El Fáctico

Donde las derrotas no se leen a pie de página.

De la lucha de clases a la lucha de estilos de vida: comprender la extrema derecha y hacerle frente

Alberto Garzón publicó hace una semana un artículo en el que sostenía, siguiendo al sociólogo Ronald Inglehart, que nuestras poblaciones durante y tras la crisis se han vuelto más “materialistas”, es decir, que sus preocupaciones son más de carácter económico que en las décadas anteriores. Sin embargo, desde mayo del 68 las sociedades occidentales son más receptivas a lo que Inglehart llama valores posmateriales (aborto, matrimonio homosexual, identidades de género, ecologismo, multiculturalismo, etc.), los diferentes partidos habrían empezado a tomarlos en mayor consideración y tales demandas se instalarían para siempre en la vida política. Aunque a lo largo del análisis vayamos a conservar tal dicotomía, cabe decir que su validez se puede poner en entredicho. ¿Hasta qué punto podemos decir que la ecología que permite nuestra reproducción social y la del sistema económico es posmaterial? ¿Podemos decir que las políticas feministas o antirracistas que defienden la vida de mujeres y minorías, y atacan sus condiciones de opresión, son políticas posmateriales? ¿No son los movimientos feministas y ecologistas que proponen una temporalidad opuesta a la del capital y una práctica subversiva del valor, unos movimientos que estarían en el corazón de la lucha de clases?

Analizando los distintos programas de la extrema derecha europea, Alberto Garzón muestra como su punto en común no sería un programa económico intervencionista y redistributivo, de hecho, salvo Amanecer Dorado en Grecia, son todos partidos liberales en lo económico. Hay partidos como el de Orbán (que forma parte del Partido Popular Europeo) en Hungria o la AdF en Alemania que reivindican el neoliberalismo de forma explícita. El verdadero punto en común que tendría la nueva Internacional nacional-populista lo encontraríamos en una mayor insistencia en valores posmateriales, más que en valores materiales. Si bien parece haber un “momento Polanyi”, en tanto que existen deseos populares de mayor protección (estatal) frente a los vaivenes del mercado y la globalización, la extrema derecha parece canalizar esta vulnerabilidad material mediante la reacción cultural. En lo que coincidirían estos partidos es en su crítica a valores posmateriales progresistas como la multiculturalidad, las políticas migratorias laxas, el ecologismo, el feminismo, los derechos de las minorías,  el movimiento LGTBIQ, etc. Es cierto que existe lo que en los 70 se llamó el “liberalismo cultural” y una izquierda posmoderna, y, precisamente, los populismos de derecha reaccionan contra esta posmodernidad pero, como veremos, dentro de sus parámetros (es decir mediante propuestas identitarias y aceptando el capitalismo como fin de la Historia).

 

El populismo de derechas no pone al (neo) liberalismo en cuestión

El partido clásico para referirse a la extrema derecha europea, el antiguo Frente Nacional, y actual Agrupación Nacional, está lejos de ser un partido que, más allá de la retórica, sostenga un programa proteccionista. Quiere limitar el gasto social, bajar el impuesto de sociedades, reducir las cotizaciones sociales de TPE-PME, mantener las 35 horas, favorecer la “libertad educativa”, o desregular en medioambiente. En una entrevista a Marion Maréchal Le Pen, realizada por Guillermo Fernández, dice que los posicionamientos (neo)liberales, a favor de una reducción del Estado y el aligeramiento de la actividad empresarial, terminan por favorecer a las clases populares: “No hay ninguna incoherencia en defender por un lado la libertad de empresa y por otro lado a las clases populares. Al contrario: el hecho de bajar los impuestos, de simplificar los procedimientos administrativos o de dar más libertad a los empresarios es compatible con la defensa de las clases populares porque la gente más humilde aspira precisamente a que el Estado no se lo ponga más difícil. Lo que quiere todo el mundo es progresar en la sociedad y, a ser posible, enriquecerse”.

En Italia, el mismo binomio Di Maio-Salvini que combina algunas políticas de regulación de deslocalizaciones y políticas ampliamente racistas, nos dice el historiador Steven Forti, está ideando una Flat Tax que anularía cualquier tipo de impuesto progresivo, favoreciendo así a los más ricos.

