El individualismo neoliberal como empoderamiento feminista

Hay una coincidencia fundamental entre el (neo)liberalismo y el feminismo posmoderno

Si ambos, de derecha a izquierda, consideran que la regulación de la prostitución como de los vientres de alquiler pueden “empoderar a las mujeres” en la sociedad de mercado es porque comparten un antropologismo social: la idea del individuo (o concretamente de la mujer) que puede y debe enfrentarse sola al mundo.

Esta valorización de la autonomía individual es la misma que acompaña al discurso de la meritocracia. Así, tanto neoliberales como posmodernas, comparten el rechazo a las instituciones colectivas, caracterizadas como paternalistas, condescendientes y coercitivas. La oda al individualismo y a la “supermujer empoderada” se empapa del discurso del “trabajo sexual” que no admite ni víctimas ni vulnerabilidades ni opresiones estructurales, como nos dice Raquel Rosario Sánchez. “(Papá) Estado” condenaría a las subalternas al servilismo, sería la verdadera traba para una igualdad real ya que imposibilitaría la demostración del potencial oculto en el sí de las sujetas.

Partiendo de la idea rousseauniana de que toda protección implica dependencia y subyugación, se termina desestimando la participación de una institución heterónoma y “disciplinaria” (como si las fuerzas del mercado fueran objetos vacíos de intencionalidad) que combata la prostitución, los vientres de alquiler y la pornografía (Butler y Brown junto a otras feministas de la tercera ola son muy claras en este punto) como vectores de la violencia hacia las mujeres (tal y como siempre han reclamado las feministas radicales) pues las “desempoderaría”. La idea subyacente, como esgrimen también las liberales, es que las mujeres pueden espabilarse solas y que están aquí para demostrar que no son menos que nadie, que no son víctimas en un mundo que estigmatiza la incapacidad y la pasividad, y que por lo tanto no necesitan ningún tipo de ayuda exterior. Y si las mujeres que acceden al mercado prostitucional, por ejemplo, son mujeres empoderadas entonces ¿por qué estar hablando de opresiones, de abusos o hacer análisis sistemáticos y estructurales de la dominación patriarcal?

La ética corporativa y la posmoderna coinciden en su neoidealismo y ultrasubjetivismo. Ya sea el “emprendedor” o la sujeta subalterna, ésta tendría una autonomía de la subjetividad que le permitiría diluir las constricciones materiales y sociales del patriarcado o del capitalismo para escapar de su “destino social“.

La batalla que libraron las corrientes posmodernas contra el estructuralismo o el marxismo ortodoxo, por su supuesto determinismo, llevó a una parte de la izquierda y a un cierto feminismo a asumir posiciones populistas, es decir de acuerdo con Passeron, posiciones que exageran e idealizan la capacidad de autonomía y resistencia de las clases (raciales, sociales o sexuales) dominadas.

En definitiva el orden social se tambalea con esta “nueva izquierda”, que legitima toda dominación, pues en el fondo en cada proceso de mercantilización-mercancía hay “formas de resistencia” que la vieja izquierda no había visto: las prostitutas que utilizarían “su poder sobre los hombres”, que ganarían más dinero con esta actividad y que tendrían un supuesto “control” sobre el “capital erótico”; las pobres que bailan reggaetón y su cuerpo es lo único que nadie “les arrebatará”; el trap como meta-manifestación de un orgullo de barrio perdido; OT como el espacio televisivo más peleón contra el heteropatriarcado, etc. Cierta izquierda posmoderna y nacional-populista condena a la gente a que sigan siendo peones y esclavas de por vida. Que nadie intervenga, no sea que las mujeres pobres terminen más desempoderadas por culpa de las malditas paternalistas y moralistas.




8 de Marzo: una historia olvidada

El 8 de marzo ha caído en una espiral de pérdida de memoria: la mercantilización y la falta de análisis de clase puede socavar su potencialidad rupturista con lo establecido.

Como muchos sabréis, ayer fue 8 de marzo, comunmente conocido como el Día Internacional de la Mujer. Desde hace unos años atrás, en ese mismo día se han convocado huelgas y manifestaciones que han arrasado las calles y han hecho que se nos oiga. Según El País, en Madrid se estima que más de 350.000 personas se manifestaron por sus calles y también fueron numerosas en el resto de ciudades y pueblos del Estado Español.

De todos modos, por mucho que estas cifras nos alegren y nos den esperanzas, me gustaría señalar dos fenómenos muy importantes que han ocurrido dentro del movimiento feminista y esos son su obvia mercantilización y su pérdida de perspectiva de clase, que perjudican gravemente sus objetivos y su carácter revolucionario.

Empezaré por la primera, que es la mercantilización del Movimiento Feminista. Esto no es ningún hecho reciente y ya lo hemos presenciado anteriormente con el Día del Orgullo LGTB, que ha pasado de ser un día reivindicativo y combativo por los derechos y libertades de los miembros del colectivo a ser una fiesta dirigida al consumo y al exceso, patrocinado por grandes marcas con el único fin de sacar beneficio. Con el movimiento feminista no ha ocurrido exactamente lo mismo, pero hemos visto varias veces ya como los mensajes propios del feminismo liberal inundan tiendas como Stradivarius o H&M.

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Camisetas con mensajes feministas (stradivarius.com/hm.com).

La lógica capitalista sugiere que cualquier desviación sea castigada hasta que sea rentable, es decir, hasta que se mercantilice y se pueda sacar beneficio de él. De esa manera, “descafeinando” el feminismo y extrayendo de él cualquier ápice de pensamiento crítico y combativo, haces que parezca inofensivo y hasta divertido. Vemos a mujeres poderosas y famosas afirmando orgullosas que son feministas y que a la mujer “se la debe escuchar” y que “tiene que ser visible”. Por eso, ante las noticias sobre lo multitudinarias que fueron las manifestaciones de ayer, debemos ser críticos e indagar en el por qué y en el cómo. En este caso, una de las razones por las que el feminismo se ha vuelto tan aceptado entre la población es porque ha perdido todo su significado y toda su historia, llegando a convertirse en una moda.

El feminismo dispone de una teoría y una práctica. Si solo nos centramos en lo exterior, en los mensajes genéricos y nada profundos de “feminismo es igualdad” y “arriba la lucha de las mujeres”, perdemos una gran parte de lo que es el movimiento feminista y la aparente concienciación de la población se vuelve un tanto irreal.

El feminismo debe ser crítico y combativo con la asociación entre patriarcado y capital, ya que si olvidamos completamente la lucha obrera el feminismo no nos sirve de nada, pues se convierte en arma para que las mujeres de las élites puedan ganar más sueldo y romper el llamado “techo de cristal”. Un claro ejemplo de ello ha sido la famosa comida organizada por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, la víspera del 8 de marzo donde juntó a diferentes empresarias para discutir sobre feminismo y el papel de la mujer.

El segundo fenómeno, que consiste en la falta del análisis de clase, tiene que ver con el primero, pues están estrechamente relacionados. Como he dicho al principio, el 8 de marzo se conoce como el Día Internacional de la Mujer y popularmente se cree que sus orígenes datan de una huelga que fue convocada en Estados Unidos a principios del siglo XX donde más de cien trabajadoras murieron quemadas dentro de la fábrica.

Realmente la política alemana Clara Zetkin fue la promotora original de establecer el día 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la II. Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Dinamarca en el año 1910. Claramente, tenía a sus espaldas varias décadas de lucha obrera y lucha por los derechos de la mujer y la propuesta no nació de la nada. Por ejemplo, las socialistas estadounidenses llevaban celebrando desde 1908 el Women’s Day debido a las protestas que estaban llevando a cabo las trabajadoras textiles.

Por lo tanto, cabe destacar que le debemos este día (parcialmente) a las mujeres socialistas y que conmemora la lucha de la mujer trabajadora, desterrando así de este día a la mujer burguesa.

La perspectiva de clase dentro de feminismo no solo es necesaria sino vital, pues no debemos considerar compañeras de lucha a mujeres que aplastan a otras y se benefician del capitalismo. La reina Leticia no es mi compañera, las dichosas Kardashian no son mis compañeras y, desde luego, el verdadero cambio no va a tener rostro de mujer con camiseta feminista diseñada por Amancio Ortega y confeccionada por una mujer explotada y esclavizada de Bangladesh.

Muchos abogan por no politizar un día como el 8 de marzo, pero cómo no vamos a hacerlo si nació del socialismo y de la lucha obrera. Cómo no vamos a politizar un día que debería revolver conciencias, un día que debería recordarnos cómo de mal están las cosas, un día para recordar a las que ya no están y a las que hicieron tanto por el movimiento, a tantas que fueron simples víctimas del patriarcado y a otras muchas que siguen resistiendo.

Por eso mismo y por mucho más, a las feministas no nos queda otra que gritar “¡Patriarcado y capital, alianza criminal!

Por Irantzu Oria




Mentir para decir la verdad: la relación de Ciudadanos con el feminismo

Los verdaderos propósitos del feminismo liberal de Ciudadanos. Cómo y porqué los naranjitos han diseñado una estrategia para aterrizar en el movimiento mas en alza en España.

Žižek utiliza frecuentemente un chiste judío que dice así: “¿Por qué me dice que va a ir a Lemberg, si realmente va a ir a Lemberg?”. Se trata de una anécdota entre dos amigos que habían creado un código por el cual, cuando decías que ibas a Lemberg significaba que ibas a Cracovia, y viceversa. Es decir, que para decir la verdad o lo que hay que oír, se tiene que decir una mentira. Esto no deja de ser algo terriblemente recurrente en la política actual y, sin lugar a dudas, las campañas electorales son gasolina para estos ingeniosos trucos de truhán o de vende alfombras. De esto, Ciudadanos sabe un montón.

Su última ofensiva ha tenido por objetivo el movimiento feminista y sus planteamientos teóricos más centrales. Han creído oportuno que, después de su ridículo histórico de hace un año, donde por subestimar y reducir un movimiento que en nuestro país se presenta como transversal y potencialmente apabullante, se quedaron de lado; recuperar y crear un arsenal de plástico y facha para ubicarse e introducirse en un movimiento que lleva haciendo teoría y pensándose desde finales del siglo XIX.

