Venezuela, economía y democracia

Sobre como Venezuela interpela a los demócratas, y especialmente a los liberales, ahora que se encuentra sometida a un golpe de estado.

Recientemente se han publicado una tonelada de artículos respecto a Venezuela, y el país latinoamericano ha ocupado -sí, aún más- todas las primeras planas y prime times de este nuestro país. A miles de kilómetros de distancia, centenares de plumillas pagados por las grandes editoriales y medios de comunicación deciden dar su opinión sobre uno de los últimos bastiones latinoamericanos que resiste contra la injerencia estadounidense.

Lula, Ortega, Morales, Correa, Kichner, Mújica, López Obrador y ahora -y desde siempre- Maduro conforman un grupo de políticos progresistas que han sido presionados o directamente defenestrados por las injerencias norteamericanas, sujeto geopolítico que nunca ha renunciado ni expresa ni tácitamente a la consecución efectiva de la doctrina Monroe. Algunos de los políticos señalados forman parte de lo que se conoce como la emancipación populista; ya hablamos de ello en este artículo. Otros se decantan por lo que denominan “Socialismo del s.XXI”; en cualquier caso, lo que nos encontramos es con líderes que se configuran como antagonistas a las políticas expansionistas estadounidenses.

No es mi intención lanzar proclamas a favor de Maduro, pero tampoco en contra. Este ensayo no está diseñado para caber en ningún almanaque panfletario, tan de moda en las redes sociales por un lado y otro. Simplemente voy a señalar una serie de premisas que creo que pueden ser puntos en común entre la mayoría de las sensibilidades que tienen algo que decir con respecto a Venezuela.

Primero: el país latinoamericano está viviendo dos tipos de crisis. Una de ellas es económica; pese a que Maduro y el Gobierno han intentado reducir la inflación sangrante a lo largo de 2018, Venezuela es un Estado sometido a una crisis económica de grandes magnitudes: Según el FMI, sólo 9 países -la mayoría en guerra- ha vivido depresiones semejantes en los casi 20 años que llevamos de s.XXI; Venezuela ha visto una caída de casi el 40% de su PIB entre 2013 y 2017.

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Para los que no consideran el FMI una fuente fiable, RT.com, conocido periódico digital prorruso, hablaba también de la crisis en Venezuela como una realidad. Ellos lo atribuyen, a septiembre de 2018, a una reorganización económica efectiva de la economía de la patria bolivariana, que pasa “del desorden  al orden” y que por ello las estructuras de producción, financieras y comerciales se resienten. Sea porque Maduro tiene -al fin y tarde- una idea de como organizar la economía y la tasación de precios o simplemente porque él y todo su gobierno son unos inútiles, Venezuela se hunde en la miseria. Para más inri, el líder de PODEMOS Pablo Iglesias se retractaba recientemente respecto a la prosperidad que atribuía al país caribeño, e Íñigo Errejón matizaba al respecto, aquí y aquí.

La segunda crisis de la que se puede -y se debe- hablar es la política. Nicolás Maduro fue elegido democráticamente en 2018 en unos comicios presidenciales en los que sacó el 67’8% de los votos, habiendo votado sólo el 46’2% de los venezolanos con capacidad para ello. En las últimas elecciones estadounidenses (2016) votaron el 55% de los norteamericanos, como dato en relación a la falta de legitimidad.  A su vez, las elecciones fueron defendidas como limpias y válidas por los Observadores Internacionales enviados allí. Todos los candidatos presidenciales, pese a la denuncia recogida institucionalmente de ciertas irregularidades, aceptaron la aplastante victoria de Maduro. Una decena de países, entre ellos Estados Unidos y Canadá, no aceptaron las elecciones como válidas, así como una serie de ONG y asociaciones internacionales.

En este tenso clima, nos encontramos en que la Asamblea Nacional está en manos de la oposición al PSUV de Nicolás Maduro -extraño en una supuesta dictadura- y que su presidente es Juan Guaidó, un completo desconocido hasta hace unos meses. No es uno de los clásicos de la oposición, si no alguien al que difícilmente se le puede relacionar con el golpe de estado fallido del 11 de abril de 2002 contra Hugo Chávez (como Leopoldo López). Esta Asamblea Nacional recientemente ha sido intervenida por el poder judicial venezolano, entrando en desacato; sin embargo, durante ese desacato no se ha quedado quieta: ha pasado leyes como una amnistía para los militares y civiles “que ayuden a la restitución de la democracia en Venezuela”, considerando un “deber” de los funcionarios hacer caer el régimen -lo consideremos democrático o democrático con taras, como es común en América Latina-. Así mismo, también ha aprobado una  declaratoria de usurpación de la presidencia por parte de Maduro, hace poco más de una semana.

Básicamente, se ha colocado un entramado legal, pues es la oposición quién controla el legislativo, que virtualmente permite a cualquiera medianamente motivado deponer -que no tomar el poder, importante- a Nicolás Maduro, elegido democráticamente según gente tan golpista como el ex-presidente Zapatero, que actuó precisamente de observador internacional.

Señalado esto, e invitando a hacer una búsqueda más amplia para que cada cuál reflexione en su fuero interno, creo que es necesario hacer unos comentarios sobre las diferentes posturas a adoptar respecto a este conflicto, siempre en la línea de Gustavo Petro, candidato presidencial de Colombia por “Colombia Humana”:

Primero, que estamos ante un golpe de estado de tomo y lomo contra un poder ejecutivo fruto de la revolución iniciada por Hugo Chávez y que tiene su representante en la figura del presidente Nicolás Maduro, hace menos de un año reafirmado en la presidencia de la nación soberana de Venezuela. Este golpe de estado ha sido totalmente provocado y acompañado por el poder legislativo, que si bien en cualquier democracia -como la Norte América de Trump- tiene facultades para oponerse a la acción de gobierno, va en contra de los principios de la democracia representativa cuando justifica y legalmente permite la toma de poder por parte de partidos opositores por canales a-democráticos. Si el pueblo de Venezuela vota Maduro ampliamente, y esto se reconoce por los candidatos opositores de aquella elección, la sombra de la legitimidad no debe planar si quiera entorno a Juan Guaidó y su cohorte guarimbera.

Se apoye o no se apoye las acciones del Gobierno de Maduro, se vote o no se vote al PSUV, los golpes de estado contra sistemas medianamente democráticos no deberían ser legitimados ni por el espectro de la izquierda ni por el centro liberal. Sabemos donde está la izquierda. ¿Dónde están los liberales, dónde están los liberales españoles? Tanto Ciudadanos como PP y VOX han pedido apoyo sin fisuras para el presidente autoproclamado. Parece que el PSOE va a ser el único liberal que quede sobre la mesa, y está dudando.

Cuestión diferente es que la democracia sea o no sea mejorable en Venezuela, y a su vez en Latinomérica y otras regiones del mundo. Tales apuntes no deben entrar en el debate que tenemos aquí, que tiene opciones rápidas e inmediatas: ¿hay un golpe de estado o no? ¿los golpes de estado se deben condenar en el s. XXI? Si las respuestas son un doble “sí”, no cabe entrar a discutir: primero lo urgente, desactivar el golpe, y después las críticas constructivas. Si no frenamos la destrucción de las estructuras democráticas venezolanas, ni soñemos en mejorarlas.

Segundo. Las dudas que le pueden entrar a ese centro democrático en lo político y liberal en lo económico viene, a mi entender, de una profunda equivocación doctrinal que la Guerra Fría ya se encargó de dejar en ridículo:

La economía no florece sin la existencia de una democracia burguesa.

Lo irónico es que no sólo la URSS y cía. derribaron ese mito, sino que regímenes como el de Pinochet en Chile, basados esencialmente en la dictadura militar, experimentaron un crecimiento a corto plazo fruto de la neoliberalización de la economía a costa de reducir las libertades políticas al mínimo.

Parece ser que, como Venezuela está en crisis y el partido del poder es marcadamente de izquierdas, nos enfrentamos a una respuesta lógica por parte de estos pseudointelectuales como Hayek: debe ser una dictadura. Dado que ese axioma ontológico ya ha sido descartado, continuar pensando eso sólo lleva a apoyar un golpe de estado en pos de una liberalización del mercado que los ciudadanos venezolanos no desean (o eso dicen las urnas).

