Engels, F., Contribución al problema de la vivienda (1873)

Una revisión del texto «Contribución al problema de la vivienda (1873, Engels), adaptado a la realidad del mercado inmobiliario actual en nuestro país.

Lo que hoy se entiende por penuria de la vivienda es la particular agravación de las malas condiciones de habitación de los obreros a consecuencia de la afluencia repentina de la población hacia las grandes ciudades; es el alza formidable de los alquileres, una mayor aglomeración de inquilinos en cada casa y, para algunos, la imposibilidad total de encontrar albergue. Y esta penuria de la vivienda da tanto que hablar porque no afecta sólo a la clase obrera, sino igualmente a la pequeña burguesía.

La penuria de la vivienda para los obreros y para una parte de la pequeña burguesía de nuestras grandes ciudades modernas no es más que uno de los innumerables males menores y secundarios originados por el actual modo de producción capitalista.

Contribución al problema de la vivienda (1873) -F. Engels.

Estamos quizás ante uno de los textos más destacado de Friedrich Engels (1820-1895), junto con La clase obrera en Inglaterra (1845), la colaboración en el Manifiesto del Partido Comunista junto a Marx (1848) y La familia, la propiedad privada y el Estado (1884). Como se puede observar de los párrafos citados, la vigencia de los postulados es de dolorosa actualidad. Una gran parte del texto se centra en refutar la teoría de Proudhon entorno a la vivienda, por lo que los aportes de Engels van a ser extraídos de las contestaciones que realiza a las afirmaciones de Proudhon.

Primeramente, la vivienda se configura como una necesidad de la clase trabajadora, pero no sólo de ésta; Engels agrupa en el grupo social de «afectados por la vivienda» también a la pequeña burguesía, es decir, a los propietarios de los pequeños comercios. El problema de la vivienda, en consecuencia, tiene como piedra de toque una afectación transversal, pero echa sus raíces se encuentran netamente en el sistema de producción capitalista.

Esta afectación transversal se basa en la figura del consumidor, esto es, individuo con capacidad de compra. Correctamente, Engels entiende que el sujeto «socioeconómico» consumidor es algo transversal a las clases, en tanto en cuando el mercado -también el de vivienda- cubre las necesidades del ser humano. El consumidor-individuo como sujeto político, el mercado como espacio socioeconómico, las mercancías como cobertura de las necesidades del sujeto; no todo son clases sociales. A propósito, señala que el aumento del valor de cambio a través de la aparición de intermediarios-vendedores afectan de manera general a los sujetos de una comunidad política, y no a la clase trabajadora en exclusiva. La plusvalía extraída al trabajador tiene como otra cara el pago de un salario, salario que no corresponde con la fuerza de trabajo empleada, pero que sirve para interactuar en el mercado como comprador y satisfacer las necesidades básicas.

Los obreros van siendo desplazados del centro a la periferia; que las viviendas obreras y, en general, las viviendas pequeñas, son cada vez más escasas y más caras, llegando en muchos casos a ser imposible hallar una casa de ese tipo, pues en tales condiciones, la industria de la construcción encuentra en la edificación de casas de alquiler elevado un campo de especulación infinitamente más favorable, y solamente por excepción construye casas para obreros.

Engels analiza como a los terrenos situados en el centro de las grandes ciudades se les atribuye un valor económico artificial, a través de la demolición de edificios de vivienda a favor de la construcción de comercios. Hoy en día, hablaríamos de gentrificación del centro; el centro como espacio de ocio pudiente y no como lugar donde vivir. En el párrafo citado, vemos como las viviendas obreras se van relegando poco a poco a la periferia, siendo viviendas en propiedad. Las viviendas en alquiler son vistas por Engels como un espacio de extracción de ganancia muy superior a la propiedad por parte del obrero, y por lo tanto se sitúa fervientemente en contra del alquiler y en favor de la propiedad de la vivienda por los obreros. Propiedad que, como estamos viendo, abandona el núcleo urbano para situarse en la periferia. ¿Les suena?

En la cuestión de la vivienda tenemos dos partes que se contraponen la una a la otra: el inquilino y el arrendador o propietario.