Por tomar un último ejemplo, en Estados Unidos, Trump, nomás llegar al poder, se arrodilló ante los mercados y la desregulación financiera tumbando la Ley Dodd-Franky. Al mismo tiempo, como hombre de negocios anti-Estado, ha llevado a cabo la reforma fiscal más neoliberal de los últimos 30 años. Siguiendo la teoría del goteo hacia abajo, las grandes corporaciones han dejado de pagar un 35% a pagar ahora un 20%. Como ha explicado recientemente Isidro López, lo que trata de hacer Trump es convencer a las élites políticas y financieras de que un mundo capitalista y americano, recuperando “su grandeza”, es posible deshaciéndose de algunos elementos perturbadores de la globalización. López explica que “Trump y los suyos venden una salida americana y capitalista al malestar en la globalización, que ya habría encontrado su forma de expresión en Europa bajo la forma de todo un abanico de posiciones reactivas, con distintos grados de sofisticación, que canalizan políticamente la demanda antiglobalizadora en un sentido desvinculado de resonancias anticapitalistas”.

Como dice Esteban Hernández la idea de los dextropopulismos no es poner en cuestión al sistema, sino reestructurar capitalismos nacionales(istas): “Su idea no es tocar el sistema, sino rehacer el reparto: lo que antes tenía lugar entre clases, ahora se propone desde lo nacional. No se trata de disminuir las diferencias entre los pobres y los ricos, sino de conseguir una mejor posición del país para que sus nacionales tengan más recursos”. Se trata de implementar lo que algunos analistas llaman Welfare Chauvinism.

 

La reacción cultural como quid de la cuestión

La extrema derecha reacciona contra los valores posmateriales de nuestras sociedades posmodernas, pero no sólo por sus posiciones ultranacionalistas y xenófobas, sino también por sus posiciones claramente tradicionalistas y machistas. Estos dos elementos se ven reflejados muy claramente en el caso de Ley y Justicia en Polonia. Según el ya ex-ministro de Asuntos Exteriores, Witold Waszczykowski, su misión es acabar con esa Europa “podrida de vegetarianos y ciclistas”, la mezcla de razas y culturas y las energías limpias. Preservar la identidad nacional polaca, entendida como los valores de la tradición cristiana es el objetivo principal. Pero además no se nos olvidan sus intentos de restringir todavía más la posibilidad de abortar a las mujeres, una iniciativa que sólo se ha logrado paralizar gracias a una extraordinaria movilización feminista.

Es cierto que no hay que menospreciar otros aspectos como su retórica antiestablishment y su crítica radical hacia los “burócratas pijos” de “Washington” o de “Bruselas” que no habrían hecho nada por defender los puestos de trabajo y a los nacionales. Sin embargo, aunque se presenten como una reacción al “mundialismo”, ésta es muy parcial o meramente retórica. Lo que les funciona es la reacción contra los valores posmateriales progresistas que estarían siendo implementados por las élites liberales o socialdemócratas.

De esto sería ilustrativo el feminismo que vendría a atacar a los “pobres hombres” que sufren crisis de lo que la antropóloga Rita Segato llama “el mandato de masculinidad“. El filósofo Amador Fernández-Savater explica como la vulnerabilidad de la “posición de hombre” en el contexto de precarización se termina por traducir en violencia: “En la precariedad general, la posición del hombre está fragilizada: no puede proveer, no puede tener, no puede ser. Pero al mismo tiempo tiene que probar que es un hombre. Los varones estamos sometidos a un “mandato de masculinidad” que nos obliga, para ser, a demostrar fuerza y poder: físico, intelectual, económico, moral, bélico, etc. El mandato de masculinidad se traduce hoy así en un mandato de violencia”.

Al mismo tiempo el movimiento LGTBIQ sería concebido como una amenaza para la tradición y los valores cristianos, como para el modelo de familia tradicional que estaría en peligro ante el avance de “la plaga homosexual” y el gender fluid.

Por otro lado, los inmigrantes, hispanos o afroamericanos disfrutarían de cuotas (en países como Estados Unidos o Brasil) o de mejores ayudas sociales. Y al mismo tiempo irrumpirían como un magma de holismo social que diluye las identidades nacionales en tiempo de incertezas, inseguridad económica e individualismo.

Y por otra parte, los estándares ecológicos encarecerían la producción para empresarios y trabajadores, elevarían los impuestos, pondrían trabas a la productividad y a la competitividad, y trastocarían hábitos sociales muy arraigados (en consumo de alimentos o en movilidad).

