El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

El individualismo neoliberal como empoderamiento feminista

Hay una coincidencia fundamental entre el (neo)liberalismo y el feminismo posmoderno

Si ambos, de derecha a izquierda, consideran que la regulación de la prostitución como de los vientres de alquiler pueden “empoderar a las mujeres” en la sociedad de mercado es porque comparten un antropologismo social: la idea del individuo (o concretamente de la mujer) que puede y debe enfrentarse sola al mundo.

Esta valorización de la autonomía individual es la misma que acompaña al discurso de la meritocracia. Así, tanto neoliberales como posmodernas, comparten el rechazo a las instituciones colectivas, caracterizadas como paternalistas, condescendientes y coercitivas. La oda al individualismo y a la “supermujer empoderada” se empapa del discurso del “trabajo sexual” que no admite ni víctimas ni vulnerabilidades ni opresiones estructurales, como nos dice Raquel Rosario Sánchez. “(Papá) Estado” condenaría a las subalternas al servilismo, sería la verdadera traba para una igualdad real ya que imposibilitaría la demostración del potencial oculto en el sí de las sujetas.

Partiendo de la idea rousseauniana de que toda protección implica dependencia y subyugación, se termina desestimando la participación de una institución heterónoma y “disciplinaria” (como si las fuerzas del mercado fueran objetos vacíos de intencionalidad) que combata la prostitución, los vientres de alquiler y la pornografía (Butler y Brown junto a otras feministas de la tercera ola son muy claras en este punto) como vectores de la violencia hacia las mujeres (tal y como siempre han reclamado las feministas radicales) pues las “desempoderaría”. La idea subyacente, como esgrimen también las liberales, es que las mujeres pueden espabilarse solas y que están aquí para demostrar que no son menos que nadie, que no son víctimas en un mundo que estigmatiza la incapacidad y la pasividad, y que por lo tanto no necesitan ningún tipo de ayuda exterior. Y si las mujeres que acceden al mercado prostitucional, por ejemplo, son mujeres empoderadas entonces ¿por qué estar hablando de opresiones, de abusos o hacer análisis sistemáticos y estructurales de la dominación patriarcal?

La ética corporativa y la posmoderna coinciden en su neoidealismo y ultrasubjetivismo. Ya sea el “emprendedor” o la sujeta subalterna, ésta tendría una autonomía de la subjetividad que le permitiría diluir las constricciones materiales y sociales del patriarcado o del capitalismo para escapar de su “destino social“.

La batalla que libraron las corrientes posmodernas contra el estructuralismo o el marxismo ortodoxo, por su supuesto determinismo, llevó a una parte de la izquierda y a un cierto feminismo a asumir posiciones populistas, es decir de acuerdo con Passeron, posiciones que exageran e idealizan la capacidad de autonomía y resistencia de las clases (raciales, sociales o sexuales) dominadas.

En definitiva el orden social se tambalea con esta “nueva izquierda”, que legitima toda dominación, pues en el fondo en cada proceso de mercantilización-mercancía hay “formas de resistencia” que la vieja izquierda no había visto: las prostitutas que utilizarían “su poder sobre los hombres”, que ganarían más dinero con esta actividad y que tendrían un supuesto “control” sobre el “capital erótico”; las pobres que bailan reggaetón y su cuerpo es lo único que nadie “les arrebatará”; el trap como meta-manifestación de un orgullo de barrio perdido; OT como el espacio televisivo más peleón contra el heteropatriarcado, etc. Cierta izquierda posmoderna y nacional-populista condena a la gente a que sigan siendo peones y esclavas de por vida. Que nadie intervenga, no sea que las mujeres pobres terminen más desempoderadas por culpa de las malditas paternalistas y moralistas.

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