Según Engels, es un problema transversal, afectando también a la pequeña burguesía especialmente, junto con la gran masa asalariada. La vivienda como mercancía, como transacción en el mercado, y por tanto incapaz de caer teóricamente en el marco de explotación capitalista-obrero. Esta inclusión de la vivienda como mercancía supone a su vez una subsunción formal marxista respecto a unos bienes de los que anteriormente ha sido despojado el trabajador: en el siglo XVIII, Engels señala como el trabajador poseía su «hogar y su huerto», y ahora ha de pagar por ello, pese al progreso material que ha creado el capitalismo. Por tal de crear mercado, es necesario crear consumidores, y la mejor forma de hacerlo es a través del proletariado, o aquéllos que sólo tienen en propiedad su prole.

Para Engels, la solución no se encuentra necesariamente en la adquisición del título de propiedad de la vivienda por el obrero. Señala acertadamente, y con más fuerza en nuestros días, que el trabajador moderno no permanece atado a un puesto de trabajo, incluso a una ciudad, durante toda su vida. La propiedad de las viviendas haría necesario crear un mercado de viviendas en propiedad -exclusivamente, si se elimina el alquiler-, mercado que no tiene ningún viso de adherirse a la realidad porque a) Se asume que si el trabajador se quiere desplazar siempre encontrará alguien que quiera vender su vivienda, b) se asume que en el nuevo mercado de vivienda en propiedad los precios de la vivienda no seguirán una lógica de intercambio de mercancías capitalista. Por lo tanto, la solución no es que todos los trabajadores sean propietarios, como en el siglo XVIII, sino una posición ontológica más ambiciosa. Esa posición ha de partir de la base de que el capitalismo supone un progreso respecto a las formas pre-capitalistas, y que retornar a éstas supone un atraso. Hay que pensar la emancipación, en el sector de la vivienda, desde el capitalismo y hacia el futuro.

Recogiendo la cita de Engels al respecto de un periódico español llamado «Emancipación» (Madrid, 1872), si la solución al problema de la vivienda pasaba por la propiedad de ésta por parte de los obreros, lo que surge es una clase de pequeños propietarios, que en última instancia vienen a favorecer los intereses de la gran burguesía y la banca a través de los préstamos, el interés y quizás lo más importante, la propiedad misma. Convertir en propietarios del suelo al proletario provoca que se conviertan en actores (in)-voluntarios del mercado de la vivienda, y como en todo mercado aquellos grandes ofertantes pueden condicionar los precios y sacar la máxima tajada. Hoy en día, esto ya es una realidad. Por eso tienen sentido reportajes sobre los para-militares de «Desokupa», encumbrados a la categoría de héroes frente a una clase media con miedo a perder su vivienda al irse de vacaciones dos semanas a Bali.

Pero va más allá: un trabajador puede vender un piso en Les Corts (Barcelona) y sacar beneficio -que probablemente reinvertirá en otra vivienda-, mientras que los grandes tenedores usarán ese beneficio para comprar más casas con las que especular más que para vivir: al final, el mercado de la vivienda también sufre crisis sistémicas, como la del 2008, propias de toda mercancía y su tendencia a la especulación con los precios.

Este capital empleado por los grandes tenedores de vivienda puede ser considerado, como lo es actualmente, capital productivo, en tanto en cuanto produce beneficios para el propietario. Como capital productivo, estaríamos tentados de incluirlo en la categoría de medios de producción. Sin embargo, nada más lejos de la realidad: el mercado de la vivienda no posee medios de producción más allá del indirecto sector de la construcción y su pesada maquinaria y fuerza de trabajo. El mercado de la vivienda -y del suelo- no produce, si no que se configura como capital rentista, o financiero a través de los préstamos de hipoteca. Es un mercado que vende aire, literalmente espacio, no algo producido o para lo que se requiera fuerza de trabajo. No es, en definitiva, un sector productivo, por mucho que se quiera vender así; funciona como un stock market donde los inquilinos son las acciones y las carteras en el banco suizo son los pisos, con la genialidad de que se puede subir el valor/precio/alquiler cuando se quiera y a partir de conglomerados de grandes tenedores. Al fin y al cabo, es un bien básico que todo el mundo necesita.

