8 de Marzo: una historia olvidada

El 8 de marzo ha caído en una espiral de pérdida de memoria: la mercantilización y la falta de análisis de clase puede socavar su potencialidad rupturista con lo establecido.

Como muchos sabréis, ayer fue 8 de marzo, comunmente conocido como el Día Internacional de la Mujer. Desde hace unos años atrás, en ese mismo día se han convocado huelgas y manifestaciones que han arrasado las calles y han hecho que se nos oiga. Según El País, en Madrid se estima que más de 350.000 personas se manifestaron por sus calles y también fueron numerosas en el resto de ciudades y pueblos del Estado Español.

De todos modos, por mucho que estas cifras nos alegren y nos den esperanzas, me gustaría señalar dos fenómenos muy importantes que han ocurrido dentro del movimiento feminista y esos son su obvia mercantilización y su pérdida de perspectiva de clase, que perjudican gravemente sus objetivos y su carácter revolucionario.

Empezaré por la primera, que es la mercantilización del Movimiento Feminista. Esto no es ningún hecho reciente y ya lo hemos presenciado anteriormente con el Día del Orgullo LGTB, que ha pasado de ser un día reivindicativo y combativo por los derechos y libertades de los miembros del colectivo a ser una fiesta dirigida al consumo y al exceso, patrocinado por grandes marcas con el único fin de sacar beneficio. Con el movimiento feminista no ha ocurrido exactamente lo mismo, pero hemos visto varias veces ya como los mensajes propios del feminismo liberal inundan tiendas como Stradivarius o H&M.

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Camisetas con mensajes feministas (stradivarius.com/hm.com).

La lógica capitalista sugiere que cualquier desviación sea castigada hasta que sea rentable, es decir, hasta que se mercantilice y se pueda sacar beneficio de él. De esa manera, “descafeinando” el feminismo y extrayendo de él cualquier ápice de pensamiento crítico y combativo, haces que parezca inofensivo y hasta divertido. Vemos a mujeres poderosas y famosas afirmando orgullosas que son feministas y que a la mujer “se la debe escuchar” y que “tiene que ser visible”. Por eso, ante las noticias sobre lo multitudinarias que fueron las manifestaciones de ayer, debemos ser críticos e indagar en el por qué y en el cómo. En este caso, una de las razones por las que el feminismo se ha vuelto tan aceptado entre la población es porque ha perdido todo su significado y toda su historia, llegando a convertirse en una moda.

El feminismo dispone de una teoría y una práctica. Si solo nos centramos en lo exterior, en los mensajes genéricos y nada profundos de “feminismo es igualdad” y “arriba la lucha de las mujeres”, perdemos una gran parte de lo que es el movimiento feminista y la aparente concienciación de la población se vuelve un tanto irreal.

El feminismo debe ser crítico y combativo con la asociación entre patriarcado y capital, ya que si olvidamos completamente la lucha obrera el feminismo no nos sirve de nada, pues se convierte en arma para que las mujeres de las élites puedan ganar más sueldo y romper el llamado “techo de cristal”. Un claro ejemplo de ello ha sido la famosa comida organizada por la alcaldesa de Madrid, Manuela Carmena, la víspera del 8 de marzo donde juntó a diferentes empresarias para discutir sobre feminismo y el papel de la mujer.

El segundo fenómeno, que consiste en la falta del análisis de clase, tiene que ver con el primero, pues están estrechamente relacionados. Como he dicho al principio, el 8 de marzo se conoce como el Día Internacional de la Mujer y popularmente se cree que sus orígenes datan de una huelga que fue convocada en Estados Unidos a principios del siglo XX donde más de cien trabajadoras murieron quemadas dentro de la fábrica.

Realmente la política alemana Clara Zetkin fue la promotora original de establecer el día 8 de marzo como el Día Internacional de la Mujer Trabajadora en la II. Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas celebrada en Dinamarca en el año 1910. Claramente, tenía a sus espaldas varias décadas de lucha obrera y lucha por los derechos de la mujer y la propuesta no nació de la nada. Por ejemplo, las socialistas estadounidenses llevaban celebrando desde 1908 el Women’s Day debido a las protestas que estaban llevando a cabo las trabajadoras textiles.

Por lo tanto, cabe destacar que le debemos este día (parcialmente) a las mujeres socialistas y que conmemora la lucha de la mujer trabajadora, desterrando así de este día a la mujer burguesa.

La perspectiva de clase dentro de feminismo no solo es necesaria sino vital, pues no debemos considerar compañeras de lucha a mujeres que aplastan a otras y se benefician del capitalismo. La reina Leticia no es mi compañera, las dichosas Kardashian no son mis compañeras y, desde luego, el verdadero cambio no va a tener rostro de mujer con camiseta feminista diseñada por Amancio Ortega y confeccionada por una mujer explotada y esclavizada de Bangladesh.

Muchos abogan por no politizar un día como el 8 de marzo, pero cómo no vamos a hacerlo si nació del socialismo y de la lucha obrera. Cómo no vamos a politizar un día que debería revolver conciencias, un día que debería recordarnos cómo de mal están las cosas, un día para recordar a las que ya no están y a las que hicieron tanto por el movimiento, a tantas que fueron simples víctimas del patriarcado y a otras muchas que siguen resistiendo.

Por eso mismo y por mucho más, a las feministas no nos queda otra que gritar “¡Patriarcado y capital, alianza criminal!

Por Irantzu Oria




7 notas del primer amor (S. Beckett)

Comentario a la novela de Samuel Beckett “Primer amor” (1946).

Me veo en la obligación de escribir sobre este relato de Beckett; creo en que su desconocimiento es una derrota. Traerlo para ejemplificar la existencia, el habitar. Comprender nuestro paso diario por el terrorismo político. El texto puede ayudar a cierta libertad o puede que, simplemente, me haya gustado.

1- No puedo decir que me haya cansado de todo, de los días, del trabajo. No puedo decir que no quiera hacer deporte, estar en casa o salir de ella. No podría decir que mañana voy a ir a comprar el pan o a arreglar mi coche, tampoco que vaya a lavarlo. Nada, absolutamente nada, de lo mundano tiene sentido. Diría nuestro joven de veincinco años “Todo pudo suceder de otra manera, pero a quién le importa cómo ocurren las cosas siempre y cuando ocurran”. 

2- El tiempo no puede ser más que un acuerdo entre varias personas. Respecto al tiempo, todas las emociones suponen modificaciones. Levantarte por las mañanas, según que animo, puede ser un verdadero acto heroico“Pero una cosa es la estación para dejar huella, otra la de los cambios de aire y cielo, y otra muy distinta la del corazón”. ¿Qué diferencia habría entre un amor de invierno o una despedida en el verano? 

3- “Me molestaba en exceso, aun con su ausencia. De hecho todavía me molesta, pero no más que entonces.” La razón desaparece allí donde se ha plantado el amor. Aun en una vida de lo absurdo, aparece un motivo. Hoy, que nuestras vidas son toda estrategia, todo programado. Lo romántico es un accidente. Cabe en nosotros aceptar la “molestia” o abandonarla al estilo La La Land. La idea de desterrar el amor está vigente. Claro, para ese destierro primero hay que politizarlo, traerlo aquí. Hablar de lo conocido. Deconstruir significa, en esta época, invadir. También diría el joven: “Lo que recibe el nombre de amor es un destierro con una que otra tarjeta postal desde la tierra natal, esa es mi respetable opinión, hoy en la tarde”

4- Viene, nos atraviesa y destruye cualquier construcción que nos hayamos hecho. La nueva obsesión por la desconstrucción es la huida de la que siempre ha habido. Allí donde los sentimientos viven, calla la razón. Lo terrible de nuestro tiempo es demostrarnos irreconocibles con nosotros mismos. Desconocernos es el primer paso para nuestra habitar. Desconocernos se muestra como el primer paso para romper con nuestro esquema. Bailar sobre el dolor, sobre el terror de sentir. Bailar en la sombra donde todo calla. Carecer de faro guía. Dejar de ser para poder no ser el mismo. “Uno ya no es uno mismo en ocasiones así y es doloroso no ser uno mismo, aún más doloroso que cuando uno lo es”

5- Cabe destacar el poco apego que tiene el protagonista. Quizás, con un tono más irónico, nos recuerda aquel extranjero que no sabe cómo funciona lo normativo. Con ello anhela el dolor, lo atractivo de él. La estancia constante en la depresión, la trampa de lo depresivo. Lo exótico de cada rincón de nuestro circo diario. “Ser sólo dolor, eso sí que facilitaría las cosas. ¡Omnidoliente! Vaya un sueño impío”. Construir un rival, donde vivamos, que pueda permitirnos un mañana. Saber estar solo, cuándo estarlo. Allí, donde él no anhela compañía encuentra un sentido y se cabrea cuando aparece: “El amor hace surgir lo peor del hombre y sin errores”. Despreocuparnos por lo que aparece, aceptarlo. También él conoce el desnudo al que nos asomamos al sentir.

6- “Como están las cosas, suficiente tengo con tratar de decir lo que creo saber”. Aceptar que allí todo es desconocido. Aceptar el viaje, sin guía alguna, por despiadado que parezca. Desconocer, desligarse de lo “científico” volver al poeta. Aprehender lo inexplicable, lo silencioso. Aceptar lo callado, lo oculto. Ir al amor, abrazarlo. Aun sin estrategia, pese a no tenerla. Callar, porque el silencio habla. Dejar que hable el corazón, el cuerpo, no la cabeza. Se pregunta a sí mismo: “es con el corazón que uno quiere, ¿no es así? o, ¿acaso lo estoy confundiendo todo”.

7- Huir, no de las emociones, de la vida. Si la decisión fuese la opuesta, nunca pararíamos. Desligarnos del tiempo interno es movernos constantemente. Alguien decía que andar ayuda a equiparar velocidades, la de la cabeza y la del cuerpo. Aceptar que también podemos estar quietos, abrazar la quietud. Quedarnos en ella, por precaución. Cesar esa huida que también castiga al protagonista: “Pero eso sí, si me detenía los volvía a escuchar, cada vez menos he de admitirlo, pero qué importa, menos o más, un grito es un grito y lo único que importa es que cese. Por años pensé que cesarían los gritos. Ahora ya perdí las esperanzas. Podría haberme conseguido amantes tal vez, pero así es la cosa, uno ama o no ama y punto.” Amar por castigo, aceptarlo.

Por @Puertos33 




Sois todos gilipollas

Me pregunto si este año también nos van a condenar las editoriales a tener que leer libros de mierda sobre cómo -no- funciona el mundo. Porque la verdad sea dicha, está para prenderle fuego y comenzar otro en una galaxia nueva. Pero no. Tan solo nos traen recetas precocinadas sobre cómo gestionarte tu propio caos, neoliberalismo existencial del guapo. Gestionar tus (poli)amor(es), tu soledad, la falta de amigos, de nómina, de una casa en la que poder encender la calefacción todo el invierno y también el gestionarte que gilipollas te sigan tomando el pelo año tras año. Desde los partidos políticos a los notas de turno de la izquierda -me meto con ellos porque son los míos, a la derecha tan solo le deseo las 7 plagas del apocalipsis y después todo lo peor- que van de sesudos intelectuales cuando utilizan los libros como pisapapeles. Claro que si son los suyos lo entiendo.  Sí, me refiero a esos gilipollas. ¿Por qué coño alguien los escucha?

