jeep para ir a la baja California, deberías ir, de verdad, no sabes lo bien que se está por allí, qué playas, qué sitios tan bonitos, de hecho yo estoy por venderlo todo e irme allí a vivir, que envidia, de verdad. Bueno luego entramos en México y bajamos hasta el DF, por favor cuánta miseria, ¿esa gente no entiende que así no pueden seguir? Madre mía, si te contase lo de la droga, alucinarías. Allí se matan por las calles y a la gente le parece tan normal, es que no hay nada de orden, y claro así el turismo se resiente, porque te da miedo ir, ¿entiendes? Lo mismo que le paso a un matrimonio amigo de mis padres que fueron a Egipto y un grupo de esos terroristas que violan a las mujeres, y que los comunistas siempre apoyan, secuestró el autobús, no te imaginas el miedo que pasaron… Total, que después nos fuimos a ver Chichén Itzá ya que pasábamos unos días en la Rivera Maya. Claro, claro, teníamos que aprovechar el mes de vacaciones a full que luego viene el invierno y la rutina te mata. No sé si te acuerdas de mi amigo, sí, ese que trabaja en una ONG y corre el triatlón ese de Ciudad del Cabo, claro, le gusta vivir experiencias nuevas y ahora está organizando ese viaje a Nepal que te conté. Bueno total que después estuvimos en Guatemala. Esa gente sí que está mal, por favor que vergüenza de país, menos mal que al hotel que fuimos estaba todo vallado y no podían pasar a 5 kilómetros a la redonda, normal que estén como están. ¿Ves los programas esos de la tele de las cárceles? Pues es mucho peor. Pero ya sabes, con un sueldo normalito de aquí allí puedes ir regalando hasta el dinero, mira ni me molesto en regatear con esa gente, pobres al menos si vamos y les dejamos algo pueden comer. Y ya sabes que a mí me preocupa la gente…

Me gustaría deciros que esta conversación no es real y es producto de las drogas, el calor y la mala hostia que se me pone de trabajar en verano, pero he sido lo más fiel posible al transcribir lo que un chico adulto, joven pero tampoco tanto, bien vestido y supongo que con un curro decente o hijo de papá, hablaba por teléfono, mientras iba en el metro. Escuché esta conversación de casualidad, justo se me había acabado la batería del Ipod y no pude refugiarme en mi particular universo de Patti Smith y ruido de Nirvana. ¿Qué hacemos con esta gente? Como chica del extrarradio barcelonés, que ha crecido entre el caluroso asfalto del verano en el barrio, las piscinas abarrotadas, las playas de la ciudad y el pueblo en agosto, nunca podré sentir empatía por esta gente. El destino de las vacaciones también es lucha de clases, no os engañéis. Aunque me tengáis puesta en el Olimpo de las posmoprogres de Twitter y una infantiloide en las redes sociales, creo que tengo al enemigo bien claro. Aquel que pensándose un pobretón de mierda, o alguien con un trabajo decente, que no se esfuerza demasiado y recibe un buen sueldo por ello –como a todos y todas nos debería pasar– decide ir a gastarse las pelas a un país de mala muerte, inflar su ego y pensar que bien le va la vida con las migajas que deciden los de arriba tirarnos y luego compartir su decadencia moral a través de esa aplicación que fomenta el narcisismo colectivo como es Instagram.

¿Donde han quedado esos veranos a lo Manolito gafotas? Tus padres trabajando, tú matando el tiempo como podías, en el barrio, más aburrido que nunca, saliendo con tus amigos sin saber qué hacer, porque en los barrios de la periferia nunca hay mucho que hacer, sin mucha pasta para ir al cine todos los días –tampoco es que hubiera una peli que ver cada tarde–, sin poder irte al centro, por mocosa o porque estaba jodidamente lejos. Y ya si eres tía mucho peor, no es que me salga la vena feminazi ahora, es que realmente las mujeres siempre las pasamos putas y si vosotros tenéis la vida en dificultad normal –sois pobres y hombres, de “Primer Mundo” – nosotras tenemos el juego en levelgod. Quedar con chicos para matar el tiempo ya resultaba un peligro, incluso aunque fueses al parque, nunca sabías como de perturbado podía estar el chaval o cuántas pelis porno había visto ya, por no hablar de los incómodos momentos cuando te metías con un puto adolescente en la playa. Eso da para una serie de muchas temporadas en Netflix, las que lo habéis vivido sabéis de lo que hablo.

