Por Dios y por Chile: a 45 años del golpe militar de Pinochet

Breve ensayo sobre los residuos del Gobierno militar del General Pinochet y la nefasta influencia de los Chicago Boys en la economía chilena.

Hace tiempo, en El Fáctico realizamos una entrevista al Dr. en Derecho Alfons Aragoneses, donde tratamos la dictadura franquista, su legislación y lo que ha quedado de todo ello en la sociedad española actual. Este artículo pretende hacer lo mismo con la realidad chilena, a 45 años del golpe de Estado del General Pinochet.

Lo primero a tratar, siendo un General del Ejército que había jurado lealtad al Presidente Salvador Allende -convirtiéndolo en traidor a la patria, con pena de muerte según el Código Penal chileno-, son las Fuerzas Armadas del país. La Ley 13196, o Ley Reservada del Cobre, desde 1976 entrega a las Fuerzas Armadas el 10% de todos beneficios del cobre nacional. Actualmente, reporta ello sólo 180 millones de dólares al ejército. La vinculación entre la mayor importación nacional y las Fuerzas Armadas no es casual; el cobre es Chile, y Chile son sus Fuerzas Armadas. Con esta ley, los cuerpos militares se aseguran de recibir ingresos estables, a la vez que los convierte en protectores, por interés nacional y propio, de la mayor industria chilena y una de las más contaminantes.

Pero no sólo hay ejército: el cuerpo policial no existe como tal, sino que es un cuerpo militar el que se encarga del orden y la seguridad en los pueblos y ciudades: los carabineros. Es como si la guardia civil, los grises, siguieran siendo la fuerza del orden omnipotente, como fueron en la España franquista. No se concibe y conserva otro orden, otra seguridad, otra fuerza, que no sea la de las gloriosas Fuerzas Armadas.

Otro de los elementos que moldea el Chile actual es el desembarco de los Chicago Boys. Como describe el documental «La Doctrina del Shock«, estos economistas norteamericanos abanderados por Milton Friedman usaron el Chile post-golpe para experimentar con el neoliberalismo. Como señala David Harvey en «Breve historia del neoliberalismo»:

El golpe contra el gobierno democráticamente elegido de Salvador Allende fue promovido por las elites económicas domésticas que se sentían amenazadas por el rumbo hacia el socialismo de su presidente. Contó con el respaldo de compañías estadounidenses, de la CIA, y del secretario de Estado estadounidense Henry Kissinger. Reprimió de manera violenta todos los movimientos sociales y las organizaciones políticas de izquierda y desmanteló todas las formas de organización popular (como los centros de salud comunitarios de los barrios pobres) que existían en el país. El mercado de trabajo, a su vez, fue «liberado» de las restricciones reglamentarias o institucionales (el poder de los sindicatos, por ejemplo).

El régimen de Pinochet convirtió en el baluarte del neoliberalismo a Chile, que abrió la puerta a la precarización de las masas asalariadas, la privatización de las empresas públicas y la contracción del Estado en todos los ámbitos económicos: sanidad, educación, pensiones.. Pero en una sociedad de mente progresista, que había elegido a Allende como Presidente tan sólo 3 años antes, fue necesaria la imposición, la coacción, la represión: de ahí la importancia de las Fuerzas Armadas.

La cruzada, porque no puede ser denominada de otra forma, se llevó por delante no solo las infraestructuras económicas que aseguraban un frágil Estado del Bienestar, sino que impidieron la movilización política de las masas asalariadas, por lo que no pudieron organizarse y establecer demandas, incluso subvertir el orden pacíficamente como proponía el Presidente Allende. Dada la falta de poder negociador durante la dictadura, la izquierda política salió tímidamente de la dictadura, justo a tiempo para ver como los padres de la nueva República Chilena consagraban en la Constitución el neoliberalismo más sangrante.