Insisto, el crecimiento económico es condicionado, que no determinado, por la estructura política, como máximo; de hecho, si hacemos caso a Federico Engels es precisamente la política la que se encuentra determinada en última instancia por la infraestructura económica. Por lo tanto, no ya apoyar o no el golpe, si no que más bien a futuro: determinar si un país es una democracia o no no debería ser basado en indicadores económicos, o al menos no solamente. Que Venezuela esté en una situación de crisis no implica una dictadura, igual que cuando quebró Lehman Brothers y por ende la economía del mundo entero no significó un régimen totalitario mundial. Los problemas económicos los tendrá que solucionar Venezuela y sus políticos elegidos democráticamente, y mal vamos si pensamos que se solucionarán a través de un golpe de estado que precisamente cause inestabilidad económica.

Y tercero, para cerrar y en relación a todo lo anterior: hay un gran interés por parte de Estados Unidos y sus socios comerciales en las reservas petroleras de Venezuela, que son las mayores del mundo -incluída Arabia Saudí, que a veces parece del siglo XIII en vez que de este mundo-. Es conocida la afición de los presidentes norteamericanos a invadir países con la excusa de la democracia y los Derechos Humanos que sistemáticamente incumplen por tal de obtener los preciados hidrocarburos que hayan podido ser descubiertos. Para más información, cualquier artículo o documental de la Guerra de Irak (2003).

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Ahora que Venezuela es primer productor mundial, Estados Unidos y la OPEP no pueden dejar pasar la oportunidad de apoderarse de ellas. Como ya se hizo en Irak o en Libia -donde actualmente se han creado mercados de esclavos después de la intervención de la OTAN-, como está pasando con Bolsonaro y los recursos de la selva amazónica, así debe pasar, a ojos de las multinacionales estadounidenses y sus políticos, en la patria de Simón Bolívar y Hugo Chávez.

Con todo esto: ¿podemos ser más fríos a la hora de opinar sobre Venezuela? Gracias.

Por Ernesto González




Del populismo en América Latina

Una aproximación a la teoría lacloniana de reapertura política en América Latina

El presente artículo pretende ser una aproximación al populismo como práctica política a partir de la cual propiciar un proyecto renovado de país en el contexto de las transformaciones institucionales que en las últimas décadas experimentaron diversos países latinoamericanos. Por consiguiente, el propósito de estas líneas es ofrecer una mirada, efectuada desde la teoría populista desarrollada por Ernesto Laclau, a los cambios políticos de aquellos países que iniciaron el siglo llevando a cabo procesos constituyentes de carácter progresista: nos referimos a las repúblicas venezolana (1999), ecuatoriana (2008) y boliviana (2009).

Mediante el apelativo de populares, populistas o progresistas aludiremos indistintamente a los gobiernos que prosiguen bajo la gestión de las formaciones que, reivindicando una suerte de socialismo adaptado a los tiempos contemporáneos, alcanzaron el poder político de sus correspondientes países[1]. Pero antes de situarnos en el escenario sociopolítico que permitió el surgimiento de una nueva ola de populismo latinoamericano, tratemos de arrojar algo de luz sobre la teoría lacloniana del populismo como proceso de transformación político-institucional.

La razón populista

La razón populista que teoriza Ernesto Laclau se aparta de la tendenciosa asociación que se establece de manera recurrente entre la interpelación al pueblo y las bajas pasiones que exaltan los líderes demagogos. Por el contrario, una aproximación en mayor medida certera del populismo debería concebirlo como una forma de hacer política que reivindica al pueblo para posibilitar un proyecto renovado de país que contribuya a cambiar las estructuras de poder. De manera que, bajo un prisma laclauniano, el populismo no debería verse como una ideología sino como una forma de articular identidades populares: el modo en que una plebe disgregada pasa a constituirse como pueblo soberano. Ante la complejidad de la estructura de clases y la infructuosa inclusión de ciertas sensibilidades sociales en las categorías de izquierda y derecha, el populismo pretende superar los marcos políticos dentro de los cuales se dirime la disputa política, y la forma de hacerlo es simplificando la estructura social a partir de la dicotomía entre los de abajo (el pueblo) y los de arriba (la oligarquía). A razón de ello, el populismo aspira a producir una identidad popular que rebase las filiaciones previamente asignadas por el poder a fin de cohesionar las capas mayoritarias de la población[2]. Esta forma de amalgamar identidades resulta, como veremos en el próximo párrafo, propia de las épocas de crisis en que las instituciones se revelan incapaces de obtener los consensos de una población que se muestra desencantada con la sociedad en la que vive: la dislocación del espacio social y, ante lo cual, el repliegue de unas élites que se agrupan entre sí en formación de hermetismo, resulta la condición propicia para el surgimiento del populismo. Y puesto que el populismo trata de prescindir de los intermediarios –partidos políticos al uso– por cuanto ellos históricamente se han revelado organismos incapaces de atender las demandas populares, se promociona la relación directa del pueblo con sus representantes: la vinculación de la gente con ese líder que comparece como personificación de la soberanía colectiva puede adolecer, dicho sea entre paréntesis, de cierto caudillismo paternalista.

La situación populista

La situación de reapertura política en clave populista se produce tras un proceso de acumulación del descontento popular en la medida que los gobiernos instituidos no son capaces de dar respuesta a las demandas populares. Los motivos por las cuales se da esa incapacidad proceden del carácter fundamentalmente débil del Estado que le era propio a las Repúblicas de Venezuela, Ecuador y Bolivia a causa de tres carencias o faltas que se expresan a modo de fracturas. La primera de ellas corresponde a una fractura territorial según la cual la presencia del aparato estatal –a través de la provisión de infraestructuras, servicios y equipamientos– no se daba en la totalidad del territorio; la segunda, y quizá más fundamental, era una fractura de carácter social derivada de una estructura socioeconómica sumamente desequilibrada que dificultaba enormemente la estabilidad política; y la tercera, vinculada a la anterior, correspondía a una fractura de tipo étnico o racial por la cual el aspecto y las pautas de comportamiento de una parte minoritaria de la población, normalmente de origen criollo, se exhibían como representantes del conjunto de la sociedad.

Esta situación se había visto agravada a partir de la década de los ochenta, momento en que se despliega el neoliberalismo como programa económico, pero también político y cultural, que consigue convertir en paradigma hegemónico unas prácticas institucionales que se descubren lacerantes para el grueso de la población: piénsese en todos aquellos mandamientos que incluye la agenda neoliberal, como son desindustrializar la economía productiva, flexibilizar el mercado laboral, externalizar o privatizar los servicios públicos, reducir el déficit presupuestario de la administración, depender de las exportaciones, incentivar las importaciones, sobreproteger las inversiones extranjeras, desgravar los movimientos de capitales, bajar la tasa impositiva de las grandes fortunas, etcétera. Los gobiernos de “la larga y triste noche neoliberal”[3] se desentendían de las condiciones de vida de la población por cuanto el mantra de la economía autista exigía que sea el mercado y no la administración el espacio encargado de dar respuestas a las necesidades de la gente. Por otro lado, la promesa por la cual la inversión extranjera resultaba proporcional al desarrollo del país significaba, no ya sólo el constreñimiento de la regulación laboral y medioambiental, sino además la exclusión de las mayorías a los beneficios que podía suscitar la extracción de materias primas por parte de las corporaciones transnacionales[4]. Todo ello situaba a los gobiernos tecnócratas en la flagrante contradicción de, por una parte, aumentar las expectativas de la gente, y, por otra, reducir la capacidad de dar respuesta a las necesidades reales, al tiempo que la promoción del individualismo contribuía a desprestigiar las formas de asociacionismo civil.