Años después de todos esos entrañables veranos –recordándolos desde el presente, sintiendo nostalgia ahora, porque por nada del mundo me gustaría volver a vivirlos– vinieron estos más jodidos. Hemos crecido, incluso la uni o los primeros curros ya son historia, algunas y algunos ya tenemos el tope del paro acumulado, los que siguen estudiando ya se han cambiado 3 veces de carrera y los chicos que nunca han salido del barrio ya se han jodido su vida por completo, después de años de juicios cada mes y de haberse fumado toda la hierba del mundo. El verano para muchos sigue siendo un calvario, aunque ganemos algo de pasta nunca es suficiente para poder escapar mucho tiempo de esta jungla de asfalto, siempre es necesario para rellenar huecos de otros planes más importantes, o escaparnos 4 días a una ciudad hipermasificada europea llena de turistas, o en la mejor de las ocasiones poder bajar a Marruecos y que tu padre al contárselo te diga que está llena de moros maleducados y que muy feminista no seré si voy a que me obliguen a ponerme el velo y que me violen. Eso es la normalidad para nuestra clase. Las birras en la playa, si vives en una ciudad de costa, el café a las 4 de la tarde en el bar de la piscina del pueblo –esos pueblos de mala muerte castellanos donde el sol arde más que en el jodido infierno– o una terracita con los colegas, o la pareja y unas tapas. La vida es poco más.

También os podría hablar del hiperconsumo y estandarización de la música en todos estos macrofestivales que se han extendido como la puta peste. Sé de muchos de mis amigos que ahorran durante meses y se gastan la mitad del sueldo para poder ir a escuchar a los mismos grupos de cada año, otro verano más, cada vez a precios más altos y los sitios mucho más abarrotados. Desde hace algunos años decidí que no me iba a dejar tomar el pelo de esa forma, pagando a precio de caviar grupos de mierda que tampoco tienen un directo de la hostia, y que vienen a Barcelona 4 veces al año. Total, que cada vez pagamos más por la misma mierda de siempre, la música es una basura –espera, ¿esto no lo dijo Sócrates ya?– y encima tenemos que aguantar a los cuñados que le rezan a Amancio Ortega, ese empresario hecho a sí mismo a base de explotar a los trabajadores del sudeste asiático y evadir impuestos, que te dicen que no seas tan radical que si el agua con azúcar a alguien le funciona porque le vienes a molestar tú y que se creen progresistas por votar a Albert Rivera, ese que dice que las dictaduras traen cierto orden y paz. Pues eso, que os vaya bonito el verano mientras seguimos currando y nos siguen jodiendo como siempre. Pero por favor, a nadie le importa a dónde coño habéis ido este verano ni con cuántos niños subsaharianos os habéis hecho fotos, ¿capito?




Me gusta ser una zorra

Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación

Hola querida, si tú, la que me lees, ¿qué coño estamos haciendo? Este artículo es otra pretenciosidad más de esta autora, que siempre ha querido ser punk pero nunca lo ha sido lo suficiente, aguantando que hijosdeputa de todas partes me juzgasen por llevar camisetas de Los Ramones con 14 años. Ya se sabe, solo los tíos de 30 que se follan a las de 16 tienen derecho a ser unos auténticos rockstars y que la camiseta del grupo de música que lleven les guste de verdad, nosotras somos unas posers –no somos comunistas de verdad si no sabemos lo que pone en la anotación a final de página del capítulo XXIV sección 6 de El Capital o no nos sabemos de memoria la discografía de los Bad Brains-, oye tíos ¡que os jodan!. No es algo personal –en realidad sí lo es–, pero ya está bien de someternos, de controlarnos, de dictarnos como tenemos que ser, qué podemos vestir y con quién nos podemos desvestir. Nos aburrís colegas. Este es otro escrito idiota más para que luego me vengan a decir que si explico mucho de mi vida personal, que si eso no le interesa a nadie, que si soy una loca del coño y una tardoadolescente buscando llamar la atención. ¡Pues claro! Pero no quiero vuestro tiempo, sino el de ellas, el de vosotras, para que leáis el testimonio de otra tía más a la que la vida le ha dado unas cuantas hostias –como a todas supongo, no soy ningún ser especial, vivo en la Vía Láctea y respiro el mismo aire de mierda capitalista que todos– para que aprendamos colectivamente de lo que no hay que tolerar, de lo que debemos huir y aprender a decir que no.

