Me gusta ser una zorra

Hola querida, si tú, la que me lees, ¿qué coño estamos haciendo? Este artículo es otra pretenciosidad más de esta autora, que siempre ha querido ser punk pero nunca lo ha sido lo suficiente, aguantando que hijosdeputa de todas partes me juzgasen por llevar camisetas de Los Ramones con 14 años. Ya se sabe, solo los tíos de 30 que se follan a las de 16 tienen derecho a ser unos auténticos rockstars y que la camiseta del grupo de música que lleven les guste de verdad, nosotras somos unas posers –no somos comunistas de verdad si no sabemos lo que pone en la anotación a final de página del capítulo XXIV sección 6 de El Capital o no nos sabemos de memoria la discografía de los Bad Brains-, oye tíos ¡que os jodan!. No es algo personal –en realidad sí lo es–, pero ya está bien de someternos, de controlarnos, de dictarnos como tenemos que ser, qué podemos vestir y con quién nos podemos desvestir. Nos aburrís colegas. Este es otro escrito idiota más para que luego me vengan a decir que si explico mucho de mi vida personal, que si eso no le interesa a nadie, que si soy una loca del coño y una tardoadolescente buscando llamar la atención. ¡Pues claro! Pero no quiero vuestro tiempo, sino el de ellas, el de vosotras, para que leáis el testimonio de otra tía más a la que la vida le ha dado unas cuantas hostias –como a todas supongo, no soy ningún ser especial, vivo en la Vía Láctea y respiro el mismo aire de mierda capitalista que todos– para que aprendamos colectivamente de lo que no hay que tolerar, de lo que debemos huir y aprender a decir que no.

El cabrón de José Ortega y Gasset sería un facha pero tenía razón cuando decía que: “Yo soy y yo y mis circunstancias”, yo al ser una neurótica y una pija pretenciosa que lee a Freud aunque discrepe de él, os diría que: “Yo soy yo y mis traumas”, y son demasiados -como los de tantas otras claro–. Yo soy la mujer de negro, soy una maldita que quiere ver arder al mundo entero, porque la rabia no me cabe dentro y me niego a ser una frustrada, quiero demasiado a la vida como para dejar que se marchite todo. Soy una zorra, quiero hacer lo que me plazca, con quien me plazca y donde me plazca, y no, no quiero necesitar tu aprobación, ni tu validación para poder sentir y vivir libremente, pero soy tan jodidamente contradictoria que a veces la busco sin querer. Me reprimo cuando no debería –y me flagelo por ello–, me callo mucho de lo que pienso –cuando me gustaría gritarlo–, trato de guardar las formas –pero disfruto de ser una loca del coño sin remedio–. Supongo que no os interesaran mis tribulaciones pero me la pela bastante, si no queréis leer es tan fácil como cerrar la página –aunque me jode que lo hagáis sinceramente–.

¿Por dónde iba? Ah, sí, por las niñas. He crecido con demasiados complejos como para tirar la toalla ahora, parece que vislumbro algo de luz al final de ese maldito túnel que parece nunca acabar, que me arrastra por un camino que no decidí seguir, pero como tampoco escogí esta vida y aquí me tenéis, soltando bilis por la boca. Odio leer eso de: “Tenemos que proteger a las mujeres”, por favor no lo hagáis, vaya puta mierda de mundo es este en el que tenemos que ser como estatuas egipcias, que para que no nos pase nada nos tienen que petrificar. Yo me niego a ser un objeto, una mujer florero que solo debe sonreír y tratar de ocultar que es más lista que guapa, no, ese no es el mundo que quiero. Quiero un mundo donde todas podamos ser unas zorras y hacer lo que nos salga del coño, sin que nadie nos venga luego a rendir cuentas. Quiero vivir en una sociedad que lo normal sea gozar y saber hacer gozar al resto, que disfruten y nosotras hacerlo con ellos, ellas o quienes sean. Es que ya no sabemos ni reír –tampoco llorar–, no sentimos ¿Qué narices nos pasa? La apisonadora capitalista ha sido capaz de negarnos el placer, avasallarnos hasta pasar por encima nuestro el rodillo totalizador de esa moral de clase media, pequeño burguesa que se escandaliza muy rápido y se reprime incluso el dolor. Nos han engañado a todas. El problema no está en sufrir, no está en llorar, sino en hacerlo gratuitamente, en malgastar ríos de lágrimas por cabronazos que no lo merecen, pero debemos ser sinceras, la vida es violenta, trágica y también preciosa y dulcemente tierna; son dos caras de la misma moneda, es mágico. No hay mayor belleza que la vida humana y no hay obra de arte más profanada que nuestra propia existencia –incluso el arte moderno está mejor valorado–. Tenemos demasiados problemas, vivimos entre tanto ruido que no nos deja ver lo esencial, apreciar ese je ne sais quoi que tiene la vida.

