Pánico

Y no solo la izquierda, sino también la socialdemocracia y quiero pensar que incluso algunos sectores de la derecha democrática, aunque por distintas razones.

La socialdemocracia europea parece haber echado las cuentas y resultan claras: el neofascismo no divide el voto de la derecha sino que lo atrae desde la abstención formando un conglomerado conservador difícil de batir en las urnas. La derecha democrática por su parte puede percibir con claridad que se verá arrastrada a una suerte de pactos de conveniencia en los que los idearios liberales podrían verse postergados por principios cuya vulgaridad no tolere fácilmente.

Mientras tanto la izquierda pensante se ha precipitado por una pendiente de pánico, largamente sentida, que ahora se expresa en cualquier medio que le de la oportunidad de hacerlo. Desde aquellos de la mayor relevancia hasta los foros más modestos, todos estamos en ello, deseosos de mostrar nuestra preocupación, nuestra indignación, nuestras ideas… como si de alguna forma quisiéramos ser reclutados a una causa que merece defensa y a la cual no se le ha prestado la debida atención.  Y sobre todo, a la cual no hemos sido convocados de forma activa.

Las primeras alarmas sonaron con Trump, que duda cabe, pero EEUU es una democracia fuerte y en cierto modo lejana, con una sociedad civil robusta y unos contrapesos notables. La cascada que vino tras el Bexit, Bolsonaro y las bravatas de Salvini, por no hablar de  Alemania y el norte de Europa, han hecho que entremos en pánico como si de repente todo lo que creíamos enterrado tras largos años de paz estuviera de nuevo en el tablero. Y quizá así sea.

En estas semanas he podido leer, en foros, medios, y casi en cualquier parte multitud de análisis sospechosamente concurrentes. Como si por una vez todos nos hubiéramos puesto de acuerdo, ¿sospechoso, no? Hemos identificado la descomposición de la clase media occidental como un factor de riesgo, así como al exposición a un flujo migratorio que llega en medio de una globalización incomprendida en sus dimensiones. Hemos hablado de la incapacidad de la sociedad primermundista para hacerse cargo del fracaso, el de una juventud desplaza y exigida por encima de sus posibilidades, a la que solo le cabe conformarse con un futuro incierto del que su infancia placentera no les había advertido. Tenemos identificadas las causas, ¿y qué? Un alpinista que ve derrumbarse la ladera de su montaña tras el alud de nieve es perfectamente capaz de entender las causas de lo que se le viene encima y aún así poco puede hacer. ¿Es esa de verdad nuestra coyuntura, nuestro momento? ¿No vamos a ser capaces de pasar del plácido momento del análisis a la difícil tarea de la acción? ¿Nos conformaremos con el diletantismo de la palabra y la razón para capear el temporal que nos amenaza a todos? Quizá algunos puedan sustraerse, como en otras ocasiones, a la suerte de la mayoría, pero seguramente no todos. Y aún si así fuera, ¿es eso decente, es digno de las tradiciones a las que decimos servir?

Porque las soluciones fáciles no son. La derecha confía, no es nuevo, en integrar en sus filas y entramado de intereses a los nuevos votantes. Esto ya lo hemos visto. Herr Hitler no llegó a erigirse con la Cancillería del Reich gracias a sus votos, sino a la confianza de la derecha tradicional y las grandes empresas a las que llevaría al desastre 12 años después de tomar el poder de forma pacífica. Pero tienen razón, razón estratégica y cortoplacista, pero razón al fin y al cabo. Su gran oportunidad para desplazar a la socialdemocracia por décadas está en ese pacto con las fuerzas emergentes de la ultraderecha. Unas fuerzas con las que se creen en condiciones de negociar gracias a sus afinidades íntimas y a su creencia en la fuerza irresistible de los los intereses compartidos. Mucho me temo que hay algo de ingenuidad en ello. Como ya he dicho en otro sitio, los movimientos neofascistas se excitan ente el miedo ajeno, gozan con el temor del otro y no solo del débil, también del poderoso. Eso es lo que hace que en momentos de confusión puedan mezclarse con tanta naturalidad con la izquierda revolucionaria.

La socialdemocracia, por su parte, sigue instalada en una suerte de “buenismo” que carece de todas las connotaciones del pensamiento utópico que un día hizo de ella un pensamiento respetable. Se trata, como decía un conocido, de “acariciar negros” no de abrir las fronteras, con todo lo que ello pueda suponer para una Europa blanca, cristiana y bien pensante. No queda rastro de la “idea” en ellos.

¿Y ahora qué? Tenemos dos opciones con el neofascismo en alza: confiar en su integración en el magna de intereses políticos nacionales y transnacionales o  afearles la conducta como si de escolares levantiscos se tratara. O, ¿hay otra opción? Curiosamente la Historia de nuestro país es pródiga en ejemplos. La lucha contra ETA ha marcado intensamente nuestra cultura política al punto de hacernos integrar acciones que en su momento resultaron polémicas, pero que hemos venido a sancionar en el largo plazo. Si mal no recuerdo fue en 2003 cuando Herri Batasuna y otros grupos afines fueron ilegalizados por el el Tribunal Supremo de nuestro país en una acción de presión contra el entramado de apoyo a ETA que finalmente condujo a su derrota en 2011. Que conste, que HB disponía entonces de una abultada representación parlamentaria en todos los ámbitos de la administración y que eso no fue óbice para que se procediera a su ilegalización y a la inhabilitación de sus cargos electos.

Soy consciente de que proponer acciones tan contundentes en este momento puede desatar un debate jurídico y ético de no poca importancia. Pero si es así en ciertos ámbitos, ¿por qué no podemos suscitar la cuestión cuando lo que se ve amenazado es el progreso civil y material de las últimas décadas? ¿Es que el Estado de Derecho solo toma medidas drásticas cuando se ven amenazadas las esencias tradicionales pero no así cuando se pone en cuestión el equilibrio logrado con las fuerzas de progreso? Mucho del encanto de los movimientos neofascistas se basa en su sensación de impunidad, algo de lo que en su momento se vieron también beneficiados movimientos terroristas como ETA o el IRA a nivel popular. El paso a la clandestinidad no es grato. El mensaje de que el apoyo a ciertas doctrinas que van en contra de derechos adquiridos y no negociables puede suponer el aislamiento y la persecución es un ingrediente al que pocas veces se ha enfrentado el fascismo. Su caldo de cultivo es la tolerancia al miedo por parte del Estado que son capaces de proyectar a la población hasta que lo convierten en norma, en ley. Pero. ¿son capaces de enfrentarse ellos también al miedo? ¿A la presión del aparato del Estado, a la clandestinidad que poca fama les ha de proveer? Eso tenemos que verlo.

Otra cosa es que los Estados europeos, dados sus equilibrios de fuerza, estén dispuestos a ensayar con estos movimientos, cuyos idearios podrían ser fácilmente perseguidos si hubiera voluntad para ello, lo que con tanto éxito se probó en grupos terroristas y antisistema.  Por supuesto que hay otras opciones. Por ejemplo, dejar que sean las propias dinámicas sociales las que se expresen en la calle en un clima de creciente enfrentamiento civil, algo de lo que en nuestro país sabemos de sobra. Sin embargo, esta vez no cabe pensar en un conflicto local fácil de aislar en una tradición nacional. El fantasma del neofascismo recorre Europa entera, y no quedará confinado en unas fronteras ciertas, nos afectará a todos y ese es un escenario en el que no quiero siquiera pensar.  

Por Enrique Alonso

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