El cabrón de José Ortega y Gasset sería un facha pero tenía razón cuando decía que: “Yo soy y yo y mis circunstancias”, yo al ser una neurótica y una pija pretenciosa que lee a Freud aunque discrepe de él, os diría que: “Yo soy yo y mis traumas”, y son demasiados -como los de tantas otras claro–. Yo soy la mujer de negro, soy una maldita que quiere ver arder al mundo entero, porque la rabia no me cabe dentro y me niego a ser una frustrada, quiero demasiado a la vida como para dejar que se marchite todo. Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación, ni tu validación para poder sentir y vivir libremente, pero soy tan jodidamente contradictoria que a veces la busco sin querer. Me reprimo cuando no debería –y me flagelo por ello–, me callo mucho de lo que pienso –cuando me gustaría gritarlo–, trato de guardar las formas –pero disfruto de ser una loca del coño sin remedio–. Supongo que no os interesaran mis tribulaciones pero me la pela bastante, si no queréis leer es tan fácil como cerrar la página –aunque me jode que lo hagáis sinceramente–.

¿Por dónde iba? Ah, sí, por las niñas. He crecido con demasiados complejos como para tirar la toalla ahora, parece que vislumbro algo de luz al final de ese maldito túnel que parece nunca acabar, que me arrastra por un camino que no decidí seguir, pero como tampoco escogí esta vida y aquí me tenéis, soltando bilis por la boca. Odio leer eso de: “Tenemos que proteger a las mujeres”, por favor no lo hagáis, vaya puta mierda de mundo es este en el que tenemos que ser como estatuas egipcias, que para que no nos pase nada nos tienen que petrificar. Yo me niego a ser un objeto, una mujer florero que solo debe sonreír y tratar de ocultar que es más lista que guapa, no, ese no es el mundo que quiero. Quiero un mundo donde todas podamos ser unas zorras y hacer lo que nos salga del coño, sin que nadie nos venga luego a rendir cuentas. Quiero vivir en una sociedad que lo normal sea gozar y saber hacer gozar al resto, que disfruten y nosotras hacerlo con ellos, ellas o quienes sean. Es que ya no sabemos ni reír –tampoco llorar–, no sentimos ¿Qué narices nos pasa? La apisonadora capitalista ha sido capaz de negarnos el placer, avasallarnos hasta pasar por encima nuestro el rodillo totalizador de esa moral de clase media, pequeño burguesa que se escandaliza muy rápido y se reprime incluso el dolor. Nos han engañado a todas. El problema no está en sufrir, no está en llorar, sino en hacerlo gratuitamente, en malgastar ríos de lágrimas por cabronazos que no lo merecen, pero debemos ser sinceras, la vida es violenta, trágica y también preciosa y dulcemente tierna; son dos caras de la misma moneda, es mágico. No hay mayor belleza que la vida humana y no hay obra de arte más profanada que nuestra propia existencia –incluso el arte moderno está mejor valorado–. Tenemos demasiados problemas, vivimos entre tanto ruido que no nos deja ver lo esencial, apreciar ese je ne sais quoi que tiene la vida.