Ahora viene la parte que a nadie le gusta escuchar pero que tengo que decir porque realmente es lo más puto importante del texto: sois todos gilipollas. Y en sois me incluyo a mí, porque de momento no hablo en tercera persona, ni me creo Dios -aunque dadme tiempo porque ego, prepotencia y ganas no me faltan-. Sois todos gilipollas y solo os gusta hacer caso a gilipollas y en realidad todo esto ya lo sabéis, pero pasáis del tema porque es más fácil evadirnos de la realidad y tratar de escapar de ella -aunque siempre nos persiga- que afrontarla. Vivir es de valientes. Supongo que por eso dicen que todos llevamos muertos mucho tiempo ya. No fue a Dios a quien matamos como decía el maldito lunático de Nietzsche, sino que la humanidad se metió un tiro a bocajarro en los sesos. Y de aquellos polvos estos lodos y bla bla bla… o como diría Zizek, an so on

Sois gilipollas. ¿Ha quedado claro? Sois gilipollas por vestir igual, comprar lo mismo, ser como el resto. Sois gilipollas porque no dejáis de repetir lo que dicen todos, hacer lo que hacen todos, joder ¡incluso cagáis como hacen todos! ¿Qué narices os pasa, colegas? ¿Vuestros padres no os querían? ¿Vuestros profesores no os trataron bien? ¿Vuestra novia/novio/lo que sea que tengas que te folles de vez en cuando -de verdad que me da igual lo empoderada/o que estés o cuántas ETS quieras coger, francamente querido me importa un bledo– os ha dejado? ¿No tenéis amigos? ¿Sentís que la vida os ha defraudado? ¿Tenéis un curro de mierda? ¿Sentís la imperiosa necesidad de tener hijos, pero no disponéis de los medios económicos necesarios, pareja o algún tonto útil para que haga de padre? ¿Hay algo dentro de vosotros que os dice que nunca en la vida vais a estar completos y arrastráis esa angustia existencial que os seca la boca y os marchita el corazón esperando que algún día se pase? Pues no lo hará. Bienvenidos al siglo XXI, el puto siglo de la infelicidad. De los infelices, de los malditos gilipollas como todos vosotros.

¿Aún no os escuece? Joder, tendré que apretar más en la herida. Sois pus, las heces de la sociedad, el vómito del mundo. No hay futuro, no hay esperanza. Por no existir, no hay ya ni infierno. Lo más parecido de un fuego eterno que existe son los infinitos niveles del Candy Crush. La banalidad reina, el petardismo se corona como la quintaesencia de este sistema putrefacto y descompuesto que solo sabe exprimir a los pobres hasta la extenuación y justificar a los ricos y tratar de comprenderlos, porque claro, ellos también han sufrido. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar a los otros? Nicole Kidman salía preciosa en esa peli, por cierto. En serio, ¿quiénes nos hemos creído nosotros para juzgar a las personas en vez de tratar de empatizar con ellas y comprenderlas? ¿Qué clase de ser humano abyecto trataría de juzgar a las personas por un código ético y valores con voluntad universal? ¿Es que no veis acaso que Hitler también sufría? Si lo hubiéramos entendido un poco más… Si sus padres le hubieran querido más… Si su primera novia no le hubiera dicho que era un enano cabrón acomplejado… Si la sociedad  hubiera apreciado su pintura… Todo lo que necesitaba era que empatizásemos con su dolor para comprender por qué hizo lo que hizo. Bueno, necesitaba mucho amor y zamparse a Polonia también.

Veo que aun no os queda del todo claro. Lo volveré a repetir: S-O-I-S T-O-D-O-S G-I-L-I-P-O-L-L-A-S. Desde la mañana al anochecer. Desde que nacéis hasta que morís. No hay un día que pase sin que podáis olvidar que sois gilipollas y vuestra triste y miserable existencia no tiene sentido. Y además es patética; todos vosotros sois patéticos. Y lloráis, y os cagáis encima, y tenéis miedo, y pensáis que la normalidad es el escaparte de anormales en serie que se venden cual producto de marca blanca en ese matadero moderno llamado Tinder. Y le dais a match a la primera oportunidad que os sale, que os escucha, que os hace olvidar la vida de esclavos que tenéis, pero que luego la olvidáis en cuanto sale un nuevo producto con el firmware actualizado. Claro. Apuesta, apuesta, apuesta. Gana, gana, gana. Pero todos juegan, y nadie está contento, y todos quieren conseguir mejores resultados pero siguen haciendo la misma puta mierda de siempre.

Aquí supongo que os tendría que citar algo de Bauman -para acabar como una buena progre pero con ciertas dosis de acidez y humor- sobre la vida líquida, la imposibilidad de construir nada sólido -pero aún así es lo que la mayoría quiere-. La dificultad de la estabilidad emocional con el hiperconsumo de las personas y la adicción al romanticismo; lejos de erradicarse, se ha multiplicado y diversificado en portfolios amplios de amantes, de todo tipo de raza y género. Lo de distinta clase social es algo más difícil ya que el maldito bastardo de Marx se niega a dar su brazo a torcer y decir que todo aquello del motor de la historia y la lucha de clases es algo pasado de moda. Siguiendo con la línea del hipismo emocional también os hablaría de Fromm y como amar es un arte que se debe cultivar, que hay que aprender a querer, ya sabéis, a querer a Hitler a pesar de sus problemas, de ser un chico conflictivo y que siempre se andaba metiendo en líos. Hay que aprender a querer sus partes más oscuras, porque solo de entre las tinieblas puede salir la luz, bueno, y también la cámara de gas, pero eso es otra historia… Hay que saber dar amor infinito, para que lo pisen infinitamente. Hay que saber querer sin esperar nada a cambio, para que abusen y nos maltraten emocionalmente y lejos de huir nos dejemos chupar la sangre. Hay que querer. Joder, ¡hay que querer aunque sea a Hitler! ¡Hay que tener esperanza, aunque sea la de saber que acabarás en un tren sin luz, ni prácticamente aire deportado a Auschwitz!

Podéis seguir tratando de entender por qué los señoros de izquierdas son todos imbéciles -supongo que es porque no se pueden doblar lo suficiente como para poder chuparse su propia polla-, por qué tu ex, sí, esa de la que estaban tan enamorado te puso los cuernos con 3 tías porque ya sabes, necesitaba explorar su sexualidad -que tu exnovia sea una tía de mierda no quiere decir que todas las tías sean una mierda- o por qué no dejas de sentir ese vacío existencial que te consume pero lejos de ponerle solución te vas a comprar para ver si se te pasa. Eres gilipollas. Sois gilipollas. Somos gilipollas. Y si te quieres seguir engañando, autojustificánote y lo que es peor, justificar a los demás, no hay solución. Siéntate, espera. Sigue haciendo lo mismo, sigue sufriendo por lo mismo. Deja pasar el tiempo. Ya llegará la muerte. Si esto te parece bien deja de leer ahora, lo que viene no te conviene. ¿De verdad quieres seguir? Quedas advertido. Adelante.

Todos somos gilipollas. Todos. Por tanto nadie lo es. Por tanto lo somos todos. Total, ¿qué más da? La vida es absurda y patética, nadie sabe qué narices hace aquí. Es un grito desesperado en medio de la nada. La crueldad de nuestra existencia nos podría empujar a cuestionarnos todo tanto hasta el punto de tan solo querer matarnos por no encontrar sentido a nada. Y es aquí donde entra lo patético de la situación: ¿para qué suicidarse si podemos acabar en algún sitio aún peor que este, poner tanto empeño en algo para qué, si total va a acabar mal de todas formas? En el fondo, no podemos hacer otra cosa que estar aquí y ser absurdos, patéticos y ridículos. En eso reside gran parte de la verdad de la vida, en que no hay una gran verdad, en que no hay nada afuera que nos vaya a iluminar el camino y ver por fin todo claro.

La única luz fiable es la que te da Endesa a cambio de un sablazo importante. Nada tiene sentido. Y es maravilloso. Imaginaos si lo tuviese y hubiese algo más allá. Tendríamos que empatizar con Hitler, formaría parte de ese todo cósmico en el que cada acción buena, mala y regular guardaría sentido dentro del orden perpetuo. Pero de momento, a la espera de un nuevo Dios que nos tiranice a todos esto no es así. Nuestras vidas nos pertenecen y eso nos aterroriza. A Jesús lo clavaron en una puta cruz después de pegarle una paliza de muerte, dejarlo secar al sol y atravesarle el costado con una lanza. Los otros, imperio romano y tradición judía, formaban parte del plan divino, había que entenderlos, conocer sus pasados para comprender sus acciones presentes mejor. Cualquier cosa menos rebelarse ante la injusticia, ante un mundo de mierda que nos hace ser aún más gilipollas.

Dios está muerto -os hablo desde mi tradición occidental judeocristiana porque es la que conozco y habito en el mundo desde esta posición, y seamos sinceros, también para que se note que mis padres se gastaron una buena pasta en colegios de monjas-, el infierno está vacío y todos los demonios están aquí. Y son gilipollas. Y también como Dios está muerto, todo es posible, no existe el equilibrio. La vida es caos perpetuo, incomunicación, desesperación, pero al mismo tiempo también es libertad y elección. Podemos elegir ser lo gilipollas que queramos o no serlo para nada, decidir comprender a gente que solo nos buscará la ruina o comenzar a entender -y hacer entender al resto- que lejos de encajar nuestros relatos personales para justificar nuestras malas decisiones, podemos quedarnos con las acciones y no con el porno emocional que nos cuentan.

El mal es banal, tanto como los artículos de PlayGround y nuestras decisiones importan. Son las que nos hacen ubicarnos en el mundo y poder ser capaces de juzgar a los demás y determinar nuestra escala de valores, y poder ponerla en conjunto con el resto. Somos libres. De ser gilipollas. Mucho, poco o nada. Somos libres para decidir, para ser gilipollas y querer seguir comprendiendo al otro en vez de conseguir que no se nos suba a la chepa. Somos libres para comprender que lejos de que la nada que nos rodea nos paralice, nos debe mover. Si la nada es lo único real, ¿qué importa todo? Si todos somos nada, ¿qué más da? Lo contrario a la nada, es la existencia. La vida navega a la deriva en la nada. Y la vida se rebela contra la nada escogiendo su propio camino, el que nos hemos construido, el que hemos decidido. El absurdo libera. Somos gilipollas porque no tenemos otra forma de vivir que a través de las ficciones que nos construimos, de los mundos de Matrix que habitamos. Quizá la clave esté en ser real dentro del simulacro, en seguir siendo gilipollas y montarnos nuestras pelis, o en quemarlas todas, o en beber chupitos de Jagger y cerveza hasta perder la conciencia y rezar por no recuperarla jamás. O quizá en daros cuenta de que tenéis que ser muy gilipollas si habéis leído todo esto y no os habéis pegado un tiro en la boca.