Puesto que el Estado fue desprovisto de herramientas políticas y económicas para comprar la obediencia de una población que no encontraba soluciones a sus problemas en los órganos oficiales de la administración, se iba generando un malestar que tendía a expresarse por medio de protestas más o menos virulentas[5]. La percepción social que se daba en los países referidos era que el gobierno en cuestión se encontraba arrogado por unas élites que manejaban el país como una extensión de su propio patrimonio. Este panorama suscitaba que los gobiernos se mostraran incapaces de granjear lealtades y consentimientos, por lo que en demasiadas ocasiones tenían que recurrir al aparato coercitivo como único mecanismo de poder que permitiese la continuidad dominante del reducido núcleo de familias que históricamente detentó el poder político, económico y cultural.

En resumidas cuentas, la baja aceptación del las instituciones propició que las élites gobernantes ya no pudiesen enmascarar su proyecto de clase, distributivamente regresivo, por medio de la simple alternancia de distintas marcas electorales durante los periodos de concurrencia electoral. Se trataba del momento oportuno para la emergencia del populismo como una fuerza dinámica que posibilitase la cohesión de los agentes sociales consuetudinariamente desplazados de la esfera política a fin de precipitar, no sólo la transformación de la realidad interna de cada país, sino también la reconfiguración de la región en pos de una integración latinoamericana. A tenor de lo expuesto, cabría preguntarse por aquellos rasgos que articularon y posibilitaron la emergencia populista: la polaridad, la identidad, el liderazgo, y el discurso.

  • La polarización social

El populismo parte de la premisa por la cual el anhelo racionalista de una unidad social basada en la ausencia de conflictividad no hace más que empecinarse, de manera ingenua o deliberada, en negar que detrás de la aparente neutralidad de la política institucional existan relaciones de poder entre grupos sociales opuestos. Por decirlo parafraseando un concepto schmittiano, la política de verdad es siempre una política partisana. Asumiendo el antagonismo amigo-enemigo, las relaciones de oposición política permiten el reconocimiento del Otro como un afuera constitutivo a partir del cual construir la propia identidad política. La construcción del Otro como enemigo es fundamental para movilizar las propias fuerzas en la medida que es en contra del Otro que éstas se dirigen. Y, cómo no, el populismo latinoamericano ha sabido poner en funcionamiento tales postulados a través de una construcción dicotómica y antitética de las identidades sociopolíticas: nosotros, el pueblo, frente al enemigo, las élites oligárquicas al servicio del capital extranjero.

Si bien Ernesto Laclau asume que el antagonismo es constitutivo de las relaciones sociales, no considera que los antagonismos estén determinados de antemano: para que se produzca el antagonismo, no menos importante que la disparidad objetiva de intereses entre los distintos agentes, se requiere de la conciencia subjetiva por parte de estos agentes con respecto a sus intereses. Partir de semejante premisa equivale a entender que las líneas de fuga y los momentos de ruptura nunca son apriorísticos: los resultados se hayan tras todas las contingencias e incertidumbres presentes en la búsqueda de los mismos. Por lo que el populismo latinoamericano habría realizado una operación análoga a la mencionada al reordenar las lealtades políticas a fin de escindir el ámbito de lo político por medio de la segmentación dicotómica del espacio social en dos campos opuestos.

  • La identidad popular

Por otro lado, la teoría lacloniana también pivota sobre la comprensión de la política como una disputa por el sentido en la que el discurso constituye una práctica de identidades afines a un determinado proyecto político. Así pensadas, las identidades serían comunidades imaginarias, construcciones necesarias para vivir en sociedad, que se configuran a partir de la identificación con respecto a un determinado atributo o posición que siempre marca una diferencia sustancial con respecto a las demás comunidades. En los países referidos las identidades de clase que históricamente había reivindicado la izquierda política no permitían crear una narrativa que aglutinase las mayorías populares a fin de encauzar el descontento y propiciar un cambio político. Ello se explica porque el sujeto obrero relativo de las sociedades industriales no encuentra adecuación en la estructura socioeconómica de la región, donde el subempleo es muy elevado y el porcentaje de la población dedicada al sector primario sigue siendo significativo. Por el contrario, el pueblo, donde se encuentran los comunes y los cualquieras, permite con mayor facilidad la elaboración de la identidad colectiva en la que se fundamente la acción política.

También decíamos que toda identidad se construye postulando una diferencia como diferencia fundamental a partir de la que se excluyen las demás identidades, y esa diferencia adquiere múltiples formas: ya sea disponer de un auto amplio o, por el contrario, utilizar el masificado transporte público, ir de compras al centro comercial o tener que laborar a cuenta propia todos y cada uno de los días del año. Eligiendo algunos elementos en común con los que identificarse, al tiempo que son desechados otros, es como se postula la identidad cohesiva de la comunidad imaginada. A la sazón, la identidad es la sublimación de algún tipo de identificación política que, siendo potenciada por un determinado proyecto de lo común, delimita un adentro colectivo (nosotros, el pueblo) con el propósito de delimitar un afuera (ellos, la oligarquía). Aunque en cualquier caso está fuera de toda duda que semejante identificación siempre es construida, contingente, incompleta y cambiante.

  • El liderazgo carismático

Según Laclau, la identificación afectiva por parte de la población a ciertos liderazgos carismáticos no tendría tanto que ver con una relación de idolatría como sí con la función de símbolo que en un momento dado un individuo es capaz de ejercer para aglutinar sectores sociales e ideológicos diversos y fragmentados. La particularidad de los liderazgos populistas radica en que, a diferencia de los corifeos tradicionales, éstos no necesariamente se desvinculan de las masas para reafirmarse por encima de ellas. El líder populista, por el contrario, trata de asemejarse a la gente corriente a fin de que los comunes se identifiquen con él. De tal manera que el nombre privado del adalid en cuestión empieza a asumirse como un nombre público de identificación colectiva: lo que era un nombre particular empieza a designar una realidad colectiva[6].

Otro aspecto característico de los líderes populistas es su procedencia distante con respecto al sistema político previamente constituido, ya sea porque no habían contribuido en la descomposición política de sus respectivos países o porque se habían opuesto directamente a ésta a través de algún hito más o menos heroico que los presentaba como referentes ante la mayoría social[7]. Siendo tal el desprestigio de un sistema político percibido como corrupto y endogámico, el líder carismático que tiene las manos limpias y anhela la refundación del país se encuentra capacitado para construir una mayoría nucleada en torno a su programa político. Por consiguiente, el líder simplemente es la figura visible de un proyecto político que inexorablemente debe ejecutarse a través de un gesto colectivo.

  • La práctica discursiva

Aquí nos encontramos con la importancia que para Laclau tienen aquellos términos que por su carácter poco sistematizado son esencialmente ambiguos: los significantes vacíos. A estos significantes se los considera vacíos precisamente porque se prestan a interpretaciones distintas, constituyen pura forma y no expresan un contenido literal. Dicho categóricamente, “un significante vacío es, en el sentido estricto del término, un significante sin significado[8] al que sería posible dotarle de uno siempre y cuando se logre que ese significado sea asumido por el conjunto de la comunidad de hablantes. Por consiguiente, en tanto que símbolos sobre los que es posible volcar ciertas cargas conceptuales, los significantes vacíos constituyen materia prima ideológica. La importancia de reparar en ello radica en que la actividad hegemónica consistiría primordialmente en apropiarse de los significantes comunes dotándoles del significado ideológico, y por tanto específico, del grupo que aspira devenir hegemónico. Completar las ausencias conceptuales que presentan los significantes vacíos es lograr que la comunidad, interpelada por los significantes en cuestión, conceptualice las ideas del grupo hegemónico. La apropiación de los significantes vacíos, dotándoles de un contenido compartido que sea concomitante a los intereses del grupo que aspira a devenir hegemónico, resulta indispensable en la batalla por la hegemonía. Pero veamos cuales vendrían a ser algunos de los significantes vacíos resignificados por las formaciones populares latinoamericanas:

Revolución. La revolución dejó de ser aquél concepto denostado por los gobiernos derechistas para presentarse como un proyecto modernizador de país. Lejos de asociarse con la algarabía política o las prácticas guerrilleras, la revolución ha sido vivida de manera positiva en tanto que necesaria para la democratización del acceso a los recursos sociales.