Posteriormente a esta parte, encontramos una segunda que Engels titula «Cómo resuelve la burguesía el problema de la vivienda». Aquí se centra en la insalubridad de los barrios populares y como las epidemias desarrolladas en éstos acababa afectando también a los barrios ricos: por ello, se crearon comisiones para intentar mejorar la vida -y la vivienda- del proletariado urbano que se hacinaba a las afueras de las grandes metrópolis. En esa línea, la burguesía alemana defendía un ambicioso plan para conseguir a) mejorar la vida del proletariado a los niveles de la clase «poseyente» (sic.) y b) mantener el marco capitalista. Es en esa doble vía que el liberalismo del momento intenta mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, pero sin abolir el modelo de explotación y por tanto manteniendo en el poder socioeconómico a la gran burguesía. Este acercamiento a la cuestión provoca, por ejemplo, que se englobe como ente a todos aquéllos que no son gran burguesía (e.g. pequeña burguesía), impidiendo un punto de vista que tenga a la clase trabajadora y sus problemas en el centro. Esto desemboca en una culpa a los trabajadores por pedir viviendas (¿?) -en el siglo XXI, viviendas dignas-, y en otra en una culpa abstracta sobre los tenedores de los pisos, sin identificarlos, sin llevar a cabo ninguna acción más que señalar con el dedo etéreo, y más importante, pensar que esa culpa es debido a la ignorancia de su clase por la situación de las viviendas de la clase trabajadora. Se espera que estos tenedores, a través del mercado de la vivienda, regulen los precios hacia abajo, haciendo las viviendas mucho más asequibles, porque ese debería de ser el actuar de la mano invisible. Este movimiento, que no ocurre porque no tiene nada que materialmente le obligue a existir, se traduce en términos morales: los grandes tenedores tienen la obligación moral de bajar los precios; porque en capitalismo, nadie debería obligar a nadie a decidir el precio de su bien, sea con una ley o con una huelga.

Es muy importante ese sentimiento de culpa, de moral cristiana, que ha de llevar a actuar a la gran burguesía en favor del trabajador. Todavía hoy asistimos impasibles al despliegue de la caridad como instrumento de lucha contra la precarización de las economías y la vida misma, incluyendo el drama de la vivienda. Tras varios siglos, podemos afirmar que ni la caridad supone un beneficio a largo plazo, ni la burguesía se ve nunca impelida por grandes sentimientos de amor hacia aquéllos a los que explota diariamente. La otra parte de la culpa, claro está, se encuentra en la clase trabajadora, porque al fin y al cabo es ésta la que alquila viviendas que rozan la celda de una cárcel. La clase trabajadora es la que parece, sorprendentemente, querer vivir en 12 metros cuadrados, como están denunciando ya algunos (Sindicat de Llogaters). Incluso el gran capital ya ha puestos a sus redactores a promocionar las «tiny houses» como «el futuro de Europa». ¿Qué es mejor que limitar todo el problema de la vivienda a la culpa por ignorancia de la gran burguesía? Que no haya ningún tipo de culpa. Desde revistas del corazón a grandes diarios de economía, pasando por las grandes cabeceras nacionales, todos se apuntan a destacar lo importante que es apreciar las «pequeñas» cosas. Al final, como siempre, la libertad de prensa es la libertad del dueño de la imprenta.

A su vez, la gran burguesía sigue interesada, desde los tiempos en que Engels escribía su ensayo -1873)- en que la clase trabajadora acceda al mercado de la propiedad de la vivienda. Se puede considerar como parte de la construcción social de la madurez de un individuo el firmar una hipoteca de 30 años para la propiedad de 35 metros cuadrados. De hecho, se motiva por parte de los grandes tenedores, entre ellos los bancos -beneficiados por partida doble: hipotecas y tenencia de vivienda- la propiedad del piso; ahora se muestran preocupados porque los jóvenes, nueva hornada de trabajadores asalariados, ya no compran vivienda. Los argumentos de este siglo, otra vez, pasan por señalar a la nada, intentando identificar a unos «grandes tenedores» nunca nombrados, culpar a la crisis, y porqué no, a la mentalidad de los alocados jóvenes. A esto se le añade, como ya se ha dicho, el argumento de que comprar una vivienda es «un reto» de la madurez.