En fin, sois todos g-i-l-i-p-o-l-l-a-s.




Por Dios y por Chile: a 45 años del golpe militar de Pinochet

Breve ensayo sobre los residuos del Gobierno militar del General Pinochet y la nefasta influencia de los Chicago Boys en la economía chilena.

Hace tiempo, en El Fáctico realizamos una entrevista al Dr. en Derecho Alfons Aragoneses, donde tratamos la dictadura franquista, su legislación y lo que ha quedado de todo ello en la sociedad española actual. Este artículo pretende hacer lo mismo con la realidad chilena, a 45 años del golpe de Estado del General Pinochet.

Lo primero a tratar, siendo un General del Ejército que había jurado lealtad al Presidente Salvador Allende -convirtiéndolo en traidor a la patria, con pena de muerte según el Código Penal chileno-, son las Fuerzas Armadas del país. La Ley 13196, o Ley Reservada del Cobre, desde 1976 entrega a las Fuerzas Armadas el 10% de todos beneficios del cobre nacional. Actualmente, reporta ello sólo 180 millones de dólares al ejército. La vinculación entre la mayor importación nacional y las Fuerzas Armadas no es casual; el cobre es Chile, y Chile son sus Fuerzas Armadas. Con esta ley, los cuerpos militares se aseguran de recibir ingresos estables, a la vez que los convierte en protectores, por interés nacional y propio, de la mayor industria chilena y una de las más contaminantes.

Pero no sólo hay ejército: el cuerpo policial no existe como tal, sino que es un cuerpo militar el que se encarga del orden y la seguridad en los pueblos y ciudades: los carabineros. Es como si la guardia civil, los grises, siguieran siendo la fuerza del orden omnipotente, como fueron en la España franquista. No se concibe y conserva otro orden, otra seguridad, otra fuerza, que no sea la de las gloriosas Fuerzas Armadas.

Otro de los elementos que moldea el Chile actual es el desembarco de los Chicago Boys. Como describe el documental “La Doctrina del Shock“, estos economistas norteamericanos abanderados por Milton Friedman usaron el Chile post-golpe para experimentar con el neoliberalismo. Como señala David Harvey en “Breve historia del neoliberalismo”:

El golpe contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende fue promovido por las elites económicas domésticas que se sentían amenazadas por el rumbo hacia el socialismo de su presidente. Contó con el respaldo de compañías estadounidenses, de la CIA, y del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger. Reprimió de manera violenta todos los movimientos sociales y las organizaciones políticas de izquierda y desmanteló todas las formas de organización popular (como los centros de salud comunitarios de los barrios pobres) que existían en el país. El mercado de trabajo, a su vez, fue «liberado» de las restricciones reglamentarias o institucionales (el poder de los sindicatos, por ejemplo).

El régimen de Pinochet convirtió en el baluarte del neoliberalismo a Chile, que abrió la puerta a la precarización de las masas asalariadas, la privatización de las empresas públicas y la contracción del Estado en todos los ámbitos económicos: sanidad, educación, pensiones.. Pero en una sociedad de mente progresista, que había elegido a Allende como Presidente tan sólo 3 años antes, fue necesaria la imposición, la coacción, la represión: de ahí la importancia de las Fuerzas Armadas.

La cruzada, porque no puede ser denominada de otra forma, se llevó por delante no solo las infraestructuras económicas que aseguraban un frágil Estado del Bienestar, sino que impidieron la movilización política de las masas asalariadas, por lo que no pudieron organizarse y establecer demandas, incluso subvertir el orden pacíficamente como proponía el Presidente Allende. Dada la falta de poder negociador durante la dictadura, la izquierda política salió tímidamente de la dictadura, justo a tiempo para ver como los padres de la nueva República Chilena consagraban en la Constitución el neoliberalismo más sangrante.

Esto ha permitido en el Chile pinochetista y en el post-dictadura un oligopolio empresarial de proporciones bíblicas, quizás únicamente comparable a la Rusia post-colapso de la URSS. Una serie de familias y sujetos controlan la economía y las finanzas de Chile, dictaminando casi directamente el rumbo de la política económica nacional. Un ejemplo práctico de cómo esto afecta al ciudadano de a pie:

En 2014 se demostró que las empresas de papel higiénico, básicamente dos, se dividieron el mercado chileno durante 12 años, creando una de las situaciones de colusión más memorables de la historia. Durante esos 12 años que duró el pacto -básicamente hasta que fueron descubiertos- la población chilena estuvo pagando precios muchos más elevados  a los de “mercado perfecto”, enriqueciendo sin límites a las dos compañíasse calcula que entre 440 y 550 millones de dólares– y atacando directamente al bolsillo de las clases populares, siendo como es el papel higiénico un bien básico en las sociedades modernas. Afortunadamente, en 2018 una sentencia decretó la ilegalidad del pacto, haciendo que las compañías pagaran a cada chileno que lo solicitase 7000 pesos chilenos (9 euros aproximadamente). De vergüenza.

Pero esto no es un caso aislado. Hay una doctrina política autóctona que llama la atención: el Gremialismo. El Gremialismo se basa en la existencia de unos cuerpos intermedios, que actúan entre el Estado y los particulares; son colectivos que agrupan particulares con los mismos intereses. De profunda raíz católica, señala que estos colectivos han de cumplir su función en el recto orden social y moral del país; no el de otros. Esto significa una inmovilidad social absoluta, una asignación de funciones a las personas en función de su origen social y un estancamiento de las dinámicas políticas,  del progreso socioeconómico, y esto lleva sin remedio a la pervivencia de la clase dominante -la criolla, la empresarial- ad eternum. Por lo tanto, nos encontramos con una especie de corporativismo latinoamericano, una economía capitalista a más no poder y unas Fuerzas Armadas glorificadas.

La Iglesia es otro de los puntos fuertes, como se puede ver. Controlan universidades, centros educativos y de investigación, y ejerce como lobby de presión: el matrimonio homosexual no es posible en Chile. Como uno de los pilares del régimen, sigue manteniendo su hegemonía sobre gran parte de la población, que engloba todas las capas sociales. Y no ha estado exenta de escándalos; este mismo año dimitieron todos los obispos chilenos después de que el Papa Francisco los acusara de destruir pruebas que incriminaban a sacerdotes en delitos de pederastia, y 14 sacerdotes han sido suspendidos por hechos similares en lo que va de año.

La patria es otro de los elementos que podemos entender como supervivientes de ese régimen. Chile es un Estado centralizado a la francesa, lo que le ha traído problemas nacionales que posteriormente analizaremos. Si uno pasea por las calles de la capital, se puede hartar a contar banderas chilenas, banderas de la patria. Quizás esto no es un casual: la Ley n°20.537 permite izar la bandera chilena sin previa autorización “cuidando siempre de resguardar el respeto de la misma y de observar las disposiciones que reglamenten su uso o izamiento“. Si la pones mal, la multa varía entre los 60 y los 300 euros. La identificación de los chilenos con su patria es un valor que se cultiva a lo largo de la vida del chileno promedio a través de las instituciones que recorre.

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Antes del golpe de Pinochet el marxismo, como en la España franquista, se consideraba -como ahora- un ataque directo a la Patria, una amenaza para el país, la mayor traición posible. Esto no ha de ser extraño, si aplicando un análisis marxista entendemos que el espíritu de país es el de sus clases dominantes, y esas clases dominantes eran y son de corte ultracatólico, acérrimos defensores de una especie de corporativismo fascista con moral católica. El marxismo queda retratado como la llama que ha de arrasar la nación chilena, cuando lo único que iba a arrasar eran los privilegios mineros de la oligarquía chilena y la internacional, a través de la nacionalización de la industria del cobre -Ley 17450, de reforma constitucional,​ publicada el 16 de julio de 1971.

Esto son extractos de un periódico chileno de tirada nacional (El Mercurio), donde un profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile justifica el golpe militar -curioso, sin usar esos vocablos-  con los mismos argumentos que el franquismo más abyecto:

Se dice con frecuencia en ciertos círculos ilustrados de la derecha -en fin, llamémoslos así para darles cierta relevancia- que, por una parte, hay que estructurar un relato, y que, por otra, lo importante es el futuro y no el pasado. Habitualmente no son los mismos los que sostienen una cosa y la otra, pero tampoco es frecuente que se ponga a ambas afirmaciones en contradicción. O sea, los que claman por un relato solo quieren que contemple el futuro: el pasado debe quedar fuera de toda mirada derechista moderna, piensan.

Absurdo.

¿No tiene la derecha de qué alegrarse en la historia de Chile? ¿No defendió habitualmente la acción civilizadora de España y de la Iglesia Católica en nuestro país? ¿No fue, con Portales y Manuel Montt, la constructora de nuestra institucionalidad? ¿No fue quien enfrentó al marxismo desde los cuerpos intermedios y la política, hasta derrotarlo en todo el cuerpo social? ¿No son los conceptos de experiencia y tradición parte de su acervo?

El extracto no es un blanqueamiento de la dictadura y la represión de 40.000 personas, incluyendo vuelos de la muerte; esto es otro nivel: la “experiencia” que defiende es apología de un crimen contra la humanidad, que acabó con un gobierno democrático y popular, en la vía del socialismo pacífico. No lo digo yo, lo dice la Carta de Londres, 8 de Agosto de 1945, que define el crimen contra la humanidad como “el asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y cualquier otro acto inhumano contra la población civil, o persecución por motivos religiosos, raciales o políticos, cuando dichos actos o persecuciones se hacen en conexión con cualquier crimen contra la paz o en cualquier crimen de guerra”.

La Iglesia, cómo no, aparece retratada como la salvadora espiritual y material del pueblo chileno, como baluarte que, pasando a la ofensiva, derrota al marxismo -por physical removal, más que otro método-. Y como olvidar los cuerpos intermedios de corte fascistoide; sólo los purificados con fuego pueden formar parte de la gloriosa nación chilena: los sindicatos, asociaciones y partidos izquierdistas, grupos sociales organizados desde un punto de vista progresista fueron y han de ser todos barridos por la cruz, la espada y la hoguera. Y los helicópteros.

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El Presidente Allende fue bombardeado, en un Palacio Moneda que quedó barrido por las llamas, un maldito 11 de septiembre, 1973, mientras en su último grito radiofónico clamaba por las Grandes Alamedas. 17 años de dictadura, unos Chicago Boys y unos cuantos gobiernos corporativistas después, no nos debe extrañar que semejante columnista niegue verdades como puños. El Pinochetismo sigue vivo como ideología e ideal en muchos rincones de Chile, alentado por la oligarquía enriquecida gracias a su mano firme; por Dios, y por Chile.

Aquí otro extracto del autor:

En paralelo, las feministas han operado sobre la base de la gratuidad.

Saben que gran parte de los alumnos que no pagan (no por mérito, sino por decil) estarán inclinados a apoyar cuanto movimiento populista se les ofrezca, ya que perciben su posición universitaria como un derecho y no como una responsabilidad. Las feministas han entendido muy bien que es mucho más fácil protestar cuando sientes que se te inflama el corazón, pero el bolsillo no te lo reprocha.

