Sobre certezas e incertidumbres

Es en momentos como éste, en el que atravesamos una pandemia, cuando es importante no caer en el error de recibir cualquier tipo de certeza a modo de desahogo

Todo problema que acaece siempre es peor si viene acompañado de incertidumbre. La incertidumbre genera el más que humano sentimiento de impotencia. Es esta impotencia la que crea en nosotros la necesidad de certezas. 

Es en momentos como éste, en el que atravesamos una pandemia, cuando es importante no caer en el error de recibir cualquier tipo de certeza a modo de desahogo, sino más bien analizarla con sentido crítico, preguntarnos de dónde proviene y juzgarla con dureza antes de aceptarla como tal. Deberíamos, por ejemplo, plantearnos la duda de si una certeza que nos es dada desde los estamentos políticos puede estar supeditada a intereses o presiones por parte de los poderes económicos. De ser esto así, estaríamos ante una certeza artificial y peligrosa que todo el alivio que fuese capaz de proporcionarnos en el momento podría tornarse fácilmente en nuevos problemas en un futuro no muy lejano. Dicho de otro modo: ¿qué precio estamos dispuestos a pagar para poder volver a tomarnos el vermut en la terraza más cercana lo antes posible? 

Si damos por hecho que sí, que existe una fuerza económica tal capaz de influir directamente en las decisiones que son tomadas por parte de los que nos gobiernan, creo que es nuestro deber como ciudadanos el plantearnos también si no es esta certeza artificial que se nos brinda a modo de desconfinamiento escalonado con fechas a priori bien marcadas y que nos proporciona tranquilidad, una estrategia cuyo fin no es más que atravesar esta crisis epidémica como quien cruza una autovía sin mirar hacia los lados, con la esperanza de llegar al otro lado por pura casualidad. Pienso firmemente que si somos capaces de abrazar una incertidumbre real antes que una certeza artificial, seremos más libres intelectualmente y emocionalmente más fuertes para poder superar esta situación adversa de la mejor manera posible. 

Es de recibo recordar la paradoja que constituye el hecho de que aun siendo la muerte la primera certeza que aceptamos en el momento en el que nace nuestra conciencia, nos genere un grado tal de incertidumbre que a veces hasta nos resulte un peso insoportable. Pero ¿y si fuésemos capaces de aceptar la muerte con la naturalidad que ella misma conlleva? ¿No sería esta la forma más natural de comenzar a despojarnos de la necesidad de certezas peligrosas, irreales y falsas? 

En este punto en el que se trae a colación el concepto de muerte, deberíamos quizás pararnos a pensar en mayor o menor medida en lo que significa para cada uno la misma, de modo individual, como sujetos aparentemente pensantes. No lo digo por decir: invito al lector a parar unos minutos aquí la lectura para reflexionar al menos superficialmente en torno a esta nuestra invitada: la muerte. 

No son pocas las palabras, libros, textos varios y ensayos que ha empleado la filosofía a lo largo de la historia para intentar acaso dilucidar algo al respecto: lo que sea que se nos quiera explicar de buena fe sobre la muerte será recibido con agrado desde la perspectiva de quien mira al vacío deseando saber qué nos guarda. La muerte ha de ser observada desde la absoluta humildad (esto resulta obvio) y, entrando en terrenos algo más áridos, también desde una absoluta tranquilidad. ¿Qué es la muerte para los ojos que son capaces de observarla desde la serenidad? ¿No es esta serenidad el arma idónea para enfrentarse a ella y no fracasar del todo en una batalla que ya hemos perdido de antemano? 

Nótese aquí que si he parado para apuntar un par de cuestiones acerca de la muerte, con mayor o menor tino, ha sido simplemente por llevar a cabo un ejercicio de justicia; esto es, no considerar apropiado hablar de la muerte de una manera tan ligera sin al menos dar un par de herramientas a modo de preguntas para que el lector no se sienta solo. Esto por una parte. Por otra, es de justicia también entender que no podemos navegar por esta epidemia ignorando los cadáveres que nos va dejando a su paso (o los que vamos dejando nosotros al nuestro). Entiéndase, pues, este vago cuestionamiento en torno a la muerte como un humilde paréntesis. 

Teniendo en cuenta que debemos continuar desde la premisa de que lo óptimo y lo que mejor nos ayudaría a nivel emocional a atravesar esta pandemia sería el hecho de ser capaces de abrazar una incertidumbre real antes que una certeza artificial, dando por hecho que lo que nos han trasladado nuestros políticos con el plan de desescalada del confinamiento en el que nos hallamos no es más que un cúmulo de certezas artificiales, no sería menos importante indagar en el concepto de certeza en sí. 

Es en este punto inevitable mencionar algo de lo que hasta ahora no se había dicho nada aquí: la ciencia. Es lícito pensar que estamos absolutamente en manos de la ciencia dado que el devenir de la enfermedad y su eventual cura dependen estrictamente de los avances médicos que se lleven a cabo en estos tiempos. En este sentido, es obvio que la muerte apremia. Debemos, pues, aprender a diferenciar entre las certezas que nos obsequian a modo de fechas y fases de desescalada cada día por la televisión, y las certezas fiables que nos puede proporcionar la ciencia. No es fácil, pues a menudo los medios de comunicación tienden a mezclar unas con otras e incluso a tergiversar de manera sustancial las que podrían entenderse como certezas irrefutables que hasta ahora nos han podido proporcionar los llamados expertos. Pero no por no ser fácil debemos aceptar esta derrota que consiste en no cuestionar lo que estos medios nos trasladan; al contrario, es necesario que bajo un prisma crítico intentemos ser capaces de distinguir certezas artificiales de certezas reales para, ahora sí, poder acoger y acogernos a las incertidumbres que he mencionado anteriormente. 

¿Qué problema nace, sin embargo, al admitir a la ciencia y a los conocimientos que esta nos pueda proporcionar como salvadora única ante el problema que nos está sobreviniendo? Indudablemente, el tiempo, y sobre todo el tiempo que no ha pasado, pues es de recibo llegar a la conclusión de que depende absolutamente del paso del mismo el descubrimiento del remedio o cura, y la triste y única verdad al respecto es que ha pasado muy poco tiempo desde que convivimos con la llamada COVID-19. 

Ahora bien, y volviendo a la cuestión de las certezas, pienso que llevando a cabo este ejercicio crítico sobre los diferentes tipos de las mismas con ayuda de la ciencia, nos es más legítimo que nunca aprehender toda clase de incertidumbres. Enlazando, pues, la cuestión del tiempo que no ha pasado con las incertidumbres a las que nos podemos asir después de haber hecho un ejercicio crítico sobre las certezas, podemos concluir en que es el tiempo y nada más que el tiempo nuestro único aliado en esta contienda ante un enemigo invisible, y que quizás si aprendemos a convivir con la angustia que nos causa esta vorágine de datos, porcentajes y dudas, podamos superar este difícil período de manera que cuando miremos hacia atrás seamos capaces de ver en nosotros mismos una cicatriz emocional con la que podamos lidiar y que a su vez nos recuerde que hemos sido capaces de vencer.


Por Marcelo Parra Rojas

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