Nietzsche y el fútbol posmoderno

En el mundo moderno actual, es imposible negar la influencia del fútbol como pilar fundamental de la sociedad.

Preparativos. Ambiente. Camiseta del equipo. Entrada lista. Transporte. La cerveza previa al partido. El estadio. La radio. Los nervios. Sentarse. entablar conversación con algún desconocido. La fotografía de rigor. Empieza el partido. Los nervios de nuevo. Comentar cada jugada. Llegar el gol. Sesenta mil personas coreando el mismo cántico. La euforia. El éxtasis. Las bufandas contra el viento. Gargantas desgañitadas. Un estadio al unísono. Los nervios de los últimos minutos. Quejas al árbitro. Gritos. Más gritos. Pitido final. La sonrisa de haberse llevado la victoria. El abrazo. La cerveza de celebración. Vuelta a casa con una sonrisa. No lo pueden entender

En el mundo moderno actual, es imposible negar la influencia del fútbol como pilar fundamental de la sociedad. Más allá de todo lo que ello representa, todo el comercio que se ha generado a su alrededor, desde camisetas y zapatillas, a experiencias virtuales que te permiten revivir momentos históricos de ciertos equipos o jugadores, pasando por los tours por los estadios y sus respectivos museos. Más allá de todo el capitalismo que envuelve el fútbol, de la misma forma que envuelve cualquier otro fenómeno a la mínima que este se convierte en algo masificado, el fútbol constituye un ritual. Un ritual, desde mi punto de vista, bastante más complejo de analizar de lo que puede parecer. Debemos olvidarnos del fútbol como elemento usado por el poder para alienar a las masas, puesto que si en una parte si puede devenir en esa función, es imposible explicar todo lo que este deporte genera solo a partir de esta explicación. El poder no es tan sencillo como emitir un día por la televisión a veintidós jugadores dándole patadas a un balón y que eso aliene a toda una población. Es absurdo. Es una clase de droga, tiene algo que, a pesar de ser alienante en cierta manera, nos hace volver y nos crea un vínculo muy difícil de romper -más cuando este ha dado el salto del plano particular a un plano social-.

Una visión de este deporte podría ser la de entenderlo como un ritual de unión, esto es, un elemento que más allá de la práctica deportiva en sí, se sostiene como elemento de cohesión una cierta comunidad, o una comunidad de comunidades. Esto puede entenderse desde la familia que se reúne en casa para ver un derbi, al padre que lleva a sus hijos al estadio por primera vez. Transgrede el plano del mero espectáculo para convertirse en un eje social con una función muy determinada.

Esto se manifiesta muy claramente en los colegios e institutos, dónde se teje toda esta comunidad del uno y el otro entorno al deporte. Solo hay que ver como aquellos estudiantes que no les gusta practicar el deporte son normalmente los más aislados o los que suelen tener menos temas de los que hablar, o como este deporte actúa como ritual de iniciación en las escuelas. El chico nuevo que quiere integrarse en un grupo, debe dar a demostrar su valía y lo que está dispuesto a dar para estar ahí, para dejar de ser el otro y pasar a ser parte de la identidad. Esto pasa en el fútbol, a mi entender, por dos razones; la primera por ser el deporte más popular del mundo, y segundo, y en relación con esto primero, es su facilidad para ser jugado en cualquier lado y los pocos medios necesarios para ello, lo que facilita mucho la creación de equipos escolares y la implementación del fútbol base como tal, debido a la necesidad de su bajo presupuesto.

A pesar de todas estas funciones del fútbol como ritual en ámbitos tan cotidianos de la vida, pienso que su establecimiento social como el deporte rey, y su facilidad para identificarse parte de otras bases, y una en concreto, es la monogamia. Más allá de todos los intentos actuales por romper las relaciones monógamas con premisas como el poliamor, o el amor libre –el amor líquido que diría Bauman-, vivimos en una sociedad profundamente influenciada por la monogamia desde largos siglos de la tradición occidental capitalista. Esta monogamia, esta promesa de fidelidad hasta la muerte, se manifiesta claramente en los principios de identificación que rigen la práctica futbolística en la actualidad. Primero, por el principio de oposición o de creación del otro, esto es, las barreras infranqueables entre los equipos. Se vive como un acto de traición – véase aquí el paralelismo con la infidelidad -que un jugador de cierto equipo se vaya al equipo rival- se desplaza el tabú de la monogamia del hecho de abandonar un equipo al hecho de abandonar al equipo por ese equipo, dónde la énfasis de lo intolerable se sitúa en la segunda parte de la frase-. Otro de estos tabúes se manifiesta en la fidelidad al equipo, esto es, la idea de la imposibilidad de transicionar de un equipo a otro y sentir lo mismo, o en su defecto, de no sentir nada por el primero si has sido capaz de transicionar -véase de nuevo los paralelismo con la monogamia y el matrimonio-. Ya lo advertía Galeano cuando dijo que «en la vida se puede cambiar de todo menos de equipo de fútbol».