La gratuidad pasará a ser, entonces, un auténtico caldo de cultivo para numerosas falanges de activistas, desde el nivel del simple curso a las estructuras de las federaciones. Ahí encuentran ya un nicho los mediocres y aprovechadores que en los regímenes de exigencia académica nunca podrían prosperar. Y, con el paso de los años, serán nata. Las feministas lo saben y operan para el futuro sobre esa base.

Como se puede observar, la profunda convicción católica y ultraconservadora de la élite chilena es incapaz de hacer pasar por sus sinapsis cerebrales lo que significa la igualdad entre el hombre y la mujer: el aborto sólo está permitido para salvar la vida de la embarazada, por inviabilidad fetal o por violación. El derecho a decidir sobre su propio cuerpo es algo que no está contemplado en la legislación chilena, no vaya a ser que las mujeres pobres se salven de desangrarse en un aborto clandestino. ¿Argentina? Está a años luz en cuanto a conciencia feminista.

Como se habrá notado, la ola de feminismo mundial ha hecho que la “intelectualidad” conservadora de Chile vincule al término todo lo que sea rompedor. La universidad gratuita es una entelequia del marxismo cultural ligado de algún modo al feminismo incipiente, y algo a evitar si no se quiere que la universidad se llene de mediocres. Es igual que los estudiantes tengan que superar una prueba de acceso para entrar al grado: sólo pagar 4 millones de pesos chilenos al año por ir a la universidad te salvan de la mediocridad, como todo el mundo sabe en Occidente -al cambio, 5000 euros-.

Cuando el sueldo medio en Chile, al mes, está en 646 euros y el mínimo en casi 400, tenemos que un trabajador ha de trabajar todo un año sin gastar para que uno de sus hijo pueda ir a una universidad privada que, sorpresa, han aparecido como hongos después del diluvio. La pública no está ni se la espera; de hecho, ni existe como tal: vale lo mismo que la privada. La situación es todavía más dramática cuando el 20% de los trabajadores cobra realmente entre 250 y 375 euros al mes (incluye jornada parcial) y podemos empezar a llorar cuando nos damos cuenta que la situación laboral es de risa: no hay EREs, no se ha fomentado la creación de sindicatos de clase (con una fragmentación en pequeños sindicatos de empresa débiles), el empresario sabe quién está afiliado porque saca la cuota sindical directamente del sueldo del trabajador, la permanencia en el puesto de trabajo de una mujer que acaba de parir, protegida por ley en todos los Estados de Bienestar, puede ser revocada libremente por un juez a petición del empleador…

No vamos a hablar de la Sanidad Pública y el sistema de pensiones, porque va en la misma línea. Las pensiones han recibido recientemente un impulso privatizador, intentando que se aplique el modelo de mochila austríaca tan pregonado por político españoles como Albert Rivera. A su vez, el Fondo Nacional de Salud o Fonasa es considerado por el 75% de los chilenos como una protección insuficiente: dictaminan que la sanidad pública es mala, deficiente. En consecuencia, la gente ha de ir en masa a la sanidad privada, donde las tarifas rondan, por una noche de cama de hospital, entre los 500 y los 120 euros.

Finalmente, los mapuches. Esta nación, como se presentan, no encaja en el esquema centralista chileno: son población indígena no asimilada en las lógicas del capital. Como tal, se encuentran precarizados, faltos de ingresos, a la vez que ven como sus tierras son expropiadas por el gran capital. Muchos han de emigrar a las grandes ciudades, donde subsisten como mano de obra barata en condiciones terribles o forman el lumpenproletariado urbano, habitando chabolas de la periferia. Su reivindicación nacional fallida, y la incomprensión del resto de habitantes de Chile, ha llevado a los mapuches a cometer actos vandálicos. El Estado reaccionó tildándolo de terrorismo, y actualmente son sometidos a una represión cruda en las tierras que les quedan.

Chile es un país precioso, lleno de complejidades. Sin embargo, su historia política hace que no sea un país para venir como currela, como trabajador raso. Ésta no es otra que la Tierra prometida del entrepreneur, y lleva una Biblia bajo el brazo.

 

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor- S. Allende

 

 




Matriarcado, muerte y cuidados

Mi abuela la está palmando, bueno, puede que cuando se publique esto ya esté muerta. El hoyo la espera en breve, da igual ya.

En momentos como este te das cuenta de lo importe, de lo que cuenta, de lo que acaba quedando al final de todo. Si sé, lo que me vais a decir, Patricia otra vez te estás exponiendo demasiado, hablas demasiado de tu vida como si a alguien le importase tía. Aun estáis a tiempo de largaros de aquí si lo que cuento no va con vosotros –y vosotras chicas, no me he olvidado de vosotras aunque vayáis siempre detrás de los tíos, es por el jodido patriarcado que hasta en la lengua nos somete y nos relega a un segundo plano–. Pues como leéis mí abuela lleva meses con un cáncer terminal, después de un largo tiempo de diagnóstico/tortura en el que no acertaban a decirle de qué se iba a morir, porque se iba a morir fijo.

Total que llevamos 3 meses en el hospital metidas, con pequeños periodos de paz en los que mi abuela ha podido ir a su casa y simular llevar una vida normal. Cómo de envidiables parecen ahora nuestras piedras de Sísifo cotidianas: lavar la ropa, limpiar los platos, bajar al super –aunque no lleguemos a fin de mes y comamos la última semana macarrones todos los días, suena hasta apetecible–.  Todo esto es muy extraño, porque a nadie le enseñan a aceptar la muerte y mucho menos a pensar que se va a morir. Nos han engañado a todos. Ahora estoy escribiendo esto desde la puta silla incómoda de la séptima planta del Vall d’Hebron, en una habitación fría, aséptica y vieja –gracias recortes– en la que ponen a los pacientes que se van a morir. Normalmente las habitaciones son de dos, pero se ve que cuando la vas a palmar la cosa cambia y tienen un trato más humano con el enfermo y los familiares. Yo qué sé, qué queréis queréis qué os diga, esto es jodidamente triste y deprimente. Agarraos que comienzan curvas, y sí, lo personal es político, soy una posmo de mierda qué le vamos a hacer.

Mi hermana está enfadada con los médicos, dice que están matando a nuestra abuela a base de pastillas y morfina. Claro, cuando te comienzan a poner la morfina estás jodida, porque es morirte del dolor o dejarte ir poco a poco, te vas atontando y durmiendo cada vez más hasta que ZAS se te acaba el juego y gameover. Lo que mi querida hermana no entiende –y quién dice mi hermana dice gran parte de la sociedad occidental actual– es que la gente se muere, sobre todo los viejos, la vida se gasta y al final, aunque la carcasa esté medio intacta, el hardware sufre de la hostia. No entendemos la muerte, es algo imposible. Odiamos pensar en Thanatos, es lógico, nos gusta la vida, el eros, el sentir, vivir, no el culto a la muerte y a la nada. Y de tanto que odiamos, pasamos una vida huyendo de nuestro destino seguro, y del hoyo no se escapa ni hasta el más cerdo explotador y el más cabrón de los tíos. Sólo somos polvo y tiempo. Nos es imposible aceptar que todo esto que hemos montado, desde los psicodramas hasta el sufrimiento más extremo, es para nada. Y que mientras podríamos haber vivido una vida digna nos la pasamos jodidos por gilipolleces y currando por cuatro duros de mierda, toda la vida aguantando para después acabar bajo tierra. Lo más triste es que hay gente que se piensa que la vida es chuparle el puto culo al jefe y dejar siempre tirados a tus compañeros cuando deciden pelear por algo, o ser el más facha de tu pueblo diciendo que desenterrar al bastardo de Franco son tensiones innecesarias. Colegas, la vida es una mierda, pero no esta puta mierda a la que muchos nos han condenado vivir.

Pasan los días, las horas, los minutos, en este lento pasillo hacia la muerte y os tengo que decir que todo me sabe a puta tierra. Cuando se vaya no la voy a ver más. CUANDO SE VAYA NO LA VOY A VER MÁS. No lo entiendo, lloro, me deprimo, grito, tengo rabia, impotencia. La muerte es nuestro mayor enemigo y contra esa puta no se puede hacer nada, nos va a ganar a todos. Todos somos Antonius Blovk jugando al ajedrez con la muerte y conocemos nuestro final. Esa danza eterna con la guadaña hasta la sórdida oscuridad, hasta lo negro, hasta el fin; lo demás son cuentos moralizantes. Puto Bergman. Nuestra lucha no son las inútiles cruzadas, ni la peste negra, sino este jodido mundo sin sentido y este sistema capitalista que nos devora sin llegar a saciarse nunca. Corremos en esta rueda infinita como putos hámsteres sin acabar de entender de qué va todo esto, y en vez de ayudarnos a pensar y construir un mundo a favor de la vida vivimos en esta ratonera inmensa, cuando deberíamos prenderle fuego.

En estos tres meses en el hospital he aprendido lo que es la verdadera sororidad, el matriarcado silencioso. La dedicación infinita de mi madre, las noches en vela de mi tía, mi hermana corriendo de su casa al hospital y del hospital a su casa cuidando dos críos y sacando a pasear a mi abuela cuando aún estaba consciente y podía ponerse en pie. Mi sobrina llenándole la habitación de dibujos, yo hablándole de política y poniéndole al día de lo que pasa en el mundo. Las mujeres de la familia unidas aunque sea por la desgracia. Los cuidados, los eternos olvidados. Sin los que este mundo no seguiría en pie ni un minuto más y sin embargo de los que nadie quiere acordarse nunca, porque son molestos, cansados y no son nada cool. Mi tío, mi padre, mi cuñado, mi hermano solo vienen a ratos, son como la visita del médico, corta e insustancial, pero también es otra parte importante en la que recae el capitalismo emocional y el patriarcado. Los hombres no cuidan, no lloran, no sufren, no muestran sus sentimientos porque si lo hacen son todos unos maricones –como si pasara algo por eso– y como ninguno encaja en ese patrón todos tratan de imitar estos roles sin mucho éxito, porque hasta ellos mismos ya están cansados de ser los tipos duros, no sirven para una puta mierda. Pero es mejor vivir con la verdad que no pasarnos toda nuestra existencia montándonos una peli que no llena nuestro vacío, sino que nos angustia aún más. Estoy escribiendo esto mientras estamos todas aquí metidas, tratando de no llorar, porque aunque nos gustaría hacerlo mi abuela está puesta de morfina hasta las cejas pero sigue escuchando, y llorar delante de un enfermo terminal, llorar porque se está muriendo, ahí delante del cuerpo aún con vida.