Ya lo decía el mítico y lunático Boris Vian: “Las floristerías jamás tienen rejas. Nadie intenta robar flores”. Algo estamos haciendo mal, cuando aquí no crecen flores, y las que las hacen las pisamos con vehemencia y dejamos que se marchiten –es más, nos regodeamos cuando se autodestruyen–. Me niego. Claudico, me bajo del carro, yo no quiero ser un número más, otro resentido que tiene que ir cargándose la adolescencia de chavalas que quieren vivir, que respiran aire pero no les llena los pulmones, que quieren gritar pero les dicen que sean modositas, que se preocupen por lo que pueden pensar los demás, que si Nirvana está sobrevalorado –supongo que lo dicen porque es el puto mejor grupo de la historia y pasó de ser underground a un fenómeno de masas, y te lo dicen gente de izquierdas que habla siempre de la voluntad popular, pero que luego cuando algo bueno triunfa lo desprecian porque le gusta a ese mismo vulgo que dicen defender–. En ocasiones como esta recuerdo a la Solanas, cuánta razón tenía, y cuánta ira y rabia acumuladas, cuando cogió una pistola y disparó a Andy Warhol. Necesitamos muchas más como ellas, que no se escondan, que no se callen, que quieran acabar con todos esos tíos que nos limitan la existencia, porque somos feministas para acabar con la explotación que nos somete, que nos cosifica, que nos vende como un producto, que nos folla sin tan siquiera preguntar si queremos, que pasa olímpicamente de nuestros deseos, de nuestras inseguridades…

El feminismo no es una losa que debamos llevar encima para competir para ver quién es más perfecta, quién se ha leído los libros de Kate Millet, recitar el Segundo Sexo de memoria o estar al tanto de la nueva postura extravagante de Judith Butler. NO. El feminismo que me representa son Las Vulpes cantando Megutaserunazorra mientras miran con desprecio al público y gritan hasta quedarse sin voz: “Mira, imbécil, que te den por culo”, son las Riot Grrrl Bikini Kill parando un concierto y Kathleen Hanna ordenándole a los tíos que se vayan hacia atrás porque: “Todas las chicas deben ir delante” (“All girls to the front”), es Joan Jett cantando lo que le sale del coño aporreando su guitarra, son las poetisas de la Generación del 27 olvidadas por la historia haciendo historia, son las chicas Beatniks haciendo los mismos viajes que sus compañeros, drogándose, emborrachándose, follándose encerradas en psiquiátricos por haber probado el dulce y venenoso placer de ser libres. Es Simone de Beauvoir enganchada a un capullo de mierda como era Sartre.

Somos las mujeres haciendo historia, reclamando el placer, el derecho a la vida, a la libertad y al cagarla estrepitosamente. Somos nosotras queriendo ser nosotras y no lo que otros nos digan que tenemos que ser. Podemos ser santas, sumisas, putas, o monjas, podemos ser buenas o malas, podemos estar arriba o abajo, nos puede gustar el funk o el punk, la bachata o el hip hop, nos pueden gustar las mujeres, los hombres, todo a la vez o nada, podemos ser altas o bajas, guapas o feas, jóvenes o viejas, unas grandísimas hijas de la gran puta o unos auténticos trozos de pan, podemos ser judías que se enamoran de nazis, podemos ser palestinas que arrastran a sionistas a que cambien de opinión, a que dejen de tirar bombas y prefieran comernos el coño, o podemos ser las stalinistas que ponen a tono a los hippies. De lo que se trata es de vivir al máximo, sentir y dejar de llevarnos a la boca ese vacío que nos consume por dentro, que la vida son dos días y uno nos lo pasamos peleando por Twitter; y si de paso mientras que la cagamos cambiamos el mundo, pues mejor que mejor. Y es que si no puedo hacer lo que me salga del coño, no es mi revolución.




Opiniones de una payasa

Tengo 25 años y soy mujer, no sé realmente si es más putada lo primero que lo segundo.  Existir es bastante difícil -más aún si eres pobre, joven y mujer-.