Patria. Este concepto, sobre el que se sienten fuertes vínculos afectivos y, por ello, resulta ampliamente movilizador, ha sido direccionado hacia la prosperidad de la comunidad por medio de la defensa de las conquistas sociales: procurar una educación gratuita, una sanidad accesible a todos, y un empleo retribuido dignamente. Dejan de ser patriotas, por tanto, quienes vendían las riquezas naturales del país a cambio de una posición de privilegio, así como los hacedores de política que supuestamente debían renegociar la deuda pública y, a un mismo tiempo, eran accionistas de los bancos nacionales que posteriormente compraban los bonos de deuda en el mercado secundario.

Democracia. Otro de los significados que, hasta la llegada de los gobiernos populares, se encontraba inscrito en el discurso de la oligarquía dominante. La democracia únicamente podía entenderse si antecedía el epíteto de liberal, siendo, a efectos prácticos, una democracia reducida a su mínima expresión. La labor resignificativa llevada a cabo por los gobiernos populares ha permitido repensar el concepto de democracia como un concepto expropiatorio, puesto que parte de que los muchos tomen el poder que atesoraban unos pocos y lo repartan entre todos.

Consideraciones finales

En resumidas cuentas, aquello a lo que llamamos populismo correspondería a un discurso que identifica las capas sociales mayoritarias como el pueblo legítimo. Pero, puesto que toda comunidad imaginada se conformaría en oposición a otra, la exaltación de la identidad popular requiere su movilización frente a un enemigo[9] que, en el caso de los populismos latinoamericanos, principalmente se identifica con las élites que históricamente han comandado el país: la tradicional oligarquía político-económica que se sirve de los recursos públicos para su enriquecimiento privado. En este sentido, el populismo no debiera entenderse como una ideología en cuanto tal, sino más bien como una forma de intervención política. Precisamente, en tanto que estrategia política con capacidad por hegemonizar el campo de lo social, el populismo tiene la particularidad de generar y aglutinar imaginarios que aúnen y movilicen en grado mayor que los del adversario debido a su capacidad de albergar un crisol de demandas que logran su unificación por cuanto que se enfrentan a un adversario común.

De este modo se podría decir que, en una situación con muchas reivindicaciones parciales o sectoriales desconectadas entre sí (trabajadores precarios, campesinos sin tierras, desempleados en general, madres solteras, estudiantes sin ingresos, indígenas históricamente excluidos, pequeños y medianos empresarios sin acceso al crédito, inmigrantes indocumentados, etc.), el discurso populista sería capaz de equipararlas al establecer entre ellas una función equivalente en tanto que reivindicaciones desatendidas por los poderes vigentes. No resulta complicado comprender la homologación susceptible de darse entre esas reivindicaciones si advertimos que, aun cuando aparentemente parecerían muy heterogéneas entre sí, su equivalencia está en que el sistema instituido no satisface cualesquiera que estas demandas sean. Laclau advierte, por consiguiente, que todos los sectores sociales que supuestamente tendrían intereses autónomos entre sí pueden orbitar en torno a una potencial identidad diferencial del orden administrado: al percibir los sectores desatendidos que sus diferentes demandas forman parte de una misma realidad política, pueden agruparse como una comunidad más amplia con el propósito de modificar la correlación de fuerzas en su favor.

Asimismo, el populismo se expresa en una retórica nacional-popular al pretender articular las capas mayoritarias de la nación que no participan de las cuotas de bienestar de las minorías privilegiadas. Así que la nación es capaz de actuar como catalizador del movimiento de los pueblos si éstos son capaces de identificarse con ella y encontrar en ella el espacio de resolución de la tensión social. A fuer de lo dicho, el conato populista presente en los gobiernos progresistas latinoamericanos debiera entenderse como un rechazo, por medio de la movilización de diferentes actores posibles cohesionados por una narrativa nacional-popular, al régimen previamente instituido. El populismo se vuelve así una referencia imprescindible para comprender la voluntad de cambio político en aquellos regímenes que, pudiéndose inscribir en principios aparentemente democráticos, excluyen a la mayoría de la igual capacidad por participar en los asuntos públicos en la que se basa una democracia efectiva.


[1] Alianza País (AP) en Ecuador, Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Movimiento al Socialismo (MAS) para el caso de Bolivia. Todos ellos fueron partidarios del Socialismo del siglo XXI.

[2] La canción de Gino González titulada “Nosotros con Chávez” resulta sumamente característica del proceso en cuestión. Para visualizar el clip: https://www.youtube.com/watch?v=_mNMDuyhBJ0

[3] Modo por el cual el presidente ecuatoriano Rafael Correa se refiere al periodo político-institucional iniciado con la llegada de Osvaldo Hurtado a la presidencia en 1981 tras el ¿asesinato? de Jaime Roldós.

[4] Prueba de que la inversión extranjera no tenía ningún efecto multiplicador en las economías nacionales está en que, previamente a la renegociación del gobierno ecuatoriano con las petroleras, se estima que 80 de cada 100 barriles de crudo extraído en el país formaban parte de las utilidades de éstas y no del propietario legítimo de los recursos naturales: la República del Ecuador. Los efectos de la rapiña de las transnacionales sobre los sectores estratégicos de la economía fueron más que evidentes.

[5] Más parecidas a sacudidas espasmódicas que, por el contrario, a revueltas organizadas, estas protestas tienen una de sus manifestaciones más emblemáticas en el Caracazo venezolano de 1989. La Guerra del Agua de Cochabamba del 2000, así como la Rebelión de los Forajidos de Quito en 2005, son otras de las expresiones populares de rechazo a las políticas de carácter neoliberal.

[6] Dicho lo cual resulta pertinente citar al comandante Chávez cuando en la campaña de las Elecciones Presidenciales de 2012 (23 de agosto) afirmó aquello de “Chávez ya no soy yo, Chávez es el pueblo”.

[7] Hugo Chávez protagoniza el levantamiento cívico-militar de 1992 contra el presidente de Carlos Andrés Pérez asumiendo la responsabilidad de sus actos; Evo Morales fue un líder sindicalista que tuvo un papel destacado en la guerra del gas de 2003; y Rafael Correa dimitió como ministro del gobierno de Alfredo Palacio de 2005 por negarse a aplicar unas políticas económicas que tildaba de saqueadoras.

[8] Laclau, Ernesto. (1996) Emancipación y diferencia. Ed. Ariel.

[9] Puesto que la figura del enemigo es indispensable en la promoción de una guerra psicológica que mantenga las fuerzas propias cohesionadas entre sí y leales a un proyecto específico, semejante enemigo puede ser tanto una amenaza real como una creación ficticia. Asimismo, el enemigo puede ser interno (la restauración neoliberal) o externo (el imperialismo yanqui), y en no pocos casos tanto lo uno como lo otro.


Por Genís Plana




Por Dios y por Chile: a 45 años del golpe militar de Pinochet

Breve ensayo sobre los residuos del Gobierno militar del General Pinochet y la nefasta influencia de los Chicago Boys en la economía chilena.

Hace tiempo, en El Fáctico realizamos una entrevista al Dr. en Derecho Alfons Aragoneses, donde tratamos la dictadura franquista, su legislación y lo que ha quedado de todo ello en la sociedad española actual. Este artículo pretende hacer lo mismo con la realidad chilena, a 45 años del golpe de Estado del General Pinochet.

Lo primero a tratar, siendo un General del Ejército que había jurado lealtad al Presidente Salvador Allende -convirtiéndolo en traidor a la patria, con pena de muerte según el Código Penal chileno-, son las Fuerzas Armadas del país. La Ley 13196, o Ley Reservada del Cobre, desde 1976 entrega a las Fuerzas Armadas el 10% de todos beneficios del cobre nacional. Actualmente, reporta ello sólo 180 millones de dólares al ejército. La vinculación entre la mayor importación nacional y las Fuerzas Armadas no es casual; el cobre es Chile, y Chile son sus Fuerzas Armadas. Con esta ley, los cuerpos militares se aseguran de recibir ingresos estables, a la vez que los convierte en protectores, por interés nacional y propio, de la mayor industria chilena y una de las más contaminantes.