No somos una familia ideal, vamos ninguna lo es, pero al menos estamos unidas en la adversidad y cuando las cosas van bien no nos perdemos. Nos insultamos, nos gritamos, nos criticamos cuando otra no está y nos enfadamos mucho entre nosotras, pero también nos queremos. Esa es la esencia de la vida. Y sí, nuestra yaya se está muriendo y es una jodida tortura, pero así son las cosas, esto es ley de vida, dejar ir a quien ya no puede más, a nuestros mayores. El tema es en el cómo, en que todo aquel que quiera pueda tener una muerte digna, sin dolor, sin sufrimientos innecesarios y que se vaya con toda la paz del mundo. Si la vida es jodida ya no quiero saber cómo tiene que ser la muerte. Lo que sí os puedo contar –y muchísimos lo sabréis– es ir viendo como se degrada físicamente el ser querido, va perdiendo el hambre, las ganas de vivir, el brillo en los ojos, como se le apaga la voz, como pierde hasta el habla. Como un buen día no se levanta de la cama porque ya no puede más, como grita por las noches desconsolada sin entender qué pasa. Como recuerdas los buenos tiempos, cuando era pequeña y me contaba historias, me llevaba al cole, cuidaba de mí –como ahora lo hago yo de ella, el ciclo vital, ya sabéis amigos–. Como sabes que ya no va a haber más buenos tiempos. Como estoy en esta silla esperando a que llegue ese momento, en la espera. En la espera hacia esa noche eterna de la que nadie se libra, de la que nada escapa, en la que todo se acaba. A donde todos iremos. En esta peli no hay créditos finales, ni se enciende la luz. ÚLTIMOS PLANOS. ¿Por qué hay tanta gente en esta habitación? No quiero estar aquí. Salid fuera. No puedo más. Más morfina por favor. Siempre os querré, ¿lo sabéis? Y yo yaya y yo. Gente llorando. Aquí ya no hay nada más que hacer. La esperanza hace mucho tiempo que se fue de este cuartucho de la séptima planta del hospital. Bon voyage. Adiós. Adéu. C’est fini. Fundido en negro. Gameover. FIN.




Historias de una proleta: verano

Es verano. Estoy tomándome una birra mientras escribo esto, acabo de volver del curro de mierda al que tengo que ir todos los jodidos días.

Al menos este año tengo aire acondicionado aunque sigo sin poder irme de vacaciones. Soy de esa generación a la que nos habían prometido todo y solo hemos hecho que tragar mierda, pero bueno, eso ya lo sabéis, tampoco es que os haga un spoiler de la hostia. Estoy cansada de la gente que sube sus vacaciones a Instagram, las putas fotos de las playas del Tercer Mundo que son preciosas para los turistas, sí, pero a costa de meter a los desgraciados que les ha tocado vivir allí en una jodida verja para que no se mezclen con los turistas del Primer Mundo. No sé, no acabo de entender eso de meterte en un avión 10 horas para ir a la playa, o peor aún para hacerte fotos con niños negros –si te haces fotos con niños desconocidos en Barcelona te denuncian por pederasta, y me parece genial, sinceramente–. Supongo que preguntar dónde te has ido de vacaciones, de hecho, si te has podido ir o no de vacaciones ya es un indicador por sí mismo, es un detector fiable de gilipollas. Tal cual.

Volamos hasta LA, cogimos un jeep para ir a la baja California, deberías ir, de verdad, no sabes lo bien que se está por allí, qué playas, qué sitios tan bonitos, de hecho yo estoy por venderlo todo e irme allí a vivir, que envidia, de verdad. Bueno luego entramos en México y bajamos hasta el DF, por favor cuánta miseria, ¿esa gente no entiende que así no pueden seguir? Madre mía, si te contase lo de la droga, alucinarías. Allí se matan por las calles y a la gente le parece tan normal, es que no hay nada de orden, y claro así el turismo se resiente, porque te da miedo ir, ¿entiendes? Lo mismo que le paso a un matrimonio amigo de mis padres que fueron a Egipto y un grupo de esos terroristas que violan a las mujeres, y que los comunistas siempre apoyan, secuestró el autobús, no te imaginas el miedo que pasaron… Total, que después nos fuimos a ver Chichén Itzá ya que pasábamos unos días en la Rivera Maya. Claro, claro, teníamos que aprovechar el mes de vacaciones a full que luego viene el invierno y la rutina te mata. No sé si te acuerdas de mi amigo, sí, ese que trabaja en una ONG y corre el triatlón ese de Ciudad del Cabo, claro, le gusta vivir experiencias nuevas y ahora está organizando ese viaje a Nepal que te conté. Bueno total que después estuvimos en Guatemala. Esa gente sí que está mal, por favor que vergüenza de país, menos mal que al hotel que fuimos estaba todo vallado y no podían pasar a 5 kilómetros a la redonda, normal que estén como están. ¿Ves los programas esos de la tele de las cárceles? Pues es mucho peor. Pero ya sabes, con un sueldo normalito de aquí allí puedes ir regalando hasta el dinero, mira ni me molesto en regatear con esa gente, pobres al menos si vamos y les dejamos algo pueden comer. Y ya sabes que a mí me preocupa la gente…

Me gustaría deciros que esta conversación no es real y es producto de las drogas, el calor y la mala hostia que se me pone de trabajar en verano, pero he sido lo más fiel posible al transcribir lo que un chico adulto, joven pero tampoco tanto, bien vestido y supongo que con un curro decente o hijo de papá, hablaba por teléfono, mientras iba en el metro. Escuché esta conversación de casualidad, justo se me había acabado la batería del Ipod y no pude refugiarme en mi particular universo de Patti Smith y ruido de Nirvana. ¿Qué hacemos con esta gente? Como chica del extrarradio barcelonés, que ha crecido entre el caluroso asfalto del verano en el barrio, las piscinas abarrotadas, las playas de la ciudad y el pueblo en agosto, nunca podré sentir empatía por esta gente. El destino de las vacaciones también es lucha de clases, no os engañéis. Aunque me tengáis puesta en el Olimpo de las posmoprogres de Twitter y una infantiloide en las redes sociales, creo que tengo al enemigo bien claro. Aquel que pensándose un pobretón de mierda, o alguien con un trabajo decente, que no se esfuerza demasiado y recibe un buen sueldo por ello –como a todos y todas nos debería pasar– decide ir a gastarse las pelas a un país de mala muerte, inflar su ego y pensar que bien le va la vida con las migajas que deciden los de arriba tirarnos y luego compartir su decadencia moral a través de esa aplicación que fomenta el narcisismo colectivo como es Instagram.

¿Donde han quedado esos veranos a lo Manolito gafotas? Tus padres trabajando, tú matando el tiempo como podías, en el barrio, más aburrido que nunca, saliendo con tus amigos sin saber qué hacer, porque en los barrios de la periferia nunca hay mucho que hacer, sin mucha pasta para ir al cine todos los días –tampoco es que hubiera una peli que ver cada tarde–, sin poder irte al centro, por mocosa o porque estaba jodidamente lejos. Y ya si eres tía mucho peor, no es que me salga la vena feminazi ahora, es que realmente las mujeres siempre las pasamos putas y si vosotros tenéis la vida en dificultad normal –sois pobres y hombres, de “Primer Mundo” – nosotras tenemos el juego en levelgod. Quedar con chicos para matar el tiempo ya resultaba un peligro, incluso aunque fueses al parque, nunca sabías como de perturbado podía estar el chaval o cuántas pelis porno había visto ya, por no hablar de los incómodos momentos cuando te metías con un puto adolescente en la playa. Eso da para una serie de muchas temporadas en Netflix, las que lo habéis vivido sabéis de lo que hablo.

Años después de todos esos entrañables veranos –recordándolos desde el presente, sintiendo nostalgia ahora, porque por nada del mundo me gustaría volver a vivirlos– vinieron estos más jodidos. Hemos crecido, incluso la uni o los primeros curros ya son historia, algunas y algunos ya tenemos el tope del paro acumulado, los que siguen estudiando ya se han cambiado 3 veces de carrera y los chicos que nunca han salido del barrio ya se han jodido su vida por completo, después de años de juicios cada mes y de haberse fumado toda la hierba del mundo. El verano para muchos sigue siendo un calvario, aunque ganemos algo de pasta nunca es suficiente para poder escapar mucho tiempo de esta jungla de asfalto, siempre es necesario para rellenar huecos de otros planes más importantes, o escaparnos 4 días a una ciudad hipermasificada europea llena de turistas, o en la mejor de las ocasiones poder bajar a Marruecos y que tu padre al contárselo te diga que está llena de moros maleducados y que muy feminista no seré si voy a que me obliguen a ponerme el velo y que me violen. Eso es la normalidad para nuestra clase. Las birras en la playa, si vives en una ciudad de costa, el café a las 4 de la tarde en el bar de la piscina del pueblo –esos pueblos de mala muerte castellanos donde el sol arde más que en el jodido infierno– o una terracita con los colegas, o la pareja y unas tapas. La vida es poco más.

También os podría hablar del hiperconsumo y estandarización de la música en todos estos macrofestivales que se han extendido como la puta peste. Sé de muchos de mis amigos que ahorran durante meses y se gastan la mitad del sueldo para poder ir a escuchar a los mismos grupos de cada año, otro verano más, cada vez a precios más altos y los sitios mucho más abarrotados. Desde hace algunos años decidí que no me iba a dejar tomar el pelo de esa forma, pagando a precio de caviar grupos de mierda que tampoco tienen un directo de la hostia, y que vienen a Barcelona 4 veces al año. Total, que cada vez pagamos más por la misma mierda de siempre, la música es una basura –espera, ¿esto no lo dijo Sócrates ya?– y encima tenemos que aguantar a los cuñados que le rezan a Amancio Ortega, ese empresario hecho a sí mismo a base de explotar a los trabajadores del sudeste asiático y evadir impuestos, que te dicen que no seas tan radical que si el agua con azúcar a alguien le funciona porque le vienes a molestar tú y que se creen progresistas por votar a Albert Rivera, ese que dice que las dictaduras traen cierto orden y paz. Pues eso, que os vaya bonito el verano mientras seguimos currando y nos siguen jodiendo como siempre. Pero por favor, a nadie le importa a dónde coño habéis ido este verano ni con cuántos niños subsaharianos os habéis hecho fotos, ¿capito?




Errejón en la sombra: convergencias en la izquierda española

La victoria del posibilismo errejonista dentro de Podemos puede ser la tumba política definitiva para la formación morada.

El objetivo según Errejón y sus próximos como Jorge Moruno es “dirigir”, “sostener”, “empujar” y “acompañar” al nuevo gobierno socialista, por mucho que el partido se encuentre ahora mismo en una posición totalmente subalterna y desventajosa para dicha misión. Esta estrategia es lo que Errejón llama concretamente la “competeneica virtuosa”. Sostengo, que convertirse en el vasallo del PSOE en estos momentos es una estrategia suicida. Paradójicamente, teniendo en cuenta el recelo que tuvo Errejón con la confluencia con IU, éste parece querer convertir a su formación en esta última, pero en la IU de Llamazares en 2004.

Llamazares reprodujo muy bien el rol de “acompañante” de esas “políticas de cambio” hasta dejar al partido al borde de la desaparición. Viendo que el gobierno de Sánchez no es más que una vuelta al zapaterismo y a las tesis socioliberales de la tercera vía el símil me parece bastante oportuno. En aquel momento la gran ilusión despertada por Zapatero se cosechó en las guerras culturales (derechos civiles, feminismo, LGTB, estilos de vida, etc.) al mismo tiempo que se olvidó de la redistribución y de darle un nuevo rumbo a las políticas económicas.

