Matriarcado, muerte y cuidados

Mi abuela la está palmando, bueno, puede que cuando se publique esto ya esté muerta. El hoyo la espera en breve, da igual ya.

En momentos como este te das cuenta de lo importe, de lo que cuenta, de lo que acaba quedando al final de todo. Si sé, lo que me vais a decir, Patricia otra vez te estás exponiendo demasiado, hablas demasiado de tu vida como si a alguien le importase tía. Aun estáis a tiempo de largaros de aquí si lo que cuento no va con vosotros –y vosotras chicas, no me he olvidado de vosotras aunque vayáis siempre detrás de los tíos, es por el jodido patriarcado que hasta en la lengua nos somete y nos relega a un segundo plano–. Pues como leéis mí abuela lleva meses con un cáncer terminal, después de un largo tiempo de diagnóstico/tortura en el que no acertaban a decirle de qué se iba a morir, porque se iba a morir fijo.

Total que llevamos 3 meses en el hospital metidas, con pequeños periodos de paz en los que mi abuela ha podido ir a su casa y simular llevar una vida normal. Cómo de envidiables parecen ahora nuestras piedras de Sísifo cotidianas: lavar la ropa, limpiar los platos, bajar al super –aunque no lleguemos a fin de mes y comamos la última semana macarrones todos los días, suena hasta apetecible–.  Todo esto es muy extraño, porque a nadie le enseñan a aceptar la muerte y mucho menos a pensar que se va a morir. Nos han engañado a todos. Ahora estoy escribiendo esto desde la puta silla incómoda de la séptima planta del Vall d’Hebron, en una habitación fría, aséptica y vieja –gracias recortes– en la que ponen a los pacientes que se van a morir. Normalmente las habitaciones son de dos, pero se ve que cuando la vas a palmar la cosa cambia y tienen un trato más humano con el enfermo y los familiares. Yo qué sé, qué queréis queréis qué os diga, esto es jodidamente triste y deprimente. Agarraos que comienzan curvas, y sí, lo personal es político, soy una posmo de mierda qué le vamos a hacer.

Mi hermana está enfadada con los médicos, dice que están matando a nuestra abuela a base de pastillas y morfina. Claro, cuando te comienzan a poner la morfina estás jodida, porque es morirte del dolor o dejarte ir poco a poco, te vas atontando y durmiendo cada vez más hasta que ZAS se te acaba el juego y gameover. Lo que mi querida hermana no entiende –y quién dice mi hermana dice gran parte de la sociedad occidental actual– es que la gente se muere, sobre todo los viejos, la vida se gasta y al final, aunque la carcasa esté medio intacta, el hardware sufre de la hostia. No entendemos la muerte, es algo imposible. Odiamos pensar en Thanatos, es lógico, nos gusta la vida, el eros, el sentir, vivir, no el culto a la muerte y a la nada. Y de tanto que odiamos, pasamos una vida huyendo de nuestro destino seguro, y del hoyo no se escapa ni hasta el más cerdo explotador y el más cabrón de los tíos. Sólo somos polvo y tiempo. Nos es imposible aceptar que todo esto que hemos montado, desde los psicodramas hasta el sufrimiento más extremo, es para nada. Y que mientras podríamos haber vivido una vida digna nos la pasamos jodidos por gilipolleces y currando por cuatro duros de mierda, toda la vida aguantando para después acabar bajo tierra. Lo más triste es que hay gente que se piensa que la vida es chuparle el puto culo al jefe y dejar siempre tirados a tus compañeros cuando deciden pelear por algo, o ser el más facha de tu pueblo diciendo que desenterrar al bastardo de Franco son tensiones innecesarias. Colegas, la vida es una mierda, pero no esta puta mierda a la que muchos nos han condenado vivir.

Pasan los días, las horas, los minutos, en este lento pasillo hacia la muerte y os tengo que decir que todo me sabe a puta tierra. Cuando se vaya no la voy a ver más. CUANDO SE VAYA NO LA VOY A VER MÁS. No lo entiendo, lloro, me deprimo, grito, tengo rabia, impotencia. La muerte es nuestro mayor enemigo y contra esa puta no se puede hacer nada, nos va a ganar a todos. Todos somos Antonius Blovk jugando al ajedrez con la muerte y conocemos nuestro final. Esa danza eterna con la guadaña hasta la sórdida oscuridad, hasta lo negro, hasta el fin; lo demás son cuentos moralizantes. Puto Bergman. Nuestra lucha no son las inútiles cruzadas, ni la peste negra, sino este jodido mundo sin sentido y este sistema capitalista que nos devora sin llegar a saciarse nunca. Corremos en esta rueda infinita como putos hámsteres sin acabar de entender de qué va todo esto, y en vez de ayudarnos a pensar y construir un mundo a favor de la vida vivimos en esta ratonera inmensa, cuando deberíamos prenderle fuego.

