Sobre los mitos que encubren la explotación sexual de las mujeres

Breve ensayo sobre la explotación sexual de las mujeres y el fenómeno patriarcal de la prostitución.

Para hacer un buen análisis sobre la prostitución y la mercantilización del cuerpo de las mujeres, cualquier feminista radical empezaría por la raíz. Y para empezar por la raíz, lo primero que debemos hacer es tener los conceptos claros (conceptualizar es politizar, como apunta Celia Amorós).

Esta conceptualización de lo que rodea la prostitución no se puede hacer si no es con perspectiva de género, lo que implica llamar a las cosas por su nombre. Eso se traduce en determinar y aclarar que cuando hablamos de putas, hablamos, generalmente, de mujeres (esto, aunque puede parecer evidente, se pretende invisibilizar bajo términos como el de trabajador@s sexuales), y que los puteros y proxenetas son, normalmente, hombres.

A partir de aquí, pongamos el foco en los puteros y proxenetas (parece que a veces se nos olvida que el origen de la industria del sexo es la demanda: sin puteros, no hay prostitución).

La prostitución se construye sobre la base del derecho que (creen) tienen los hombres a ver satisfechas sus necesidades sexuales -derecho que la sociedad patriarcal acepta y les concede-. Esto explica el hecho de que haya todo un mercado por y para los hombres (reflexión válida también para el porno), en los que ellos deciden absolutamente todo sobre cómo quieren que se les satisfaga. Esto, entre otras cosas, socava la subjetividad de las mujeres prostituidas y las hace ser objeto y medio para satisfacer los deseos de otro -el putero-. Resulta irónico que esto a alguien le pueda parecer empoderante (para las putas, claro).

Igual de necesaria que es la perspectiva de género en el análisis lo es la de clase. La precariedad en la que viven la gran mayoría de mujeres que se prostituyen, evidencia que el mercado del sexo es una manifestación más de explotación, que afecta muy especialmente a mujeres pobres (que no libres, como decía Anita Botwin en Contexto). En este punto es necesaria una aclaración a los machitos de izquierda que ahora mismo están pensando, como ya he oído varias veces, “que los hombres que trabajan en la mina también están explotados”. Pequeña GRAN diferencia: a la explotación económica capitalista se suma, en casos como la prostitución y los vientres de alquiler, la explotación sexual del sistema patriarcal.

La prostitución, lejos de empoderar a las mujeres, las oprime y reduce a mercancía sus cuerpos, las deshumaniza. Es una herramienta más del patriarcado mediante la que los hombres reafirman su poder, y debemos entenderla como una de las máximas expresiones de la violencia de género. Si eres hombre, sólo necesitas tener un poco de dinero en el bolsillo para tener acceso a los cuerpos de mujeres que el mercado te ofrece, que están ahí, sólo para ti. Si esta situación no refuerza las relaciones desiguales de poder entre hombres y mujeres, que me expliquen por qué los hombres se ven atraídos por el hecho de mantener relaciones sexuales no recíprocas, con una persona que está en condiciones de clara inferioridad.B19TsN5IgAAtmC6.jpg-large

No obstante, existen teóricas posmodernas y queer que siguen pensando que éstas situaciones no sólo no son injustas, sino que además empoderan a las mujeres. Para estos sectores auto-declarados feministas, parece que cualquier cosa que tenga que ver con el hecho de ser crítica con el sexo resulta ser conservadora, puritana, frígida. Como si el sexo, por sí mismo, fuera transgresor, liberador. Como si pudiéramos identificar relaciones de poder en todos los ámbitos de nuestra vida, pero el sexo fuera intocable.

Estas teorías romantizan la prostitución -cuánto daño ha hecho Almodóvar-, la identifican con algo que nos empodera, que se hace por libre elección y que por eso hay que respetarlo (lo del concepto de lucha colectiva ya tal). Como si en los sistemas de profunda desigualdad en los que vivimos alguien pudiera elegir libremente.

Aun así, lo que me resulta más irónico de estas teorías es que no están a favor de la industria del sexo porque defienden que haya un mercado que también satisfaga las necesidades sexuales de las mujeres, sino que defienden y refuerzan la idea de que las putas seamos nosotras, como si el hecho de ser objeto y no sujeto en nuestras relaciones, de no tener ningún tipo de poder de decisión, nos hiciera ser libres. El feminismo, si no cuestiona las estructuras de poder, sirve de poco.

Pero no son las únicas que fallan en el análisis sin tener en cuenta el origen de esta situación de explotación, también lo hace la nueva izquierda, que se muestra incapaz de tener un discurso claro y abolicionista. La supuesta izquierda que aparece para subvertir las estructuras de poder, y que defiende que no todo debe poder comprarse y venderse, no puede, a la vez, defender la mercantilización de los cuerpos de las mujeres – comprendo aquí a Kollontai cuando se quejaba de que sus camaradas veían “la cuestión de la mujer” como algo secundario, que cambiaría automáticamente cuando cambiara la base económica de la sociedad –.

En definitiva, el cómo hagamos frente a la explotación sexual, determinará el lugar de las mujeres en la sociedad, su poder simbólico (que es el que permite alcanzar los poderes económico y político). Formar una sociedad feminista es incompatible con la normalización del acceso reglado a los cuerpos de las mujeres, si lo que queremos es asegurarles el derecho humano básico de disposición del propio cuerpo, y transmitir valores de igualdad y de reciprocidad en las relaciones sexuales entre hombres y mujeres.

Por Nerea Beltran.

 

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