Así pues, creo que este principio de identificación y de fidelidad al fútbol es uno de los pilares básicos que hace que sea lo que es en la sociedad moderna actual, esto es, un elemento ritual capaz de movilizar a millones de personas de cualquier país.

Para entender el otro elemento, debemos remontarnos a la tragedia griega de la mano de Freud y Nietzsche. No voy a interpretar la tragedia griega a partir de sus argumentos o sucesos, ya que no los considero importantes para lo que estoy aquí tratando, sino más bien la voy a interpretar a partir de sus elementos antropológicos y psicológicos por tal de establecer un paralelismo con el fútbol actual.

Marx se preguntaba el porqué de la tragedia griega, hasta el punto de que su fascinación por el drama trágico sobrevino sus explicaciones materialistas. Él podía entender que unas ciertas condiciones materiales, sociales y políticas hubieran dado lugar a la tragedia griega, dando así una explicación materialista del fenómeno, lo que no podía explicar era porqué en la sociedad actual, tan diferente a nivel material, cultural e histórico, seguíamos fascinados por la tragedia, como esta había conseguido romper todas las barreras temporales, materiales y cultural que se le habían interpuesto. La respuesta que vamos a dar es a misma que daríamos si nos preguntáramos por el fútbol en la actualidad. Como es posible que un deporte, nacido en unas condiciones determinadas, sea practicado tanto en Europa como en América o Asia, que lo jueguen a la vez los ricos y los pobres, que un partido fascine a todo el mundo, que ciertos jugadores sean halagados tanto en su ciudad natal como en la otra punta del mundo. Para responder a esto, al igual que la tragedia, debemos recurrir a Nietzsche y a Freud.

La tragedia griega se podía fundamentar en un principio básico, esto es, la catarsis. Este concepto no queda especialmente bien definido por Aristóteles, pero se podía entender en dos vertientes, la vertiente más biológica, otorga posteriormente al planteamiento del término debido a los altos conocimientos que Aristóteles poseía sobre la medicina y la biología, en parte heredados por su padre, y otra vertiente más moral, en la que se entendía que este fenómeno lo que produce es una especie de purificación de las malas pasiones del alma en la medida en que las vemos realizadas por otro. Este hecho es capaz de generarnos en nosotros dos sentimientos opuestos que luchan pero que a la vez son indiscernibles, estos son por un lado la simpatía hacía el protagonista, y por otro lado el alejamiento o rechazo -que constituye en su cierta medida, la razón externa del personaje principal, esto es, del héroe trágico que se manifiesta a partir de la irrupción dionisíaca del coro-.

La plenitud de la experimentación de la catarsis se completa con un concepto ya esbozado por Aristóteles -no a nivel terminológico pero si a nivel conceptual-, pero que siglos más tarde tendría un lugar muy importante en la obra de Kant. En la Crítica del Juicio, se presenta la idea de un cierto distanciamiento necesario por tal de que la experiencia pueda darse, o en otras palabras, una especie de desinterés que nos permita experimentar la belleza, un desinterés que en muchas ocasiones actúa como marco de contexto de los pecados cometidos por el héroe trágico. Por mucho que empaticemos con Edipo, no nos vamos a convertir en parricidas ni incestuosos, y es este conocimiento de la situación, este distanciamiento personal en lo que concierne a la tragedia lo que nos permite disfrutarla.