El posmarxismo errejonista se encuentra cómodo, con un PSOE así, pues las tesis más transversalistas-laclaunianas dan una mayor importancia a la superestructura que a la infraestructura para el cambio político, a esa victoria previa de los significantes. Los errejonistas hablan de “anticiparse”, de proponer antes que lo hagan los socialistas. De ahí que se le exija al PSOE la derogación de la ley mordaza, más feminismo, la revalorización de las pensiones y más caña con la memoria histórica, que, como recuerda Esteban Hernández, son las únicas políticas de izquierdas que pueden hacer los socialistas. Si las llegan a implementar dejarían a un Podemos, desvinculado de la mayor parte de las reivindicaciones materiales y estructurales, sin poder ser la “alternativa”. Subyugarse ante los cambios culturales socialistas implicará que en los nuevos comicios los electores deban escoger entre la copia (Podemos) y el original (PSOE).

Por otra parte, las tesis conflictualistas de Iglesias ante un gobierno, que mal que nos pese, ha traído una nueva ola de ilusión para mucha gente en una era post-Rajoy tampoco puede funcionar. En eso estoy de acuerdo con Moruno, no se trata de desenmascarar a nadie. Ser el pitufo gruñón cuando se genera un aire de cambio subjetivamente y genuinamente sentido por capas importantes de la sociedad te convierte en un miserable cantamañanas del que nadie quiere saber nada.

Lo que yo propondría es que lo mejor de cada tesis converja. “Acompañar” en lo mejor de las demandas culturales al gobierno socialista y batallarlo ferozmente en su ortodoxia económica, su subyugación a las políticas de la oferta, del déficit y de la deuda. Demostrar que la izquierda y la derecha no son los mismo en términos económicos, que claro que hay alternativa. A fin de cuentas debemos recordar que si la socialdemocracia casi desaparece del panorama europeo es justamente por aceptar esas tesis socioliberales, con las cuales se convertían en indistinguibles de la derecha salvo en las políticas de identidad. La gente está harta de circo y teatro posgramsciano y quiere soluciones para sus problemas materiales cotidianos: la precariedad, los derechos laborales, la desigualdad, un acceso igualitario a los servicios públicos, la pobreza, el acceso a una vivienda digna a la vuelta de un nuevo ciclo hipotecario, la pobreza energética, etc.

 

La desprotección frente a la pauperización de los soportes materiales de vida es algo que la nueva derecha internacional, para deshonra de muchos, ha entendido mucho mejor con sus propuestas proteccionistas y su juego nacionalista. Mientras tanto la supuesta izquierda radical no puede más que construir una idea de patria abstracta para la mayoría, al no poder pronunciar el nombre del país ni enarbolar su bandera, por razones históricas que todos conocemos.

Y nadie conquistará los corazones, y menos los estómagos, de los parias de la tierra batallándole al PSOE la corrección política: cabalgatas inclusivas, municipalismo, bicicletas y semáforos gay-friendly.

Por Aldo Rubert.

[Foto: Agencia EFE]




Queridos “Instagramers”: un fotógrafo era Robert Frank.

Querido lector, las palabras que está a punto de leer son una invitación a la violencia.

“No es del todo erróneo afirmar que no existe una mala fotografía, sino solo fotografías menos interesantes, menos relevantes, menos misteriosas.”

Así de fácil y así de complicado lo explica Susan Sontag. Nos basta abrir Instagram, esa aplicación que se ha hecho un hueco en todos los teléfonos del mundo, para ver fotografías por doquier. Desayunos. Viajes. Modelitos. Tus convers esperando al bus. Tu café de seis pavos del Starbucks con nombre de ciudad soviética. Es inevitable, a la par que indeseable.

Basta tan sólo profundizar un poco más, meterse en el subsuelo de toda esa masificación posmoderna de tono rosado y azul, para encontrar la fotografía. Que momento tan placentero, que revelación ante los ojos. Es imposible no albergar algo de esperanza tras semejante descubrimiento. Pero como todo, tiene su lado malo, y es que ya sabemos que no es oro todo lo que reluce, ni fotografía todo lo que tiene una chica guapa con un buen desenfoque y luces.

Llamadme nostálgico o lo que queráis, pero en ese momento, ese instante en el que la posmodernidad te rebasa por todos lados, no puedes evitar sentirte desplazado e inadaptado. Tú, que vas en el metro – que puedes ir, pero no contarlo, que es demasiado obrero -, con tu cámara en la mano deseando convertirte en alguien en este mundillo, te sientes impregnado de puro desprecio y lejanía; no sabes como reaccionar.

Ponerse cuatro trapitos y dos chorradas en el pelo no te hace diseñador de moda, un canal de youtube no te hace periodista y comprarte una cámara de seis cientos pavos y sacar fotos en párkings con el fondo desenfocado no te hace fotógrafo. Y punto. Y de eso está lleno el mundo de la fotografía hoy, de fotos de personas en festivales con sudaderas dos tallas anchas de colores chillones y un longboard, de fotitos en la orilla mirando a la nada con un mojito en la mano. Como si eso significara algo. Queridos influencers, de verdad, dejad de fagocitar el mundo de la fotografía, y dejadnos apreciar el talento. Porqué sí, aunque no lo parezca, aún hay secciones de fotografía en las librerías -y en el Fnac también, por los millenials-.

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Esto sin duda, es el reflejo de una sociedad pusilánime en la que se premia todo menos el talento. Una sociedad sin discurso, sin valores, acojonada perdida, que se escuda bajo presets fotográficos incapaces de contar una sola historia que transgreda un mínimo esta felicidad cool que nos enchufan como obligatoria.

A estas alturas, y a modo de desintoxicación, no me puede venir otra imagen a la mente que los gemelos de Diane Airbus, o la portada de “The Americans” de Robert Frank, o a Nan Goldin… Eso sí eran imágenes, me digo a mi mismo mientras me bebo el segundo café de la noche y sin sacarle una foto, a modo de acto revolucionario.

Me acaba de venir algo a la mente: era un artículo sobre la vulgaridad; ahora quizás lo comprendo todo un poco más. O no. La vulgaridad da pánico, lo entiendo, y por eso todos buscan un estilo, una fotografía “propia”, y algunos se creen que por poner cuatro neones y unas gafas hipsters van a tener estilo. Pues no, lo siento, el estilo (fotográfico) va más allá de sacar cuatro fotos a dos chicas guapas, con poses insinuantes y poca ropa. En el fondo, tu imagen cuenta menos que una película de domingo a las cuatro de la tarde. El estilo y la imagen se llevan dentro. Todos podemos imitar esta fotos, pero ¿quién puede imitar a Capa o a Jeff Wall? Qué recuerdos…

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Lo que vengo a decir después de no sé cuantos párrafos de ideas flotando aquí y allá es que la mayoría de los fotógrafos actuales abusan de una sobreestética en sus imágenes, de un “rollo prototípico”, de un mensaje de felicidad enlatada para suplir esa falta de personalidad, esa falta de imagen pura, de esa sensibilidad que no pueda imitarse

Creo que esto en parte, se debe a la censura de la realidad por parte de los fotógrafos. Desde los negativos de Auschwitz hasta la vertiente crítica que tomó el fotoperiodismo durante la guerra del Vietnam, la fotografía ha servido como instrumento de censura de la realidad. En algunos casos, se tuvo que ampliar -el mundo no podía aceptar que el holocausto solo pudiera ser juzgado gracias a unas fotografías de cinco centímetros de lado sacadas a escondidas desde un lavabo-, había que igualar, mediante la ampliación, el castigo con el horror. En otros casos más alegres, todo hay que decirlo, la fotografía se ha fagocitado a modo de eslogan o recurso comercial -tenemos el claro ejemplo de la foto del Che, sacada por Alberto Korda -.

¿Pero a qué diablos me refiero cuando hablo de censura de la realidad? Me refiero a la modificación de una fotografía para ocultar aquello que nos horroriza, aquello que espanta al hombre en su esencia más pura… Aquello que no nos atrevemos a afrontar de cara. Antaño se necesitaba ampliar o recortar imágenes para hacer justicia social, para que el castigo estuviera a la altura; actualmente, esto se disimula con la estética predeterminada. Necesitamos falsear la realidad.

Esto mismo está pasando con los fotógrafos actuales, es necesaria la sobrestetización de la fotografía para suplir una carencia personal, para suplir un estilo, un momento, un instante que nadie más ha podido captar. En pocos años, hemos pasado de hacer del objetivo el testimonio más subjetivo de la realidad, a vender la foto antes de encender la cámara. Nos hemos vuelto previsibles, vemos la edición antes de la foto.

Estamos ante un momento de apagón en el que el mayor fruto fotográfico es consecuencia de una posmodernidad y unos valores estéticos que nos obligan a eso, a estar todo el día sonriendo, a verlo todo bien, todo feliz. No tenemos derecho a llorar ni a fotografiar cosas feas. Solo puede empatizarse a través del dolor.

Y vuelvo a repetir, y vuelvo al inicio: todo se debe, en el fondo, al pánico de ser vulgar, de ser uno más, y nos creemos que a través de la estética forzada en nuestras fotos, de una sobreedición y de una preparación acojonante vamos a destacar. Y no. Y duele admitirlo, y nos jode. Y volvemos a refugiarnos ahí. Y alimentamos la rueda. Y así ha funcionado todo, nos ha sentado mal la comida pero hemos repetido plato. Hemos intentado escudarnos tras la falsa estética, como aquél producto sin personalidad del sistema que se pone unos pantalones horteras para disimular que no es nadie. La fotografía va con la personalidad, y solo aquellos que la tienen sacan verdaderas fotografías. El resto, y con perdón de lo dicho, son meras copias que sirven para llenar el Instagram mientras cagas.

Continuará…(a cargo del lector)

Por @AxelCasas07

 




Me gusta ser una zorra

Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación

Hola querida, si tú, la que me lees, ¿qué coño estamos haciendo? Este artículo es otra pretenciosidad más de esta autora, que siempre ha querido ser punk pero nunca lo ha sido lo suficiente, aguantando que hijosdeputa de todas partes me juzgasen por llevar camisetas de Los Ramones con 14 años. Ya se sabe, solo los tíos de 30 que se follan a las de 16 tienen derecho a ser unos auténticos rockstars y que la camiseta del grupo de música que lleven les guste de verdad, nosotras somos unas posers –no somos comunistas de verdad si no sabemos lo que pone en la anotación a final de página del capítulo XXIV sección 6 de El Capital o no nos sabemos de memoria la discografía de los Bad Brains-, oye tíos ¡que os jodan!. No es algo personal –en realidad sí lo es–, pero ya está bien de someternos, de controlarnos, de dictarnos como tenemos que ser, qué podemos vestir y con quién nos podemos desvestir. Nos aburrís colegas. Este es otro escrito idiota más para que luego me vengan a decir que si explico mucho de mi vida personal, que si eso no le interesa a nadie, que si soy una loca del coño y una tardoadolescente buscando llamar la atención. ¡Pues claro! Pero no quiero vuestro tiempo, sino el de ellas, el de vosotras, para que leáis el testimonio de otra tía más a la que la vida le ha dado unas cuantas hostias –como a todas supongo, no soy ningún ser especial, vivo en la Vía Láctea y respiro el mismo aire de mierda capitalista que todos– para que aprendamos colectivamente de lo que no hay que tolerar, de lo que debemos huir y aprender a decir que no.