Esto ha permitido en el Chile pinochetista y en el post-dictadura un oligopolio empresarial de proporciones bíblicas, quizás únicamente comparable a la Rusia post-colapso de la URSS. Una serie de familias y sujetos controlan la economía y las finanzas de Chile, dictaminando casi directamente el rumbo de la política económica nacional. Un ejemplo práctico de cómo esto afecta al ciudadano de a pie:

En 2014 se demostró que las empresas de papel higiénico, básicamente dos, se dividieron el mercado chileno durante 12 años, creando una de las situaciones de colusión más memorables de la historia. Durante esos 12 años que duró el pacto -básicamente hasta que fueron descubiertos- la población chilena estuvo pagando precios muchos más elevados  a los de «mercado perfecto», enriqueciendo sin límites a las dos compañíasse calcula que entre 440 y 550 millones de dólares– y atacando directamente al bolsillo de las clases populares, siendo como es el papel higiénico un bien básico en las sociedades modernas. Afortunadamente, en 2018 una sentencia decretó la ilegalidad del pacto, haciendo que las compañías pagaran a cada chileno que lo solicitase 7000 pesos chilenos (9 euros aproximadamente). De vergüenza.

Pero esto no es un caso aislado. Hay una doctrina política autóctona que llama la atención: el Gremialismo. El Gremialismo se basa en la existencia de unos cuerpos intermedios, que actúan entre el Estado y los particulares; son colectivos que agrupan particulares con los mismos intereses. De profunda raíz católica, señala que estos colectivos han de cumplir su función en el recto orden social y moral del país; no el de otros. Esto significa una inmovilidad social absoluta, una asignación de funciones a las personas en función de su origen social y un estancamiento de las dinámicas políticas,  del progreso socioeconómico, y esto lleva sin remedio a la pervivencia de la clase dominante -la criolla, la empresarial- ad eternum. Por lo tanto, nos encontramos con una especie de corporativismo latinoamericano, una economía capitalista a más no poder y unas Fuerzas Armadas glorificadas.

La Iglesia es otro de los puntos fuertes, como se puede ver. Controlan universidades, centros educativos y de investigación, y ejerce como lobby de presión: el matrimonio homosexual no es posible en Chile. Como uno de los pilares del régimen, sigue manteniendo su hegemonía sobre gran parte de la población, que engloba todas las capas sociales. Y no ha estado exenta de escándalos; este mismo año dimitieron todos los obispos chilenos después de que el Papa Francisco los acusara de destruir pruebas que incriminaban a sacerdotes en delitos de pederastia, y 14 sacerdotes han sido suspendidos por hechos similares en lo que va de año.

La patria es otro de los elementos que podemos entender como supervivientes de ese régimen. Chile es un Estado centralizado a la francesa, lo que le ha traído problemas nacionales que posteriormente analizaremos. Si uno pasea por las calles de la capital, se puede hartar a contar banderas chilenas, banderas de la patria. Quizás esto no es un casual: la Ley n°20.537 permite izar la bandera chilena sin previa autorización «cuidando siempre de resguardar el respeto de la misma y de observar las disposiciones que reglamenten su uso o izamiento«. Si la pones mal, la multa varía entre los 60 y los 300 euros. La identificación de los chilenos con su patria es un valor que se cultiva a lo largo de la vida del chileno promedio a través de las instituciones que recorre.

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Antes del golpe de Pinochet el marxismo, como en la España franquista, se consideraba -como ahora- un ataque directo a la Patria, una amenaza para el país, la mayor traición posible. Esto no ha de ser extraño, si aplicando un análisis marxista entendemos que el espíritu de país es el de sus clases dominantes, y esas clases dominantes eran y son de corte ultracatólico, acérrimos defensores de una especie de corporativismo fascista con moral católica. El marxismo queda retratado como la llama que ha de arrasar la nación chilena, cuando lo único que iba a arrasar eran los privilegios mineros de la oligarquía chilena y la internacional, a través de la nacionalización de la industria del cobre -Ley 17450, de reforma constitucional,​ publicada el 16 de julio de 1971.