Veamos ahora el paralelismo de esto con el fútbol. Nada más prestar un poco de atención al lenguaje empleado, podemos ver como hay una experimentación de este fenómeno catártico en los partidos. El hincha, cuando gana el equipo del que es seguidor, anula toda diferenciación lingüística con el mismo, es decir, asimila la primera persona tanto para él mismo como para el equipo, por ejemplo con frases como “hemos ganado”, “hoy no hemos jugado bien” o “estamos en la siguiente ronda”. Esto manifiesta una identificación de la identidad del equipo del que uno es hincha con la propia identidad, dejando de hablar desde un plano pasivo a un plano completamente activo. No obstante, si dejáramos esto aquí, podríamos pensar que no se produce este distanciamiento kantiano del que hablábamos anteriormente y se interioriza al héroe por completo, pero no es así, puesto que si se da. El espectador, por mucho que viva el seguimiento de su equipo y muy identificado que se sienta, siempre va a asumir las acciones de una forma parcial, esto es, solo la consecuencia le será propia, nunca la causa. Él en su fondo sabe que a pesar de lo mal que juegue su equipo, o en su defecto, lo mal que él juegue con ellos, no va a recibir las reprimendas del entrenador en el vestuario, ni las críticas de la prensa, ni responder a las preguntas de porqué no salen bien los partidos, ni se verá inmerso en un proceso de cambio y de toma de responsabilidades para realizar un cambio. Solo se siente partícipe del placer o el dolor que le supone el resultado de su equipo, pero en ningún momento es “consciente” del trámite o proceso en el que el equipo se sumerge. Al igual que el espectador de la tragedia sabe que no va a devenir un incestuoso o parricida, el hincha sabe que no será el blanco de las críticas de los periodistas deportivos.

Es justamente esta diferenciación la que permite la experiencia estética del futbol, pero con un fenómeno algo extraño, y es que la belleza del acto se discierne del gozo del proceso, esto es, el sentimiento es purificado al final del evento, no durante. Si el equipo del que eres hincha se alza con la victoria, encuentras el placer, la liberación tras el pitido final, pero no durante el mismo partido. De la misma forma, cuando en la tragedia el héroe logra redimir su pasado y llegar a un estado de paz o de expiación, es cuando se expulsan esas pasiones. La tensión y los nervios del partido se liberan tras el momento, en cierta medida orgásmico, de finalizar el partido, cuando el acto queda cerrado y no puede modificarse, pero el proceso del partido en sí no es placentero. Cuando este distanciamiento se produce, es decir, cuando salimos del uno primordial, de ese espíritu dionisíaco que envuelve la atmósfera futbolística para volver cada uno a su vida, a su sueño apolíneo, es cuando ocurren dos hechos, en primer lugar, se liberan las pasiones y se culmina el proceso de purificación o catarsis, y en segundo lugar, las pasiones que han sido posibles de eliminar vuelven al subconsciente y no vuelven a manifestarse en la vida racional y civilizada -esto es, el mundo apolíneo basado en el principio de individuación- hasta que vuelva a tener lugar otro carnaval dionisíaco -dónde el partido de fútbol y este olvido del principio de individuación da la posibilidad de expiar aquellas pasiones demasiado impuras y vergonzosas para la civilización occidental moderna-.

Por tanto, el fútbol deviene en un carnaval dónde tiene lugar la manifestación del espíritu dionisíaco. Y por eso el fútbol atrae y por ello hay ese principio de identificación por parte del espectador con el equipo y le permite liberar pasiones vergonzosas. También un hecho muy importante a tener en cuenta, como bien señala Lipovetsky, es la subordinación del humor experimentada en estos últimos años. Durante la edad media había rituales dónde se invertían claramente los roles sociales, los reyes se paseaban vestidos de pobres y verdugos y los bufones se sentaban en los tronos de la corte, por no mencionar las fiestas escatológicas hacía la monarquía, no obstante, con la llegada de la sociedad moderna y la culminación de la post modernidad, la vida humorística y la vida personal y social se han vuelto una, de forma que no hay un mundo serio y un mundo del humor, de manera que el hombre moderno debe hacer malabares para conciliar estos dos ámbitos de su vida. Es lo que más tarde Foucault teorizaría como el control sobre nuestros propios cuerpos, pero lo significante de esto, es que el foco del humor, al vivir en una constante vida civilizada sin posible espacio de rotura de la misma, se ha tornado contra uno mismo.