Así, han presentado un decálogo de demandas y exigencias de lo que ellos han llamado feminismo liberalEn el Fáctico, repasaremos sus demandas, las analizaremos y las criticaremos desde una perspectiva teórica que es más vieja que España y que Ciudadanos.

Estas son sus demandas:

1. El feminismo es una causa de todos: no es patrimonio de nadie.

Dejando de lado la reacción impetuosa de quien no está en el centro de la cuestión, como partido o como liderazgo, propio de un infante de 3 años celoso y caprichoso. Demandando algo así, en mi opinión, lo único que ponen de manifiesto es el hecho que todos conocemos, sobre todo las mujeres que llevan partiéndose la cara en asambleas, sentadas, pintadas, escraches y muchas otras formas de resistencia digna: Ciudadanos está poniendo el tren de aterrizaje en el feminismo como entidad teórica y práctica. Podríamos aceptar que algo así no tiene nada de malo, son sanguijuelas o al menos, como diría Gramsci, saber que lo que es propio del enemigo es atacar y herir, de lo contrario estaríamos siendo ingenuos y, especialmente, poco tácticos.

Por otro lado, la cuestión del patrimonio se debe responder como un liberal nunca se espera que se le responda, con sus referentes. Cuando pensamos en patrimonio, estamos realmente hablando de propiedad, pero desde un perspectiva un tanto menos mercantilista de la que impera ahora; por tanto, y como decía Locke en su capítulo 5 de Dos tratados sobre el Gobierno Civil, la propiedad es aquello fruto del trabajo humano, transformando lo que la naturaleza ha producido. Esto se puede aplicar de igual manera a las aportaciones teóricas que se han hecho al feminismo: el feminismo es propiedad de quienes han participado en el, tanto teórica como prácticamente. Esto significa que si hubiera o hubiese propietarios del feminismo, en última instancia, no son los liberales a los que ensalza Ciudadanos. Las madres, las abuelas, las que trabajan en casa y fuera, son portavoces y portavozas mucho más válidas de lo que pueden ser gente que reivindica los vientres de alquiler.

2. Nunca habrá igualdad sin libertad.

Esta es probablemente la consigna más liberal de todo el decálogo. Pero como uno no puede hacer liberalismo sino sabe de liberalismo, Ciudadanos lo hace, efectivamente, muy mal. En este marco es donde Ciudadanos mete con calzador temas como la gestación subrogada o la prostitución en el debate feminista. Precisamente, porque, como ellos dicen, el feminismo es patrimonio de todos, ellos se permiten hacer con este lo que les salga de los huevos (nótese mi voluntad de relacionarlo con los órganos masculinos). En primer lugar, para hacer algo así como feminismo liberal, Ciudadanos debería hacer el esfuerzo de pensar lo que significa la libertad y, en segundo lugar, explicarnos que significa poner un orden de prioridades entre ambos – o en todo caso porque se da esa causalidad.

A veces nos tomamos demasiado en serio su bagaje político, creo que en este sentido les sobrevaloramos: son solo un partido muleta o que funcionalmente existe por y para las oligarquía patrias. No obstante, debatamos y critiquemos su propuesta. El liberalismo hace un excesivo hincapié en la libertad individual y, por consiguiente, en las voluntades y deseos de los individuos. Sus condicionantes, su entorno y su influencias no son tenidas en cuenta. Por esto es necesario hacerles frente, hace falta una teoría crítica desde el republicanismo plebeyo y el marxismo. Si no tienes para llegar a fin de mes, una autoridad digna (sea en forma de Estado u otra) debe y ha de evitar que te veas abocada a vender tu útero o tu consentimiento sexual. Podríamos entrar en mayor profundidad en el tema, es de menester, sin embargo, que aclaremos que la cuestión de la prostitución está mucho más debatida en el movimiento feminista por su dimensión poliédrica y borrosa, que propiamente los vientres de alquiler, más denostados y criticados. Parece que Ciudadanos se haya caído de un árbol y quiera abanderar un movimiento en base a dos medidas que no constituyen ni el grueso de las preocupaciones que comparten las mujeres.

Déjenme juntar las propuestas 3 y 4:

3. El feminismo es necesario en España y Europa.

4. Que ninguna mujer tenga que elegir entre su carrera y su familia.

Ambas propuestas están bastante vacías. Un primer apunte sobre la cuarta: el liberalismo en muchas ocasiones ha representado una doctrina de la libertad de elección; aquí, yo creo, no obstante, que por méritos del feminismo, el de verdad -organizado y en las calles-, Ciudadanos ha optado por no remover el lodo y, a pesar de su cercanía con la teoría liberal y centrista, acepta y claudica frente a esto. Hemos visto muchas feminista liberales de academia aceptar y afirmar que si una mujer tiene mejor sueldo que su marido, este ha de permanecer en el hogar, haciendo, valga la redundancia, de mujer. Admitiendo, por tanto, que deben existir figuras diametralmente antagónicas (en términos dialécticos), es decir: bread-winner contra no-bread-winner

5. Feminismo no es decir ‘portavozas’, es cambiar políticas.

En este caso, el subtítulo dice más que el propio título: hacen especial énfasis en la igualdad de oportunidades. Lo cual está bien en un principio: ¡para combatir el machismo, hacen falta iguales oportunidades para todos: hombres y mujeres! Pero, nada más lejos de la realidad, ni Ciudadanos son comunistas, ni la locución ‘igualdad de oportunidades’ es un ente neutro exento de un velo de clasismo y falsa meritocracia. No hace falta ser un gran estadístico, ni sociólogo para detenerse en lo obvio: la ‘igualdad de oportunidades’ solo sirve si hay igualdad de posiciones. No vale con legislar para que todos tengamos, de manera objetiva, el mismo derecho de poder ser rico y pobre, jefe de Facebook o currela, la gracia es que todos empiecen desde la misma línea de partida, no que algunos empiecen desde su barrio de la periferia, a kilómetros del mismo objetivo de alguien que vive en una urbanización donde todos tus vecinos son jefes de Facebook. Me parece incluso, absurdo decir eso, cuando miles de feministas han demostrado, que no solo es un problema el techo de cristal (analogía para describir una falsa igualdad de oportunidades)  sino que, a su vez, existe algo mucho más allá y silenciado: un suelo pegajosoque hace increíblemente difícil medrar, no solo ya por el hecho de ser mujer, sino también, por la condición compartida de clase trabajadora y ya no digamos si eres migrante.

6. El feminismo liberal no excluye al hombre: es una batalla de toda la sociedad.

Esta consigna está tan vacía de contenido que es difícil entender cual es el rol de los hombres en este movimiento. ¿Debemos revisar nuestras actitudes, aceptar otros roles y alejarnos de tipos de formas de expresar nuestra relación con las mujeres o simplemente debemos intervenir en asambleas, decir en Twitter como debe actuar el feminismo y denostar a aquellas que nos dicen que no lo hagamos llamándolas Feminazis?

7. El feminismo liberal pone la educación en el centro. 

Podríamos decir lo mismo que en la quinta propuesta. Solo recordar que la educación es, efectivamente, motor de movilidad social en las clases medias-altas, pero que no suele funcionar muy bien en las clases trabajadoras, en su caso su forma de medrar se hace gracias a redes de contactos.

8. Ni un paso atrás en la lucha contra la violencia machista. 

Esta es difícil de criticar, es demasiado poco concreta, pero al parecer si que existe una cierta sensibilidad en Ciudadanos sobre este asunto. No obstante, me temo que hace falta una aproximación más profunda.

9. Nadie habla por mí: en el siglo XXI, paternalismo NO, solidaridad entre mujeres SÍ.

Recuerda en exceso a la primera. Quien no participa en le movimiento feminista, en ocasiones reprocha a quienes sí que lo hacen que se le hagan reproches. No quieren que otras personas hablen en nombre de las feministas liberales. Déjenme darle la vuelta: las feministas (las que se movilizan y se exponen a críticas feroces por redes de hombres que, con toda probabilidad votan a Ciudadanos) no quieren que una teoría política que expone a las mujeres pobres y solo se preocupa por las intenciones y preferencias de las mujeres de clase alta, tampoco quieren que se hable en su nombre. El feminismo es patrimonio de quien lo cuida. Y entonces me pregunto, si Ciudadanos reivindica un feminismo de todos, ¿para qué sirve el feminismo? ¿hacia donde va? ¿no pasa lo mismo que ocurre con el apelativo democrata, que todo el mundo lo usa para hinchar sus rasgos definitorios? Es por esa razón que se debe excluir a quienes lo merecen, tanto a los que afirman que existe democracia con capitalismo, como quienes se llaman feministas para exacerbar la lucha de clases, utilizándolo como bandera de las mujeres ricas.

10. Guerra de sexos es pasado, feminismo liberal es presente y futuro.

Es difícil de no hablar de guerra cuando el número de mujeres asesinadas por sus parejas, desde que se recuentan, superan el número de vidas que se llevó por delante ETA. El feminismo liberal es sinónimo de centrismo, falta de radicalidad y ambición transformadora; lo mismo que es Ciudadanos, un freno de emergencia.

Por último, déjenme hablar de los sustentos femeninos a los que ha recurrido Ciudadanos para hablar de feminismo liberal: se trata de Clara Campoamor. Y se basan en una sola frase y quizás en las series que han producido TVE, por ejemplo. Para entender a Campoamor, sus argumentos y motivaciones, quizás hace falta entender que significa ser liberal y, sobre todo, radical en la España de la Segunda República; también haría falta entender cual es el proyecto del republicanismo de mercado de Condorcet, por ejemplo. Es tomar los hechos de manera ahistórica y, especialmente, como lo que hacía el Lazarillo de Tormes: memoria selectiva. No solo, Ciudadanos es un aberración teórica, sino que, además, trata mal la memoria de nuestros mejores políticos.

