El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

Humor, límites y hacedores

Los límites del humor están a la orden del día. Casi tanto como los lacitos amarillos. Con este breve escrito quiero abordar de manera tanto introespectiva como teórica este asunto.

Aquellos que me conocen saben de mi tendencia a bromear con cualquier circunstancia que me ocurre o que me rodea. Me gusta ver el mundo desde el cinismo que se necesita para no llorar y resignarse. Ser así no me ha abierto puertas, ni me ha regalado buenos rollos con cualquiera, es normal: creo que lo más grave que me ha ocurrido es una amenaza de paliza por parte de un promotor de discotecas que decía que mis “bromitas hacían que no fuera a ganar dinero”.

Esto nos lleva a la primera norma del humor y su límite: el contexto. Es fundamental este factor y normalmente es aquel que, de primeras, se suele olvidar. El contexto determina qué sentido tiene hacer humor y su porqué. Pongamos un ejemplo: si tu abuela se muere y estás en el tanatorio llorando su pérdida y viene tu colega y te dice: “Oye ¿tu abuela no se va a levantar para saludarme?”. Ese amigo tuyo es un desgraciado. Sin embargo, si te estás tomando unas cervezas y tu amigo, que ha ido a la barra a pedir todas las cañas, levantándose a pesar de sus complicaciones al andar por culpa de la cantidad de alcohol en su sangre, te dice: “La próxima la vas a pedir tú, que no eres parapléjico como tu abuela.” Ese amigo tuyo es un cachondo. Si te enfandas, tú eres el payaso. Por mucho amor que profeses por tu abuela.

Así, el contexto es determinante. Quizás el único límite. Quizás. Ello nos empuja a lo siguiente: el sentido del humor: ¿Qué es y cúal es su fin?

Seguramente, el humor es imposible de definir. Al menos de manera directa, creo que nadie, si me bajo al portal de mi casa y pregunto a los que pasan “¿Qué es el humor?”, sepan como describirlo o definirlo – siempre y cuando no tope con un turista japonés o australiano, que abundan cerca de mi vivienda -. Por eso, creo, que, la manera de definir al humor se hace de manera negativa. Si yo te digo: “¿Qué es lo que no es humor?”. Tú me dirás que se trata de algo que no ofende o que no deja indiferente, que no interpela, o que no significa más que la ausencia de sustancia. De hecho, de manera inconsciente, cuando no te gusta un comentario, un chiste o una situación, dejándote intranquilo o intranquila, la reacción es la siguiente: “No me hace gracia”. Es decir que bajo el tupido velo que dibuja la situación humorística existe una legitimidad por la cual estás autorizado para moverte, existe margen de maniobra. Pero esta legitimidad, socialmente construida, no es inherente al humor, se debe, al menos, en las situaciones donde el contexto es difuso para su ejercicio adecuado, a una concesión por los sujetos pasivos de la práctica del humor.

Por lo que hace a la finalidad, es algo también obtuso. Se trata de algo ecléctico, es polimórfico. En ello el contexto es determinante: en un monologo al uso, el fin será hacerte gracia, para el cómico poder cobrar, para el dueño del local, poder ganar dinero, por ejemplo. Más esencialmente, el humor es aquello intangible y su fin, por tanto, es moldeable. Para simplificar, el fin del humor es el humor en sí mismo. Hacer humor es hacer humor, una de las consecuencias puede ser la risa, el dinero o la revolución. Cuando el humor deja de ser un fin en sí mismo, es cuando deviene suceptible de que se coarte y cuando es realmente útil. Es obvio que hay una diferencia entre los Monthy Python y una broma telefónica de AuronPlay, aunque puedas partirte el culo con ambos, Los Python llevan al humor más allá de un fin en sí mismo.

Partiendo de lo dicho, hemos de entender que los límites son los que pone uno mismo o el contexto. Si el límite lo pone otro que no seas tú, no es un límite es una frontera. Aquí empezamos a movernos por un terreno pantanoso, estamos pisando lodo: es una definición extremadamente subjetiva o subjetibable.

