El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

La clase obrera no va a los museos (II)

Ahora veamos una traducción del empeño de los críticos en la pregunta sobre qué es o no arte, y el porqué de tanto interés.

Antaño, poca gente podía dedicarse al arte, mayormente las personas de clases adineradas, personas que, en general, se beneficiaban del sistema instaurado. Eso les permitía que cuando salía alguien con talento, en seguida entrase en el juego institucional, puesto que era fácil para la superestructura económica fagocitarlo y llevarlo a su terreno. Así pues, como el arte era de unos pocos -y encima de clase adinerada- todo el engranaje iba funcionando correctamente. Ese arte les permitía seguir obteniendo beneficio. Pero todo se vio puesto en jaque con las nuevas vanguardias, algo jamás visto se avecinaba con demasiado poder, era un ejército demasiado grande y no lo habían previsto. No porqué les importara el arte, si no porqué veían que eso podía golpear la base de su macroestructura y tumbarla toda. Ese nuevo arte ya no era tan fácil de fagocitar, ¿y que otra opción tenían? Pues lanzar la pregunta de qué es el arte con la finalidad de delimitar qué entra y qué no en su sistema. Con la finalidad de dejar todas esas vanguardias a las puertas de la muralla de la ciudad de lo verdadero y en caso de dejarlas entrar, que sea con cuentagotas, ya que así se puede controlar.

¡Que terrible sería para el arte una avalancha de la periferia! ¿Es que no tuvisteis suficiente con Lenin?

“Ciertos críticos opinan que la obra de Francis Bacon tiene mucho que ver con el dolor. En su arte, sin embargo, el dolor se ve como a través de una pantalla, como las sábanas sucias vistas a través del cristal redondo de una lavadora […] En la de ella no hay ninguna pantalla; Frida se acerca, procede con sus delicados dedos, puntada a puntada, no para coser un vestido, sino para cerrar una herida”¹

Así es como Berger define las diferencias entre las obras de Frida y las de Bacon. La diferencia principal es el dolor, o más bien la forma de enfocar el dolor. Quizá en la obra de Bacon el dolor se sublime o se canalice en algún tipo de expresión artística agradable a la vista y a los sentidos de la gente, mientras que en Frida ocurre todo lo contrario. En la obra de Frida Khalo, se hace una sinonimia que no existe en la realidad. En su obra, dolor y sufrimiento van de la mano, son conceptos inseparables, concebirlos separados es como imaginarse una pintura separada de su lienzo, o al mundo despojado de palabras. Inexistente. Vacío…¿Interpretable?

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Se dice que el dolor es inevitable, pero que el sufrimiento es una opción, una forma de vivir el dolor. Esto es imposible delante de la obra de Frida. No hay espacio para elegir, para respirar ni mentir. “Pero las barras marcan también unos silencios que niegan la entrada a toda mentira”². Y en ese aspecto, la obra de Frida es un silencio sepulcral.

Ahora bien, alejémonos un momento de esta visión tan cercana para tomar una perspectiva lejana de la obra, miremos la situación con ojo de águila y entendamos el dolor como un producto de contextos y relaciones materiales de la situación. Debemos comprender lo general para comprender lo propio, debemos entender que el dolor no deja de ser otro producto de las superestructuras, canalizado de muchas formas hacía la subestructura, muchas veces en forma de sufrimiento, por desgracia.

Tanto para Hegel como para Marx, el dolor es el motor de la historia – y la lucha de clases una forma de canalización a la subestructura-. La historia del progreso es así destrucción y acumulación, tragedia y epopeya, y nada se alcanza sin desgarramiento ni dolor, dirían Marx y Hegel.

Hay cierto dolor en las clases populares, se nota en las ojeras, en las espaldas dobladas y en las miradas ausentes de los obreros camino de la fábrica. Pero a su vez, hay cierto orgullo en ello, hay dignidad, hay una sensación de estar en el bando ganador de la lucha de clases aunque en realidad perdamos por goleada. Hay ese orgullo obrero del mono azul y el piquete. En el fondo, el dolor y la derrota dignifican, y la dignidad es algo de lo que sentirse orgullosos.

Hay quienes se esconden, pero a su vez, hay quienes levantan una bandera derrotada, quienes exhiben sus defectos e imperfecciones y lo usan como escudo, quienes hacen de su opresión una razón de vida. Eso hacía Frida Khalo con sus cuadros. Acentuaba el dolor, los escupía sin tapujo y sin filtro, con toda la incorrección política que cabía en un pincel. ¿Pero no podría decirse lo mismo del obrero que se sabe La Internacional o que saca un libro de Galeano durante la hora de comer? ¿Puede que haya un acto de fe en todo esto? Puede que sí, o de nostalgia. ¿Pero cuando lo tienes todo en contra, que te queda? Ganarte la historia.

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Esto que he nombrado anteriormente ha quedado reflejado para siempre en la gran pantalla en la película de Stephen Daldry Billy Elliot³ . Una mirada a las entrañas del sentimiento humano y la lucha de clases. Entre sexualidades y esquiroles.

Pero antes me gustaría retomar el tema anterior del dolor de Frida y el orgullo que sentía del mismo, de ser lo que era, de su sexo y de ser de dónde era – a pesar de las opresiones que eso conllevaba -, y compararlo con la escena final de la película de Stephen Daldry.