Ciudadanos, como en el chiste judío del principio, se dice feminista, para recordarnos que no es y que no le gusta serlo. Quizás por eso ha tenido que ponerle una postilla para estar cómodos. Liberal solo funciona como velo clasista en el discurso de Ciudadanos y no tiene ningún sustento teórico del feminismo liberal, que a pesar de sus diferencias con el que escribe, sí que sabe defenderse. Por suerte, las feministas movilizadas sí que piensan sobre seguridad, derechos reproductivos y sexuales, la institución de la familia, sobre paternidad y maternidad y como conciliarlas, piensan sobre todo, desde lo universal y la esperanza transformadora propia de quienes saben lo que se juegan si se quedan en casa.

[Imagen de Efe noticias]




“La Manada” y el discurso del deseo femenino

Antecedentes

El jueves 26 de abril de 2018 la justicia española sentenció a un grupo de cinco hombres por abuso sexual, causando indignación en todo el conjunto de la sociedad, especialmente entre las mujeres. Durante unas fiestas populares celebradas en Pamplona, los San Fermines, estos cinco jóvenes -entre ellos un policía y un militar- tuvieron sexo con una chica de dieciocho años que se encontraba en profundo estado de embriaguez, mientras lo grababan y se jactaban de ello. Posteriormente, lo compartieron en las redes sociales, con el ánimo de reírse de la situación; no era la primera vez que lo hacían, tienen un largo historial de chats donde bromean sobre la “burundanga” o droga de la violación, la objetificación del sexo femenino como mera satisfacción del deseo sexual, etc. Todo ello se encontró en las conversaciones online entre estos cinco individuos y terceras personas que, de manera cómplice, les reían las gracias. Cabe mencionar que gracias a la instrucción de este caso, se ha descubierto que los miembros de este grupo están implicados en otro caso de violación, ocurrido dos meses antes que el caso en cuestión, en el que hay pruebas grabadas donde se evidencia como abusan y agreden a una joven drogada.

Si las calles se llenaron de protestas y se tiñeron de morado feminista frente a esa resolución, fue porque el tribunal consideró que había sido abuso, y no violación. El Código Penal español, requiere en su art. 178, para considerar un hecho como violación/agresión sexual con penetración, lo siguiente: “el que atentare contra la libertad sexual de otra persona, con violencia o intimidación, será castigado como culpable de agresión sexual con la pena de prisión de uno a cuatro años.” La clave está en entender la violación como un hecho únicamente desprendible de fuerza física o una amenaza de daño grave e inminente, que es como califica de intimidación la jurisprudencia española. A pesar de la falta de consentimiento, es posible según la legislación española no calificar el hecho como violación; entiendo que el consentimiento debería de ser el eje que vertebre todos los tipos relativos a la indemnidad sexual.

A su vez, el Tribunal Superior de Justicia de Navarra, el tribunal que sentenció sobre el caso de La Manada, también negó que hubiese violencia o intimidación en el hecho de que cinco hombres se aprovechasen de la situación de embriaguez de una chica de 18 años para acosarla, acorralarla, violarla y robarle -y de mientras, grabarla. A pesar de no ser la línea jurisprudencial más aceptada, la fiscalía del caso entendió que sí se daba. Los jueces, sin embargo, consideraron que ello no era posible. La clave de todo el embrollo, y la tesis de este ensayo, es la siguiente:

El consentimiento como factor decisivo a la hora de establecer el tipo penal del delito de violación, y las causas socioculturales que llevan al legislador a no darle importancia al susodicho concepto.

Desarrollo

Si empezamos a debatir sobre el concepto y el significado del consentimiento ya podemos encontrar una brecha en el discurso entorno a él. Una de las definiciones que le da la Real Academia Española es “permitir algo o condescender en que se haga”. Dicho significado nos tendría que hacer pensar bastante. A la hora de mantener relaciones sexuales, ¿una persona tiene que permitir a la otra hacer lo que le plazca? ¿o en cambio, ambas debieran ser sujetos activos a la hora de desear y querer mantener uno u otro acto? ¿por qué somos las mujeres las que consentimos y no las que deseamos, pintándonos así como objetos pasivos en la relación sexual? ¿por qué en una relación heterosexual no se habla del hombre como quien consiente a lo que la mujer desea?

Hablar de consentimiento nos permite entender que en cualquier relación entre un hombre y una mujer se produce una relación de poder, en la que ella está en desventaja. Como señala Yolinliztli Pérez Hernández, consentir aparece como un verbo “femenino”, inscrito en una lógica social en la cual las mujeres se exigen y son exigidas socialmente para resistir o conceder; los hombres, para buscar activamente el consentimiento femenino. De este abrumador alegato podemos extraer varias cuestiones:

Primero, la sexualización de los verbos. Si partimos de la concepción lacaniana del discurso, éste existe en la medida que los seres humanos no somos capaces de expresar la plenitud de aquello con lo que interactuamos, del todo; por ello necesitamos comunicarnos, por ello somos seres sexuados, parlantes y mortales. El objetivo de todo esto, de toda comunicación y de todo intento imposible por relacionarnos plenamente, es la necesidad de sexo, de goce. Por lo tanto, no es de extrañar que frente al acto sexual aparezca una plétora no sólo de verbos que son o llevan a un contexto sexual, sino de conductas y situaciones. Nosotros intentamos describirlas, pero como Sísifo con la roca nunca somos capaces de expresar en plenitud.

Segundo, por ello extraemos, a partir de la calcificación del contenido en los significantes a prima facie neutros, una serie de voces léxicas que nos llevan a identificar un conjunto de situaciones, palabras y discursos sociopolíticos característicos de cada individuo/colectivo. En nuestro caso: consentimiento sexual se declina discursivamente en femenino. ¿Qué significa? Que el interactuar del sexo femenino, esto es, de las mujeres, con el significante “sexo” -nótese que ambos géneros incorporan en su significante el término sexo–  parte de una razón material, y extensiva históricamente, de base dialéctica.

Como señala más adelante en su artículo Yolinliztli Pérez Hernández: a nivel simbólico, social y subjetivo, consentir se estructura a partir de un sistema de oposición jerárquicamente organizado, fundamentado en el orden sexual: es responsabilidad de las mujeres establecer límites a los intentos masculinos por obtener “algo” de ellas.

Vemos aquí esa base dialéctica hegeliana: amo-hombre, esclavo-mujer. Una jerarquización, fruto de las condiciones materiales de existencia, llevan a un constructo social/voz léxica llamado “consentimiento femenino”. El consentimiento como la síntesis dialéctica entre el deseo del hombre (tesis) y la negativa -socialmente- esperada (antítesis). Se erige entonces este constructo social por un lado como la reafirmación del deseo del Amo-hombre, y por el otro, en relación al Esclavo-mujer, como la superación de la unilateralidad del deseo. En román paladino: mediante la figura del consentimiento las relaciones sexuales se basan en el reconocimiento del deseo en el Otro, permitiendo una igualdad que con la simple tesis señalada es del todo imposible.

Volviendo al concepto de consentimiento, y al hecho de que este se decline en femenino, la existencia del patriarcado y sus consecuencias prácticas son la proliferación de hombres, no ya como tales sino como portadores de una determinada idea de la sociedad y su ordenación, en las altas esferas, tanto de los tres poderes públicos como del mundo empresarial. La idea hegemónica -hasta ahora- del patriarcado no sólo afecta a grandes conceptos como el techo de cristal, sino que se cuela en todos los mecanismos del sistema político, incluyendo la Ley. Si el consentimiento es la figura clave para unas relaciones sexuales que guarden un mínimo de igualdad, independientemente de un contexto social que sigue siendo feroz con las mujeres que no siguen un muy bien delineado canon, es incomprensible que semejante elemento no figure en las definiciones de violación de la mayoría de ordenamientos. Se está intentando, en definitiva, luchar contra la relación de dominación del hombre sobre la mujer en las relaciones sexuales sin incluir algo tan básico como la aceptación natural de las relaciones sexuales por la parte femenina, que es el fundamento de la igualdad teórica -como la Ley, que también lo es-.

Conclusión

A modo de conclusión, me gustaría compartir una reflexión relativa al consentimiento en el marco de las relaciones sexuales: la sociedad no nos permite a las mujeres decir que sí, lo que inevitablemente conlleva que no tengamos una manera clara e inambigua de decir que no.

Entiéndase que el decir sí frontalmente al placer sexual implica deshacernos de una serie de complejos y desafiar unos valores muy anclados en nuestra moral judeocristiana, con las consecuencias que eso acarrea; siempre se espera de nosotras algún tipo de resistencia, por lo de guardar las formas, etc. Consiguientemente, se nos niega la posibilidad de delimitar claramente y sin degradados la línea entre el si y el no.

A medida que se gestan protestas y manifestaciones, se esperan cambios legislativos, no solo en España sino también en Sudamérica, aunque no baste con eso. Evidentemente se debe ser optimista -o eso me repito- y luchar por que el cambio generacional paulatinamente traiga consigo otro modelo de sociedad, en el que se crezca con la idea de que las mujeres no somos territorio de conquista y que el placer sexual femenino es tan natural como el masculino.


[1] PÉREZ HERNÁNDEZ, Yolinliztli (2016): “Consentimiento sexual: un análisis con perspectiva de género”, Revista Mexicana de Sociología, vol.78 no.4 México oct./dic. 2016


Por Julia Montero




Los vientres de alquiler o gestación subrogada: a debate

Gestación subrogada: ¿mujeres altruistas o solamente mujeres pobres?

La gestación subrogada ha sido motivo de polémica desde hace unos años debido a la visibilidad y la normalización que se ha dado en torno a las parejas y personas solteras que recurren a esta medida. La cara visible de este fenómeno son las parejas de hombres homosexuales, empezando por el cantante Ricky Martin, que en 2008 fue noticia por tener a dos hijos por madre subrogada. Las opiniones a cerca de este asunto son dispares, desde gente que está a favor porque defienden que la paternidad es un derecho a gente que está en contra debido a lo sórdido de este negocio. Porque, efectivamente, es un negocio.