Pero no sólo hay ejército: el cuerpo policial no existe como tal, sino que es un cuerpo militar el que se encarga del orden y la seguridad en los pueblos y ciudades: los carabineros. Es como si la guardia civil, los grises, siguieran siendo la fuerza del orden omnipotente, como fueron en la España franquista. No se concibe y conserva otro orden, otra seguridad, otra fuerza, que no sea la de las gloriosas Fuerzas Armadas.

Otro de los elementos que moldea el Chile actual es el desembarco de los Chicago Boys. Como describe el documental “La Doctrina del Shock“, estos economistas norteamericanos abanderados por Milton Friedman usaron el Chile post-golpe para experimentar con el neoliberalismo. Como señala David Harvey en “Breve historia del neoliberalismo”:

El golpe contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende fue promovido por las elites económicas domésticas que se sentían amenazadas por el rumbo hacia el socialismo de su presidente. Contó con el respaldo de compañías estadounidenses, de la CIA, y del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger. Reprimió de manera violenta todos los movimientos sociales y las organizaciones políticas de izquierda y desmanteló todas las formas de organización popular (como los centros de salud comunitarios de los barrios pobres) que existían en el país. El mercado de trabajo, a su vez, fue «liberado» de las restricciones reglamentarias o institucionales (el poder de los sindicatos, por ejemplo).

El régimen de Pinochet convirtió en el baluarte del neoliberalismo a Chile, que abrió la puerta a la precarización de las masas asalariadas, la privatización de las empresas públicas y la contracción del Estado en todos los ámbitos económicos: sanidad, educación, pensiones.. Pero en una sociedad de mente progresista, que había elegido a Allende como Presidente tan sólo 3 años antes, fue necesaria la imposición, la coacción, la represión: de ahí la importancia de las Fuerzas Armadas.

La cruzada, porque no puede ser denominada de otra forma, se llevó por delante no solo las infraestructuras económicas que aseguraban un frágil Estado del Bienestar, sino que impidieron la movilización política de las masas asalariadas, por lo que no pudieron organizarse y establecer demandas, incluso subvertir el orden pacíficamente como proponía el Presidente Allende. Dada la falta de poder negociador durante la dictadura, la izquierda política salió tímidamente de la dictadura, justo a tiempo para ver como los padres de la nueva República Chilena consagraban en la Constitución el neoliberalismo más sangrante.

Esto ha permitido en el Chile pinochetista y en el post-dictadura un oligopolio empresarial de proporciones bíblicas, quizás únicamente comparable a la Rusia post-colapso de la URSS. Una serie de familias y sujetos controlan la economía y las finanzas de Chile, dictaminando casi directamente el rumbo de la política económica nacional. Un ejemplo práctico de cómo esto afecta al ciudadano de a pie:

En 2014 se demostró que las empresas de papel higiénico, básicamente dos, se dividieron el mercado chileno durante 12 años, creando una de las situaciones de colusión más memorables de la historia. Durante esos 12 años que duró el pacto -básicamente hasta que fueron descubiertos- la población chilena estuvo pagando precios muchos más elevados  a los de “mercado perfecto”, enriqueciendo sin límites a las dos compañíasse calcula que entre 440 y 550 millones de dólares– y atacando directamente al bolsillo de las clases populares, siendo como es el papel higiénico un bien básico en las sociedades modernas. Afortunadamente, en 2018 una sentencia decretó la ilegalidad del pacto, haciendo que las compañías pagaran a cada chileno que lo solicitase 7000 pesos chilenos (9 euros aproximadamente). De vergüenza.

Pero esto no es un caso aislado. Hay una doctrina política autóctona que llama la atención: el Gremialismo. El Gremialismo se basa en la existencia de unos cuerpos intermedios, que actúan entre el Estado y los particulares; son colectivos que agrupan particulares con los mismos intereses. De profunda raíz católica, señala que estos colectivos han de cumplir su función en el recto orden social y moral del país; no el de otros. Esto significa una inmovilidad social absoluta, una asignación de funciones a las personas en función de su origen social y un estancamiento de las dinámicas políticas,  del progreso socioeconómico, y esto lleva sin remedio a la pervivencia de la clase dominante -la criolla, la empresarial- ad eternum. Por lo tanto, nos encontramos con una especie de corporativismo latinoamericano, una economía capitalista a más no poder y unas Fuerzas Armadas glorificadas.

La Iglesia es otro de los puntos fuertes, como se puede ver. Controlan universidades, centros educativos y de investigación, y ejerce como lobby de presión: el matrimonio homosexual no es posible en Chile. Como uno de los pilares del régimen, sigue manteniendo su hegemonía sobre gran parte de la población, que engloba todas las capas sociales. Y no ha estado exenta de escándalos; este mismo año dimitieron todos los obispos chilenos después de que el Papa Francisco los acusara de destruir pruebas que incriminaban a sacerdotes en delitos de pederastia, y 14 sacerdotes han sido suspendidos por hechos similares en lo que va de año.

La patria es otro de los elementos que podemos entender como supervivientes de ese régimen. Chile es un Estado centralizado a la francesa, lo que le ha traído problemas nacionales que posteriormente analizaremos. Si uno pasea por las calles de la capital, se puede hartar a contar banderas chilenas, banderas de la patria. Quizás esto no es un casual: la Ley n°20.537 permite izar la bandera chilena sin previa autorización “cuidando siempre de resguardar el respeto de la misma y de observar las disposiciones que reglamenten su uso o izamiento“. Si la pones mal, la multa varía entre los 60 y los 300 euros. La identificación de los chilenos con su patria es un valor que se cultiva a lo largo de la vida del chileno promedio a través de las instituciones que recorre.

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Antes del golpe de Pinochet el marxismo, como en la España franquista, se consideraba -como ahora- un ataque directo a la Patria, una amenaza para el país, la mayor traición posible. Esto no ha de ser extraño, si aplicando un análisis marxista entendemos que el espíritu de país es el de sus clases dominantes, y esas clases dominantes eran y son de corte ultracatólico, acérrimos defensores de una especie de corporativismo fascista con moral católica. El marxismo queda retratado como la llama que ha de arrasar la nación chilena, cuando lo único que iba a arrasar eran los privilegios mineros de la oligarquía chilena y la internacional, a través de la nacionalización de la industria del cobre -Ley 17450, de reforma constitucional,​ publicada el 16 de julio de 1971.

Esto son extractos de un periódico chileno de tirada nacional (El Mercurio), donde un profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile justifica el golpe militar -curioso, sin usar esos vocablos-  con los mismos argumentos que el franquismo más abyecto:

Se dice con frecuencia en ciertos círculos ilustrados de la derecha -en fin, llamémoslos así para darles cierta relevancia- que, por una parte, hay que estructurar un relato, y que, por otra, lo importante es el futuro y no el pasado. Habitualmente no son los mismos los que sostienen una cosa y la otra, pero tampoco es frecuente que se ponga a ambas afirmaciones en contradicción. O sea, los que claman por un relato solo quieren que contemple el futuro: el pasado debe quedar fuera de toda mirada derechista moderna, piensan.

Absurdo.

¿No tiene la derecha de qué alegrarse en la historia de Chile? ¿No defendió habitualmente la acción civilizadora de España y de la Iglesia Católica en nuestro país? ¿No fue, con Portales y Manuel Montt, la constructora de nuestra institucionalidad? ¿No fue quien enfrentó al marxismo desde los cuerpos intermedios y la política, hasta derrotarlo en todo el cuerpo social? ¿No son los conceptos de experiencia y tradición parte de su acervo?

El extracto no es un blanqueamiento de la dictadura y la represión de 40.000 personas, incluyendo vuelos de la muerte; esto es otro nivel: la “experiencia” que defiende es apología de un crimen contra la humanidad, que acabó con un gobierno democrático y popular, en la vía del socialismo pacífico. No lo digo yo, lo dice la Carta de Londres, 8 de Agosto de 1945, que define el crimen contra la humanidad como “el asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y cualquier otro acto inhumano contra la población civil, o persecución por motivos religiosos, raciales o políticos, cuando dichos actos o persecuciones se hacen en conexión con cualquier crimen contra la paz o en cualquier crimen de guerra”.