Ya lo decía el mítico y lunático Boris Vian: “Las floristerías jamás tienen rejas. Nadie intenta robar flores”. Algo estamos haciendo mal, cuando aquí no crecen flores, y las que las hacen las pisamos con vehemencia y dejamos que se marchiten –es más, nos regodeamos cuando se autodestruyen–. Me niego. Claudico, me bajo del carro, yo no quiero ser un número más, otro resentido que tiene que ir cargándose la adolescencia de chavalas que quieren vivir, que respiran aire pero no les llena los pulmones, que quieren gritar pero les dicen que sean modositas, que se preocupen por lo que pueden pensar los demás, que si Nirvana está sobrevalorado –supongo que lo dicen porque es el puto mejor grupo de la historia y pasó de ser underground a un fenómeno de masas, y te lo dicen gente de izquierdas que habla siempre de la voluntad popular, pero que luego cuando algo bueno triunfa lo desprecian porque le gusta a ese mismo vulgo que dicen defender–. En ocasiones como esta recuerdo a la Solanas, cuánta razón tenía, y cuánta ira y rabia acumuladas, cuando cogió una pistola y disparó a Andy Warhol. Necesitamos muchas más como ellas, que no se escondan, que no se callen, que quieran acabar con todos esos tíos que nos limitan la existencia, porque somos feministas para acabar con la explotación que nos somete, que nos cosifica, que nos vende como un producto, que nos folla sin tan siquiera preguntar si queremos, que pasa olímpicamente de nuestros deseos, de nuestras inseguridades…

El feminismo no es una losa que debamos llevar encima para competir para ver quién es más perfecta, quién se ha leído los libros de Kate Millet, recitar el Segundo Sexo de memoria o estar al tanto de la nueva postura extravagante de Judith Butler. NO. El feminismo que me representa son Las Vulpes cantando Megutaserunazorra mientras miran con desprecio al público y gritan hasta quedarse sin voz: “Mira, imbécil, que te den por culo”, son las Riot Grrrl Bikini Kill parando un concierto y Kathleen Hanna ordenándole a los tíos que se vayan hacia atrás porque: “Todas las chicas deben ir delante” (“All girls to the front”), es Joan Jett cantando lo que le sale del coño aporreando su guitarra, son las poetisas de la Generación del 27 olvidadas por la historia haciendo historia, son las chicas Beatniks haciendo los mismos viajes que sus compañeros, drogándose, emborrachándose, follándose encerradas en psiquiátricos por haber probado el dulce y venenoso placer de ser libres. Es Simone de Beauvoir enganchada a un capullo de mierda como era Sartre.

Somos las mujeres haciendo historia, reclamando el placer, el derecho a la vida, a la libertad y al cagarla estrepitosamente. Somos nosotras queriendo ser nosotras y no lo que otros nos digan que tenemos que ser. Podemos ser santas, sumisas, putas, o monjas, podemos ser buenas o malas, podemos estar arriba o abajo, nos puede gustar el funk o el punk, la bachata o el hip hop, nos pueden gustar las mujeres, los hombres, todo a la vez o nada, podemos ser altas o bajas, guapas o feas, jóvenes o viejas, unas grandísimas hijas de la gran puta o unos auténticos trozos de pan, podemos ser judías que se enamoran de nazis, podemos ser palestinas que arrastran a sionistas a que cambien de opinión, a que dejen de tirar bombas y prefieran comernos el coño, o podemos ser las stalinistas que ponen a tono a los hippies. De lo que se trata es de vivir al máximo, sentir y dejar de llevarnos a la boca ese vacío que nos consume por dentro, que la vida son dos días y uno nos lo pasamos peleando por Twitter; y si de paso mientras que la cagamos cambiamos el mundo, pues mejor que mejor. Y es que si no puedo hacer lo que me salga del coño, no es mi revolución.

4 thoughts on “Me gusta ser una zorra

  1. Bien reclamado el derecho a hacer lo que quieras y que no te dicte la revolucion, pero algo tienes que hacer con esa rabia que llevas dentro para que no te haga sufrir tanto. Sublimar como haces en este texto está muy bien, pero no es necesarianebte el camino a la felicidad.

  2. Cuando las “antisistema” tienen el apoyo de todo el arco parlamentario no seran tan “antisistema”. Las feministas sois las tontas utiles del sistema.

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