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Ricky Martin con sus dos hijos

Si (como yo) has sido siempre fan de la teleserie Friends y sacan el tema de los vientres de alquiler, es inevitable que no pienses en el capítulo donde Phoebe accede a tener los hijos de su hermano, ya que su mujer es mayor y no puede tenerlos por su cuenta. La escena donde Phoebe se queda sola con los trillizos en la habitación del hospital y es consciente de que accedió a no ser su madre (solo dar a luz) conmovió a muchos. Aquí os dejo la escena, no hace falta tener un doctorado en Cambridge para entender lo que dice.

Dicho esto, el objetivo de este artículo será abarcar el tema de la gestación subrogada desde una perspectiva feminista de clase. Entraremos a un portal online de gestación subrogada y veremos cómo es el procedimiento de alquilar un vientre.

Pero para entender un poco mejor este asunto, tenemos que preguntarnos ¿realmente en qué consiste la gestación subrogada? Según un artículo escrito por los abogados Camilo A. Rodríguez-Yong y Karol Ximena Martínez-Muñoz, la gestación subrogada se define de la siguinte manera: “(…) un acuerdo por medio del cual una mujer acepta quedar embarazada mediante un procedimiento de inseminación artificial, para que luego, una vez que se produzca el nacimiento del bebé, lo entregue al donante de la esperma y su esposa, renunciando para ello a los derechos que la ley le confiere sobre el recién nacido, y en contraprestación (…) al pago de una compensación”.

Ahora veamos cómo la define Babygest, la revista y comunidad líder en gestación subrogada: “(…) es una técnica de reproducción asistida por la que una mujer accede a gestar el hijo de otra persona o parejaEsta técnica consiste en la creación de uno o más embriones mediante fecundación in vitro en un laboratorio y la posterior transferencia al útero de la gestante. El embrión será creado por el deseo de los futuros padresPor ello, en la medida de lo posible, los óvulos y espermatozoides utilizados serán aportados por los padres de intención.”

Ambas definiciones pueden ser parecidas aunque conviene señalar un pequeño detalle. En la primera definción, se hace hincapié en la renuncia del derecho materno de la madre gestante. En cambio, en la segunda definición, se recalca que el protagonismo lo tienen los futuros padres.

Un detalle muy importante a cerca de la gestación subrogada es que es ilegal en España, por lo que hay que ir al extranjero a escoger a la madre. Cuando entramos a Babygest y le damos a la opción de “Pasos a seguir”, lo primero que nos aparece es la siguiente cuestión: “Selecciona el país”. Los destinos más comunes son Estados Unidos, Canadá, Rusia, Ucrania, Grecia y Georgia, aunque cada país tiene una legislación distinta dependiendo del tipo de pareja, lo que se esté dispuesto a pagar, el tipo de relación que se quiera tener con la gestante, etc.

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Según El País, el 80% de los hijos por gestación subrogada proceden de EE UU y Ucrania. Estados Unidos es el país con más historia en esta práctica y también el más caro, pero con la legislación más segura para los padres subrogados. Y aunque Ucrania no sea el destino más seguro, se ha convertido en la nueva capital de la gestación subrogada europea, ya que la ley no establece un límite en los precios y eso implica la creación de un mercado totalmente libre.

Siguiendo una perspectiva feminista y de clase, establecemos una relación entre la práctica de la gestación subrogada y la necesidad de dinero. Cuando un acto lo empapa la coacción económica, deja de ser altruista o voluntario. La feminización de la pobreza, la gran demanda de los vientres de alquiler y la ausencia de límites en el ámbito de la ley y del mercado hacen que las mujeres pobres tengan que acceder a alquilar sus cuerpos, y después renunciar a sus bebés, para dárselo a parejas ricas que creen que tener hijos biológicos es un derecho. Gestar un bebé (o varios) durante meses sabiendo que vas a tener que renunciar a tu derecho como madre acarrea secuelas psicológicas que difícilmente se curan incluso si son tratadas.

El discurso liberal que defiende la gestación subrogada hace hincapié en su “carácter altruista” e intenta disimular su naturaleza mercantil, haciéndonos olvidar que hay de por medio dinero y deshumanización de la madre gestante. Por ejemplo, la página Babygest dice lo siguiente: “La gestación subrogada o gestación por sustitución, mal llamada maternidad subrogada, maternidad suplente, vientre de alquiler o vientre sustituto (…)”. Atentos a como le da tanta importancia al nombre. Obviamente, si al vientre de alquiler le damos un nombre bonito deja de ser tan explícito y nos olvidamos de que nos estamos aprovechando de la capacidad reproductiva de una mujer pobre.

Como conclusión, veo conveniente mencionar una noticia del 2015, donde el propio Parlamento Europeo pidió la prohibición de la gestación subrogada. Según este órgano, la práctica de la maternidad subrogada es contraria a la dignidad de la mujer, ya que implica su explotación para aquellas que viven en países en vías de desarrollo. Señala también que se utilizan como materia prima sus cuerpos y su capacidad reproductiva. En cambio, en el 2016, el Parlamento lo volvió a intentar y redujo las exigencias de la prohibición: sólo se condenaba la maternidad subrogada forzosa.

Ahora queda en manos de cada país hacer lo que vean conveniente en lo que respecta a prohibir, permitir o crear un vacío legal sobre la gestación subrogada. Vaticino que en los próximos años esta práctica se extenderá más y más y los países no harán nada al respecto. Aunque bueno, no hace falta ser un lince para eso.

 

Fuentes

 

Por Irantzu Oria




Review de un señoro a “El patriarcado del salario”, de Silvia Federici

Reseña sobre el libro “El patriarcado del salario”, que reclama la remuneración del trabajo doméstico como empoderamiento femenino.

Estamos ante una compilación de artículos excelentes que tratan la relación entre clase y feminismo, desde una óptica diferente a la que podría encontrarse en “La trampa de la diversidad: de cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora” (aquí la entrevista al autor, Daniel Bernabé). Esta óptica, como no puede ser de otra manera, es la de las mujeres que levantaron su voz en los 70: Silvia Federici figura como la autora principal, pero no se olvida de mencionar a las compañeras que colaboraron con ella a nivel intelectual y político para dar a luz semejante cañonazo a la línea de flotación del patriarcado en su vertiente socioeconómica.

Una de las primeras conclusiones que se pueden sacar es, como ella misma se encarga de señalar, que el capitalismo “genera dos cadenas de montaje” -me encanta la expresión- en vez de sólo una. Hasta ahora, los filósofos marxistas sólo habían contemplado una: la de la producción fabril, eventualmente transformada en sector servicios; la del producto, la fuerza de trabajo, el salario, el obrero sudoroso y el patrón de mientas sin despeinarse.

El logro de Federici es señalar y evidenciar -correctamente, a mi entender- que hay una cara oculta en la afirmación “el capitalismo proporciona a la clase obrera los medios para sobrevivir y reproducirse”, por la que tales intelectuales han pasado de puntillas. En efecto, la reproducción, o el trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo lista para el mercado de trabajo, encarna toda una labor sin remunerar que llevan a cabo las mujeres. He usado el término “labor” en vez de trabajo porque no he podido evitar relacionarlo con el concepto de “laborar” arendtiano, que es aquél que hacen los individuos de forma mecánica y para cubrir sus necesidades básicas. Ese trabajo de cuidados, de mantenimiento de la vida, de reproducción del capital llevado a cabo por mujeres anónimas, puede encajar perfectamente en la definición de la filósofa.

Entonces tenemos que ese trabajo no remunerado existe, sin lugar a dudas. Este trabajo, como toda actividad, genera un coste en horas, en energía, que lo asume la familia nuclear y en concreto la mujer de clase trabajadora. Al ser una actividad fuera del mercado, sufre un proceso de naturalización, es decir: se toma como evidencia casi científica el hecho de que las mujeres estén destinadas a este tipo de actividad, a esta cadena de montaje. Además, la falta de remuneración ligada a la no presencia en el mercado de esta actividad no sólo crea dependencia respecto al hombre y su salario -de ahí el “patriarcado del salario“-, sino que genera invisibilidad, y muchas veces estigmatización, más allá de las evidentes relaciones de dominación que genera.

Sin embargo, según lo entiendo yo es posible que la autora peque de transversalidad –aunque luego matiza con notas secundarias. Las clases medias y altas suelen contratar asistent-a-s para eliminar ese trabajo de cuidados de su apretada agenda. De hecho, es un consumo clásico de clase media aspiracional. El dinero, por lo tanto, la clase, puede librarte del laborar, del trabajo de cuidados, del trabajo de reproducción entendido más allá del parto -que ahora también se vende en formato vientre de alquiler-, y prescindir de horas de actividad no remunerada. Patricia Botín no friega la cocina. A respecto, dejo el artículo que escribí sobre la problemática específica de las “kellys”.

Otro de los elementos fundamentales de su crítica desde el marximo-feminismo se dirige certeramente a la familia, y concretamente a la familia de carácter nuclear. Federici entiende que es ésta una institución social creada por el capital y para el capital, a partir de la necesidad de obtener mano de obra cualificada y aumentar la esperanza de los trabajadores, o lo que es o mismo, la rentabilidad de la compra de fuerza de trabajo por el capitalista.

La familia en sí, señala Federici, ha institucionalizado el trabajo no remunerado de las mujeres que se dedican a tareas domésticas en el ámbito de la vida privada. Pero no sólo su constitución supone cadenas, sino su glorificación, es decir, como la superestructura cultural condiciona que se forme la familia nuclear de origen capitalista por tal de conseguir fuerza de trabajo, por un lado, y reproducción de la fuerza de trabajo, por el otro.

La solución según la autora pasa por la remuneración del trabajo doméstico, en vez de la demanda izquierdista de integración en el mercado productivo, esto es, la fábrica, la empresa. Esto ha de permitir que las mujeres abandonen su esclavitud, su vasallaje feudal dependiente respecto al hombre que sí trae el salario. Es en ese momento en que las mujeres, como parte del mercado, pueden reivindicar sus puestos de trabajo -remunerado- y efectuar demandas que, de otra forma, caen en el olvido de la vida doméstica.