El Yo es el principal sujeto de burlas y de humor en la sociedad post moderna actual, deja de proyectarse la broma hacía el otro y se proyecta hacía uno mismo, tornando así el humor en cinismo. Las figuras de poder devienen un ser intocable que debe ser respetado, y las pulsiones internas de subversión social y de intercambio de roles, que antaño tenían lugar en estas fiestas dionisíacas, se vuelven una arma de doble filo hacía nosotros mismos. Y en esto el fútbol juega un papel fundamental a la vez que algo contradictorio, si se puede llamar así. El papel fundamental, que hace que sea tan seguido en todo el mundo es el que vengo explicando hasta ahora, actúa como antiguo carnaval dionisíaco y como espacio dónde la esfera de lo serio y de lo humorístico se vuelve a separar. Por decirlo de alguna forma algo más visual, podríamos entender que la puerta del estadio actúa como separación entre el mundo dionisíaco y su unión al uno primordial, y su separación a la salida hacía la sociedad occidental post moderna.

No obstante, el papel contradictorio del fútbol en esto no es de peso menor, y es que podemos observar que no se trata de un deporte plano. Antes de ir a tratar esto, debemos tener en consideración lo que dice Freud al final de su libro Tótem y Tabú. En los últimos pasajes del libro explica la figura del tótem como símbolo del amor y el odio de la tribu, esto es, del respeto que este genera hacía sus súbditos, pero a la vez, el deseo de estos de acabar con ella. Actúa como elemento constitutivo de la unión de la tribu, pero cuando esta barrera infranqueable se rompe, todas las demás, sometidas a la principal, se desvanecen. Normalmente, este tótem está regido por un tabú -normalmente el incesto con la madre, que Freud consideraba como el deseo universal -, que a su vez, la implementación de ese tabú construía la norma moral de conexión de la tribu o colectivo en el que se encontrase. Esto se manifiesta en el fútbol en forma del ídolo, y digo en el fútbol porqué es de lo que tratamos aquí, pero puede aplicarse a cualquier campo social, aunque quizá solo el cine podría estar a la altura del fútbol. Bien, el ídolo futbolístico, tiene la función del padre en el psicoanálisis, esto es, la figura de la ley y el orden, de lo dado y la figura en la que nos proyectamos, pero a su vez, la del enemigo. El amor por querer ser como alguien, pero a su vez la envidia de no serlo. La filia de empatizar con el héroe trágico que mencionábamos al principio, pero el phobos de saber el pecado que va a cometer. El ídolo es al que te quieres parecer, y esto se hace muy manifiesto en la forma de hablar -otra vez volvemos a la expresión cotidiana para dar cuenta de esto-, con expresiones como “es el nuevo Messi”, por poner un ejemplo.

Esta construcción no es identitaria, sino que se manifiesta a partir de un principio de proyección, no eres tú y no eres valorado por tu talento como jugador, sino que tu talento se mide en medida en que se asemeja o se parece al de un ídolo. Un razonamiento profundamente católico en la medida en que la vida del religioso debe asemejarse lo máximo posible a Dios. La identidad propia queda completamente olvidada por todos y coge una proyección a Dios, dónde aún sabiendo que es imposible alcanzar la meta -la diferencia es que Dios es perfecto y omnipotente, mientras que el hombre terrenal es corruptible- pero debemos realizar todos nuestros esfuerzos para alcanzar un bien absoluto. Lo mismo en el fútbol, cada uno se proyecta en una figura idolatrada, en un Dios o padre futbolístico en el que se pasa toda la vida intentando alcanzar, aún sabiendo que no puede. Se suele decir aquello del genio kantiano, por ejemplo, expresiones como “Messi solo hay uno” abundan entorno a las promesas futbolísticas, no obstante, el modelo cristiano de la proyección no desaparece, la comparativa entre un superlativo -Dios- y un inferior que se esfuerza toda la vida por llegar a ello.

Volviendo a lo que decía Lipovetsky sobre el humor en la sociedad post moderna actual, es normal que el fútbol llame tanto la atención de la gente, desde ricos a pobres, y es que permite que esta jerarquía de ídolo-proyección desaparezca por completo, al igual que en los festejos dionisíacos el bufón encarnaba la figura del monarca, en los partidos de fútbol, el espectador encarna poder suficiente para criticar al ídolo. La doble cara de la moneda de la figura idolatrada es justamente esa, la de estar en un pedestal de admiración y genialidad por parte del público, pero a su vez, andar por el filo de las críticas más despiadadas y el ataque constante al mínimo fallo, el pasar de “esto solo puede hacerlo él” al “ya está acabado, hay que venderlo”. Un flujo constante de amor-odio dónde la demostración es lo primero, es lo que debe prevalecer sobre todos los actos. Un constante devenir entre Apolo y Dionisio, entre el ser y el querer ser…

Por @AxelCasas07

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