Radiografía de la «Economía de Guerra»

El tema que busca tratar este artículo es algo que hemos denominado «Economía de Guerra», tratado como un concepto amplio en el que se puedan encontrar los diferentes cambios que provoca en una comunidad un conflicto armado de gran escala. Para empezar a analizarlo, por tanto, hay una serie de coordenadas desde las que enfocar la cuestión:

  • Se usará la expresión «Economía de Guerra» para huir de otras expresiones más jurídicas (estado de sitio, estado de excepción) o que conectan con mitos fundacionales característicos de determinada ontología (estado de guerra). Con «Economía de Guerra» queremos referirnos no sólo a cómo la producción de un país se vuelca en la creación de armamento y en el avituallamiento del Ejército, sino cómo de manera conjunta a esa producción se modifican las propias relaciones de producción: las que se dan entre las diferentes clases sociales, las relaciones entre el capital y el Estado, y por último las relaciones entre géneros en el marco contextual de un conflicto armado.
  • La «Economía de Guerra» es un período coyuntural, un momento histórico donde lo universal-capitalista, que impregna toda la comunidad política, es embestido por lo particular de un conflicto armado con un Otro soberano/aspirante a soberano. En este vaivén hegeliano, la economía «estable», esto es, capitalista o sucedánea, es afectada por la negación del objeto a al que tiende, esto es, la producción en vistas a maximizar el beneficio; ahora la negación que supone el conflicto moviliza a la nación hacia otra clase de objetivo.
  • Como momento coyuntural, es pasajero. La propia existencia de una «Economía de Guerra» sugiere una especie de «Economía de Paz» predeterminada. Esto no significa negar la conflictividad propia del sistema capitalista, sino más bien reforzar la idea de dos estadios distintos (Guerra/Paz) en los cuáles una forma de capitalismo está siendo desarrollada.
  • Por último, el concepto de «Economía de Guerra» va a hacer referencia a las relaciones socioeconómicas dadas durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial, así como durante la Guerra Civil Española, entre otros. Nos estamos refiriendo, por tanto, a la matización del capitalismo occidental en determinados períodos del siglo XX.

Empezemos diciendo que la Economía de Guerra no es algo deseado, sino que se configura como respuesta en clave nacional a algo que en ocasiones sí es deseado: el conflicto armado. Entre el conflicto armado y la Economía de Guerra media una relación causal, en la que la punzante y nueva tesitura sociopolítica determina las razones que motivan la producción, y la capacidad de decisión en torno a éstas.

Esta relación causal se complementa con una determinación de las causas del conflicto armado en razón de intereses económicos en última instancia (véase El imperialismo fase superior del capitalismo, V.I. Lenin). Por ello, el movimiento es doble: la economía determina en última instancia las causas del conflicto armado, y a su vez la existencia del conflicto armado en sí genera cambios en la producción.

Pero para empezar a vislumbrar cuáles son los cambios de producción acaecidos al calor de la Economía de Guerra, se hace necesario tratar las cuestiones de la dirección de la clase trabajadora durante el período en el cuál ésta desarrolla. La clase trabajadora juega un papel crucial. Dos líneas teóricas: la primera, que la clase trabajadora vive y muere en el frente en mayor número porque -sorpresa- conforma la mayor parte de la población. Segunda línea, más jugosa, que los dispositivos culturales del poder «producían» una serie de sujetos de procedencia obrera, joven, con un futuro gris y pocas esperanzas de medrar en el sueño americano que estuviera no ya dispuesto sino ilusionado con ir a defender su bandera. Vemos ya uno de los primeros mecanismos que no deviene más importante, sino menos aparente -más evidente, por tanto- en la Economía de Guerra. Los instrumentos con los que la clase gobernante mantiene la hegemonía se transforman de voceros del sistema socioeconómico del país en cuestión, con su puntual identificación del enemigo (e.g. lumpen) a altavoces desde los que construir la propia identidad nacional -exacerbando con ello el fervor patriótico- a través de la profusa identificación de un enemigo: los amarillos, los capitalistas o los judíos.

No hay que desdeñar la primera línea de pensamiento planteada en el párrafo anterior: en la guerra de Vietnam, Nixon puso en marcha una lotería para determinar de forma aleatoria qué jóvenes debían ir a defender la libertad estadounidense en Indochina, a través de algo tan simple como la fecha de nacimiento. A su vez, esta primera línea interactúa con la segunda: en primer término, la lotería fue retransmitida como un programa más de la televisión estadounidense, a pesar de la vital importancia que tenía para los afectados. En segundo término, junto a este sistema de reclutamiento -porcentualmente irrelevante en el transcurso de la guerra- se potenciaba el reclutamiento voluntario entre la población masculina en general y entre la clase trabajadora en particular -véase el cine del momento, hegemónico-. En todo caso, lo que tenemos es una clase trabajadora que va a la guerra como carne de cañón para la maquinaria imperialista de turno. ¿Pero quién se queda en las fábricas?

