El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

Damnation: el fascismo tiene una PYME

Review sobre la serie Damnation, y el relato magistral que elabora entorno a la pequeña propiedad agraria en el Mid West americano de los años 30.

“Esta serie es una joya”, o al menos eso he pensado a los primeros cinco minutos de empezar a verla. Netflix la describe como la lucha entre los proletarios y los violentos capitalistas del Mid West americano, en un 1930 atenazado por la crisis económica y la Ley seca. Seth y su esposa Amelia, el primero predicador cristiano y la segunda articulista revolucionaria, lideran una huelga en medio de un pequeño pueblo llamado Holden. Los granjeros han estado sufriendo una bajada de precios durísima, que pone en riesgo su modo de vida, y los banqueros y pequeños comerciantes tienen la culpa de ello. Las huelgas han explotado a lo largo del país, y suena en el aire la palabra revolución. Todo el pueblo es un polvorín, del que se prende la mecha con la llegada de “el Rompehuelgas” Creeley, hermanastro de Seth. Así, hermano contra hermano, campesino contra banquero, el pueblo se posiciona, y la sangre llega al río en los bandazos que da el equilibrio de poderes a lo largo de la serie.

Bueno, empecemos. Primeramente, esta serie es, cómo no, otra superproducción occidental donde se respira una excepcionalidad sobrehumana por parte del héroe -Seth- y el antagonista -el Rompehuelgas-. Esto es una continua en el espacio tiempo de las producciones literarias y cinematográficas desde Sherlock Holmes, y ha pasado recientemente también en La casa de papel, analizada también en DVyP. Como ya se dijo, no es más que un recurso estilístico profusamente empleado para separar al criminal del hombre común (¿Alguien se imagina a sí mismo siendo Seth?), provocando que el hombre medio asiduo a este tipo de productos se plantee la criminalidad organizada como algo reservado a genios del mal -o del bien-.

El segundo punto que creo que hay que analizar es la visible analogía entre las acciones de “el Predicador” y la Teología de la Liberación latinoamericana, es decir, curas apoyando a la guerrilla comunista en medio del Amazonas. Esto supone un cambio material en las acciones de los caritativos curas (violencia) sin romper la forma (Iglesia). Es decir: supone una actitud revolucionaria de derrocamiento del sistema apoyándose en la base de la moral judeocristiana, madre de los valores liberales. ¿A favor? tienen una de las más estables comunidades políticas de toda la historia, los feligreses. ¿En contra? Esa comunidad política depende de superiores jerárquicos que viven en el Vaticano, que normalmente excomulgaban a todo el que oliera a revolución. En definitiva, ya les diera Dios o el Papa el poder de congregar masas, los curas de la Teología de la Liberación recibían su autoridad del poder establecido, con lo que al menos ontológicamente su postura hace aguas.

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Analizando más profundamente las relaciones de poder económico, que son una constante en la serie, creo que es de especial importancia sacar a relucir el manuscrito Trabajo asalariado y capital, de Marx. Éste nos permite entender un momento que considero clave: en una negociación entre productores y capitalistas, fin hacia el que se encamina el medio “huelga”, ocurre que a los primeros les hacen un divide et impera en toda regla. Hasta ese momento, ganaderos y granjeros veían afectado por igual el precio de sus productos, es decir, sufrían una rebaja drástica que no les permitía mantener su existencia. Pero en ese momento, en vez de ofrecer 12 dólares por galón de leche se acepta pagar 30, pero ya no se pagará el precio reducido de 6 dólares por fanega de maíz: se pagarán tan sólo 3 para compensar. Esto provoca una pugna entre las clases productoras; de ahora en adelante, los granjeros del maíz estarán solos en su lucha, abandonados por los ganaderos.

Aquí vemos la división marxista del mercado en cuatro grupos: los vendedores que deben vender más caro para cubrir costes, los que se pueden permitir vender más barato, y la misma dinámica para los consumidores. Los capitalistas, que en este caso son “consumidores no finales”, entienden esa diferencia entre las fuerzas de la oferta, y la explotan. De esa manera, dividen la comunidad “vendedores” entre aquéllos ya cubren sus necesidades con la nueva propuesta de consumo -ganaderos- y aquéllos que no se pueden permitir vender tan barato -granjeros-. La nueva propuesta son las nuevas reglase del mercado; porque está claro que la mano invisible no existe.

Este, en esencia, es el funcionamiento del capitalismo hasta el siglo XX. Con el paso del tiempo, hay cada vez menos pequeños propietarios capaces de aportar sus productos al mercado, que sucumben ante las grandes compañías y aquélla minoría beneficiada por ésta. La traducción política de esto en la serie es la pérdida de apoyos para los huelguistas, que pierden la mitad de sus fuerzas.

Continuemos con mis nuevos fanáticos favoritos: la Legión Negra. La Legión Negra, esos encapuchados violentos y tradicionalistas, está constituida por la clase media, que es incapaz de extraer plusvalía ante la negativa de vender a precios rebajados de los pequeños propietarios agrícolas. La pequeña burguesía se torna pues en reacción: el progreso, que es la libertad de los granjeros en base a su no dependencia económica, dinamita todo agarre y control que esas clases medias tienen sobre la población. De otro modo: se usa la huelga para acabar con las dinámicas capitalistas que poco a poco van destruyendo al pequeño propietario en virtud de la acumulación de capital originaria, y ello genera una andanada tradicionalista que carga ora contra el huelguista ora contra los negros.