El cabrón de José Ortega y Gasset sería un facha pero tenía razón cuando decía que: “Yo soy y yo y mis circunstancias”, yo al ser una neurótica y una pija pretenciosa que lee a Freud aunque discrepe de él, os diría que: “Yo soy yo y mis traumas”, y son demasiados -como los de tantas otras claro–. Yo soy la mujer de negro, soy una maldita que quiere ver arder al mundo entero, porque la rabia no me cabe dentro y me niego a ser una frustrada, quiero demasiado a la vida como para dejar que se marchite todo. Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación, ni tu validación para poder sentir y vivir libremente, pero soy tan jodidamente contradictoria que a veces la busco sin querer. Me reprimo cuando no debería –y me flagelo por ello–, me callo mucho de lo que pienso –cuando me gustaría gritarlo–, trato de guardar las formas –pero disfruto de ser una loca del coño sin remedio–. Supongo que no os interesaran mis tribulaciones pero me la pela bastante, si no queréis leer es tan fácil como cerrar la página –aunque me jode que lo hagáis sinceramente–.

¿Por dónde iba? Ah, sí, por las niñas. He crecido con demasiados complejos como para tirar la toalla ahora, parece que vislumbro algo de luz al final de ese maldito túnel que parece nunca acabar, que me arrastra por un camino que no decidí seguir, pero como tampoco escogí esta vida y aquí me tenéis, soltando bilis por la boca. Odio leer eso de: “Tenemos que proteger a las mujeres”, por favor no lo hagáis, vaya puta mierda de mundo es este en el que tenemos que ser como estatuas egipcias, que para que no nos pase nada nos tienen que petrificar. Yo me niego a ser un objeto, una mujer florero que solo debe sonreír y tratar de ocultar que es más lista que guapa, no, ese no es el mundo que quiero. Quiero un mundo donde todas podamos ser unas zorras y hacer lo que nos salga del coño, sin que nadie nos venga luego a rendir cuentas. Quiero vivir en una sociedad que lo normal sea gozar y saber hacer gozar al resto, que disfruten y nosotras hacerlo con ellos, ellas o quienes sean. Es que ya no sabemos ni reír –tampoco llorar–, no sentimos ¿Qué narices nos pasa? La apisonadora capitalista ha sido capaz de negarnos el placer, avasallarnos hasta pasar por encima nuestro el rodillo totalizador de esa moral de clase media, pequeño burguesa que se escandaliza muy rápido y se reprime incluso el dolor. Nos han engañado a todas. El problema no está en sufrir, no está en llorar, sino en hacerlo gratuitamente, en malgastar ríos de lágrimas por cabronazos que no lo merecen, pero debemos ser sinceras, la vida es violenta, trágica y también preciosa y dulcemente tierna; son dos caras de la misma moneda, es mágico. No hay mayor belleza que la vida humana y no hay obra de arte más profanada que nuestra propia existencia –incluso el arte moderno está mejor valorado–. Tenemos demasiados problemas, vivimos entre tanto ruido que no nos deja ver lo esencial, apreciar ese je ne sais quoi que tiene la vida.

Ya lo decía el mítico y lunático Boris Vian: “Las floristerías jamás tienen rejas. Nadie intenta robar flores”. Algo estamos haciendo mal, cuando aquí no crecen flores, y las que las hacen las pisamos con vehemencia y dejamos que se marchiten –es más, nos regodeamos cuando se autodestruyen–. Me niego. Claudico, me bajo del carro, yo no quiero ser un número más, otro resentido que tiene que ir cargándose la adolescencia de chavalas que quieren vivir, que respiran aire pero no les llena los pulmones, que quieren gritar pero les dicen que sean modositas, que se preocupen por lo que pueden pensar los demás, que si Nirvana está sobrevalorado –supongo que lo dicen porque es el puto mejor grupo de la historia y pasó de ser underground a un fenómeno de masas, y te lo dicen gente de izquierdas que habla siempre de la voluntad popular, pero que luego cuando algo bueno triunfa lo desprecian porque le gusta a ese mismo vulgo que dicen defender–. En ocasiones como esta recuerdo a la Solanas, cuánta razón tenía, y cuánta ira y rabia acumuladas, cuando cogió una pistola y disparó a Andy Warhol. Necesitamos muchas más como ellas, que no se escondan, que no se callen, que quieran acabar con todos esos tíos que nos limitan la existencia, porque somos feministas para acabar con la explotación que nos somete, que nos cosifica, que nos vende como un producto, que nos folla sin tan siquiera preguntar si queremos, que pasa olímpicamente de nuestros deseos, de nuestras inseguridades…

El feminismo no es una losa que debamos llevar encima para competir para ver quién es más perfecta, quién se ha leído los libros de Kate Millet, recitar el Segundo Sexo de memoria o estar al tanto de la nueva postura extravagante de Judith Butler. NO. El feminismo que me representa son Las Vulpes cantando Megutaserunazorra mientras miran con desprecio al público y gritan hasta quedarse sin voz: “Mira, imbécil, que te den por culo”, son las Riot Grrrl Bikini Kill parando un concierto y Kathleen Hanna ordenándole a los tíos que se vayan hacia atrás porque: “Todas las chicas deben ir delante” (“All girls to the front”), es Joan Jett cantando lo que le sale del coño aporreando su guitarra, son las poetisas de la Generación del 27 olvidadas por la historia haciendo historia, son las chicas Beatniks haciendo los mismos viajes que sus compañeros, drogándose, emborrachándose, follándose encerradas en psiquiátricos por haber probado el dulce y venenoso placer de ser libres. Es Simone de Beauvoir enganchada a un capullo de mierda como era Sartre.

Somos las mujeres haciendo historia, reclamando el placer, el derecho a la vida, a la libertad y al cagarla estrepitosamente. Somos nosotras queriendo ser nosotras y no lo que otros nos digan que tenemos que ser. Podemos ser santas, sumisas, putas, o monjas, podemos ser buenas o malas, podemos estar arriba o abajo, nos puede gustar el funk o el punk, la bachata o el hip hop, nos pueden gustar las mujeres, los hombres, todo a la vez o nada, podemos ser altas o bajas, guapas o feas, jóvenes o viejas, unas grandísimas hijas de la gran puta o unos auténticos trozos de pan, podemos ser judías que se enamoran de nazis, podemos ser palestinas que arrastran a sionistas a que cambien de opinión, a que dejen de tirar bombas y prefieran comernos el coño, o podemos ser las stalinistas que ponen a tono a los hippies. De lo que se trata es de vivir al máximo, sentir y dejar de llevarnos a la boca ese vacío que nos consume por dentro, que la vida son dos días y uno nos lo pasamos peleando por Twitter; y si de paso mientras que la cagamos cambiamos el mundo, pues mejor que mejor. Y es que si no puedo hacer lo que me salga del coño, no es mi revolución.




Elecciones en Colombia: La paz en juego, otra vez (II)

“El fuego de mi cumbia es el fuego de mi raza,
un fuego de sangre pura que con lamentos se canta”

Dice la canción de Petrona Martínez, una cantadora del Caribe colombiano, que en los Montes de María un niño lloraba porque murió su madre y quedó desconsolado. El pueblo colombiano ha encontrado en su arte la manera de escapar de la violencia y de la pobreza que le ha golpeado toda la vida. El repique de los tambores, el son de las gaitas y el ritmo de las marimbas han tenido la función de actuar como morfina para los dolores que atraviesan la sociedad, una sociedad de huérfanos cuyas madres han muerto por la guerra o la dejación del Estado.

No puedo hablar de esta guerra sin hablar de desigualdad. La oligarquía colombiana se pintó de demócrata para tener soldados en sus guerras. La oligarquía colombiana enfrentó a hambrientos para mantenerse en el poder. Esta inevitabilidad de conducir al pueblo a la guerra llevó a la izquierda colombiana a considerar inútil la reforma dentro de los mecanismos institucionales del Estado, y se dispuso así a optar por la revolución armada. Por parte de la derecha, el uso de la violencia no solo se materializó en el control del monopolio de la fuerza por parte del Estado –básicamente porque este nunca se ha extendido a todo el territorio colombiano- sino que también se hizo patente mediante el recurso a fuerzas paramilitares para defender sus latifundios. Surgen así en los últimos 50 años una gran variedad de grupos armados que llevan a Colombia a ser un Estado fallido que no ha sido capaz de desarrollar las estructuras necesarias para apaciguar la desigualdad y evitar la violencia.

Se han sucedido varios procesos de paz, todos ellos parciales, que siempre han llevado a una escalada de violencia y a una incertidumbre constante sobre la convivencia del país. Con la Constitución de 1991 se llegó a firmar la paz y a desarmar a diversas guerrillas como el M-19 o el Quintín Lame, pero durante los años 90 se pretendieron establecer negociaciones con las FARC que fracasaron estrepitosamente. En estos procesos de paz la izquierda colombiana volvía a debatir en su seno entre elegir la reforma o la revolución, y tanto los partidarios de la revolución como los partidarios de la reforma acabaron sufriendo los duros golpes del recrudecimiento de la violencia. La Unión Patriótica, partido fundado en 1985 como resultado de la negociación entre el gobierno y las FARC para la reincorporación de los guerrilleros a la legalidad sufrió un auténtico genocidio político que acabó con la vida de más de 4000 militantes y la desaparición de tantos otros. El ataque contra la Unión Patriótica se orquestó por parte de paramilitares con el beneplácito de los altos mandos militares y que se fraguó con la desaparición en el año 2002 del partido que había llegado a ser la tercera fuerza de Colombia.

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Bajo la presidencia de Álvaro Uribe se vivió un proceso de desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) que muchos sectores criticaron por el elevado grado de impunidad del que gozaron sus cabecillas por los crímenes cometidos. La presidencia de Uribe fue una presidencia que se caracterizó por la política de Seguridad Democrática, que consistió en un aumento del gasto militar para luchar contra las guerrillas y que se cobró la vida de muchos civiles, siendo destacable el caso de los falsos positivos. Los falsos positivos fueron civiles de las zonas más empobrecidas del país que los militares asesinaban para contabilizarlos como guerrilleros capturados y obtener los beneficios económicos que se derivaban de estas acciones.

Juan Manuel Santos llega en 2010 a la presidencia de Colombia como sucesor de Álvaro Uribe. Sin embargo, Santos, a pesar de haber sido el Ministro de Defensa de Uribe durante los años más violentos de la guerra contra las FARC, decidió comenzar las negociaciones de paz con este grupo guerrillero. Las negociaciones de paz culminaron cuatro años y medio después, tras muchos vaivenes y con uno de los Acuerdos de Paz más completos que se han firmado en Colombia y en el mundo, que ponen en el centro de los mismos a las víctimas del conflicto buscando su reparación integral.