En estos tres meses en el hospital he aprendido lo que es la verdadera sororidad, el matriarcado silencioso. La dedicación infinita de mi madre, las noches en vela de mi tía, mi hermana corriendo de su casa al hospital y del hospital a su casa cuidando dos críos y sacando a pasear a mi abuela cuando aún estaba consciente y podía ponerse en pie. Mi sobrina llenándole la habitación de dibujos, yo hablándole de política y poniéndole al día de lo que pasa en el mundo. Las mujeres de la familia unidas aunque sea por la desgracia. Los cuidados, los eternos olvidados. Sin los que este mundo no seguiría en pie ni un minuto más y sin embargo de los que nadie quiere acordarse nunca, porque son molestos, cansados y no son nada cool. Mi tío, mi padre, mi cuñado, mi hermano solo vienen a ratos, son como la visita del médico, corta e insustancial, pero también es otra parte importante en la que recae el capitalismo emocional y el patriarcado. Los hombres no cuidan, no lloran, no sufren, no muestran sus sentimientos porque si lo hacen son todos unos maricones –como si pasara algo por eso– y como ninguno encaja en ese patrón todos tratan de imitar estos roles sin mucho éxito, porque hasta ellos mismos ya están cansados de ser los tipos duros, no sirven para una puta mierda. Pero es mejor vivir con la verdad que no pasarnos toda nuestra existencia montándonos una peli que no llena nuestro vacío, sino que nos angustia aún más. Estoy escribiendo esto mientras estamos todas aquí metidas, tratando de no llorar, porque aunque nos gustaría hacerlo mi abuela está puesta de morfina hasta las cejas pero sigue escuchando, y llorar delante de un enfermo terminal, llorar porque se está muriendo, ahí delante del cuerpo aún con vida.

No somos una familia ideal, vamos ninguna lo es, pero al menos estamos unidas en la adversidad y cuando las cosas van bien no nos perdemos. Nos insultamos, nos gritamos, nos criticamos cuando otra no está y nos enfadamos mucho entre nosotras, pero también nos queremos. Esa es la esencia de la vida. Y sí, nuestra yaya se está muriendo y es una jodida tortura, pero así son las cosas, esto es ley de vida, dejar ir a quien ya no puede más, a nuestros mayores. El tema es en el cómo, en que todo aquel que quiera pueda tener una muerte digna, sin dolor, sin sufrimientos innecesarios y que se vaya con toda la paz del mundo. Si la vida es jodida ya no quiero saber cómo tiene que ser la muerte. Lo que sí os puedo contar –y muchísimos lo sabréis– es ir viendo como se degrada físicamente el ser querido, va perdiendo el hambre, las ganas de vivir, el brillo en los ojos, como se le apaga la voz, como pierde hasta el habla. Como un buen día no se levanta de la cama porque ya no puede más, como grita por las noches desconsolada sin entender qué pasa. Como recuerdas los buenos tiempos, cuando era pequeña y me contaba historias, me llevaba al cole, cuidaba de mí –como ahora lo hago yo de ella, el ciclo vital, ya sabéis amigos–. Como sabes que ya no va a haber más buenos tiempos. Como estoy en esta silla esperando a que llegue ese momento, en la espera. En la espera hacia esa noche eterna de la que nadie se libra, de la que nada escapa, en la que todo se acaba. A donde todos iremos. En esta peli no hay créditos finales, ni se enciende la luz. ÚLTIMOS PLANOS. ¿Por qué hay tanta gente en esta habitación? No quiero estar aquí. Salid fuera. No puedo más. Más morfina por favor. Siempre os querré, ¿lo sabéis? Y yo yaya y yo. Gente llorando. Aquí ya no hay nada más que hacer. La esperanza hace mucho tiempo que se fue de este cuartucho de la séptima planta del hospital. Bon voyage. Adiós. Adéu. C’est fini. Fundido en negro. Gameover. FIN.

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