De arte, artistas y sus violaciones

Para entender el arte, es necesario entender su contexto, y el contexto del artista que primeramente lo ideó y luego realizó.

Recuerdo que, cuando @DvinoPodcast no era más que un proyecto en un zulo, nos dio por hacer un podcast en el que durante una hora y algo divagamos sobre el mundo y su infinitud, desde las dunas del desierto de Almería hasta la necesidad de constituir el Bicing barcelonés como medio de transporte del proletariado moderno. Además, hablamos sobre Harvey Weinstein, y su extraña patología de parir buen cine a base de acoso. No porque fuera la noticia del momento -violador reconvertido en productor hollywoodiense- sino porque nos pareció fascinante la relación que, socialmente, se establece entre autor y obra, y más específicamente, entre la virtud o vicios del creador y la materialización de la creación. 

Creo que es importante partir de una serie de premisas. Las voy a marcar como axiomas, a partir de los cuales iré trazando la argumentación. Son tan sólo tres:

  • Como materialista, entiendo que el arte es fruto del contexto en el que la obra es creada. No existe creación pura, sino que ésta se forma a partir de los sedimentos socioculturales, principalmente, y de las determinaciones económicas, segundo, que moldean al Hombre y por lo tanto la sociedad. Ontológicamente, es imposible crear algo de la nada.
  • Otra cosa muy distinta es que el arte, en su totalidad, venga determinado por las fuerzas económicas dominantes del momento, ya sea como perpetuación de ese dominio o como contestación al mismo. Esto ya lo comentábamos en un artículo de @AxelCasas07. Por esa razón, no hay una separación, a nivel de esencia, entre el autor y su obra: la obra se crea, se fabrica, entre las manos del autor. A su vez, el autor se crea, se fabrica, entre las manos del mundo.
  • Finalmente, el arte como instrumento comunicativo, pieza discursiva, símbolo de ideas, reflejo de anhelos y miedos. ¿Qué tiene todo esto en común? Que el arte no es ninguna paja mental, sino que es. Esto, que puede parecer una obviedad, es muy importante: el arte existe más allá del sujeto, tanto el que lo crea como el que lo observa; la obra tiene cabida dentro del mundo material y transmite, comunica, por sí sola.

Marcados ya estos tres puntos, es necesario desarrollar la cuestión: ¿Cómo de mal, cómo de perverso, es ver una serie/película/concierto de alguien que moralmente no casa con nuestra forma de actuar? Porque al final, es una pregunta moral. No importa la legalidad, no importa tampoco el consenso: lo que genera boicot, que es la respuesta principal en este tipo de casos, parte de una condición moral. Por ejemplo, el artista es un sionista que ahora va de hippie y claro, no nos gusta en extremo el genocidio en la Franja de Gaza (condena moral), o el productor es un señor que literalmente ha estado violando mujeres durante décadas, a pesar de que no haya condena penal (sólo queda la condena moral). En este último caso de las violaciones, la sociedad, a través del Estado -pasándonos de liberales- castiga conductas que creemos inadecuadas; dado que no ocurre, nos vemos obligados a actuar, en definitiva: a castigar. Y en el primer caso ni siquiera el Código Penal, lamentablemente, recoge que la apología de genocidios friendly es delito, por lo que sólo nos queda la condena moral y el simbolismo de no pagar 10 euros por una entrada. Pero a eso ya entraremos más adelante.

Volvamos al asunto. Hemos señalado ya que el artista crea a partir del contexto, que hay una determinación económica en ese contexto y que el arte, la “Artistidad”, existe más allá del sujeto. Señalado esto, lo correcto es indicar que existe una relación, por mínima que sea, entre artista y obra. Separar ambos conceptos supone, como ya se ha señalado, un error, puesto que supone “el arte por el arte”, concepción que no tiene en cuenta las relaciones sociales en concreto ni la realidad en general.

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Pero, ¿cuánto hay de un acoso del productor -Weinstein- en el contenido de la última película de Tarantino? ¿Cuánto hay de consumo de drogas en las canciones de Evaristo Páramos? ¿Cuánto maltrato real hay en la canción de Loquillo “La mataré”? Como podemos observar, la influencia de la persona y de sus relaciones y acciones personales en la obra no siempre es la misma. Estamos ante un fenómeno gradual, lejos de absolutos moralistas. En un campo de actuación puramente casuístico, esto supone el caos, pues en virtud de la moral de cada uno habrá una reacción o otra. Es imposible establecer un patrón claro de actuación, una lex universalis, de igual forma que es imposible señalar todas las formas de matar a alguien en una legislación coherente.

