Comprender lo contingente, abrazarlo

Bajo la influencia de Consejo nocturno, Heidegger y mis últimas lecturas.

Es cierto, todo se acaba. Desde nuestro día hasta nuestra angustia. Pero vuelve, cada día es la repetición del siguiente y del anterior. La huida de este bucle, de este circular repetitivo, es la generación de nuevas experiencias. El tener que ocuparse con miles de actividades, el ponerse en riesgo. El éxito del capitalismo radica en la creación de dichas huidas.

El capitalismo desenfoca el día eterno, señala al calendario. Ataca a las fechas, nos marca referencias. La estructura de la linealidad permite la idea del avanzar. Señalar los años como distintos, seguidos, pero autónomos. No por ciclos, no por repeticiones. Los meses se mueven, no lo hacen los marzos.

La suma solo puede construirse en la separación de las partes. El tiempo como nuevo eje, la ocupación como nueva necesidad. Si fuéramos conscientes de las repeticiones, no correríamos. Ahora sal del avance, sal del crecer. Reconoce un puesto de trabajo que se repite, de una actividad que no cesa. Reconoce cada lunes, cada ruta, cada llamada, cada reparación… nunca es nada nuevo. Las novedades también son antiguas.

Romper con ese espejismo. Solo aquí brilla lo contingente, solo aquí habita lo extraordinario. No se crea, no puede crearse. La separación de la lógica, el abrazo de lo repetido, abre la vía de lo accidental. Habitar un lugar donde ya hemos estado, donde no reconocemos lo nuevo. Apagar el círculo es romperlo desde dentro. No jugar con las líneas, no entregarse a ellas.

Quizá la única superación del sistema se encuentra fuera de sus límites. Señalar los flancos del capitalismo supone desligarse de su linealidad. Por eso que aparezcan nuevos sujetos críticos con la praxis marxista, por su historicidad. La historia es el vehículo del capital. Lo relativo del momento, lo espurio del momento, actuar sin estrategia, vincular el famoso Dasein con la revolución.

Lo eterno, el tiempo de ahí fuera es irrelevante. Volvemos a nacer cada mañana, volvemos a andar y, algunos afortunados, vuelven a enamorarse. Cualquier sensación está condenada a repetirse, toda. Repetirse en su no-descubrir. El capitalismo te abre fronteras, te muestra la satisfacción como algo insaciable. Cuando deberíamos de encontrarnos en un estado de indiferencia constante.

Decían algunos pensadores que ahí fuera nada tiene sentido. La supervivencia en esta jungla desindustrializada, al menos en occidente, radica en asumir la marginalidad de lo social. Defender un socialismo que nace en el interior, que no puede asumir la postura del capital. Cualquier praxis nace dentro de la linealidad, de la estrategia ¿la conclusión? El capitalismo no puede morir desde dentro de su temporalidad.

No repetir, no perseguir, no buscar. Cada acción es un acontecimiento, cada hecho único. La unidad de lo que siempre ocurre, de lo que no puede no haber sido. Romper con la historia es comprender el avance de lo nuevo. La infancia, nuevamente recurro a aquel tiempo, es la novedad constante. El no elegir es el asumir la repetición de lo cotidiano.

Trabajar porque hay que trabajar, avanzar porque hay que avanzar. Nuestro envejecer es una pendiente hacia el círculo completo. La experiencia como máxima pulsión de la vida. La nulidad de lo ahistórico. Quizás, morir no suponga otra cosa que volverse entero. No sorprenderse, no poder hacerlo. Nuestro tiempo es una huida de la vida, de lo vital. Una huida del círculo que suponemos.

¿Podría haber otra ruptura cuando nada lo ha roto? Si la praxis ha fallado, si todo está contaminado de liberalismo, separarse es la única salvación. Una separación que no corresponde con lo geográfico, habitar la  temporalidad. Habitar el momento, no el lugar. “Allí donde yo viva será mi castillo”  diría nuestro autor gallego. Lo trascendente frente a lo posesivo. No hay mayor posesión que no tener necesidad.

La ruptura con el capital nace en la ruptura con el tiempo, con la carencia. La ruptura con el lugar y las necesidades. Solo quien no necesite podrá ser. Alcanzarse en la última esquina del mundo o en el centro de la ciudad, buscar un norte que ya está en nosotros. Comprender lo contingente, abrazarlo.

Por @Puertos33

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