Por lo tanto, hay un claro llamado a evitar la doble jornada: explotación en el trabajo remunerado, el que se halla en el mercado de trabajo, y en casa, la explotación doméstica no remunerada fruto de las necesidades de “labor” que surgen en el seno de toda convivencia, supervivencia y, en definitiva, reproducción de la fuerza de trabajo a nivel generacional. Explica así la autora porqué los hombres no suelen coger jornada parcial para atender a sus hijos o porque las mujeres prefieren, estadísticamente, trabajos menos absorbentes y por lo tanto progresan menos en sus carreras y cobran menos.

Imaginémoslo: una remuneración efectiva del trabajo doméstico permite dos cosas: la independencia económica de las amas de casa (en femenino, dado que generalmente son mujeres) -como señala la autora- y además una valoración real, económica, del trabajo de reproducción de la fuerza de trabajo. Parte del machismo reinante, sino todo de forma indirecta, proviene de la infraestructura económica: las mujeres no tienen sueldo o tienen un sueldo más bajo, lo que no les permite estar al mismo nivel de consumo que su contraparte masculina y a su vez las obliga, por influjo cultural y por practicidad, a reproducir el esquema de la familia nuclear capitalista.

Una valoración en salario del trabajo doméstico -equiparable al sueldo de mercado de e.g. un camarero- abriría ese nicho de mercado también a los hombres: ya tienen el permiso para entrar, pero hay un elemento cultural de bread-winner en la superestructura cultural que muchas veces provoca que los hombres no se dediquen, en su mayoría, a este tipo de trabajo no remunerado. La inclusión de los hombres en ese mercado laboral provocaría que las mujeres no se vieran obligadas a realizarlo si prefieren tener un trabajo remunerado en el mercado laboral clásico, y a la vez reduciría -en mi opinión- el estigma sociocultural que acarrea el hecho de realizar trabajo doméstico.

Como dice Federici, “la demanda de salario es un claro rechazo a aceptar nuestro trabajo como un destino biológico, condición necesaria -este rechazo- para empezar a rebelarnos contra él”. Quizás para que las mujeres tengan la independencia suficiente para decidir si trabajar en casa o fuera sea necesario instaurar el salario doméstico, como incentivo económico para los hombres y para  alcanzar el fin de la marginalidad y la dependencia.

Finalmente, Federici apunta dos ideas más, igual de importantes: el ecofeminismo, donde clama por desechar la idea marxista de que el Hombre domina la naturaleza -de hecho, la Historia empezaría en ese punto- y que ésta tiene un carácter simbólicamente femenino, y la segunda, como la creación de la familia nuclear proletaria en el s.XIX creó una diferencia entre mujeres buenas -amas de casa, sin remuneración- y las mujeres malasprostitutas sin cargas y con trabajo remunerado-. Si bien considero que en la primera afirmación Federici está cargándose de un plumazo el materialismo histórico, y que no es más que un residuo intelectual de la época hippie -¿por qué no íbamos a dominar la naturaleza en la medida de nuestras posibilidades, si es lo que toda especie intenta para sobrevivir?-, la segunda me parece una posición muy acertada: la idea de diferenciar, clasificar y estigmatizar dentro de un mismo grupo, en pos del control y la disciplina, no deja de recordarme a Foucault.

En conclusión, aunque no acabe de estar de acuerdo con todo lo que expone Federici, es un libro que ha abierto el camino para replantear las categorías marxistas y la dialéctica del capital-trabajo -al menos, personalmente.




Sobre los mitos que encubren la explotación sexual de las mujeres

Breve ensayo sobre la explotación sexual de las mujeres y el fenómeno patriarcal de la prostitución.

Para hacer un buen análisis sobre la prostitución y la mercantilización del cuerpo de las mujeres, cualquier feminista radical empezaría por la raíz. Y para empezar por la raíz, lo primero que debemos hacer es tener los conceptos claros (conceptualizar es politizar, como apunta Celia Amorós).

Esta conceptualización de lo que rodea la prostitución no se puede hacer si no es con perspectiva de género, lo que implica llamar a las cosas por su nombre. Eso se traduce en determinar y aclarar que cuando hablamos de putas, hablamos, generalmente, de mujeres (esto, aunque puede parecer evidente, se pretende invisibilizar bajo términos como el de trabajador@s sexuales), y que los puteros y proxenetas son, normalmente, hombres.

A partir de aquí, pongamos el foco en los puteros y proxenetas (parece que a veces se nos olvida que el origen de la industria del sexo es la demanda: sin puteros, no hay prostitución).

La prostitución se construye sobre la base del derecho que (creen) tienen los hombres a ver satisfechas sus necesidades sexuales -derecho que la sociedad patriarcal acepta y les concede-. Esto explica el hecho de que haya todo un mercado por y para los hombres (reflexión válida también para el porno), en los que ellos deciden absolutamente todo sobre cómo quieren que se les satisfaga. Esto, entre otras cosas, socava la subjetividad de las mujeres prostituidas y las hace ser objeto y medio para satisfacer los deseos de otro -el putero-. Resulta irónico que esto a alguien le pueda parecer empoderante (para las putas, claro).

Igual de necesaria que es la perspectiva de género en el análisis lo es la de clase. La precariedad en la que viven la gran mayoría de mujeres que se prostituyen, evidencia que el mercado del sexo es una manifestación más de explotación, que afecta muy especialmente a mujeres pobres (que no libres, como decía Anita Botwin en Contexto). En este punto es necesaria una aclaración a los machitos de izquierda que ahora mismo están pensando, como ya he oído varias veces, “que los hombres que trabajan en la mina también están explotados”. Pequeña GRAN diferencia: a la explotación económica capitalista se suma, en casos como la prostitución y los vientres de alquiler, la explotación sexual del sistema patriarcal.

La prostitución, lejos de empoderar a las mujeres, las oprime y reduce a mercancía sus cuerpos, las deshumaniza. Es una herramienta más del patriarcado mediante la que los hombres reafirman su poder, y debemos entenderla como una de las máximas expresiones de la violencia de género. Si eres hombre, sólo necesitas tener un poco de dinero en el bolsillo para tener acceso a los cuerpos de mujeres que el mercado te ofrece, que están ahí, sólo para ti. Si esta situación no refuerza las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, que me expliquen por qué los hombres se ven atraídos por el hecho de mantener relaciones sexuales no recíprocas, con una persona que está en condiciones de clara inferioridad.B19TsN5IgAAtmC6.jpg-large

No obstante, existen teóricas posmodernas y queer que siguen pensando que éstas situaciones no sólo no son injustas, sino que además empoderan a las mujeres. Para estos sectores auto-declarados feministas, parece que cualquier cosa que tenga que ver con el hecho de ser crítica con el sexo resulta ser conservadora, puritana, frígida. Como si el sexo, por sí mismo, fuera transgresor, liberador. Como si pudiéramos identificar relaciones de poder en todos los ámbitos de nuestra vida, pero el sexo fuera intocable.

Estas teorías romantizan la prostitución -cuánto daño ha hecho Almodóvar-, la identifican con algo que nos empodera, que se hace por libre elección y que por eso hay que respetarlo (lo del concepto de lucha colectiva ya tal). Como si en los sistemas de profunda desigualdad en los que vivimos alguien pudiera elegir libremente.

Aun así, lo que me resulta más irónico de estas teorías es que no están a favor de la industria del sexo porque defienden que haya un mercado que también satisfaga las necesidades sexuales de las mujeres, sino que defienden y refuerzan la idea de que las putas seamos nosotras, como si el hecho de ser objeto y no sujeto en nuestras relaciones, de no tener ningún tipo de poder de decisión, nos hiciera ser libres. El feminismo, si no cuestiona las estructuras de poder, sirve de poco.

Pero no son las únicas que fallan en el análisis sin tener en cuenta el origen de esta situación de explotación, también lo hace la nueva izquierda, que se muestra incapaz de tener un discurso claro y abolicionista. La supuesta izquierda que aparece para subvertir las estructuras de poder, y que defiende que no todo debe poder comprarse y venderse, no puede, a la vez, defender la mercantilización de los cuerpos de las mujeres – comprendo aquí a Kollontai cuando se quejaba de que sus camaradas veían “la cuestión de la mujer” como algo secundario, que cambiaría automáticamente cuando cambiara la base económica de la sociedad –.

En definitiva, el cómo hagamos frente a la explotación sexual, determinará el lugar de las mujeres en la sociedad, su poder simbólico (que es el que permite alcanzar los poderes económico y político). Formar una sociedad feminista es incompatible con la normalización del acceso reglado a los cuerpos de las mujeres, si lo que queremos es asegurarles el derecho humano básico de disposición del propio cuerpo, y transmitir valores de igualdad y de reciprocidad en las relaciones sexuales entre hombres y mujeres.

Por Nerea Beltran.

 




#unañodeautoras y el problema de visibilidad de las mujeres en la literatura

Difundir, visibilizar y dar a conocer a escritoras de todos los géneros, fundamentalmente de habla hispana, a través de blogueras de nicho, una bloguera por cada género o temática.”

– Así presenta Marimar González Gómez la iniciativa que comenzó el pasado enero en su página web. El proyecto llevaba gestándose desde hacía un par de meses más. Se habían empezado a ver discusiones en los foros en consecuencia a otra campaña: #EstaNavidadRegalaAutoras; tras la cual muchas autoras (yo incluida), habían alzado la voz sobre la falta de obras escritas por mujeres. Pero para todos aquellos que no seguisteis el auge del movimiento feminista literario os estaréis preguntando probablemente: ¿por qué? ¿Qué ha llevado a todas estas personas a dedicar una cantidad cuantiosa de tiempo a promocionar autoras? ¿Acaso no poseen las mismas oportunidades que los hombres?