De esta forma, sólo nos queda enfrentar nuestra moral a cada caso distinto, y actuar en consecuencia. Obviamente, esa moral será muchas veces fruto de las instituciones socioculturales y del consenso -en un sentido popular- con el que podamos identificarnos. Es sin embargo en los casos en los que se sale del consenso cuando tenemos dos opciones: idealizar el arte, negando la conexión artista-obra, o aceptar que un maltratador puede cantar mínimamente bien. Esto es terrible. Puede suponer un shock, pero quizás es necesario separar lo bello, lo estético, lo artístico de lo moralmente/socialmente correcto. No por ser antifascista se ha negar lo bien que pintaba el filonazi de Dalí, y no por ser progre se puede negar el buenrollismo popero de Nena Daconte -aunque sea antiabortista confesa. Quizás es necesario entender el contexto del artista para así entender la obra, pero juzgándola a la vez como producto de un artista que podemos condenar y como la obra de arte que es.

Ahora pasemos a las consecuencias, a las actitudes que puede tener la gente respecto a este tipo de casos. Si nos indigna soberanamente, la respuesta suele ser el boicot a los productos generados por quiénes hemos juzgado culpables. Y eso no acaba de funcionar.

Hay que entender que nosotros somos consumidores de arte, en sentido amplio; ninguno de nosotros se podrá comprar en su vida un Picasso pero sí sabríamos -con más o menos dificultades- reconocer uno, y para qué queremos Picassos si tenemos Netflix, que a su manera también es arte. Como consumidores, tenemos una cierta capacidad de condicionar la oferta en el mercado cultural, pero no nos engañemos: no vamos a decidir la próxima exposición en el MoMa, la nueva de Tarantino o el estilo de la próxima superestrella musical que lo pete. Todo ello viene condicionado por la cultura de la sociedad en ese momento, que a su vez tiende, mayoritariamente, a ser favorable o por lo menos neutral respecto al poder socioeconómico. El arte entendido como monopolio sobre condicionantes de la moral, y por lo tanto del sustrato ideológico, por parte de la intelligentsia del régimen. Ante este control de las mayorías -artistas y consumidores- poco hay que se pueda hacer frente a casos que nos indignen. Los violadores como Weinstein seguirá produciendo películas y los sionistas como Matisyahu seguirán cantando, al menos mientras generen dinero y no choquen frontalmente con la ideología dominante: ello permite que sigan “on air”, que sigan siendo oferta de ocio, y que por lo tanto, a la larga, haya consumo de ese ocio perpetrado por gente abominable.

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La respuesta del boicot, por lo tanto, es ridícula: supone un esfuerzo individual carente de fuerza, en el sentido de libre albedrío por parte de consumidores no unidos o unidos débilmente por un sentimiento común de asco. De ninguna manera se toca poder, en ninguna forma se modifican los factores culturales, económicos, sociales que permiten no ya que esa gente gane dinero -ya lo hacen, ni que sea por Derechos de autor- sino que siga creando. Porque eso es lo que intenta el boicot: ahogar artistas económicamente para que dejen de crear porque en lo personal nos parecen escoria. Y es perfectamente legítimo. Ahora bien, su impacto, más allá de una visibilización de la causa que sea, es mínimo. Sólo un cambio en las premisas culturales, desde el poder político y económico, permite cambiar la forma que toma el arte. Sólo la creación de consensos, con el complemento de la represión legitimada en casos que salen del consenso, permite evitar que violadores y apologetas del genocidio, maltratadores y un largo etcétera existan en un plano sociológico, es decir, que la figura social “violador” siga existiendo, que se den casos. Unas preguntas que voy a dejar sin responder: ¿cuánta parte de culpabilidad propia hay en el hecho de consumir arte creado por un violador? ¿Hemos de limpiar en nosotros mismos los pecados ajenos, auto-prohibiéndonos disfrutar de productos que pueden ser bellos per se en base al canon cultural contemporáneo? ¿La visión e intención del artista han de ser  las nuestras obligatoriamente, o podemos entender lo que hay detrás de la obra pero aun así considerarlo un producto bello?

Concluyendo: está muy bien boicotear voluntariamente a escoria, en una especie de celibato puritano, privarse de arte en base a la conexión evidente entre artista-persona y obra-objeto. Eso no impedirá, empero, que esta gente siga existiendo, siga haciendo arte y siga ganando dinero. Es el mercado, amigos.

 

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