En esa escena hay una brutal, a la par que emocionante, representación de lo que significa el orgullo de clase. Cuando la familia llega al teatro y le pide que avisen a Billy de que están ahí, la mirada de él al recibir la noticia, el calentamiento, la presión de los focos, el estridente silencio del público, la duda del fallo, el ensayo, el recuerdo, la tensión. Todo. Y la mirada del padre cuando pone el primer pie en el escenario, esa mirada de orgullo y de rabia a los de arriba, a los que le han jodido siempre, a los que no quería que estuviera ahí…a todos esos. La sensación de recordar todo lo que han luchado para que su hijo esté ahí, el sufrimiento, el sabor amargo de cada de derrota…pero al fin, una victoria, no económica ni permanente, sino la victoria de saber que perteneciendo al bando perdedor, hoy tu hijo se codea con los ganadores. No para quedarse ni para ser uno de ellos. Solo saber que has llegado, que cada lágrima y cada grito no ha sido en vano, y que al final, venciste. Que no hay nada como el amor por algo, por el baile, por la música, por el deporte o por una clase. Algo que nadie podrá comprar jamás. Los obreros jamás ponen la dignidad en venta, porqué jamás compraron las oportunidades. Y es que si el órgano más importante del cuerpo es el corazón, quizá no sea tanta casualidad que esté a la izquierda.

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Y ahora, ya para terminar, solo un pequeño apunte sobre el sentimiento de propiedad. No la propiedad a nivel económico o físico, sino la propiedad que transgrede el sentir un objeto físico en las manos. Al principio he hablado sobre la enajenación en el capitalismo y, por tanto, la concepción del arte como resultado final de una fase de producción; está hecho para el rico. De la misma forma que el obrero de una fábrica no se siente suyo un coche al que le atornilla las puertas e instantes después ve desaparecer por la cadena de producción, el proletariado no se siente suyo un cuadro que pinta o una fotografía que dispara, en el momento en el que se pierde en las cadenas de los museos. El museo frivoliza, y anula la idea de desde y para nosotros. En el sistema actual es una utopía. El canon y régimen de belleza viene impuesto por los de arriba, para ellos, todo es para ellos, excepto el trabajo sucio. Eso no.

“De echo, las mujeres se encuentran tan degradas por nociones erróneas acerca de la excelencia femenina que no pienso añadir una paradoja cuando afirmo que esta debilidad artificial produce una propensión a tiranizar y da lugar a la astucia, enemiga natural de la fortaleza, que las lleva a adoptar aquellos despreciables infantiles que socavan la estima aun cuando exciten el deseo”  4

Wollstoncraft, en su análisis de la sumisión de las mujeres y la aceptación de las mismas dentro del sistema, nos analiza el concepto de excelencia y de como muchas de ellas, a pesar de ser seres valiosos y virtuosos en la moral, no se sienten dignas de igualdad, puesto que no son “excelentes”.

En su proceso genealógico de análisis de tal excelencia, descubre que esos cánones y dogmas que dictaminan la virtuosidad de la mujer, realmente han sido impuestos por hombres por y para su consumo. Así pues, no importa el sentimiento real de las mujeres, sino el de la clase dominante – en este caso de género, pero puede aplicarse al estrado económico5 -. Por tanto, para ser una mujer virtuosa hay que cumplir las normas de los que no están ni en tu piel ni sufren tus opresiones. Ellos lo dictaminan, no para el bien de las mujeres, sino para su bien, su consumo. Y lo mismo pasa con el arte. Los cánones diseñados por los que ostentan y dictan las normas de las macroestructuras, no buscan ni el bien del arte ni el bien del artista, solo buscan aquello que da más beneficio, aquello que sale más rentable. Así pues, se llega de forma casi inevitable, a la conclusión de que dentro del capitalismo y con los cánones de belleza dictados por los ricos y verificados por los museos, la pregunta de qué es arte, podría ser substituida sin ausencia de matice alguno por…¿Qué es rentable?

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No es posible que la clase obrera vuelva a pisar con orgullo un museo hasta que los museos no estén en sus manos, hasta que ellos no dictaminen las normas y puedan ver a los cuadros como hijos, esto no ocurrirá. Hasta que los constructores del arte no lo vean como un producto de ellos y para ellos, esto no ocurrirá. El arte actualmente es mera plusvalía de la superestructura, y hasta que no desaparezca, esto no ocurrirá. La respuesta de si puede ocurrir algún día, no la sé, quizá las dulces vitrinas de los museos jamás sean compatibles con el mono azul de la obra, quizá jamás podamos substituir el martillo por el pincel. Lo que está claro que no podremos saberlo hasta que el ideal de belleza no vuelva a manos de la clase obrera, y para esto, Marx ya tendió el lienzo, ahora faltan los colores. Quizá sea la hora de volver a gritar eso de todo el poder para los Soviets.

Por @AxelCasas07 


1 BERGER John. El tamaño de una bolsa. Madrid. ALFAGUARA. 2017. p 144.

2 BERGER John. El tamaño de una bolsa. Madrid. ALFAGUARA. 2017. p 145.

3 Billy Elliot. Dirigida por Stephen Daldry. 2000; Working Title Films, BBC Films, Película.

4 WOLLSTONECRAFT Mary. Vindicación de los derechos de la mujer. Madrid. Ediciones AKAL. 2014. p 48.

5 De hecho, el concepto de “Conciencia Feminista” propuesto por Simon de Beauvoir, está extrapolado directamente de la conciencia de clase, propuesto por Marx.

 


Nota de redacción: Este fragmento es la segunda parte de un texto que, por motivos de visualización y ligereza, hemos dividido en dos entradas. La primera parte la puedes leer aquí: La clase obrera no va a los museos (I).

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