Además de todo lo anterior expuesto soy feminista y comunista, soy la oveja roja de la familia, la que no cree en dios y odia el matrimonio por ser una institución burguesa. Hago lo que puedo, como todo el mundo, supongo ¿no? Pero en estos últimos tiempos se me hace más cuesta arriba seguir siendo yo, esa mujer que le ha costado un cuarto de siglo prácticamente librarse de la validación masculina para poder actuar y pensar por ella misma. Así que aquí estoy, exponiendo mis traumas personales como forma de política radical, explicando por qué no acabo de dormir bien por las noches y por qué huyo de Twitter –sí, ese lugar donde ahora se hace la revolución, porque en la calle solo hay que vagabundos sin techo y desgraciados varios–. ¿Qué os podría decir más? ¿Qué tengo un curro de mierda y que la gran mayoría de tíos que han pasado por mi vida son unos capullos –y alguna que otra mujer también–, o que me preguntan sin parar qué narices quiero hacer con mi vida y les digo que estoy escribiendo una novela –y en ese momento recibo la típica mirada condescendiente que implica un “pobre ilusa, ya se le pasará” –, u os digo lo mucho que me gustaría poner una puta bomba en el Parlament y en la puerta de la Moncloa y ver como estallan en pedazos esos cerdos que nos desgobiernan y nos roban nuestro dinero, ilusiones y lo que es más importante, el tiempo de nuestras vidas? Quizá debería empezar a fumar porros, como muchos de los colegas del barrio, gente inteligente que decide echarse a perder porque asumir la realidad cotidiana les resulta demasiado traumático. No es mi caso, prefiero abrazar el existencialismo, leer y escribir hasta que se me consuma la vida, eso y soportar a imbéciles que predican sin dar ejemplo, y sin moverse en la realidad. Así que ya estáis enterados y enteradas –en este artículo se apoya el lenguaje inclusivo, aunque nos sigan matando y violando por mucho que hablemos en femenino– de lo que es mi vida, una puta mierda, pero una puta mierda que al menos puedo decorar a mi gusto.

Os quería hablar de por qué me quito la pulsera que llevo con la bandera LGTB antes de entrar al curro, pero si eso quizás otro día, cuando haya superado el resto de complejos y demonios que arrastro. También me gustaría contaros lo difícil que se me hace entablar conversación con la gente corriente, esa que te encuentras en la universidad o saliendo a tomar algo con amigos –no tan cercanos, pero si lo suficiente como para compartir una noche de un sábado en una pizzería italiana–. Me hablan de sus ligues en Tinder, de sus compras en Amazon y de cuál es su restaurante preferido en Glovo. Por cierto, no me pagan por decir estas marcas, no vaya a ser que algún iluminado ya esté pensando que servidora forma parte de la disidencia controlada por el sistema, puesto que hice un anuncio de Westworld con HBO hablando de feminismo. ¿De verdad pensáis que si me hubiese vendido al capital lo haría por cuatro miserables duros? La duda ya de por sí me resulta ofensiva. Ah sí, a lo que iba, me siento como el replicante de la peli de Blade Runner que se ha dado cuenta de que hay una falla en el sistema, que la realidad no es todo lo que ve ni lo que cree conocer. Supongo que muchas somos Alicia mirando a través del espejo sin saber exactamente qué hacer, viendo como el tiempo, cada vez más loco corre frenéticamente delante de nosotras. ¿Os he dicho que también me aburre el fútbol? Hace unos años llegué a aprender la alineación de la selección nacional de Qatar y los equipos de cuarta división Inglesa para gustarle a un tío. Exacto, sí, yo la feminista que odia a los hombres y que está dejando en ridículo a Karl Marx por ser una revisionista de mierda y hacer videos en youtube hablando sobre él, hace años se dedicó a saber de futbol para gustar a los demás. Quiero aclarar que los demás nunca se han dedicado a verse películas Pre-Code o cine francés de la Nouvelle Vague, ni a dignarse a hablar conmigo sobre Agnès Varda o Simone de Beauvoir. Pero yo de Brian Clough sí. Mierda, estoy exponiendo demasiado mi vida, no vaya a ser verdad que lo personal forja lo político. Mierda, las movidas posmos las dejamos para otra ocasión. Está bien, movidas postestructuralistas, no vaya a ser que luego me digáis que no sé diferenciar a Foucault de Derrida.