Antes de nada, permitidme señalar que el problema de las escritoras es el mismo que el de cualquier otra mujer. Tristemente vivimos en un mundo de hombres; y aunque grandes avances se están produciendo, aun nos toca pelearnos con una parte de la población reticente a vernos como iguales. No creo necesitar aportar datos, solo os hace falta ver qué tipos de comentarios se hacen a videos sobre el empoderamiento femenino en Youtube, o a la acogida de ciertos de la nueva Doctora Who o los rediseños no sexualizados de las superheroínas.

La literatura femenina vs la literatura masculina

Dicho esto, me centraré en la literatura, pues es el tema sobre el que he escrito estos últimos meses. El primer artículo que me despertó ahí, cuando empezaba a correr por el mundillo editorial, fue de la misma Marimar, titulado: ¿Las escritoras de ciencia ficción son invisibles? Esta pregunta era el preludio de lo que después se convertiría en #unañodeautoras y exponía en pocas palabras: “Lo cierto es que si queremos leer más ciencia ficción escrita por mujeres tenemos que buscarla activamente. No se nos va a mostrar en igualdad de condiciones que la masculina. Por eso es tan importante que tomemos conciencia de ello y busquemos maneras de solucionar las barreras con las que nos encontramos las escritoras de ciencia ficción a diario.

Ahí fue cuando me empezó a picar la nariz. ¿Qué me estás diciendo? ¿Qué por ser mujer y escritora de fantasia/cifi tengo menos posibilidades de publicar? Por desgracia, al investigar más a fondo el tema me di cuenta de que no se trataba de un artículo aislado, y el problema era un secreto a voces del mundo editorial. Editoriales pequeñas y autores independientes lo denunciaban en sus páginas webs y blogs.

Permitidme que lo exponga: en el total de libros reseñados, el 75% es aproximadamente de hombres, y el 25% de mujeres (The Guardian: Research shows male writers still dominates books world). Cuando miramos al Nobel de Literatura, de 112 galardones, 98 son para hombres, y solo 14 han sido para escritoras. Los Premios Hugo han sido dados a 48 escritores y 18 escritoras. Muchas gracias a Dragon Mecánico por haber hecho la investigación y si queréis leer más al respecto referiros a su artículo: Escritores, escritoras y el sexismo en la literatura.

Hace unos meses se lanzó una actividad por Twitter: ves a una librería, cierra los ojos, coge diez libros al azar y mira cuántos de estos son escritos por mujeres. Según datos aportados por Más Que Veneno, los porcentajes rondan el 7.5-9,45%, siendo el mejor encontrado en los feeds del 41%. Y según un estudio de Mariano Villareal, del total de libros publicados al año, el 25% pertenecen a mujeres.

Pese a que el articulo acaba con un punto optimista: aparentemente desde los años 2000 las proporciones han ido mejorando (pero tampoco tanto), sale la pregunta de ¿Por qué? ¿Por qué se publican menos obras? ¿Por qué venden menos? ¿Es por qué hay menos escritoras que escritores?

¿Dónde está el problema?

Según los datos proporcionados por una editorial anglosajona sobre los manuscritos que les llegaban: El 32% de ellos eran de autoras, comparado con el 68% de autores. Así que, una teoría es que se publican a menos autoras, porque hay menos autoras. Pero, pese a que los números señalan lo contrario, son muchos autores los que dicen que se trata de todo lo contrario: “Nos educan para pensar que las mujeres están mejor capacitadas para escribir ciertos géneros, sobre todo aquellos más relacionados con las emociones. Y cuando se adentran en otros, su aportación suele tacharse como literatura juvenil (aunque no lo sea) sólo porque la juvenil es considerada inferior, de menor calidad e importancia.” dice el mismo Dragón Mecánico. Y es algo que también señala Marimar: “El perfil medio de autor conocido de ciencia ficción es el de hombre anglosajón.”

Lo que intentan denunciar, es que el problema es estructural. No solo se da menos peso a obras escritas por mujeres hasta el punto de que tengan que enviar manuscritos haciéndose pasar por hombres. Sino que además ocurre una discriminación pasiva. Si no se publican autoras, no se leerán autoras, que no inspirarán a otras mujeres a convertirse en autoras. Algo que señala Distópicas: “Es un secreto a voces que la mujer ha sido relegada a una segunda categoría para la gran mayoría de quehaceres que no suponían cuidar del hogar familiar. Lo aceptamos como algo pasado, sin ser conscientes de que incluso a día de hoy sigue ocurriendo. No nos cansamos de escuchar términos tan estrafalarios como: literatura de mujeres o para mujeres; literatura femenina…

Así que antes de sacar la bandera de #notallmen, respira hondo. No estamos diciendo que sea culpa del hombre. Es culpa de la sociedad, que queriéndolo o no, sigue estando hecha para relegar a la mujer a la parte de atrás. Es una guerra que luchamos todos, hombres y mujeres, pues es algo que nos perjudica a ambos.

¿Qué puedes hacer tu?

Como ciudadano de a pie pensaras que hay poco que puedas hacer, pero como en cualquier peli de superhéroes… eres tú el que tiene verdadero poder. Haz el esfuerzo activo de leer más autoras, regala sus libros y reséñalas. El mercado se hace a la medida del consumidor, así que, si el consumidor muestra interés por algo, el mercado se lo dará.

¿Pero de donde saco estos libros si hay tan pocos? Hay muchas iniciativas que están luchando por ponértelo fácil. Devuélveles el favor. La Nave Invisible, Adopta una Autora, o Un Año de Autoras recomiendan y reseñan a múltiples autoras de todos los géneros periódicamente. Así que, si te da vergüenza preguntarle al librero al respecto, dirígete a una de sus páginas web y lee sus recomendaciones. Creedme, hay autoras que vale mucho la pena leer.

Otra opción es leerte alguna antología de relatos, una muy buena forma de abrir el apetito por alguna autora en particular. Yo solo conozco las de fantasía y ciencia ficción, pero seguro que si buscáis podéis encontrar de vuestro genero favorito.

Distópicas es una antología de ciencia ficción de autoras españolas de todos los tiempos. Cubre desde el siglo XIX hasta la actualidad, con sus mayores exponentes del tema. Quizás os sorprende descubrir que llevamos tantos años escribiendo en un género “de hombre”. Pues resulta que este género “tan masculino” lo inicio una mujer. ¿Os suena Frankenstein? Es la primera obra de ciencia ficción de la historia, y lo escribió alguien llamada Mary Shelley.

Otra antología que lo está petando mucho es El Premio Ripley, también de ciencia ficción, y un poco de terror. Ya va por su segunda edición y cubre a las grandes voces de la actualidad. Puede de hecho, que algunas de las autoras de Distópicas aparezcan en él. Y siguiendo esta misma línea tenemos a Alucinadas (ciencia ficción) y Terroríficas (terror). Dos selecciones de relatos exclusivos de mujeres. Ambas llevan ya varias ediciones, lo cual significa que hay mercado.

Sin embargo, pese a que estas antologías e iniciativas están muy bien. Siguen sin ser la cura completa al problema, como señala La Nave Invisible: “Las antologías no mixtas de visibilización tienen una razón: mostrar que las mujeres, al contrario del pensamiento patriarcal que impregna el canon literario, escriben obras de calidad de diferentes perspectivas y temáticas alrededor de un género/subgénero… El hecho de aparecer juntas nos da poder, nos da presencia, nos da la oportunidad de señalar y decir “estamos aquí”. Pero necesitamos aparecer en antologías mixtas para poder gritar “y no nos vamos a ir”. Las antologías mixtas proporcionan un tratamiento igualitario, que es el que venimos exigiendo desde las plataformas feministas.

Como plantea muy acertadamente: no solo queremos que se nos reconozca, sino que además se nos considere iguales. Y eso no se logrará hasta haber roto ese “techo de cristal”, hasta que haya el mismo número de premiadas que de premiados, de publicadas que, de publicados, de lectoras de género que de lectores (porque parece que una mujer solo puede leer juvenil y romántica, y viceversa).

Aquí entra el papel de las editoriales, que deben responder a las exigencias de la industria. La más pequeñas están empezando participar en el cambio. La Editorial Cerbero, por ejemplo, es una editorial mixta, pero que hace el esfuerzo consciente de publicar una mayoría de obras femeninas. O Amor de Madre, que no solo mete el inciso en el feminismo, sino también en la subrepresentación de colectivos LGTB+.

Es un alivio saber que la lucha está dando sus frutos. Pero no por ello hay que sentarse a respirar. Es primordial que sigamos esforzándonos. Por el bien de todos.

 

Por Paula Yagüez




Me gusta ser una zorra

Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación

Hola querida, si tú, la que me lees, ¿qué coño estamos haciendo? Este artículo es otra pretenciosidad más de esta autora, que siempre ha querido ser punk pero nunca lo ha sido lo suficiente, aguantando que hijosdeputa de todas partes me juzgasen por llevar camisetas de Los Ramones con 14 años. Ya se sabe, solo los tíos de 30 que se follan a las de 16 tienen derecho a ser unos auténticos rockstars y que la camiseta del grupo de música que lleven les guste de verdad, nosotras somos unas posers –no somos comunistas de verdad si no sabemos lo que pone en la anotación a final de página del capítulo XXIV sección 6 de El Capital o no nos sabemos de memoria la discografía de los Bad Brains-, oye tíos ¡que os jodan!. No es algo personal –en realidad sí lo es–, pero ya está bien de someternos, de controlarnos, de dictarnos como tenemos que ser, qué podemos vestir y con quién nos podemos desvestir. Nos aburrís colegas. Este es otro escrito idiota más para que luego me vengan a decir que si explico mucho de mi vida personal, que si eso no le interesa a nadie, que si soy una loca del coño y una tardoadolescente buscando llamar la atención. ¡Pues claro! Pero no quiero vuestro tiempo, sino el de ellas, el de vosotras, para que leáis el testimonio de otra tía más a la que la vida le ha dado unas cuantas hostias –como a todas supongo, no soy ningún ser especial, vivo en la Vía Láctea y respiro el mismo aire de mierda capitalista que todos– para que aprendamos colectivamente de lo que no hay que tolerar, de lo que debemos huir y aprender a decir que no.