Las mujeres. El vaciamiento de los locales de trabajo por necesidades bélicas hizo que en los países en guerra las mujeres ocuparan el puesto de los hombres fuera ocupado por la población femenina, significando una inclusión masiva en el mercado laboral y por lo tanto en las lógicas capitalistas de producción. Las mujeres, tradicionalmente excluidas de éstas dado a su confinamiento a las tareas del hogar, se constituyen por primera vez en capitalismo como engranaje de extracción de plusvalía, gracias a que los hombres escasean. A la vuelta de estos hombres, cuando se intenta recluir otra vez a las mujeres en casa, es cuando surgen las primeras chispas de un feminismo no ya político (sufragio femenino) sino económico, como sujetos que participan de la producción e intercambio de mercancías. Por otra parte, esta relegación al ámbito doméstico, y por tanto a una producción sin valor de cambio y por ello sin el estatus de mercancía, ha sido duramente criticada por diferentes feministas, entre las que se encuentra Silvia Federici, que en el «Patriarcado del Salario» argumenta la necesidad de insertar en el mercado laboral y en el esquema de productividad-remuneración estas «tareas«.

Tratemos ahora, como punto de enlace entre el tema anterior y el siguiente, la necesidad bélica. Estaremos de acuerdo que, si bien podemos identificar las causas de un conflicto como meramente económicas, o incluso como económicas en última instancia (e.g. guerra de los Balcanes), las decisiones que un gobierno toma durante un conflicto armado respecto a ese conflicto armado -exclusivamente respecto a éste- pertenecen al ruedo de lo político. Y lo político entendido aquí como gestión de la comunidad y sus conflictos, sin tener en cuenta los valores inherentes a la ontología democrático-liberal, es decir, sin considerar el control del Gobierno por parte de los sujetos gobernados como algo fundacional y por tanto necesario para la existencia de lo político. Estamos hablando del poder político, esto es, del soberano hobbesiano/Schmittiano.

En ese campo de lo político, el Estado se vuelve un interventor de la economía, en este aspecto concreto de manera indirecta. En la Economía de Guerra el Estado, al forzar o potenciar el reclutamiento de la clase trabajadora, deja sin «capital humano» suficiente al entramado del capital, por lo que a) El capital debe buscar nuevos sujetos a los que comprar la fuerza de trabajo, en este caso las mujeres b) El Estado interviene en la materia prima del capital, movimiento que es fruto de una lógica distinta a la de éste -la guerra y el beneficio, respectivamente-. El Estado, convertido en actor, toma de la comunidad mediante un acto político una serie de sujetos destinados por razón de clase a ser tomados por la clase dominante, a través de un acto jurídico particular y por razones económicas.

En definitiva, con lo que nos encontramos es con un Estado que ataca el supply de la materia prima «fuerza de trabajo», convertida ahora en «fuerza militar». La Economía de Guerra, pues, dota al poder político de una capacidad sin precedentes para alterar el mercado del trabajo. Esta alteración es fruto de una necesidad más o menos puntual generada y/o gestionada por el poder político, es decir, aquéllos que llevan las riendas de sociedad. La diferenciación entre lo público y lo privado, axioma fundamental para entender el pensamiento político occidental, se resquebraja en un momento de necesidad bélica. Pero, ¿cuál es la fuerza de esa necesidad bélica?

Antes se ha hablado del soberano hobbesiano, que podemos definir como el sujeto o grupo de sujetos que tienen el poder sobre la vida y la muerte de los súbditos; ese poder se configura como el pináculo de la capacidad de ser obedecido, por lo que es un poder absoluto. En Schmitt ese poder de vida y muerte además se complementa con la capacidad para fijar las metas como comunidad y la ideología que permea las estructuras sociales. Sin embargo, pese a recoger esa figura del soberano como un punto válido, como marxistas debe ser matizado: Schmitt sobredimensiona la estructura política, otorgándole funcionalidades que nosotros entendemos que sobrepasa a la estructura política: estamos hablando de la superestructura cultural/ideológica gramsciana, del poder político -estatal en nuestras sociedades- como un espacio construido y estable desde el que el poder económico puede investirse con el manto de la institucionalidad, dotando así sus decisiones de un halo de autoritas donde sólo había potestas.

Si aceptamos no ya esta vinculación entre el poder económico y el poder político sino la yuxtaposición del poder político y económico en lo que denominamos la clase dominante, entendemos que a nivel político es la propia clase dominante la que se «roba» a sí misma a la clase trabajadora para ser empleada en el frente. La problemática que se gesta es entonces, a nivel teórico, la ruptura de las apariencias público-privadas.