Esto son extractos de un periódico chileno de tirada nacional (El Mercurio), donde un profesor de la Pontificia Universidad Católica de Chile justifica el golpe militar -curioso, sin usar esos vocablos-  con los mismos argumentos que el franquismo más abyecto:

Se dice con frecuencia en ciertos círculos ilustrados de la derecha -en fin, llamémoslos así para darles cierta relevancia- que, por una parte, hay que estructurar un relato, y que, por otra, lo importante es el futuro y no el pasado. Habitualmente no son los mismos los que sostienen una cosa y la otra, pero tampoco es frecuente que se ponga a ambas afirmaciones en contradicción. O sea, los que claman por un relato solo quieren que contemple el futuro: el pasado debe quedar fuera de toda mirada derechista moderna, piensan.

Absurdo.

¿No tiene la derecha de qué alegrarse en la historia de Chile? ¿No defendió habitualmente la acción civilizadora de España y de la Iglesia Católica en nuestro país? ¿No fue, con Portales y Manuel Montt, la constructora de nuestra institucionalidad? ¿No fue quien enfrentó al marxismo desde los cuerpos intermedios y la política, hasta derrotarlo en todo el cuerpo social? ¿No son los conceptos de experiencia y tradición parte de su acervo?

El extracto no es un blanqueamiento de la dictadura y la represión de 40.000 personas, incluyendo vuelos de la muerte; esto es otro nivel: la «experiencia» que defiende es apología de un crimen contra la humanidad, que acabó con un gobierno democrático y popular, en la vía del socialismo pacífico. No lo digo yo, lo dice la Carta de Londres, 8 de Agosto de 1945, que define el crimen contra la humanidad como «el asesinato, exterminio, esclavitud, deportación y cualquier otro acto inhumano contra la población civil, o persecución por motivos religiosos, raciales o políticos, cuando dichos actos o persecuciones se hacen en conexión con cualquier crimen contra la paz o en cualquier crimen de guerra».

La Iglesia, cómo no, aparece retratada como la salvadora espiritual y material del pueblo chileno, como baluarte que, pasando a la ofensiva, derrota al marxismo -por physical removal, más que otro método-. Y como olvidar los cuerpos intermedios de corte fascistoide; sólo los purificados con fuego pueden formar parte de la gloriosa nación chilena: los sindicatos, asociaciones y partidos izquierdistas, grupos sociales organizados desde un punto de vista progresista fueron y han de ser todos barridos por la cruz, la espada y la hoguera. Y los helicópteros.

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El Presidente Allende fue bombardeado, en un Palacio Moneda que quedó barrido por las llamas, un maldito 11 de septiembre, 1973, mientras en su último grito radiofónico clamaba por las Grandes Alamedas. 17 años de dictadura, unos Chicago Boys y unos cuantos gobiernos corporativistas después, no nos debe extrañar que semejante columnista niegue verdades como puños. El Pinochetismo sigue vivo como ideología e ideal en muchos rincones de Chile, alentado por la oligarquía enriquecida gracias a su mano firme; por Dios, y por Chile.

Aquí otro extracto del autor:

En paralelo, las feministas han operado sobre la base de la gratuidad.

Saben que gran parte de los alumnos que no pagan (no por mérito, sino por decil) estarán inclinados a apoyar cuanto movimiento populista se les ofrezca, ya que perciben su posición universitaria como un derecho y no como una responsabilidad. Las feministas han entendido muy bien que es mucho más fácil protestar cuando sientes que se te inflama el corazón, pero el bolsillo no te lo reprocha.

La gratuidad pasará a ser, entonces, un auténtico caldo de cultivo para numerosas falanges de activistas, desde el nivel del simple curso a las estructuras de las federaciones. Ahí encuentran ya un nicho los mediocres y aprovechadores que en los regímenes de exigencia académica nunca podrían prosperar. Y, con el paso de los años, serán nata. Las feministas lo saben y operan para el futuro sobre esa base.

