El ascenso chino y las implicaciones de su política exterior para el Sur Global

El papel de China como potencia en ascenso en el sistema internacional y el impacto de su política exterior en el Sur Global

La redistribución del poder mundial hacia la denominada región Asia-Pacífico, y más concretamente hacia la República Popular China (en adelante, China), es uno de los fenómenos más destacados ocurridos en el sistema internacional en las últimas décadas. La lucha por la hegemonía mundial ya no responde a la dimensión ideológica propia del período de Guerra Fría –entendida como la confrontación entre dos bloques antagónicos-, sino que la disputa por ésta se produce a través de una profunda integración en la economía capitalista con la creación de varios polos económico-geográficos. Entre éstos se encuentran las regiones de África y América Latina donde China está apostando por una ‘diplomacia económica’ basada en la cooperación internacional, la inversión y la ayuda al desarrollo desde un enfoque Sur-Sur.

Este tipo de diplomacia enmarcada en una estrategia de Soft Power –capacidad de un Estado para influir en el comportamiento de otros a través de la atracción o la persuasión- le permite a China poder mejorar su imagen ante terceros países debido a una política exterior inspirada en los principios de ‘Coexistencia Pacífica’. Dichos principios son vistos como un elemento positivo en las relaciones bilaterales con países africanos y latinoamericanos y caribeños, y están motivadas por el respeto mutuo de la integridad y la soberanía territorial, la no agresión, el respeto por el principio de no intervención en asuntos internos, la igualdad en los derechos y los beneficios bilaterales. En este sentido, el hecho de no guiar su diplomacia y relaciones internacionales por cuestiones ideológicas y respetar las particularidades propias de cada país, ha permitido alejar a China de un comportamiento colonial traducido en un amplio apoyo internacional en su objetivo por conseguir un ascenso pacífico.

Como consecuencia de los cambios producidos en el sistema internacional, el comportamiento de la política exterior china en su papel de potencia en ascenso ha sido concebido desde distintas aproximaciones teóricas. Por un lado, desde Occidente ha sido predominante la tesis de la ‘teoría de la amenaza’ por la que el ascenso de China propiciará un conflicto inevitable por la conquista de la hegemonía. Por otro, se considera que el ascenso chino podría ser pacífico si se conduce al gigante asiático a tener presencia y articularse como miembro de las organizaciones internacionales. Por esta razón, el papel que juega la interdependencia económica es crucial para evitar la confrontación bélica, según esta última aproximación. Además, China en su objetivo por un ascenso pacífico –más tarde reformulará el concepto a ‘desarrollo pacífico’ para sortear posibles reticencias en Occidente- no se presenta como un Estado antisistémico sino que buscará evitar políticas de oposición o de equilibro en su región, en base a una lógica antihegemónica. Este hecho se confirma con la entrada del China en las organizaciones internacionales, siendo la entrada como miembro de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en 2001 un punto de inflexión para el devenir del sistema internacional. Además, desde la década de los años noventa ha habido un incremento sustancial en la participación de China en las Operaciones de Mantenimiento de Paz (OMP) de Naciones Unidas, principalmente en las misiones de África. Este hecho ha permitido a Pekín reforzar su presencia a nivel internacional a raíz de la “política de puertas abiertas” iniciada por Deng Xiaoping tras décadas de ausencia en la participación de estas misiones debido al marcado carácter revolucionario del Estado, encabezado por Mao.

En la actualidad, aunque conserva principios y elementos de continuidad en su política exterior, China no se presenta contraria a las normas internacionales sino que se ha convertido en miembro integrado de la sociedad internacional. Dentro de su nueva estrategia global, las OMP juegan un rol crucial, puesto que permiten a China mejorar su imagen internacional ante terceros Estados reduciendo la teoría de la amenaza y mejorando su reputación e influencia en las relaciones comerciales. Un ejemplo de ello puede ser la presencia en áreas lejanas a su zona de influencia mediante una política de expansión de mares en el denominado ‘cuerno de África’ donde instaló en 2017 su primera base militar en el extranjero con el propósito de proteger las vías de comercio marítimo.