Esta necesidad bélica que rompe ese axioma de lo público/privado -y que por lo tanto matiza la forma de capitalismo actual- permite que se configuren contradicciones a las lógicas de producción capitalistas. Así, como se señala en el libro «Neofascismo. La bestia neoliberal«, el gobierno nazi tomó decisiones anti-económicas al cometer genocidio contra judíos, gitanos y demás señalados a partir de 1942, precisamente cuando más se necesitaban. Perfectamente tendrían que haber caído en la lógica de «recursos humanos» a la que nos tiene acostumbrados el capitalismo; sin embargo, y pese a que su ascensión y posterior guerra imperialista se debía en gran parte a la financiación de grandes industriales como Thyssen, las metas políticas pesaron más que las necesidades no ya de los industriales, sino de toda la Alemania en pie de Guerra. Siguiendo con esta lógica perversa, los judíos habrían sido mejor empleados en las fábricas en substitución de los hombres (como sí ocurrió con las mujeres). Sin embargo, fueron víctimas de un genocidio: las lógicas políticas se impusieron incluso a las lógicas de producción de la Economía de Guerra.

Lo que estamos dibujando hasta ahora es la difuminación de las estructuras rígidas del capitalismo «de paz». No obstante, vemos que se mantienen las identidades -si se les quiere llamar así- públicas y privadas. La aleación es temporal y debido al particular «conflicto armado»; una vez acabado éste, se espera que todo vuelva a la normalidad capitalista. Volviendo al ejemplo anterior, si bien los industriales vieron millones de recursos humanos desperdiciados en las cámaras de gas, hubo quién se benefició de construir esas mismas cámaras, de vestir a los soldados alemanes, de producir la nueva aviación alemana. Es por eso que estamos ante una difuminación en la que lo público interviene en lo privado y lo privado sostiene a lo público -piénsese en los gobiernos de Unión Sagrada durante la Primera Guerra Mundial en Francia e Inglaterra-; los sujetos no se fusionan completamente. La clave de bóveda de todo ello se encuentra en que, a no ser que haya habido un alzamiento revolucionario como en Rusia, el poder político y el poder ecónomico pertenecen a la misma clase, y hasta la fecha ambos poderes habían actuado al unísono. Con la guerra, la responsabilidad política sobre la nación y su supervivencia rompe en cierta manera con a) la unidad de acción de la case dominante, tanto desde el poder político como desde el económico; y paradójicamente con b) el axioma público/privado. Así, el leitmotiv de la Economía de Guerra sería el de un poder político intervencionista con una oligarquía económica tomando decisiones políticas, y en cuanto a las lógicas obedecidas encontraríamos una pugna entre la victoria en el conflicto armado y la tradicional lógica de producción capitalista, esto es, de beneficio.

El último punto a tratar constituye no ya las lógicas para producción -administración de recursos humanos, la guerra desde una perspectiva de ganancia económica ,etc.- sino de las propias lógicas de producción. El hecho de que el poder político tenga la capacidad de tomar las decisiones que permitan la supervivencia de la nación (e.g. ganar la guerra, armisticio) es precisamente la obertura teórica desde la que espiar y comprender las lógicas estudiadas hasta el momento. Esto, en sí, permite incluso que el poder político no altere simplemente las condiciones marco de la producción (lo privado/empresarial ya no es un compartimento estanco) o la producción de manera indirecta (la clase trabajadora empleada en el frente en vez de en las fábricas), sino que las decisiones sobre la producción recaigan en el propio poder político. Como se ha dicho en el párrafo anterior, en la Economía de Guerra el poder político es intervencionista.

Hemos tratado de las contradicciones que vive la producción capitalista cuando un país mantiene un conflicto armado, y hemos introducido una lógica de supervivencia de la nación, esto es, de la comunidad política. Si las guerras son, como hemos apuntado, fruto de causas económicas en última instancia, cuando un país entra en un conflicto armado esas causas económicas -ligadas a las lógicas de la producción privada- pasan comúnmente a unas lógicas políticas con las que chocan; éstas últimas incluso pueden imponerse a las lógicas «capitalistas puras», como hemos visto en el ejemplo alemán. Es aquí cuando Schmitt, el jurista reconocido como el teórico del modelo político de la Alemania nazi, cobra sentido: en un conflicto armado, el Estado -ocupado por la clase dominante- fija metas que superan las metas por-el-beneficio de la clase dominante, que son las «de paz».

Esto permite que el Estado intervenga en la economía directamente, no sólo indirectamente a través del reclutamiento, y dicte -en todo el sentido de la palabra- cuáles son los bienes a producir. Cámaras de gas en Alemania, intensificación del control sobre los bienes básicos durante la Segunda República de 1936 a 1939, procesos de autarquía de 1914 a 1918 por las diferentes potencias en pugna en la Primera Guerra Mundial, control de la inflación y de las políticas monetarias por los países beligerantes, financiación de la ciencia militar, sea a través de instituciones públicas o corporaciones privadas… La lista de medidas es interminable, y está bien documentada.

La importancia de todo lo que se ha tratado hasta aquí no es este punto final, que es obvio, sino todos los pasos que se han explicado que permiten puntos de anclaje desde los que teorizar estos procesos. Sólo teorizando desde el materialismo dialéctico esta serie de momentos históricos podemos dar una respuesta adecuada a nivel político en el caso de que vuelvan a suceder.

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