Finalmente es como si el dextropopulismo fuera también una especie de “culturalismo”, que recodifica la lucha de clases en una lucha de estilos de vida, tal y como se le imputa a los progres que darían mayor relevancia a las “batallas culturales”. Un estilo de vida provinciano, auténtico y añorado frente al estilo de vida uniformizante, multicultural y neoimperialista del globalismo cosmopolita. Creo que el filósofo Slavoj Zizek lo explicaba a la perfección en el contexto americano, ya en 2004, en el epílogo de “¿Qué pasa con Kansas?” del periodista Thomas Frank:

“¿Qué sucede cuando la oposición de clase de base económica (agricultores pobres y obreros contra abogados, banqueros y grandes empresas) se traspone/codifica como la oposición entre los honrados trabajadores cristianos y buenos americanos por un lado, y los progresistas decadentes que beben café a la europea y conducen coches extranjeros, defienden el aborto y la homosexualidad, se burlan del sacrificio patriótico y del estilo de vida sencillo y “provinciano”? El enemigo es visto como el progre que quiere minar el estilo de vida auténticamente americano por medio de intervenciones federales (desde la integración de los escolares negros hasta obligar a enseñar el evolucionismo darwiniano y las prácticas sexuales perversas). Así, el principal interés económico es el de liberarse del Estado fuerte que carga de impuestos a la población que trabaja duro para financiar sus intervenciones reguladoras: el programa económico mínimo es “menos impuestos, menos normas”.”

El populismo de derechas logra asociar a la izquierda con el superego que mina sus estilos de vida con la ayuda de la intervención del Estado que sería un aparato de “represión cultural” y de imposición de un estilo de vida progre. La demagogia antiimpuestos se justifica en nombre de evitar que las élites cosmopolitas utilicen los impuestos para financiar sus delirios posmodernos: las energías verdes y renovables, los cambios de sexo, la manutención de los inmigrantes, las cuotas feministas, etc. En nombre de la identidad tradicional, que se vería afectada cuando el Estado “interviene en sus vidas”, se relegitimarían los programas capitalistas o neoliberales.

 

¿Y en España?

Estos días hemos podido ver a partir de encuestas y del acto de Vistalegre, como el partido ultraderechista Vox está finalmente irrumpiendo en un país que parecía vacunado ante expresiones políticas similares. Sin embargo, de nuevo, la emergencia de Vox no la entenderemos mirando a los valores materiales, como si este partido prestara más atención a los problemas económicos de las clases populares. Una vez más son los valores posmateriales ligados a cuestiones de identidad y reconocimiento lo que debemos tener en cuenta para entender el fenómeno político.

Vox no propone una mayor intervención del Estado ni políticas que podríamos calificar de proteccionistas. Al contrario, el programa económico de Vox es muy similar al de PP y C’s: a favor de rebajar el IRPF, de reducir el impuesto de sociedades y de eliminar el de Patrimonio y el de Sucesiones. Sin embargo su irrupción no podría entenderse fuera del contexto de desigualdad y precarización. Lo que sucede, de nuevo, es que los sentimientos de inseguridad, de miedo, de incerteza, de fragilidad de las relaciones sociales, son capitalizados por la formación ultraderechista y sublimados por un patriotismo conservador en defensa de la identidad nacional en tiempos líquidos. Sean sus simpatizantes de clase trabajadora, de clase media o sean unos skinhead (esto ya lo iremos viendo más adelante con datos más claros), la idea es reaccionar ante tres cuestiones: la inmigración, Cataluña y el feminismo. Estas temáticas fueron las virulentamente atacadas en Vistalegre.

En los momentos de crisis y de “asaltos” en la frontera del sur de Europa, en Ceuta y Melilla, es cuando Vox saca pecho para defender a los guardias civiles agredidos o para hablar de “invasión” (islamista) que pone en peligro la identidad y el empleo nacional. Es por eso que en el acto de Vistalegre se insistió en la preferencia nacional (“los españoles, primero”) y en la necesaria devolución de los inmigrantes ilegales a sus países de origen.

En cuanto al tema catalán, dicen que las élites políticas (tanto las del “social-comunismo gobernante”, como sobre todo, las de derecha, pues son con las que compiten) estarían siendo demasiado blandas (la “derechita cobarde que cambia de opinión” y la “ambigüedad de los naranjas veleta”) ante la hipotética “ruptura nacional” y la secesión de Cataluña. Y por ello proponen la suspensión de su autonomía, establecer el español como lengua vehicular en la enseñanza para acabar con “el adoctrinamiento en las aulas” y la ilegalización de partidos y asociaciones “que persigan la destrucción” de la integridad territorial.

Al feminismo, por su parte, siempre lo han visto como un movimiento violento y vengativo que viene a imponer la dominación de las mujeres sobre los hombres en toda la faz de la tierra. Por eso exigen la derogación de la ley de violencia de género para sustituirla por una de violencia intrafamiliar para que “no se discrimine a un sexo frente a otro”. Ya se sabe, la violencia estructural es familiar, no específica, de los hombres que matan a las mujeres… Para la formación de Santiago Abascal también sería urgente  perseguir las denuncias falsas en casos de violencia machista (la Fiscalía señala que sólo el 0’01% son falsas), ilegalizar el aborto y eliminar las “leyes de género” que “humillan a las mujeres con políticas de cuotas” (pues viviríamos en una meritocracia únicamente alterada por esta forma de discriminación positiva y si las mujeres no llegan donde los hombres será porque son menos capaces).