La trampa de la propiedad de la vivienda por parte de la clase trabajadora, señala Engels, es la misma que la de la Renta Básica o la regulación de los precios de solo ciertos sectores: en una situación en la que todos fuéramos propietarios, las leyes del mercado reducirían los salarios, dado que el trabajador ya no necesitaría cerca del 50% del sueldo para pagar hipoteca/alquiler. Tendríamos unos sueldos más bajos y produciríamos lo mismo, por lo que el gran beneficiado de la propiedad de la vivienda por parte de las clases trabajadoras es, de nuevo, los propietarios de los medios de producción, a través de la rebaja del salario.

Por otra parte, Engels razona que la construcción de nuevas viviendas siempre es rentable por parte de la clase capitalista, sea el Banco Santander, Sacyr Vallehermoso o -irónicamente- los promotores inmobiliarios de Engels & Völkers. Por tanto, tanto el sector de la construcción como el inmobiliario tienen incentivos para construir más viviendas, y de rebote, bajar el precio de la vivienda en sí. Tal cosa proponía Manuel Valls en su carrera a la alcaldía de Barcelona, vendiéndolo como la solución al problema del alquiler en la Ciudad Condal. Como siempre, cada uno barre para casa. Sin embargo, si no comulgamos con el dogma de la mano invisible, nos damos cuenta de la rentabilización de capital que supone en estos momentos invertir en construcción de vivienda de alquiler. Paradójicamente, al capital le va bien que haya penuria en la vivienda, por lo tanto, ¿para qué eliminarla? No hay culpa humanitaria que valga.

Por último, está la cuestión del Estado. En los Gobiernos liberales, considera Engels, el Estado sólo regula cuando hay una necesidad apremiante, e incluso en aquéllos casos es posible que la norma no se llegue a aplicar. De esta forma, y pese a las normas dictadas -En España, las franquistas de 1944– es posible que parte del mercado de la vivienda esté compuesto por viviendas «no habitables», es decir, que no cumplan con los mínimos de habitabilidad. Así, la conocida página web de «El Idealista» recoge cuáles son los metros mínimos que debería tener una vivienda -entre 24 y 35-, pero a su vez tiene alojados en su página web ofertas de alquiler por incluso la mitad de metros (aquí, aquí y aquí). Tal es el despropósito de la legislación vigente, y cómo ésta y los Derechos Humanos que contiene son papel mojado. Mismas cuestiones reportaba Engels, pero él respecto a la insalubridad de la vivienda. Pero, además,

El Estado no es otra cosa que el poder organizado conjunto de las clases poseedoras, de los terratenientes y de los capitalistas, dirigido contra las clases explotadas, los campesinos y los obreros. Lo que los capitalistas (y sólo de éstos se trata aquí, pues los terratenientes que también participan en este asunto aparecen ante todo como capitalistas) tomados individualmente no quieren, su Estado no lo quiere tampoco. Si, pues, los capitalistas aislados deploran la miseria de la vivienda, pero apenas hacen nada para paliar aunque sea superficialmente sus consecuencias más espantosas, el capitalista conjunto, el Estado, no hará mucho más. El Estado se preocupará todo lo más de conseguir que las medidas de uso corriente, con las que se obtiene un paliativo superficial, sean aplicadas en todas partes de manera uniforme.

No vamos a mencionar nada más sobre el Estado, hay otros textos que pueden servir para entender su idiosincrasia. El último punto que trata Engels, con otra palabras -él usa a Haussmann-, es el de la gentrificación, o la paulatina destrucción de la identidad y existencia de los barrios de la clase trabajadora. Hay muchas técnicas: locales de ocio, determinados edificios de lujo, anchas avenidas que dividan barrios (y que por lo tanto impida tejer redes colaborativas); en Madrid y Barcelona, así como en otras urbes del país, se le ha de sumar la proliferación de hoteles fruto del fenómeno turístico. Embellecer nuestras casas, convertirnos en el barrio más coolcomo le ha pasado recientemente a Lavapiés-, provoca directamente una subida del alquiler y las subsiguiente expulsión de las clases trabajadoras del lugar.

En conclusión, una de las formas para entender y combatir la situación actual de la vivienda puede estar, irónicamente, en los escritos de Engels de hace 150 años. Sólo si entendemos qué es lo que ocurre seremos capaces de remediarlo, y conquistar el derecho a una vivienda digna.

Jamás ha habido mayores palurdos que nuestros burgueses modernos.

Contribución al problema de la vivienda (1873) -F. Engels.

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