Tornando a lo que anunciábamos en el título, ¿Cuál es la relevancia del hacedor en la práctica del humor? Hemos visto, en las últimas semanas, la polémica que ha despertado Paco León en relación con un futuro papel que realizará: su personaje es transexual. Es algo parecido. Algunas personas esgrimieron que se trataba de la apropiación de una lucha: “que un hombre cis, blanco y hetero – quizás el sujeto sobre el que recaen menos opresiones – encarne la figura de un colectivo olvidado y silenciado es de mal gusto.” Con lo cual aquello que es algo puramente individual, deviene algo completamente político; pero su potencialidad rompedora disminuye. Si bien es cierto que Paco León es la figura que menos ha sufrido lo que sienten las personas trans en la actualidad, yo me pregunto lo siguiente: ¿Qué es entonces mejor realizar un filme que relate ese dolor y lo exponga ante el gran público, agitando las morales sociales o que una persona trans haga de trans en la película, corriendo el riesgo que su papel y notoriedad pueda devenir menos relevante?

 

Creo que la respuesta es sencilla pero no por eso mejor o más ética. El problema está en donde ponemos el énfasis. Sucede igual con el humor. En este caso, las críticas a León vienen porque el hincapié se hace en aquéllos que emiten el mensaje, es decir, en que no sea alguien trans, no en el mensaje o en los condicionantes de este. Cuando realizamos humor, de manera no autotélica, es decir instrumental, podemos incurrir en la misma gravedad. Si yo hago un chiste machista del tipo: “¿Qué hace una mujer fuera de cocina? Turismo.” Probablemente, sea un cabrón – sin el probablemente –. Si lo hace una mujer en medio de la manifestación del 8M será empoderante. Todas estas afirmaciones, son rotundas y verdaderas: un hombre haciendo chistes machistas es asqueroso. No obstante, y aquí es donde quiero poner de manifiesto el problema de esta lógica – la equivalencia ente mensaje y mensajero –, la calidad y la intención de un mensaje no pueden medirse a través solo de estos parámetros: estamos olvidando el contexto y, por tanto, seguramente, menospreciando la intención. Si yo digo el chiste que traía antes, de ello, en un contexto determinado, podemos extraer lo peor de la socialización contemporánea o la denuncia más feroz de lo que me envuelve. La primera persona que usaba el concepto de “humor negro”, André Breton, decía del humor (negro) lo siguiente:

“Lejos del estereotipo del humor evasivo, relajante y complaciente, el humor negro entraña siempre un intento de desacralizar la realidad, desnudándola de convencionalismos y desmitificando falsos valores establecidos.”

En suma, quería ilustrar este hecho con un trozo de la película 300. El famoso “¡Esto es ESPARTA!” es señal de la importancia del contexto: cuando el mensajero (emisor) persa llega a Esparta ofreciéndoles tierras y oro a cambio de su rendición (mensaje), la reacción de Leonidas (receptor) es empujarlo al vacío porque están en guerra y tierra y oro no es más que vasallaje, esclavitud y sumisión (contexto). No lo empuja porque sea persa, no lo empuja porque esté ofreciéndole dinero, lo hace porque aceptar sería morir en vida.

Así, decir que el humor es per se algo que resta importancia al tema que trata es falaz. Todo lo contrario, diría. Hacer una broma sobre una situación  personal o compartida mala no deja ser más que la expresión de la insatisfacción con ésta. Si te ríes de dicha situación, lo más seguro es que no estés quitándole importancia, más bien lo que estarás haciendo es darle la importancia que merece. Oscar Balmayor, en la introducción de un libro que guarda una estrecha relación con el trabajo de Breton, decía esto:

“[El humor] es una herramienta corrosiva de denuncia, donde lo cómico no suaviza sino que amplifica el efecto de su crítica. Nada más revelador de una impostura que la sensación urticante que acompaña el sentimiento del ridículo.  El ejercicio del humor supone, en el escritor y el lector, una profunda complicidad, basada en sus capacidades de autocrítica y desprejuicio.”

En conclusión diría lo siguiente: en primer lugar, que la individualidad no es suficiente para afrontar la problemática de los límites. Tu condición no debe ser un argumento esencialista para rechazar el ejercicio retórico de la ironía, el cinismo o el humor. Sencillamente, que tu te sientas ofendido no sirve para condenar y coartar al humor. Seguidamente, hemos de resaltar el valor del contexto. Es fundamental para saber para qué hacemos humor. Por último, añadiría que el único límite que debemos aceptar en la práctica del humor es la nada, la indiferencia, lo vacío.

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One thought on “Humor, límites y hacedores

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