A pesar del lleno de Vistalegre (que no es muy difícil) y de su primera aparición sólida en las encuestas, Vox no tiene un carácter político que lo haga realmente excepcional frente al resto de la oferta política más asentada y por lo tanto es difícil augurarle un largo recorrido. Sin embargo, lo que sí debería preocuparnos, una vez aparezcan más en los medios, es su capacidad de imponer el frame del debate político y de llevar al resto de la derecha española (a C’s y al PP) a posiciones más reaccionarias. Ese puede ser, y no otro, el papel de Vox, es decir, inducir a las derechas a adoptar todavía roles más agresivos con respecto a Cataluña, la inmigración y el feminismo. Esta competición a tres en la derecha ya la hemos podido constatar los últimos meses en Cataluña (a ver quien se atrevía a hacer propuestas más radicales y violentas contra el independentismo) o este verano con los tres líderes acudiendo a la frontera de Ceuta y Melilla loando la intervención de la guardia civil ante semejante “invasión migratoria”.

 

¿Qué hacer?

Sostengo que la manera progresista de hacer frente a las extremas derechas no pasa por renunciar a los valores posmaterialistas que tanto han contribuido a mejorar la vida de mucha gente, mujeres, minorías étnicas, LGTBIQ, etc. Pero tampoco pasa por disputarle los sentimientos de frustración, pues estos partidos estarían imponiendo el frame del debate donde mejor les va y tampoco tocaría las raíces del problema. Hay que salir de una vez de esa concepción del conjunto social como víctima, como conjunto estático y maleable al servicio de distintos significantes que la izquierda debería “disputar a la (extrema) derecha”: la patria, el miedo, el orden o la seguridad. Hay una izquierda que exagera la capacidad performadora del lenguaje y el potencial transformador que tendría la resignificación de discursos. Y es que como dice Fernández-Savater, los que proponen hacer frente a los discursos de odio con otros discursos hacen “Como si la fuerza del discurso de la extrema derecha (su “sintonía”) proviniese de él mismo y no de su engarce tan profundo con la experiencia social del miedo y la victimización hoy cotidianos”. Si no hay experiencia social que sostenga a los discursos, estos no valen nada, se quedan en meras construcciones retóricas. Sin la experiencia social de otro mundo posible como planteó el 15-M, de un empoderamiento social distinto al de salvaguardar la identidad nacional y varonil odiando al extranjero, a las mujeres y a los homosexuales, no hay discurso alternativo que valga.

La mejor vacuna contra la extrema derecha es preservar una lucha por los valores posmateriales, al tiempo que profundizamos las respuestas en términos materiales-económicos que están en el origen de los sentimientos reconducidos por estas fuerzas reaccionarias. Las dos lógicas no son excluyentes. Si una parte de la clase trabajadora vota por opciones de extrema derecha también se debe, por supuesto,  a la ausencia de la izquierda (que abrazó al neoliberalismo) en esas zonas de conflictos sociales y laborales. El problema no es que la izquierda no haga propuestas materiales, que las hace, sino que además de no ser suficientemente radicales (en tanto que no tocan la raíces estructurales de los problemas) estas son eclipsadas por la cobertura mediática y las reacciones de las que son de tipo posmaterial. Y la izquierda hace tiempo que dejó de estar en el conflicto, en los barrios, en el tejido asociativo, en esos campos de la experiencia social en los que se pueden imaginar simbólica y materialmente mundos distintos que rompan con el orden actual de las cosas.

De acuerdo con Garzón, “sólo a través de la presencia en el conflicto, con sindicatos, partidos y movimientos trabajando juntas será posible establecer un muro de contención que evite en nuestro país la llegada de nuevas noches oscuras”. Y es que construir hegemonía no es construir únicamente relatos seductores (el frente cultural diría Gramsci), es también, y sobre todo, lo que el pensador sardo llamaba frente político y frente económico, es decir, esos espacios de organización, socialización y subjetivación de clase en los que debería siempre intervenir cualquiera que se reivindique de las tradiciones emancipadoras: centros de trabajo, piquetes y huelgas, mareas en defensa de los servicios públicos, asociación de vecinos, bibliotecas, clubes deportivos, ateneos, bares, etc. Hay que dejar de hablar de qué discursos serían más seductores y hablar de qué prácticas serían más transformadoras. Solo en las luchas y en la cotidianidad se transforman las correlaciones de fuerzas y se puede llegar a concebir otro mundo posible, más libre, más igualitario y más fraternal.

 

Por Aldo Rubert

 

Foto: ElPlural

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