Ante todas estas afirmaciones se podría deducir que de seguir esta política de ‘desarrollo pacífico’ y ‘mundo armonioso’ que proclama la política exterior china, el gigante asiático tendrá una incidencia y un impacto cada vez mayor en aquellas regiones que considera estratégicas. Tanto África como América Latina, en las últimas décadas, han visto intensificadas sus relaciones bilaterales con China. No obstante, aunque los parámetros y principios con los que se relaciona China son vistos como un elemento positivo por países africanos y latinoamericanos y caribeños, existen otros elementos que afectan de forma negativa a la imagen de China en el mundo. En la mayoría de casos, provienen de Occidente, y tienen su motivación en el sistema chino que no posee características propias del liberalismo político así como las acusaciones de incumplimiento de los Derechos Humanos. Sin embargo, el modelo político de Pekín puede convertirse en una oportunidad en las relaciones con aquellos países en desarrollo con modelos autoritarios, motivo por el que se presentó el Consenso de Beijing como un modelo a exportar y universalizar en sus valores.

La razón por la que todavía no se ha presentado China como un actor antisistémico no descansa únicamente en la entrada como miembro de las organizaciones internacionales, sino que tiene que ver también con la participación y aceptación de las reglas de juego propias del momento histórico. Una de ellas está relacionada con la incorporación de grandes cantidades de reservas monetarias mayormente constituidas en dólares puesto que la divisa ha tomado un papel activo como fuente de poder.

Para entender la realidad internacional contemporánea es necesario atender a las fuerzas estructurales, es decir, las reglas de juego que se han establecido en el orden internacional y que la teórica Susan Strange denomina poder estructural. Es necesario recordar que el sistema financiero y monetario internacional se constituyó mediante los Acuerdos de Bretton Woods en 1944, al término de la Segunda Guerra Mundial. En éstos, se establecía que el dólar fuera la moneda de referencia en los intercambios comerciales basados en el conocido patrón oro-dólar, y se le concedía la facultad a Estados Unidos de cambiar dólares por oro sin ningún tipo de restricción, con la única intención de mantener fijo el valor de la onza –en 35 dólares. De esta forma, terceros Estados deberían fijar el precio de sus monedas en relación al dólar estadounidense.

No es casual que en dicho acontecimiento se acordara la creación del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, ambos brazos ejecutores de la política exterior de Estados Unidos. Menos aún, que Estados Unidos sea el país con mayor déficit comercial y fiscal, y aún así, sea la primera economía del planeta. Tampoco se debe a fuerzas sobrenaturales, el hecho que los países con déficit en su balanza comercial deban financiarse a través de reservas internacionales o mediante los préstamos del Fondo Monetario Internacional.

Estos hechos potenciaron las asimetrías entre el centro y la periferia debido a la disparidad que generan las relaciones económicas internacionales por lo que la problemática se sitúa en la propia estructura del sistema. En este sentido, ha habido varios intentos por disputar la hegemonía estadounidense, pero ninguno se ha dado por parte de una superpotencia como lo es China.

En el año 2000 se dieron dos experiencias destacadas para desbancar al dólar como moneda referente en los intercambios comerciales. Por un lado, la Libia del general Muammar Gaddafi ideó una moneda panafricana garantizada en oro que obligó a Estados Unidos a maniobrar para impedirlo. Por otro, el Irak de Saddam Hussein decidió cambiar el dólar por el euro en las transacciones de petróleo. El final de ambos lo sabemos todos. En 2006 Irán intentó crear una bolsa internacional –apoyada por Venezuela y Corea del Norte- para pagar en euros los hidrocarburos, y fue cuando Washington consideró que era un enemigo de la seguridad nacional por sus aspiraciones nucleares. En 2009, a instancias de Hugo Chávez se acordó implantar el Proyecto Sucre con el objetivo de sustituir al dólar en las transacciones comerciales entre los países del ALBA. Obviamente, esta iniciativa incrementó las tensiones entre Venezuela y Estados Unidos siendo la Revolución Bolivariana, y concretamente Hugo Chávez, un objetivo a eliminar.

Es necesario tener en cuenta que a partir de 2016 China y Rusia lanzaron el petroyuan con el objetivo de desplazar al dólar en las transacciones petrolíferas. Se pretende esquivar las sanciones estadounidense a países como Venezuela, Irán o algunos Estados africanos como Nigeria –principales exportadores de petróleo-, y que no sucumban a las presiones del dólar. Es por ello que con la entrada del yuan en la cesta de monedas de reserva del FMI, China está utilizando la divisa como una fuente de poder que desplace al dólar, y de esta manera incrementar su influencia económica en regiones como África o América Latina y el Caribe.


Por Sergio Carrillo Vilchez

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