El buenismo y el cambio climático

Conviene en estos tiempos de debate recordar algunas cosas que no siempre resultan evidentes. Observo con simpatía y ternura las muchas manifestaciones que nuestra juventud promueve para defender políticas ecológicas frente a lo que se considera la ceguera de la clase política. Niños depositando postales con mensajes de denuncia, acciones para luchar contra los residuos, intervenciones a favor de la Amazonia, y un largo etcétera que sería difícil enumerar aquí. 

Todas estas actitudes se basan en un supuesto que quiero poner en cuestión: la clase política o bien es incrédula frente al cambio climático, o bien es tímida a la hora de implementar soluciones. No quiero negar por completo la vigencia de tales actitudes en algunos responsables políticos directamente concernidos por los acontecimientos, pero también existe otra que a mi juicio resulta cada vez más difícil de ocultar y que quizá explica mejor algunos comportamientos. 

¿Y si ciertos sectores de nuestras sociedades aceptara la crisis que se nos viene encima como una oportunidad para el negocio y sobre todo como una forma de volver a poner las cosas en su sitio, en  el suyo, obviamente? Si así fuera, de lo que se trataría de es de asegurar mediante los movimientos oportunos la supervivencia de las élites a costa del sacrificio de unas masas cuyo rescate no se considera posible sin trastocar los principios fundamentales sobre los que se asienta la economía global. Poco importa si sube el nivel del mar, o se desertizan amplias zonas de cosecha, el objetivo es el diseño, trazado y protección de las zonas seguras en las que nuestros líderes y su entorno desarrollarán vidas felices al margen del desastre inevitable. 

No se trata de negacionismo ni de tibieza, sino de la plena aceptación de la oportunidad que se presenta para restaurar un status quo difícil de instaurar por otros medios. La ingenuidad y la tibieza cambiaría así de lado, pues seríamos nosotros, la masa sacrificable, la que estaría errando el discurso al no poner el foco en esta cuestión. No se trata pues de denunciar a nuestra clase política por su ceguera, sino por su aprovechamiento criminal de una coyuntura de la que esperan sacar partido al coste evidente de nuestra supervivencia, no de la suya. 

Por tanto, no se trata de concienciar de la evidencia del cambio climático, ni de sus consecuencias, sino del conflicto al que estamos dispuestos a contribuir si esta crisis ambiental no es gestionada de forma igualitaria. Del enfrentamiento que tendrán que afrontar, en definitiva, si optan por marginar a la inmensa mayoría de las soluciones que ellos anticipan. No habrá santuario, ni región virgen a la que puedan acudir. Y si lo intentan deberán aceptar una respuesta que quizá no está en sus cuentas. 

Este es el discurso que creo que pone las cosas en su sitio, en la nueva ranura de la escala que hemos recorrido durante estos años. 

En definitiva, me cuesta entender que aquello que tantas veces ha sido desarrollado en forma de distopías por la cultura popular no sea tomado en serio en un momento en el que toca tomar posiciones. No lo entiendo.


Por Enrique Alonso

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