El cabrón de José Ortega y Gasset sería un facha pero tenía razón cuando decía que: “Yo soy y yo y mis circunstancias”, yo al ser una neurótica y una pija pretenciosa que lee a Freud aunque discrepe de él, os diría que: “Yo soy yo y mis traumas”, y son demasiados -como los de tantas otras claro–. Yo soy la mujer de negro, soy una maldita que quiere ver arder al mundo entero, porque la rabia no me cabe dentro y me niego a ser una frustrada, quiero demasiado a la vida como para dejar que se marchite todo. Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación, ni tu validación para poder sentir y vivir libremente, pero soy tan jodidamente contradictoria que a veces la busco sin querer. Me reprimo cuando no debería –y me flagelo por ello–, me callo mucho de lo que pienso –cuando me gustaría gritarlo–, trato de guardar las formas –pero disfruto de ser una loca del coño sin remedio–. Supongo que no os interesaran mis tribulaciones pero me la pela bastante, si no queréis leer es tan fácil como cerrar la página –aunque me jode que lo hagáis sinceramente–.

¿Por dónde iba? Ah, sí, por las niñas. He crecido con demasiados complejos como para tirar la toalla ahora, parece que vislumbro algo de luz al final de ese maldito túnel que parece nunca acabar, que me arrastra por un camino que no decidí seguir, pero como tampoco escogí esta vida y aquí me tenéis, soltando bilis por la boca. Odio leer eso de: “Tenemos que proteger a las mujeres”, por favor no lo hagáis, vaya puta mierda de mundo es este en el que tenemos que ser como estatuas egipcias, que para que no nos pase nada nos tienen que petrificar. Yo me niego a ser un objeto, una mujer florero que solo debe sonreír y tratar de ocultar que es más lista que guapa, no, ese no es el mundo que quiero. Quiero un mundo donde todas podamos ser unas zorras y hacer lo que nos salga del coño, sin que nadie nos venga luego a rendir cuentas. Quiero vivir en una sociedad que lo normal sea gozar y saber hacer gozar al resto, que disfruten y nosotras hacerlo con ellos, ellas o quienes sean. Es que ya no sabemos ni reír –tampoco llorar–, no sentimos ¿Qué narices nos pasa? La apisonadora capitalista ha sido capaz de negarnos el placer, avasallarnos hasta pasar por encima nuestro el rodillo totalizador de esa moral de clase media, pequeño burguesa que se escandaliza muy rápido y se reprime incluso el dolor. Nos han engañado a todas. El problema no está en sufrir, no está en llorar, sino en hacerlo gratuitamente, en malgastar ríos de lágrimas por cabronazos que no lo merecen, pero debemos ser sinceras, la vida es violenta, trágica y también preciosa y dulcemente tierna; son dos caras de la misma moneda, es mágico. No hay mayor belleza que la vida humana y no hay obra de arte más profanada que nuestra propia existencia –incluso el arte moderno está mejor valorado–. Tenemos demasiados problemas, vivimos entre tanto ruido que no nos deja ver lo esencial, apreciar ese je ne sais quoi que tiene la vida.

Ya lo decía el mítico y lunático Boris Vian: “Las floristerías jamás tienen rejas. Nadie intenta robar flores”. Algo estamos haciendo mal, cuando aquí no crecen flores, y las que las hacen las pisamos con vehemencia y dejamos que se marchiten –es más, nos regodeamos cuando se autodestruyen–. Me niego. Claudico, me bajo del carro, yo no quiero ser un número más, otro resentido que tiene que ir cargándose la adolescencia de chavalas que quieren vivir, que respiran aire pero no les llena los pulmones, que quieren gritar pero les dicen que sean modositas, que se preocupen por lo que pueden pensar los demás, que si Nirvana está sobrevalorado –supongo que lo dicen porque es el puto mejor grupo de la historia y pasó de ser underground a un fenómeno de masas, y te lo dicen gente de izquierdas que habla siempre de la voluntad popular, pero que luego cuando algo bueno triunfa lo desprecian porque le gusta a ese mismo vulgo que dicen defender–. En ocasiones como esta recuerdo a la Solanas, cuánta razón tenía, y cuánta ira y rabia acumuladas, cuando cogió una pistola y disparó a Andy Warhol. Necesitamos muchas más como ellas, que no se escondan, que no se callen, que quieran acabar con todos esos tíos que nos limitan la existencia, porque somos feministas para acabar con la explotación que nos somete, que nos cosifica, que nos vende como un producto, que nos folla sin tan siquiera preguntar si queremos, que pasa olímpicamente de nuestros deseos, de nuestras inseguridades…

El feminismo no es una losa que debamos llevar encima para competir para ver quién es más perfecta, quién se ha leído los libros de Kate Millet, recitar el Segundo Sexo de memoria o estar al tanto de la nueva postura extravagante de Judith Butler. NO. El feminismo que me representa son Las Vulpes cantando Megutaserunazorra mientras miran con desprecio al público y gritan hasta quedarse sin voz: “Mira, imbécil, que te den por culo”, son las Riot Grrrl Bikini Kill parando un concierto y Kathleen Hanna ordenándole a los tíos que se vayan hacia atrás porque: “Todas las chicas deben ir delante” (“All girls to the front”), es Joan Jett cantando lo que le sale del coño aporreando su guitarra, son las poetisas de la Generación del 27 olvidadas por la historia haciendo historia, son las chicas Beatniks haciendo los mismos viajes que sus compañeros, drogándose, emborrachándose, follándose encerradas en psiquiátricos por haber probado el dulce y venenoso placer de ser libres. Es Simone de Beauvoir enganchada a un capullo de mierda como era Sartre.

Somos las mujeres haciendo historia, reclamando el placer, el derecho a la vida, a la libertad y al cagarla estrepitosamente. Somos nosotras queriendo ser nosotras y no lo que otros nos digan que tenemos que ser. Podemos ser santas, sumisas, putas, o monjas, podemos ser buenas o malas, podemos estar arriba o abajo, nos puede gustar el funk o el punk, la bachata o el hip hop, nos pueden gustar las mujeres, los hombres, todo a la vez o nada, podemos ser altas o bajas, guapas o feas, jóvenes o viejas, unas grandísimas hijas de la gran puta o unos auténticos trozos de pan, podemos ser judías que se enamoran de nazis, podemos ser palestinas que arrastran a sionistas a que cambien de opinión, a que dejen de tirar bombas y prefieran comernos el coño, o podemos ser las stalinistas que ponen a tono a los hippies. De lo que se trata es de vivir al máximo, sentir y dejar de llevarnos a la boca ese vacío que nos consume por dentro, que la vida son dos días y uno nos lo pasamos peleando por Twitter; y si de paso mientras que la cagamos cambiamos el mundo, pues mejor que mejor. Y es que si no puedo hacer lo que me salga del coño, no es mi revolución.




Opiniones de una payasa

Tengo 25 años y soy mujer, no sé realmente si es más putada lo primero que lo segundo.  Existir es bastante difícil -más aún si eres pobre, joven y mujer-.

Además de todo lo anterior expuesto soy feminista y comunista, soy la oveja roja de la familia, la que no cree en dios y odia el matrimonio por ser una institución burguesa. Hago lo que puedo, como todo el mundo, supongo ¿no? Pero en estos últimos tiempos se me hace más cuesta arriba seguir siendo yo, esa mujer que le ha costado un cuarto de siglo prácticamente librarse de la validación masculina para poder actuar y pensar por ella misma. Así que aquí estoy, exponiendo mis traumas personales como forma de política radical, explicando por qué no acabo de dormir bien por las noches y por qué huyo de Twitter –sí, ese lugar donde ahora se hace la revolución, porque en la calle solo hay que vagabundos sin techo y desgraciados varios–. ¿Qué os podría decir más? ¿Qué tengo un curro de mierda y que la gran mayoría de tíos que han pasado por mi vida son unos capullos –y alguna que otra mujer también–, o que me preguntan sin parar qué narices quiero hacer con mi vida y les digo que estoy escribiendo una novela –y en ese momento recibo la típica mirada condescendiente que implica un “pobre ilusa, ya se le pasará” –, u os digo lo mucho que me gustaría poner una puta bomba en el Parlament y en la puerta de la Moncloa y ver como estallan en pedazos esos cerdos que nos desgobiernan y nos roban nuestro dinero, ilusiones y lo que es más importante, el tiempo de nuestras vidas? Quizá debería empezar a fumar porros, como muchos de los colegas del barrio, gente inteligente que decide echarse a perder porque asumir la realidad cotidiana les resulta demasiado traumático. No es mi caso, prefiero abrazar el existencialismo, leer y escribir hasta que se me consuma la vida, eso y soportar a imbéciles que predican sin dar ejemplo, y sin moverse en la realidad. Así que ya estáis enterados y enteradas –en este artículo se apoya el lenguaje inclusivo, aunque nos sigan matando y violando por mucho que hablemos en femenino– de lo que es mi vida, una puta mierda, pero una puta mierda que al menos puedo decorar a mi gusto.