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Por ello, hacia el final de la serie ocurre lo que todo trotskista conoce: la clase media es incapaz de conseguir nada relevante por sí misma, pues es incapaz de constituirse en vanguardia de cualquier movimiento político, y acaba subordinada o bien a la élite o bien a las clases populares. En esta ocasión, como la mayoría de las veces, el capital -representado por le nuevo banquero de Holden- pacta con la clase media rota por el progreso revolucionario y les entrega armas y dinero en su lucha por la permanencia del orden existente. Ya lo dice la frase: cuando tiras a un liberal por las escaleras, se vuelve un fascista. Y como en general a los liberales no les gusta quedar de extremistas, han encontrado su mayor activo, como reconocen en la serie: una capucha negra, es decir, el anonimato y la homogeneidad. Todos somos clase media, ¿os suena?

Es importante destacar el papel que tiene esta Legión negra, la cual existió de verdad: frente a la incapacidad de los mecanismos comunes y normalizados de represión, es decir, las fuerzas policiales, entra en escena lo paramilitar -detectives, pistoleros y sectas tradicionalistas-. La negación de la violencia en la sociedad liberal no permite vertebrar ésta a través los aparatos y mecanismos de los que dispone el poder legitimado, o tan sólo levemente; por ello, resulta necesario emplear herramientas situadas fuera del marco legal. Esto, a su vez, se realiza precisamente para la superviviencia de ese marco legal, que no puede escapar de un origen violento. En conclusión, la paz demócrata contiene en sí la violencia primigenia, que aparece en los momentos de tensión.

Considero necesario pararse a analizar el papel de “el Rompehuelgas”, el hermano de Seth -Creeley-. Éste no es más que un lumpen que sirve de apoyo a las élites para reprimir huelgas. Pinckerton fue usado  para ello durante la última etapa del siglo XIX en Estados Unidos. Una vez más, la teoría del 18 de Brumario De Luis Bonaparte es válida: así como la “Guardia Móvil” de lúmpenes aseguró el triunfo del futuro emperador, el hecho de que el Rompehuelgas sea sacado de la cárcel para acabar de brazo ejecutor de los poderosos no puede ser considerado un simple recurso narrativo. En 1892, durante la huelga de Homestead, los agentes de Pinkerton como Creeley mataron a 10 obreros y dejaron más de 70 heridos, mientras intentaban romper una huelga.

El esquema se repite con un tal señor Johnson; él y el Rompehuelgas representan a aquéllos desechados del mercado laboral legal para servir como hacha de verdugo ante la hidra del cambio social. Por lo tanto, jamás dejan de ser una herramienta en manos de las élites, como lo es la Legión negra y como el padre de Seth y Creeley les había enseñado. Cuando Creeley sigue sin progresar en su misión de acabar con la huelga, es llevado delante de hombres de negocios que los tratan como animales: los alimentan, los cuidan y, desde una altura prudencial, los hacen luchar a muerte. Puro divertimento.

Antes de empezar a pelarse, Creeley advierte a Johnson: “son de otra especie”. El poder les separa, los hace, en esencia, diferentes. El señor Hide, que había sido el reclutador y empleador de Creeley, lo traiciona metiéndole en esa pelea, ¿o no? ¿Se puede castigar a un hacha? Ese es su castigo por fallar. Pero el Rompehuelgas, ganando la pelea, se ve incapaz de acabar con Hide, que se ha quedado a su alcance: las lógicas de poder le impiden actuar como quisiera, las disciplinas de poder actúan sobre el cuerpo del Rompehuelgas, impidiéndole llevar a cabo su venganza y sus impulsos. En otras palabras, su voluntad de poder se somete ante el monstruo del poder y sus reglas.

Es curiosa la figura de este señor Hide, y aquéllos que lo acompañan. En sus elegantes trajes y sus despóticos métodos, en sus cacerías en busca de venados, la palabra progreso les ronda siempre el habla. La expropiación de la que trata el capítulo 24 de Das KapitalLa llamada acumulación originaria, supone un progreso frente al feudalismo. La violencia con la que la burguesía arranca de las manos aún calientes a los pequeños propietarios o yeomens ingleses es fascinante, y es de entender que este proceso se empleara también en el atrasado Mid West americano unos siglos más tarde. Como ya se ha dicho más arriba, ésta estrategia forma parte de la violencia primigenia sobre la que se erigen las instituciones liberales.

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El final, a todo esto, es el de toda serie de cowboys que se precie: tiroteos, traiciones, pactos de última hora y victoria del bando de lo correcto. Para el Rompehuelgas, ahora parte de ese bando, hay una ascensión social; lo que su padre nunca pudo tener.  Para el Predicador, sin embargo, hay dolor: la temporada se cierra con el más que probable asesinato por parte de una agente de Pinkerton infiltrada.

Por concluir y no extenderme más: es una serie tremenda, que no trata de disimular las tensiones sociales sino que nutre la trama de éstas, y eso, en los tiempos que corren, ya es algo. Sus diez capítulos, aunque a veces se hacen pesados, no dejan indiferente a nadie.

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