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El mundo quedó atónito cuando los Acuerdos de Paz fueron sometidos a refrendación ciudadana a través de un plebiscito el 2 de octubre de 2016 y los votantes dijeron “No”. La campaña del plebiscito estuvo llena de mentiras, divisiones dentro de los partidarios del Sí y caracterizada por la desafección política de los colombianos. El plebiscito nunca debió pasar, se demostró que los colombianos no estaban preparados para la paz. El Gobierno de Santos tuvo que arreglárselas para acabar aprobando los Acuerdos a través del Congreso. El proceso de implementación comenzó inmediatamente después con el desarme de la guerrilla y la aprobación de las leyes necesarias para la materialización de los puntos del Acuerdo. Esta implementación está siendo lenta y llena de tropiezos. Los poderes económicos del país que se beneficiaban con la guerra activaron su maquinaria para sabotearlos en todo momento. Muchos congresistas de partidos que históricamente vivieron del conflicto al final del mandato de Santos se han dedicado a dificultar la implementación llevando a cabo reformas en las leyes que los ponían en práctica. Por ejemplo, la Justicia Especial para la Paz, que tiene como objetivo juzgar a todos los actores implicados en el conflicto para buscar la reparación integral a todas las víctimas, no ha podido empezar a funcionar y queda en duda si algunos actores como el Ejército podrán ser juzgados.

Paralelo a todo este proceso de implementación se ha dado un recrudecimiento de la violencia allá dónde las FARC dejaron sus fortines, ya que han sido ocupados por bandas criminales, otras guerrillas y nuevos movimientos paramilitares. Esto ha llevado a un aumento del asesinato de líderes sociales en el país. En lo que llevamos de año han muerto alrededor de 250 líderes sociales que luchan pacíficamente por la defensa de sus territorios. También han sido asesinados exguerrilleros de las FARC, lo cual muestra la continua falta de garantías de seguridad que el Estado debería proporcionar. La sombra de la violencia no deja de crecer en medio de un proceso electoral polarizado en el que está en juego la estabilidad de Colombia.

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Sea quien sea el próximo presidente, tendrá que afrontar el reto de evitar una nueva escalada de violencia. Los niños del Catatumbo, del Urabá y de la Orinoquía siguen llorando y lamentándose por la muerte de sus madres en un conflicto que no ha sido apaciguado. Mientras tanto seguirá sonando de fondo una cumbia para intentar curar sus lamentos y que siembre la esperanza de poder vivir en paz de una vez por todas, esperanza que se marchitará si no se acaban las desigualdades que tan enraizadas están en Colombia.

“El fuego de mi cumbia es el fuego de mi raza,
un fuego de sangre pura que con lamentos se canta”

Por @daniosorio27


Este es el segundo de una serie de artículos entorno a Colombia, donde el autor intenta acercarnos a un país que, lleno de contrastes y pese a todo, sigue clamando democracia y vida. 


Puedes leer el primer artículo aquí.




Opiniones de una payasa

Tengo 25 años y soy mujer, no sé realmente si es más putada lo primero que lo segundo.  Existir es bastante difícil -más aún si eres pobre, joven y mujer-.

Además de todo lo anterior expuesto soy feminista y comunista, soy la oveja roja de la familia, la que no cree en dios y odia el matrimonio por ser una institución burguesa. Hago lo que puedo, como todo el mundo, supongo ¿no? Pero en estos últimos tiempos se me hace más cuesta arriba seguir siendo yo, esa mujer que le ha costado un cuarto de siglo prácticamente librarse de la validación masculina para poder actuar y pensar por ella misma. Así que aquí estoy, exponiendo mis traumas personales como forma de política radical, explicando por qué no acabo de dormir bien por las noches y por qué huyo de Twitter –sí, ese lugar donde ahora se hace la revolución, porque en la calle solo hay que vagabundos sin techo y desgraciados varios–. ¿Qué os podría decir más? ¿Qué tengo un curro de mierda y que la gran mayoría de tíos que han pasado por mi vida son unos capullos –y alguna que otra mujer también–, o que me preguntan sin parar qué narices quiero hacer con mi vida y les digo que estoy escribiendo una novela –y en ese momento recibo la típica mirada condescendiente que implica un “pobre ilusa, ya se le pasará” –, u os digo lo mucho que me gustaría poner una puta bomba en el Parlament y en la puerta de la Moncloa y ver como estallan en pedazos esos cerdos que nos desgobiernan y nos roban nuestro dinero, ilusiones y lo que es más importante, el tiempo de nuestras vidas? Quizá debería empezar a fumar porros, como muchos de los colegas del barrio, gente inteligente que decide echarse a perder porque asumir la realidad cotidiana les resulta demasiado traumático. No es mi caso, prefiero abrazar el existencialismo, leer y escribir hasta que se me consuma la vida, eso y soportar a imbéciles que predican sin dar ejemplo, y sin moverse en la realidad. Así que ya estáis enterados y enteradas –en este artículo se apoya el lenguaje inclusivo, aunque nos sigan matando y violando por mucho que hablemos en femenino– de lo que es mi vida, una puta mierda, pero una puta mierda que al menos puedo decorar a mi gusto.

Os quería hablar de por qué me quito la pulsera que llevo con la bandera LGTB antes de entrar al curro, pero si eso quizás otro día, cuando haya superado el resto de complejos y demonios que arrastro. También me gustaría contaros lo difícil que se me hace entablar conversación con la gente corriente, esa que te encuentras en la universidad o saliendo a tomar algo con amigos –no tan cercanos, pero si lo suficiente como para compartir una noche de un sábado en una pizzería italiana–. Me hablan de sus ligues en Tinder, de sus compras en Amazon y de cuál es su restaurante preferido en Glovo. Por cierto, no me pagan por decir estas marcas, no vaya a ser que algún iluminado ya esté pensando que servidora forma parte de la disidencia controlada por el sistema, puesto que hice un anuncio de Westworld con HBO hablando de feminismo. ¿De verdad pensáis que si me hubiese vendido al capital lo haría por cuatro miserables duros? La duda ya de por sí me resulta ofensiva. Ah sí, a lo que iba, me siento como el replicante de la peli de Blade Runner que se ha dado cuenta de que hay una falla en el sistema, que la realidad no es todo lo que ve ni lo que cree conocer. Supongo que muchas somos Alicia mirando a través del espejo sin saber exactamente qué hacer, viendo como el tiempo, cada vez más loco corre frenéticamente delante de nosotras. ¿Os he dicho que también me aburre el fútbol? Hace unos años llegué a aprender la alineación de la selección nacional de Qatar y los equipos de cuarta división Inglesa para gustarle a un tío. Exacto, sí, yo la feminista que odia a los hombres y que está dejando en ridículo a Karl Marx por ser una revisionista de mierda y hacer videos en youtube hablando sobre él, hace años se dedicó a saber de futbol para gustar a los demás. Quiero aclarar que los demás nunca se han dedicado a verse películas Pre-Code o cine francés de la Nouvelle Vague, ni a dignarse a hablar conmigo sobre Agnès Varda o Simone de Beauvoir. Pero yo de Brian Clough sí. Mierda, estoy exponiendo demasiado mi vida, no vaya a ser verdad que lo personal forja lo político. Mierda, las movidas posmos las dejamos para otra ocasión. Está bien, movidas postestructuralistas, no vaya a ser que luego me digáis que no sé diferenciar a Foucault de Derrida.

El otro día me comí el primer helado de la temporada, era de coco, estaba buenísimo; también violaron a una chica, a otra más. ¿Algo normal no? También salió la sentencia contra La manada, y las penas irrisorias de los violadores en grupo de una chavala que lo lleva pasando mal perseguida por los medios demasiado tiempo. Le preguntaron durante el juicio que si había disfrutado del sexo mientras la violaban. REPITO: que si había disfrutado mientras le perforaban todos los orificios posibles y se iban corriendo encima de ella, que si había disfrutado de ser un objeto pasivo de las perversidades de 5 tíos miserables. Pero eh, tranquilos que luego somos unas locas, que malinterpretamos las palabras de Marx y dividimos a la clase obrera. El problema es que hay gentuza dentro de nuestra misma clase que se alía con el opresor y no con el oprimido, que prefiere ser parte de la cadena de mando –aunque sea una puta hormiga en comparación con la reina– y tener su cuota de poder. Supongo que el sistema se basa en eso, en el mal y la banalidad, en que salga gratuito joderle la vida a una pobre chavala, a una persona que no ha hecho nada en su vida para merecerse esto mientras que el resto mira para otro lado, mientras que ese Guardia Civil y otro perteneciente al ejército siguen cobrando el 75% de su nómina siendo violadores, o que solo se le llame abuso a una violación en grupo. ¿Cómo queréis que no estemos rabiosas? O ciertos “compañeros” más preocupados por defender la ley de un Estado corrupto que usa ese mismo código para reprimir a todo aquel que no piense como él, pero que en el caso de los derechos de la mujer esa legalidad hay que respetarla a muerte. Mira tíos, que os jodan. Os diría que ojalá os violasen a vosotros, pero no voy a imprimir la rabia individualmente, sino que la organizo para echar abajo este sistema de mierda, y también de paso para dejar claro que nosotras estamos por delante de vosotros. Cuando hablo de nosotras no solo me refiero a las mujeres –sean más o menos feministas– sino a todo aquel que se sienta interpelado a luchar por un mundo mejor con conciencia feminista y obviamente acabando con las relaciones de producción capitalistas –primer responsable de que las mujeres no podamos sustentar el poder y transformarlo–.

Os podría decir que he perdido la fe en el ser humano, pero mentiría. Cada día creo más en nosotras y menos en ellos. Sinceramente me comen el coño todos los que hablan en nombre de la libertad, la igualdad y la justicia y solo buscan imponer su visión estrecha del mundo al resto, solo buscan sus 5 minutos de fama. Salimos millones el 8 de marzo, pidiendo un mundo más libre, más equitativo y feminista, hace nada, el 26 de abril lo hicimos de nuevo, por una sentencia criminal que persigue más a la víctima que a los culpables. Odio a toda aquella gente que siempre pospone la revolución a un futuro, que habla de crear un partido de vanguardia para guiar a la clase trabajadora, pero luego repudia a los de su propia clase, desconociendo sus condiciones de vida y no considera ninguno de los partidos actuales válidos para comenzar con el cambio. Que romantiza la revolución como si después de ella el mundo comenzase de 0, como si la gente que transforma el mundo no estuviese lastrada por una educación limitada, una visión del mundo escueta y unos traumas que se arrastran allá donde vayamos. En ese caso, agradezco que me llamen revisionista y poder seguir un día más peleando, escupiendo bilis por la boca por el mundo de mierda que nos ha tocado vivir pero siendo conscientes que cada día que pasa debemos de construir la alternativa, debemos de ser capaces de organizarnos aquí y ahora, afrontar nuestras contradicciones y aglutinar fuerzas, derrocar la hegemonía reaccionaria que nos impide pensar más allá y sumar poder. Mierda, que me decían últimamente que me dedicaba a hablar de feminismo porque quería distanciarme del marxismo, que ya estaba vendida y que dentro de poco acabaría escribiendo en Eldiario.es, pues bueno amigos, aquí estoy escribiendo en una revista de mierda, mis opiniones de mierda, acerca de un puñetero mundo de mierda. Pero el punk, el comunismo y el feminismo que nunca nos falten

Por Patricia Castro