La Iglesia, cómo no, aparece retratada como la salvadora espiritual y material del pueblo chileno, como baluarte que, pasando a la ofensiva, derrota al marxismo -por physical removal, más que otro método-. Y como olvidar los cuerpos intermedios de corte fascistoide; sólo los purificados con fuego pueden formar parte de la gloriosa nación chilena: los sindicatos, asociaciones y partidos izquierdistas, grupos sociales organizados desde un punto de vista progresista fueron y han de ser todos barridos por la cruz, la espada y la hoguera. Y los helicópteros.

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El Presidente Allende fue bombardeado, en un Palacio Moneda que quedó barrido por las llamas, un maldito 11 de septiembre, 1973, mientras en su último grito radiofónico clamaba por las Grandes Alamedas. 17 años de dictadura, unos Chicago Boys y unos cuantos gobiernos corporativistas después, no nos debe extrañar que semejante columnista niegue verdades como puños. El Pinochetismo sigue vivo como ideología e ideal en muchos rincones de Chile, alentado por la oligarquía enriquecida gracias a su mano firme; por Dios, y por Chile.

Aquí otro extracto del autor:

En paralelo, las feministas han operado sobre la base de la gratuidad.

Saben que gran parte de los alumnos que no pagan (no por mérito, sino por decil) estarán inclinados a apoyar cuanto movimiento populista se les ofrezca, ya que perciben su posición universitaria como un derecho y no como una responsabilidad. Las feministas han entendido muy bien que es mucho más fácil protestar cuando sientes que se te inflama el corazón, pero el bolsillo no te lo reprocha.

La gratuidad pasará a ser, entonces, un auténtico caldo de cultivo para numerosas falanges de activistas, desde el nivel del simple curso a las estructuras de las federaciones. Ahí encuentran ya un nicho los mediocres y aprovechadores que en los regímenes de exigencia académica nunca podrían prosperar. Y, con el paso de los años, serán nata. Las feministas lo saben y operan para el futuro sobre esa base.

Como se puede observar, la profunda convicción católica y ultraconservadora de la élite chilena es incapaz de hacer pasar por sus sinapsis cerebrales lo que significa la igualdad entre el hombre y la mujer: el aborto sólo está permitido para salvar la vida de la embarazada, por inviabilidad fetal o por violación. El derecho a decidir sobre su propio cuerpo es algo que no está contemplado en la legislación chilena, no vaya a ser que las mujeres pobres se salven de desangrarse en un aborto clandestino. ¿Argentina? Está a años luz en cuanto a conciencia feminista.

Como se habrá notado, la ola de feminismo mundial ha hecho que la “intelectualidad” conservadora de Chile vincule al término todo lo que sea rompedor. La universidad gratuita es una entelequia del marxismo cultural ligado de algún modo al feminismo incipiente, y algo a evitar si no se quiere que la universidad se llene de mediocres. Es igual que los estudiantes tengan que superar una prueba de acceso para entrar al grado: sólo pagar 4 millones de pesos chilenos al año por ir a la universidad te salvan de la mediocridad, como todo el mundo sabe en Occidente -al cambio, 5000 euros-.

Cuando el sueldo medio en Chile, al mes, está en 646 euros y el mínimo en casi 400, tenemos que un trabajador ha de trabajar todo un año sin gastar para que uno de sus hijo pueda ir a una universidad privada que, sorpresa, han aparecido como hongos después del diluvio. La pública no está ni se la espera; de hecho, ni existe como tal: vale lo mismo que la privada. La situación es todavía más dramática cuando el 20% de los trabajadores cobra realmente entre 250 y 375 euros al mes (incluye jornada parcial) y podemos empezar a llorar cuando nos damos cuenta que la situación laboral es de risa: no hay EREs, no se ha fomentado la creación de sindicatos de clase (con una fragmentación en pequeños sindicatos de empresa débiles), el empresario sabe quién está afiliado porque saca la cuota sindical directamente del sueldo del trabajador, la permanencia en el puesto de trabajo de una mujer que acaba de parir, protegida por ley en todos los Estados de Bienestar, puede ser revocada libremente por un juez a petición del empleador…

No vamos a hablar de la Sanidad Pública y el sistema de pensiones, porque va en la misma línea. Las pensiones han recibido recientemente un impulso privatizador, intentando que se aplique el modelo de mochila austríaca tan pregonado por político españoles como Albert Rivera. A su vez, el Fondo Nacional de Salud o Fonasa es considerado por el 75% de los chilenos como una protección insuficiente: dictaminan que la sanidad pública es mala, deficiente. En consecuencia, la gente ha de ir en masa a la sanidad privada, donde las tarifas rondan, por una noche de cama de hospital, entre los 500 y los 120 euros.

Finalmente, los mapuches. Esta nación, como se presentan, no encaja en el esquema centralista chileno: son población indígena no asimilada en las lógicas del capital. Como tal, se encuentran precarizados, faltos de ingresos, a la vez que ven como sus tierras son expropiadas por el gran capital. Muchos han de emigrar a las grandes ciudades, donde subsisten como mano de obra barata en condiciones terribles o forman el lumpenproletariado urbano, habitando chabolas de la periferia. Su reivindicación nacional fallida, y la incomprensión del resto de habitantes de Chile, ha llevado a los mapuches a cometer actos vandálicos. El Estado reaccionó tildándolo de terrorismo, y actualmente son sometidos a una represión cruda en las tierras que les quedan.

Chile es un país precioso, lleno de complejidades. Sin embargo, su historia política hace que no sea un país para venir como currela, como trabajador raso. Ésta no es otra que la Tierra prometida del entrepreneur, y lleva una Biblia bajo el brazo.

 

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor- S. Allende

 

 




Clasismo y racismo en la ley francesa contra el acoso callejero

Cuando el neoliberalismo progresista se las da de feminista

Estos últimos días ha saltado a la prensa internacional la ley votada por la Asamblea Nacional francesa que busca penalizar el acoso callejero que sufren las mujeres cotidianamente. En nuestro país la noticia que afecta al país vecino ha sido celebrada sin cortapisas por las feministas de un lado y de otro, aún sabiendo que viene legislada por un gobierno como el de Macron, que es poco sospechoso de ser un aliado de la lucha feminista. Creo no equivocarme al decir que en España no se está entendiendo lo que en realidad supone esta ley. En Francia el debate feminista sobre la medida ha estado mucho más abierto y sociólogas y juristas feministas han relacionado la medida con el purplewashing (definido por Brigitte Vasallo como el proceso de instrumentalización de las luchas feministas con la finalidad de legitimar políticas de exclusión contra poblaciones minorizadas, habitualmente de corte racista) y el populismo punitivo (estrategia política en la que la respuesta “rápida” y “eficaz” a los problemas de seguridad pasa por el endurecimiento del sistema penal). Y no es para menos.

Al mismo tiempo que el gobierno recorta para la lucha feminista y la defensa de los derechos de las mujeres, como denuncian las asociaciones, incluye una medida de penalización del acoso que sufren las mujeres en la calle, una lacra evidentemente existente. En primera instancia, ya nos debe sorprender por lo menos esta paradoja y la eventual existencia de un genuino embate feminista por parte del gobierno de Macron. Pero más allá de lo que podamos intuir, lo que sucede es que el tipo de delito que quiere recoger el código penal ya está tipificado por la ley (el acoso y las infracciones físicas, sexuales y verbales). Y como sucedió con medidas muy similares en Bélgica, y concretamente en la ciudad de Bruselas, las denuncias tramitadas son mínimas (por la dificultad de probar el delito) y este tipo de arsenal legal se superpone al pre-existente. El problema no es de falta de un delito específico sino de falta de formación de los agentes sociales (policía, abogados o jueces) implicados en la violencia sexual. Si la cadena penal ya tiene problemas para probar estas violencias que sufren las mujeres, lo que se debería es dotar a los distintos agentes de mecanismos para identificarla, enfrentarla, denunciarla y juzgarla, es decir, de formación en perspectiva de género. Creo que uno de los temores que tienen las mujeres en distintos espacios sociales es que los agentes que deberían ayudarlas terminen por colaborar con los agresores en la desacreditación de la víctima y la banalización de la violencia. Superponer delitos endureciendo el código penal es populismo punitivo, hacer ver que atacas el problema pero sin tocar sus raíces. Quiero decir: el problema no es un código penal laxo, sino su falta de aplicación por los agentes tout court. Lo que los expertos penalistas advierten es que lo que reduce la criminalidad no son tanto las condenas largas, duras o pecuniarias, como la certeza de que el agresor sea castigado, la alta probabilidad de ser descubierto y condenado.

