Queridos “Instagramers”: un fotógrafo era Robert Frank.

Querido lector, las palabras que está a punto de leer son una invitación a la violencia.

“No es del todo erróneo afirmar que no existe una mala fotografía, sino solo fotografías menos interesantes, menos relevantes, menos misteriosas.”

Así de fácil y así de complicado lo explica Susan Sontag. Nos basta abrir Instagram, esa aplicación que se ha hecho un hueco en todos los teléfonos del mundo, para ver fotografías por doquier. Desayunos. Viajes. Modelitos. Tus convers esperando al bus. Tu café de seis pavos del Starbucks con nombre de ciudad soviética. Es inevitable, a la par que indeseable.

Basta tan sólo profundizar un poco más, meterse en el subsuelo de toda esa masificación posmoderna de tono rosado y azul, para encontrar la fotografía. Que momento tan placentero, que revelación ante los ojos. Es imposible no albergar algo de esperanza tras semejante descubrimiento. Pero como todo, tiene su lado malo, y es que ya sabemos que no es oro todo lo que reluce, ni fotografía todo lo que tiene una chica guapa con un buen desenfoque y luces.

Llamadme nostálgico o lo que queráis, pero en ese momento, ese instante en el que la posmodernidad te rebasa por todos lados, no puedes evitar sentirte desplazado e inadaptado. Tú, que vas en el metro – que puedes ir, pero no contarlo, que es demasiado obrero -, con tu cámara en la mano deseando convertirte en alguien en este mundillo, te sientes impregnado de puro desprecio y lejanía; no sabes como reaccionar.

Ponerse cuatro trapitos y dos chorradas en el pelo no te hace diseñador de moda, un canal de youtube no te hace periodista y comprarte una cámara de seis cientos pavos y sacar fotos en párkings con el fondo desenfocado no te hace fotógrafo. Y punto. Y de eso está lleno el mundo de la fotografía hoy, de fotos de personas en festivales con sudaderas dos tallas anchas de colores chillones y un longboard, de fotitos en la orilla mirando a la nada con un mojito en la mano. Como si eso significara algo. Queridos influencers, de verdad, dejad de fagocitar el mundo de la fotografía, y dejadnos apreciar el talento. Porqué sí, aunque no lo parezca, aún hay secciones de fotografía en las librerías -y en el Fnac también, por los millenials-.

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Esto sin duda, es el reflejo de una sociedad pusilánime en la que se premia todo menos el talento. Una sociedad sin discurso, sin valores, acojonada perdida, que se escuda bajo presets fotográficos incapaces de contar una sola historia que transgreda un mínimo esta felicidad cool que nos enchufan como obligatoria.

A estas alturas, y a modo de desintoxicación, no me puede venir otra imagen a la mente que los gemelos de Diane Airbus, o la portada de “The Americans” de Robert Frank, o a Nan Goldin… Eso sí eran imágenes, me digo a mi mismo mientras me bebo el segundo café de la noche y sin sacarle una foto, a modo de acto revolucionario.

Me acaba de venir algo a la mente: era un artículo sobre la vulgaridad; ahora quizás lo comprendo todo un poco más. O no. La vulgaridad da pánico, lo entiendo, y por eso todos buscan un estilo, una fotografía “propia”, y algunos se creen que por poner cuatro neones y unas gafas hipsters van a tener estilo. Pues no, lo siento, el estilo (fotográfico) va más allá de sacar cuatro fotos a dos chicas guapas, con poses insinuantes y poca ropa. En el fondo, tu imagen cuenta menos que una película de domingo a las cuatro de la tarde. El estilo y la imagen se llevan dentro. Todos podemos imitar esta fotos, pero ¿quién puede imitar a Capa o a Jeff Wall? Qué recuerdos…

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Lo que vengo a decir después de no sé cuantos párrafos de ideas flotando aquí y allá es que la mayoría de los fotógrafos actuales abusan de una sobreestética en sus imágenes, de un “rollo prototípico”, de un mensaje de felicidad enlatada para suplir esa falta de personalidad, esa falta de imagen pura, de esa sensibilidad que no pueda imitarse

Creo que esto en parte, se debe a la censura de la realidad por parte de los fotógrafos. Desde los negativos de Auschwitz hasta la vertiente crítica que tomó el fotoperiodismo durante la guerra del Vietnam, la fotografía ha servido como instrumento de censura de la realidad. En algunos casos, se tuvo que ampliar -el mundo no podía aceptar que el holocausto solo pudiera ser juzgado gracias a unas fotografías de cinco centímetros de lado sacadas a escondidas desde un lavabo-, había que igualar, mediante la ampliación, el castigo con el horror. En otros casos más alegres, todo hay que decirlo, la fotografía se ha fagocitado a modo de eslogan o recurso comercial -tenemos el claro ejemplo de la foto del Che, sacada por Alberto Korda -.

¿Pero a qué diablos me refiero cuando hablo de censura de la realidad? Me refiero a la modificación de una fotografía para ocultar aquello que nos horroriza, aquello que espanta al hombre en su esencia más pura… Aquello que no nos atrevemos a afrontar de cara. Antaño se necesitaba ampliar o recortar imágenes para hacer justicia social, para que el castigo estuviera a la altura; actualmente, esto se disimula con la estética predeterminada. Necesitamos falsear la realidad.

Esto mismo está pasando con los fotógrafos actuales, es necesaria la sobrestetización de la fotografía para suplir una carencia personal, para suplir un estilo, un momento, un instante que nadie más ha podido captar. En pocos años, hemos pasado de hacer del objetivo el testimonio más subjetivo de la realidad, a vender la foto antes de encender la cámara. Nos hemos vuelto previsibles, vemos la edición antes de la foto.

Estamos ante un momento de apagón en el que el mayor fruto fotográfico es consecuencia de una posmodernidad y unos valores estéticos que nos obligan a eso, a estar todo el día sonriendo, a verlo todo bien, todo feliz. No tenemos derecho a llorar ni a fotografiar cosas feas. Solo puede empatizarse a través del dolor.

Y vuelvo a repetir, y vuelvo al inicio: todo se debe, en el fondo, al pánico de ser vulgar, de ser uno más, y nos creemos que a través de la estética forzada en nuestras fotos, de una sobreedición y de una preparación acojonante vamos a destacar. Y no. Y duele admitirlo, y nos jode. Y volvemos a refugiarnos ahí. Y alimentamos la rueda. Y así ha funcionado todo, nos ha sentado mal la comida pero hemos repetido plato. Hemos intentado escudarnos tras la falsa estética, como aquél producto sin personalidad del sistema que se pone unos pantalones horteras para disimular que no es nadie. La fotografía va con la personalidad, y solo aquellos que la tienen sacan verdaderas fotografías. El resto, y con perdón de lo dicho, son meras copias que sirven para llenar el Instagram mientras cagas.

Continuará…(a cargo del lector)

Por @AxelCasas07

 

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