Os quería hablar de por qué me quito la pulsera que llevo con la bandera LGTB antes de entrar al curro, pero si eso quizás otro día, cuando haya superado el resto de complejos y demonios que arrastro. También me gustaría contaros lo difícil que se me hace entablar conversación con la gente corriente, esa que te encuentras en la universidad o saliendo a tomar algo con amigos –no tan cercanos, pero si lo suficiente como para compartir una noche de un sábado en una pizzería italiana–. Me hablan de sus ligues en Tinder, de sus compras en Amazon y de cuál es su restaurante preferido en Glovo. Por cierto, no me pagan por decir estas marcas, no vaya a ser que algún iluminado ya esté pensando que servidora forma parte de la disidencia controlada por el sistema, puesto que hice un anuncio de Westworld con HBO hablando de feminismo. ¿De verdad pensáis que si me hubiese vendido al capital lo haría por cuatro miserables duros? La duda ya de por sí me resulta ofensiva. Ah sí, a lo que iba, me siento como el replicante de la peli de Blade Runner que se ha dado cuenta de que hay una falla en el sistema, que la realidad no es todo lo que ve ni lo que cree conocer. Supongo que muchas somos Alicia mirando a través del espejo sin saber exactamente qué hacer, viendo como el tiempo, cada vez más loco corre frenéticamente delante de nosotras. ¿Os he dicho que también me aburre el fútbol? Hace unos años llegué a aprender la alineación de la selección nacional de Qatar y los equipos de cuarta división Inglesa para gustarle a un tío. Exacto, sí, yo la feminista que odia a los hombres y que está dejando en ridículo a Karl Marx por ser una revisionista de mierda y hacer videos en youtube hablando sobre él, hace años se dedicó a saber de futbol para gustar a los demás. Quiero aclarar que los demás nunca se han dedicado a verse películas Pre-Code o cine francés de la Nouvelle Vague, ni a dignarse a hablar conmigo sobre Agnès Varda o Simone de Beauvoir. Pero yo de Brian Clough sí. Mierda, estoy exponiendo demasiado mi vida, no vaya a ser verdad que lo personal forja lo político. Mierda, las movidas posmos las dejamos para otra ocasión. Está bien, movidas postestructuralistas, no vaya a ser que luego me digáis que no sé diferenciar a Foucault de Derrida.

El otro día me comí el primer helado de la temporada, era de coco, estaba buenísimo; también violaron a una chica, a otra más. ¿Algo normal no? También salió la sentencia contra La manada, y las penas irrisorias de los violadores en grupo de una chavala que lo lleva pasando mal perseguida por los medios demasiado tiempo. Le preguntaron durante el juicio que si había disfrutado del sexo mientras la violaban. REPITO: que si había disfrutado mientras le perforaban todos los orificios posibles y se iban corriendo encima de ella, que si había disfrutado de ser un objeto pasivo de las perversidades de 5 tíos miserables. Pero eh, tranquilos que luego somos unas locas, que malinterpretamos las palabras de Marx y dividimos a la clase obrera. El problema es que hay gentuza dentro de nuestra misma clase que se alía con el opresor y no con el oprimido, que prefiere ser parte de la cadena de mando –aunque sea una puta hormiga en comparación con la reina– y tener su cuota de poder. Supongo que el sistema se basa en eso, en el mal y la banalidad, en que salga gratuito joderle la vida a una pobre chavala, a una persona que no ha hecho nada en su vida para merecerse esto mientras que el resto mira para otro lado, mientras que ese Guardia Civil y otro perteneciente al ejército siguen cobrando el 75% de su nómina siendo violadores, o que solo se le llame abuso a una violación en grupo. ¿Cómo queréis que no estemos rabiosas? O ciertos “compañeros” más preocupados por defender la ley de un Estado corrupto que usa ese mismo código para reprimir a todo aquel que no piense como él, pero que en el caso de los derechos de la mujer esa legalidad hay que respetarla a muerte. Mira tíos, que os jodan. Os diría que ojalá os violasen a vosotros, pero no voy a imprimir la rabia individualmente, sino que la organizo para echar abajo este sistema de mierda, y también de paso para dejar claro que nosotras estamos por delante de vosotros. Cuando hablo de nosotras no solo me refiero a las mujeres –sean más o menos feministas– sino a todo aquel que se sienta interpelado a luchar por un mundo mejor con conciencia feminista y obviamente acabando con las relaciones de producción capitalistas –primer responsable de que las mujeres no podamos sustentar el poder y transformarlo–.

Os podría decir que he perdido la fe en el ser humano, pero mentiría. Cada día creo más en nosotras y menos en ellos. Sinceramente me comen el coño todos los que hablan en nombre de la libertad, la igualdad y la justicia y solo buscan imponer su visión estrecha del mundo al resto, solo buscan sus 5 minutos de fama. Salimos millones el 8 de marzo, pidiendo un mundo más libre, más equitativo y feminista, hace nada, el 26 de abril lo hicimos de nuevo, por una sentencia criminal que persigue más a la víctima que a los culpables. Odio a toda aquella gente que siempre pospone la revolución a un futuro, que habla de crear un partido de vanguardia para guiar a la clase trabajadora, pero luego repudia a los de su propia clase, desconociendo sus condiciones de vida y no considera ninguno de los partidos actuales válidos para comenzar con el cambio. Que romantiza la revolución como si después de ella el mundo comenzase de 0, como si la gente que transforma el mundo no estuviese lastrada por una educación limitada, una visión del mundo escueta y unos traumas que se arrastran allá donde vayamos. En ese caso, agradezco que me llamen revisionista y poder seguir un día más peleando, escupiendo bilis por la boca por el mundo de mierda que nos ha tocado vivir pero siendo conscientes que cada día que pasa debemos de construir la alternativa, debemos de ser capaces de organizarnos aquí y ahora, afrontar nuestras contradicciones y aglutinar fuerzas, derrocar la hegemonía reaccionaria que nos impide pensar más allá y sumar poder. Mierda, que me decían últimamente que me dedicaba a hablar de feminismo porque quería distanciarme del marxismo, que ya estaba vendida y que dentro de poco acabaría escribiendo en Eldiario.es, pues bueno amigos, aquí estoy escribiendo en una revista de mierda, mis opiniones de mierda, acerca de un puñetero mundo de mierda. Pero el punk, el comunismo y el feminismo que nunca nos falten

Por Patricia Castro




Del consentimiento al deseo: el escalón perdido

Breve ensayo sobre el caso de “La Manada” y el concepto del deseo en las relaciones entre los sexos y en la Justicia española.

El pasado jueves la justicia sentenció a la Manada a nueve años de prisión, considerando que lo ocurrido en los pasados San Fermines de 2016 no fue ni agresión sexual ni violación, sino abuso sexual; negando así que hubiese violencia o intimidación en el hecho de que cinco hombres se aprovechasen de la situación de embriaguez de una chica de 18 años para acosarla, acorralarla, violara y robarla -y mientras, grabarla.

Durante estos días se ha debatido mucho sobre la condena y la actuación de la justicia en este caso, pero a parte de todo también se han organizado diversas actuaciones por parte del movimiento feminista para mostrar apoyo a la víctima: desde las manifestaciones que se produjeron aquella misma tarde hasta una campaña en Twitter llamada #cuentalo; donde miles de chicas han compartido sus historias y experiencias entorno al abuso y acoso sexual.

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Dicha campaña alrededor de este hashtag ha abierto un debate muy importante sobre el consentimiento y el deseo; sobre la famosa frase del “no es no” y el intento de introducir el concepto de “solamente sí es sí”. ¿Pero a dónde lleva todo esto?

Si empezamos a debatir sobre el concepto y el significado del consentimiento ya podemos encontrar una brecha en el discurso entorno a él. Una de las definiciones que le da la Real Academia Española es “Permitir algo o condescender en que se haga”. Dicho significado nos tendría que hacer pensar bastante. A la hora de mantener relaciones sexuales, ¿una persona tiene que permitir a la otra hacer lo que le plazca? O en cambio, ¿ambas tienen que ser sujetos activos a la hora de desear y querer mantener uno u otro acto? ¿Por qué somos las mujeres las que consentimos y no las que deseamos, pintándonos así como objetos pasivos en la relación sexual? ¿Por qué en una relación heterosexual no se habla del hombre como quien consiente a lo que la mujer desea?

Hablar de consentimiento está bien a la hora de entender que en cualquier relación entre un hombre y una mujer se produce una relación de poder en la que ella está en desventaja. Por eso no nos sorprende, o no nos debería sorprender, las numerosas historias contadas por cientos de chicas en la red de como, en una relación sentimental o sexual, él se sobrepasó o ella tuvo que acabar cediendo para contentarle. No tiene que tratarse solamente de consentir, de permitir, sino de desear en igualdad de condiciones. De que nuestro consentimiento no se vea condicionado a factores externos como puede ser el miedo, la presión o simplemente el querer que te deje tranquila.

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Es en este punto en el que se abre el siguiente dilema: el famoso “No es no”. En una sociedad patriarcal como la que vivimos, es importante dejar claro este mensaje. Ante hombres que se toman los “no” como un “quizá”, que insisten hasta que cedes o que simplemente lo ignoran porque ponen su deseo por delante del tuyo (o que solo se detienen cuando les dices que tienes novio, porque nunca se te verá como sujeto activo en la relación sexual), es importante remarcar que “No es no”. ¿Pero qué sucede en el momento en el que no dices que no? La chica agredida por esos cinco hombres en San Fermín no dijo nunca que no, tal y como dice la sentencia y los acusados. ¿Consintió? ¿Deseaba? ¿O en el estado de shock y temor en el que se encontraba, sólo quería que pasase lo más rápido posible, temiendo por su integridad física? ¿Qué sucede con todos los hombres que se aprovechan de que vayamos borrachas para sobrepasarse y hacer lo que quieran con nosotras porque no somos conscientes o no llegamos a decir que no? ¿Qué pasa con todas las que han accedido a tener relaciones sexuales por el miedo de su posible reacción a una negativa? ¿O los “me duele la cabeza” que acaban con un “tómate un ibuprofeno y lo hacemos” o “no te preocupes, que haciéndolo se te pasa”?

Todos estos casos nos tienen que hacer posicionar aún más firmes con que no sólo “No es no”, sino que solamente “Sí es sí”. Y no un sí por presión, porque has sido un pesado o por otros factores, sino un sí con deseo.

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Muchas personas ya han empezado a hablar del peligro de dicha frase por la tergiversación que puede haber detrás, pero al igual que no vamos a negar la fuerza del “No es no”, aunque haya sido tergiversado por los abogados y magistrados (con que por ejemplo ella no dijo que no ergo consentía y no había sido violación), no tenemos que dejar de intentar que el mensaje de “solamente sí es sí” cale en la mente de la población.

@pochemucka_