El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

Las vanguardias encadenadas

La gran cuestión que obsesiona a la nueva izquierda en todo Occidente consiste en comprender las razones por las que los procesos casi revolucionarios en los que surge se han disuelto de forma tan evidente en tan poco tiempo. El “asalto a los cielos” se ha transformado en un lento declive que ocurre a la vez que el neofascismo escala posiciones y establece alianzas contra el progreso que empiezan a hacerse efectivas a nivel global.

¿Qué se hizo mal, cuál fue el error, dónde se produjo? ¿Qué se puede hacer para retomar el ímpetu  que se apreció en las calles y plazas de tantos países en lo que parecía un giro claro hacia una solución de progreso a la crisis de Occidente? Ha habido cierto debate al respecto pero la verdad es que en el análisis de estas causas lo que domina es la perplejidad y la sorpresa. Porque quizá no ha pasado nada que no tuviera que pasar.

Hagamos un poco de historia. En ocasiones nuestra interpretación del corto plazo nos lleva a asumir elementos de nuestro contexto llevándonos a cometer claros anacronismos. Pensamos, por ejemplo, que hitos como la Revolución francesa o la Revolución americana fueron procesos populares que se alzaron contra la opresión de una exigua minoría, unas élites enquistadas en el poder y repudiadas unánimemente por las masas. De alguna forma introducimos en el análisis la presencia de un agente, la opinión pública, omnipresente en nuestros días, pero francamente ausente en tales procesos históricos. Supongamos por un momento que tras la toma de la Bastilla la Asamblea Nacional hubiera decidido convocar un proceso electoral de alcance universal, es decir, uno en el que el sujeto sometido a consulta fuera lo que ahora denominamos la “opinión pública”. Supongamos a las distintas facciones organizando sus campañas, ofreciendo sus discursos, recorriendo el país. Imaginemos al “citoyen”, todos y cada uno de ellos, sin excepción, reflexionando sobre qué votar, a que partido apoyar, mientras la Revolución aguarda en una suerte de pausa histórica el resultado del veredicto universal. ¿Estaríamos en condiciones de predecir el resultado? No estoy tan seguro. Lo mismo sucede con las 13 colonias en el caso americano o con los procesos revolucionarios de 1848 y 1871. Todos ellos fueron movimientos promovidos por élites que se enfrentaban a otras élites jugándose el todo por el todo sin los contrapesos y las dinámicas de la democracia representativa contemporánea.

Los lugares en los que los recientes brotes revolucionarios tuvieron un mayor recorrido fueron precisamente aquellos en los que la democracia parlamentaria era percibida y aceptada como un componente muy débil de la estructura política de cada nación: es el caso de los países afectados por la “Primavera árabe”. Si en nuestro país los días del 15-M hubieran tenido lugar en un contexto político en el que el parlamentarismo hubiera sido un referente no aceptado o con un peso relativo mucho menor, lo más probable es que el curso de la historia hubiera sido muy distinto. Quizá nos habríamos visto en la necesidad de aceptar el hecho inminente de una “Segunda Transición” y un proceso constituyente que hubiera dado paso a un régimen que apenas podemos imaginar. Porque el 15-M, como otros procesos que tuvieron lugar tras la crisis de 2008, pueden ser vistos con justicia como típicas revoluciones promovidas por vanguardias concienciadas y apoyadas por amplios sectores de la opinión pública con capacidad para romper el “status quo”. Tuvieron la fuerza y la oportunidad que en otras épocas o en otros lugares bastaron para hacer efectivo el desafío revolucionario. No faltó impulso, ni emoción, no hubo errores por los que debamos interrogarnos más allá de lo razonable. Simplemente se trató de revoluciones clásicas ejecutadas en un contexto completamente distinto. Porque el marco en el que tuvieron lugar estas explosiones revolucionarias no fue el de un sistema basado en unas élites enfrentadas por el poder con un pueblo  expectante que ocasionalmente se moviliza en una u otra dirección. Se trata más bien de un complejo sistema en el que el poder cuenta con un sistema parlamentario basado en el sufragio universal y en el que se apoya de forma unánimamente aceptada para el ejercicio del gobierno.