Lo más importante es que en la penalización del “acoso callejero” el objetivo se convierte evidentemente en la calle (sólo la calle presuntuosamente peligrosa y conflictiva) y en sus poblaciones, que son las más pauperizadas y racializadas. Se somete así a un control policial, incluso mayor, al conjunto de las clases populares, que son siempre el sujeto “sospechoso” y administrado. Esto entra en mayor concordancia con un gobierno claramente clasista, racista y neoliberal como el de Macron. Como en 2006, con el velo, la Francia laica y republicana se suma de nuevo al purplewashing atacando exclusivamente el machismo (y mal) de esos retrógrados que son los pobres y los migrantes.

Lo que deberíamos finalmente destacar es lo selectiva que es una ley que apunta a la calle y a los pobres. Esto no pretende santificar las acciones de los más precarios, sino mostrar cómo los más privilegiados se escapan. La ley se “olvida” de la violencia sexual ejercida en los barrios ricos (que nunca son “calle” porque jamás están bajo el yugo del reajuste urbanístico indeseado, el control policial constante o las “ordenanzas de civismo”), en las universidades o en las empresas, donde el “presidente de los ricos” seguirá amparando el machismo de los suyos.

Por Aldo Rubert.




Liverpool, la afición de izquierdas de la Premier League

El Liverpool FC y la política en el deporte rey: las irreductibles gradas izquierdosas de la Gran Bretaña post-industrial

En mayo de 2017, un mes antes de las Elecciones Generales del Reino Unido en las que Jeremy Corbyn pulverizó todas las encuestas y logró arrancarle la mayoría absoluta a los “Torys”, el sector de la grada del Liverpool FC llamado “The Kop” mostró una pancarta en apoyo al candidato del Labour Party, junto a otros símbolos de luchas sociales del club del norte de Inglaterra.

Este hecho chocó bastante a la prensa y aficionados ingleses, más acostumbrados a campos despolitizados y sin referencias políticas, que cuestionaron la idoneidad de mezclar futbol y política.

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No es el objetivo de este artículo preguntarnos sobre el dilema mencionado anteriormente, si bien es innegable que futbol y política han ido siempre de la mano, tanto en el pasado dónde fue utilizado especialmente por regímenes autoritarios, como en el presente, en diferentes expresiones que van desde la izquierda a la ultra derecha. A los aficionados “Reds”, sin embargo, no les sorprendió mucho. El Liverpool es probablemente el único equipo en la élite inglesa cuyos fans son tan claramente de izquierdas. Los motivos son varios y a menudo están relacionados, pero podríamos decir que todo empezó con Bill Shankly.

Shankly, fue un entrenador escocés que dirigió el conjunto de Merseyside durante 15 años (1959-1974) y que, básicamente los llevó de segunda división a campeones de Inglaterra en menos de 5 años. Además de esto, consiguió muchos otros títulos nacionales y diseñó el equipo que iba a ganar dos Copas de Europa seguidas en 1977 y 1978. Pero Shankly es recordado por mucho más que los títulos que logró traer al club. Muchos lo definen como un “hombre del pueblo”, capaz de conectar con los aficionados de una manera muy genuina.

Shankly había combatido en la Segunda Guerra Mundial y era la representación perfecta del Reino Unido de Post-Guerra, ese Reino Unido de Clement Atlee y Harold Wilson y, sobre todo, ese Norte de Inglaterra y ese Liverpool industrial del humilde obrero que va al campo el fin de semana a tratar de evadirse de su duro y mal pagado trabajo durante la semana.

Shankly se definía como socialista, pero no tenía el marco teórico de muchos intelectuales, él prefería ejercerlo, ponerlo a la práctica, su filosofía queda genialmente resumida en una frase para la historia, que el mismo Corbyn mencionó en un mitin en 2017:

 El socialismo en el cuál creo, es todo el mundo trabajando para un mismo objetivo y todo el mundo teniendo parte de la recompensa. Así entiendo el futbol y así entiendo la vida.

Shankly siempre decía que sus jugadores eran unos privilegiados por poder jugar para unos aficionados como los del Liverpool y consiguió crear una conexión irrepetible con los fans, de los que siempre decía que eran lo más importante del club y sin los cuáles el futbol no sería nada. En esos tiempos de futbol sin jeques ni oligarcas rusos, Shankly respondía a los miles de cartas que le llegaban y su implicación era tanta que llegaba a enviar entradas para partidos a fans que no habían podido conseguir una, a menudo junto a un texto escrito de su puño y letra, conservados por muchos aficionados como auténticas reliquias. Tras retirarse por sorpresa en 1974, a Shankly se le veía regularmente en los entrenos o incluso alguna vez fue al sector Kop de la grada de Anfield, para ver un partido con los hooligans Reds.

El escocés era una especie de “Populista futbolero”, que le valió la adoración semi-religiosa de los fans, tanto que en la celebración de su última FA Cup en 1974, dos fans saltaron al campo para besarle los pies.

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Shankly fue la chispa, pero la gasolina tiene nombre de mujer: Margaret Thatcher.

La mujer de hierro, que ejerció de Primer Ministro del 1979 al 1990, es vista como un auténtico demonio en el viejo Norte Industrial de Inglaterra. Su política de desindustrialización y desregulación, así como su odio visceral a la izquierda, afectó enormemente a la ciudad de Liverpool.

Esta llegó a su máximo punto de declive cuando en 1985 llegó a tener un 20% de desempleo, más del doble que la media nacional (y esto en un país en dónde se mide el desempleo con indicadores muy discutibles), lo cual provocó un aumento de la criminalidad y del uso de drogas duras, así como un desánimo generalizado y la sensación de haber pasado de estar entre las ciudades más dinámicas del país a convertirse en una ciudad sin futuro.

En este contexto, el Liverpool FC y el Everton FC, ambos de la misma ciudad, eran los dos equipos más potentes de la liga y entre los dos, llegaron a ganar 9 de los 10 campeonatos de liga disputados en los años 80.

Obviamente, el descontento social tuvo su representación en el campo, con una hinchada politizada y de izquierdas, cantando canciones contra Thatcher y su gobierno. Esa será la época de más consolidación de la izquierda en la ciudad y consecuentemente, en la afición.

Pero el punto de no retorno llegó en abril de 1989, cuando 96 aficionados del Liverpool FC fallecieron trágicamente tras ser aplastados por una avalancha humana en el partido de las semifinales de la FA Cup jugado en Sheffield en el famoso estadio de Hillsborough. Durante los primeros días, la mayoría de los tabloides y políticos de derechas no dudaron en criminalizar y culpar a la afición del Liverpool de su propia desgracia, al tener una reputación de “hooligans”.

Se criminaliza a la ciudad, por aquel entonces muy empobrecida, y los fans son descritos como una turba de borrachos descontrolados con la voluntad de hacer una invasión de campo, siendo la portada más polémica sobre el tema la que publicó el diario The Sun.

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La gente de Liverpool jamás se lo perdonó y hoy en día, es frecuente ir a los quioscos de Liverpool y encontrarse un letrero avisando: “Vendemos diarios, pero no The Sun”. Es también frecuente que cuando los fans se desplazan a un partido fuera y se encuentran ejemplares de The Sun gratis en el aeropuerto, los cogen todos y los meten en la basura más próxima. Este hecho, por ejemplo, ocurrió el pasado sábado en Kiev con motivo de la final de la Champions League. Además, tanto Liverpool como Everton, los dos equipos de la ciudad, prohíben la entrada a sus periodistas.