El otro día me comí el primer helado de la temporada, era de coco, estaba buenísimo; también violaron a una chica, a otra más. ¿Algo normal no? También salió la sentencia contra La manada, y las penas irrisorias de los violadores en grupo de una chavala que lo lleva pasando mal perseguida por los medios demasiado tiempo. Le preguntaron durante el juicio que si había disfrutado del sexo mientras la violaban. REPITO: que si había disfrutado mientras le perforaban todos los orificios posibles y se iban corriendo encima de ella, que si había disfrutado de ser un objeto pasivo de las perversidades de 5 tíos miserables. Pero eh, tranquilos que luego somos unas locas, que malinterpretamos las palabras de Marx y dividimos a la clase obrera. El problema es que hay gentuza dentro de nuestra misma clase que se alía con el opresor y no con el oprimido, que prefiere ser parte de la cadena de mando –aunque sea una puta hormiga en comparación con la reina– y tener su cuota de poder. Supongo que el sistema se basa en eso, en el mal y la banalidad, en que salga gratuito joderle la vida a una pobre chavala, a una persona que no ha hecho nada en su vida para merecerse esto mientras que el resto mira para otro lado, mientras que ese Guardia Civil y otro perteneciente al ejército siguen cobrando el 75% de su nómina siendo violadores, o que solo se le llame abuso a una violación en grupo. ¿Cómo queréis que no estemos rabiosas? O ciertos “compañeros” más preocupados por defender la ley de un Estado corrupto que usa ese mismo código para reprimir a todo aquel que no piense como él, pero que en el caso de los derechos de la mujer esa legalidad hay que respetarla a muerte. Mira tíos, que os jodan. Os diría que ojalá os violasen a vosotros, pero no voy a imprimir la rabia individualmente, sino que la organizo para echar abajo este sistema de mierda, y también de paso para dejar claro que nosotras estamos por delante de vosotros. Cuando hablo de nosotras no solo me refiero a las mujeres –sean más o menos feministas– sino a todo aquel que se sienta interpelado a luchar por un mundo mejor con conciencia feminista y obviamente acabando con las relaciones de producción capitalistas –primer responsable de que las mujeres no podamos sustentar el poder y transformarlo–.

Os podría decir que he perdido la fe en el ser humano, pero mentiría. Cada día creo más en nosotras y menos en ellos. Sinceramente me comen el coño todos los que hablan en nombre de la libertad, la igualdad y la justicia y solo buscan imponer su visión estrecha del mundo al resto, solo buscan sus 5 minutos de fama. Salimos millones el 8 de marzo, pidiendo un mundo más libre, más equitativo y feminista, hace nada, el 26 de abril lo hicimos de nuevo, por una sentencia criminal que persigue más a la víctima que a los culpables. Odio a toda aquella gente que siempre pospone la revolución a un futuro, que habla de crear un partido de vanguardia para guiar a la clase trabajadora, pero luego repudia a los de su propia clase, desconociendo sus condiciones de vida y no considera ninguno de los partidos actuales válidos para comenzar con el cambio. Que romantiza la revolución como si después de ella el mundo comenzase de 0, como si la gente que transforma el mundo no estuviese lastrada por una educación limitada, una visión del mundo escueta y unos traumas que se arrastran allá donde vayamos. En ese caso, agradezco que me llamen revisionista y poder seguir un día más peleando, escupiendo bilis por la boca por el mundo de mierda que nos ha tocado vivir pero siendo conscientes que cada día que pasa debemos de construir la alternativa, debemos de ser capaces de organizarnos aquí y ahora, afrontar nuestras contradicciones y aglutinar fuerzas, derrocar la hegemonía reaccionaria que nos impide pensar más allá y sumar poder. Mierda, que me decían últimamente que me dedicaba a hablar de feminismo porque quería distanciarme del marxismo, que ya estaba vendida y que dentro de poco acabaría escribiendo en Eldiario.es, pues bueno amigos, aquí estoy escribiendo en una revista de mierda, mis opiniones de mierda, acerca de un puñetero mundo de mierda. Pero el punk, el comunismo y el feminismo que nunca nos falten

Por Patricia Castro