Como se puede observar, la profunda convicción católica y ultraconservadora de la élite chilena es incapaz de hacer pasar por sus sinapsis cerebrales lo que significa la igualdad entre el hombre y la mujer: el aborto sólo está permitido para salvar la vida de la embarazada, por inviabilidad fetal o por violación. El derecho a decidir sobre su propio cuerpo es algo que no está contemplado en la legislación chilena, no vaya a ser que las mujeres pobres se salven de desangrarse en un aborto clandestino. ¿Argentina? Está a años luz en cuanto a conciencia feminista.

Como se habrá notado, la ola de feminismo mundial ha hecho que la «intelectualidad» conservadora de Chile vincule al término todo lo que sea rompedor. La universidad gratuita es una entelequia del marxismo cultural ligado de algún modo al feminismo incipiente, y algo a evitar si no se quiere que la universidad se llene de mediocres. Es igual que los estudiantes tengan que superar una prueba de acceso para entrar al grado: sólo pagar 4 millones de pesos chilenos al año por ir a la universidad te salvan de la mediocridad, como todo el mundo sabe en Occidente -al cambio, 5000 euros-.

Cuando el sueldo medio en Chile, al mes, está en 646 euros y el mínimo en casi 400, tenemos que un trabajador ha de trabajar todo un año sin gastar para que uno de sus hijo pueda ir a una universidad privada que, sorpresa, han aparecido como hongos después del diluvio. La pública no está ni se la espera; de hecho, ni existe como tal: vale lo mismo que la privada. La situación es todavía más dramática cuando el 20% de los trabajadores cobra realmente entre 250 y 375 euros al mes (incluye jornada parcial) y podemos empezar a llorar cuando nos damos cuenta que la situación laboral es de risa: no hay EREs, no se ha fomentado la creación de sindicatos de clase (con una fragmentación en pequeños sindicatos de empresa débiles), el empresario sabe quién está afiliado porque saca la cuota sindical directamente del sueldo del trabajador, la permanencia en el puesto de trabajo de una mujer que acaba de parir, protegida por ley en todos los Estados de Bienestar, puede ser revocada libremente por un juez a petición del empleador…

No vamos a hablar de la Sanidad Pública y el sistema de pensiones, porque va en la misma línea. Las pensiones han recibido recientemente un impulso privatizador, intentando que se aplique el modelo de mochila austríaca tan pregonado por político españoles como Albert Rivera. A su vez, el Fondo Nacional de Salud o Fonasa es considerado por el 75% de los chilenos como una protección insuficiente: dictaminan que la sanidad pública es mala, deficiente. En consecuencia, la gente ha de ir en masa a la sanidad privada, donde las tarifas rondan, por una noche de cama de hospital, entre los 500 y los 120 euros.

Finalmente, los mapuches. Esta nación, como se presentan, no encaja en el esquema centralista chileno: son población indígena no asimilada en las lógicas del capital. Como tal, se encuentran precarizados, faltos de ingresos, a la vez que ven como sus tierras son expropiadas por el gran capital. Muchos han de emigrar a las grandes ciudades, donde subsisten como mano de obra barata en condiciones terribles o forman el lumpenproletariado urbano, habitando chabolas de la periferia. Su reivindicación nacional fallida, y la incomprensión del resto de habitantes de Chile, ha llevado a los mapuches a cometer actos vandálicos. El Estado reaccionó tildándolo de terrorismo, y actualmente son sometidos a una represión cruda en las tierras que les quedan.

Chile es un país precioso, lleno de complejidades. Sin embargo, su historia política hace que no sea un país para venir como currela, como trabajador raso. Ésta no es otra que la Tierra prometida del entrepreneur, y lleva una Biblia bajo el brazo.

 

Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor- S. Allende

 
 

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