Una investigación en 1990 demostró que los fans no fueron quienes ocasionaron la tragedia sino la falta de control policial, tanto en el momento en el que la grada se llenó demasiado de fans, como cuando ocurrió la tragedia, ya que en un primer momento los policías no acudieron al rescate pensando que se trataba de una invasión de campo.

En los años posteriores, y con el consentimiento implícito de la derecha Tory que mandaba en ese momento, se encubrió y protegió a la policía de South Yorkshire, famosa por ser de las más brutales en la represión de la más grande huelga de mineros de 1984-85. Desde ese día, las muestras políticas en Anfield se multiplicaron aún más.

Entre estas, cabe destacar el apoyo que brindó Robbie Fowler en 1997 a la huelga de astilleros de Liverpool al celebrar un gol mostrando una camiseta en la que ponía “DoCKers”, emulando la marca Calvin Klein.

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También se han visto pancartas celebrando la identidad “Scouse” (así se llama a los habitantes de la ciudad), en favor de unas entradas a precios populares, o la famosa pancarta con los rostros de sus más importantes entrenadores, entre los cuales figuran Shankly y Rafa Benítez, al más puro estilo soviético.

Recientemente, y como muestra la fotografía tomada en Kiev en la final de la Champions League, algunos fans del Liverpool también se han mostrado partidarios de ciertas causas internacionales, como puede ser la liberación de Lula Da Silva o la independencia de Catalunya.

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La historia del Liverpool FC es en definitiva la historia de un equipo de una ciudad de izquierdas en la que el Labour Party gana con mayorías superiores al 80% de votos. Es un equipo que representa y defiende los valores y la gente de su ciudad, y como tal, resiste ante los embistes de la derecha y lo reaccionario.

Probablemente, la mejor manera de entender el desprecio que tiene la afición del Liverpool por la derecha y sobre todo por Margaret Thatcher, es fijándonos en las pancartas que había en el campo unos días después de su muerte. Las imágenes hablan por sí solas.

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Por @danestrada9




El conflicto de Corea: orígenes y expectativas

Corea sigue sufriendo los estragos de la Guerra Fría, casi 70 años depués. Os explicamos cómo y porqué, y el sueño de reunificación coreano.

El conflicto actual en la península de Corea que ha dado tanto de qué hablar en los últimos años se remonta a la guerra de Corea (1950-1953), uno de los episodios más sangrientos de la Guerra Fría que se llevó consigo las vidas de 3 millones de civiles y casi el 15% de la población de Corea del Norte.

Una vez finalizada la Segunda Guerra Mundial, EEUU y la URSS acordaron dividir la península en dos, trazando la frontera en el paralelo 38 y quedando el norte bajo influencia soviética y el sur bajo influencia estadounidense. Estos dos nuevos estados se denominarían República Popular Democrática de Corea y República de Corea, aunque son más conocidos como Corea del Norte y Corea del Sur.

Se intentó negociar la reunificación de la península coreana meses antes de la guerra, pero estas negociaciones fueron infructuosas y después de algunas escaramuzas y tensiones fronterizas Corea del Norte se lanzó a la ofensiva y se dispuso a invadir Corea del Sur el 25 de junio de 1950.

Estados Unidos como era de esperar acudió en ayuda de Corea del Sur para repeler a las tropas norcoreanas que habían conquistado ya para ese momento casi la totalidad del territorio surcoreano. La contraofensiva estadounidense con la ayuda de otras naciones bajo mandato de la ONU hizo retroceder a las tropas norcoreanas al norte del paralelo 38, no muy lejos del río Yalu. Al poco tiempo la República Popular China entraría de lleno en el conflicto del lado de Corea del Norte y con apoyo armamentístico soviético de manera que consiguieron repeler la contraofensiva al sur del paralelo 38 delimitando así la famosa frontera actual entre las dos Coreas.

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La participación de Naciones Unidas en el conflicto se materializó con varias resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a favor de Corea del Sur. Esto como era de esperar no fue bien visto por los estados socialistas que alegaron que la operación de contraofensiva fue dirigida por los propios Estados Unidos y no por el Secretario General de la ONU a pesar de que participaran otras naciones. Los países no alineados con EEUU apoyaron tajantemente la intervención china.

Las consecuencias de esta guerra, como es normal, son todavía palpables en nuestros días, ya que sólo se firmó un armisticio y no una paz definitiva. Un dato curioso es que el susodicho armisticio no fue firmado por Corea del Sur como nación independiente, sino que firmó Estados Unidos por ellos en el documento oficial. Esto naturalmente evidencia la situación de vasallaje que todavía padece Corea del Sur en relación a EEUU. El resto de firmantes del documento fueron la República Popular Democrática de Corea, la República Popular China y la Unión Soviética.

Durante el resto de la Guerra Fría ambas Coreas permanecieron muy aisladas la una de la otra, aunque el sentimiento de reunificación no decaía ya que todos se sentían parte de un mismo conjunto a pesar de las diferencias políticas propias del periodo histórico. Es especialmente interesante el caso de Corea del Norte, ya que incluso permaneció bastante aislada del bloque del este por no conjugar con ninguno de los bandos mayoritarios en el mundo socialista, ni el revisionista liderado por la URSS ni el antirrevisionista liderado por la República Popular China. El primer presidente norcoreano y principal dirigente de la revolución Kim II Sung, hoy líder eterno de la República, optó por crear un socialismo a la coreana y adaptarlo al modo de vida de los coreanos. Ya de por sí bastante colectivistas, los pueblos asiáticos en general tienen una perspectiva mucho menos individualista que los occidentales. Los pilares básicos del Juche son la autarquía, el militarismo y un nacionalismo popular exacerbado y profundamente antiimperialista. También se promueve el voluntarismo como forma de amor a la nación y la defensa a ultranza de la cultura coreana, única y aislada de las demás por muchos siglos.

Una vez desintegrado el bloque del este en el 1991 con la caída de la Unión Soviética, Corea del Norte se vio en una situación terrible en la que no tenía con quien comerciar, lo que provocó una espectacular hambruna; estamos ya en el mandato del hijo de Kim II Sung, Kim Jong-il, que tomó el relevo de su padre en 1994. La hambruna concretamente comenzó en 1995 y alcanzó su cénit en 1997. Además, ésta se acrecentó por las inundaciones de 1995-1996. Se llevó consigo a unas 220 mil personas según el gobierno norcoreano.

El siglo XXI ha sido el más importante para las dos Coreas, ya que en dos cumbres norte-sur se ha debatido seriamente sobre una futura reunificación. Concretamente la del año 2000 y la del año 2007, en las que incluso se popularizó la bandera de la supuesta unión, que básicamente consta de la península completa de color azul en fondo blanco (imagen). A pesar de eso, las relaciones también han pasado por malos momentos también, en gran medida por las pruebas atómicas de Corea del Norte y la permanencia de tropas estadounidenses en territorio surcoreano. El ascenso de Donald Trump al poder en 2016 en EEUU tensó bastante las relaciones entre ambas Coreas, pero en el mes de abril de 2018, última cumbre norte-sur celebrada, el presidente Kim Jong-un del norte y Moon Jae-in del sur tuvieron un encuentro realmente cordial que vuelve a poner sobre la mesa el debate de la reunificación de la península coreana.

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Según palabras del Presidente de la Asociación de Amistad con Corea, Alejandro Cao de Benós, si la reunificación se lleva a cabo tiene que ser desde una perspectiva confederal, es decir, un país/dos sistemas: uno socialista en el norte y otro capitalista en el sur. De esta manera, se evita la posibilidad de que una de las dos comunidades políticas sea absorbida por la otra. Alejandro Cao de Benós comentaba también que el norte no cederá mientras tropas estadounidenses continúen realizando operaciones militares en el sur, y pone además sobre la mesa que Corea del Norte, si las cosas siguen en la buena dirección, comenzará su desnuclearización.

Por @karlmarx8n (Instagram)