La capacidad de las vanguardias para producir procesos revolucionarios no es menor ahora que antes. Lo que ha cambiado es el mecanismo aceptado para hacerlas efectivas y el sujeto al que se debe interpelar para obtener la sanción última. El caso más revelador para nuestra propia historia colectiva es el triunfo de la II República en abril de 1931. El resultado electoral era ajustado, pero daba el triunfo a los partidos monárquicos, aunque eso sí, con una evidente diferencia de peso entre el ámbito rural y el urbano. ¿Qué llevó entonces a la abdicación del rey y a la instauración de un proceso constituyente? La debilidad del sistema parlamentario, la propia inmadurez de la opinión pública como agente político, hizo que el debate se estableciera entre élites conservadoras y vanguardias revolucionarias que midieron sus fuerzas respectivas en otros términos, unos que no pasaban por otorgar la última palabra al veredicto de las urnas.

Y es aquí donde toca parar. Soy consciente de que estas palabras se pueden interpretar como una reivindicación del derecho de las vanguardias revolucionarias a decidir con independencia de la opinión del cuerpo político integrado por el censo electoral. Debo admitir que los hechos indican que la generalización del sufragio universal desde los años 20 y 30 del siglo pasado ha tenido como efecto destacado el desplazamiento de las vanguardias del centro político, pero no quiero hacer de ello una bandera, no al menos en este momento. Muchos de los procesos revolucionarios a los que he aludido terminaron en sangrientos procesos correctivos liderados por las élites desplazadas en un primer momento, nada digno de elogio. La propia “Gran Guerra” desatada en 1914 puede ser interpretada como una disputa elitista a la que el contrapoder popular no supo ni pudo enfrentarse pese a los esfuerzos románticos de la II Internacional, algo que supondría su fin y el del sueño europeo de una revolución socialista transnacional.  

La cuestión dista de ser simple. Las vanguardias revolucionarias no son un sujeto político privilegiado en la actualidad, algo que sin duda merma su capacidad para actuar de forma intempestiva sobre la realidad política. La democracia representativa ha creado un agente poderoso, la “opinión pública”, al que acudir en caso de cualquier crisis que amenace el delicado equilibrio de intereses alcanzado en el seno del sistema de partidos. Sistema del que también forman parte y no en menor medida, los poderes económicos y mediáticos heredados de la paz del siglo xx. Admitir que la historia ha quedado congelada por el efecto anestésico de esta supuesta realidad participativa no debe confundirse con la reivindicación de un papel impropio de las vanguardias, uno que le devolviera la función de acelerante que tuviera antes de admitir y generalizar el sufragio universal. No creo que esa sea la solución, pero tampoco es justo silenciar lo que sí creo un problema del que opino que debemos hablar con calma y en extenso.

La democracia representativa vigente está basada en principios que no pueden ser rechazados. La igualdad del individuo ante el voto me parece una victoria difícilmente cuestionable, es un hecho político que no debe ser puesto en cuestión, sobre todo si se tiene en cuenta que se trata de una realidad que buena parte del género humano, las mujeres, sin ir más lejos, solo pudo disfrutar tras largos años de lucha. No se trata del voto, se trata de la manera en que ese voto es guiado, encauzado y dirigido a un número de opciones muy limitadas en procesos electorales de resultado a menudo previsible. Me parece oportuno reconocer que nuestro moderno parlamentarismo ha sido diseñado para contrapesar y paralizar el efecto de las vanguardias de progreso, pero no así de de los grupúsculos reaccionarios que actúan en su interior. Nuestras democracias ensayaron sus engranajes finos en el delicado proceso de contener la expansión del pensamiento marxista y del poder de los sindicatos de clase, pero sigue siendo altamente vulnerable ante la presión de los grupos radicales reaccionarios a los que supone integrables a largo plazo en su propio sistema.

La desactivación de la “Primavera Europea” puede considerarse un éxito clamoroso de la democracia representativa. ¿Cabe esperar el mismo trato para la “marea negra” que recorre Occidente bajo las banderas de la xenofobia, el nacionalismo, la homofobia y en general del rechazo a las conquistas de los derechos civiles obtenidas durante el siglo xx? Mucho me temo que para eso no está equipada y no por una ingenuidad pasajera, sino por un defecto estructural, funcional y de diseño al que nos falta tiempo para enfrentarnos. Queda pendiente hablar de ello.  

 

Por Enrique Alonso

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