Gramáticas de la precariedad en el horizonte que viene

Palabras clave: precariedad, empresa-mundo, conflicto capital-trabajo, economía digital.

Son muchas las metáforas de las que se ha servido la ciencia social para caracterizar el funcionamiento de las sociedades capitalistas contemporáneas. Desde la “sociedad del riesgo” (Beck, 1998) hasta la “sociedad del cansancio” (Han, 2010) o la “modernidad líquida” (Bauman, 2002), por mencionar solo algunas de ellas, la mayoría de diagnósticos coinciden en afirmar la existencia de un evidente proceso de flexibilización de las relaciones laborales y progresivo desmantelamiento de las instituciones de protección social a escala planetaria. La agudización de los fenómenos de precarización económica alcanza forma en la actualidad en un marco de transformación radical del modelo productivo con proyección en las diferentes esferas de la vida individual y colectiva.

En el momento actual de crisis sistémica, exacerbada como consecuencia del surgimiento de una pandemia global, no son pocas las voces que, insufladas de bastante optimismo, auguran el fin del sistema capitalista tal y como lo hemos conocido hasta ahora a resultas de estas excepcionales circunstancias. Según este punto de vista, la incapacidad del sector privado para dar respuesta adecuada a la emergencia sanitaria y social cristalizará en un mayor protagonismo del Estado en el mercado. Tomando el pulso a estas sensaciones, y por supuesto sin pretender hacer de oráculo, es posible pertrecharnos de elementos de análisis para enjuiciar el horizonte que viene y que, muy probablemente, impactará de lleno en nuestra comprensión de lo que hasta ahora hemos venido denominando “cuestión social” o “conflicto capital-trabajo”.

Hay que ser claros. No nos enfrentamos a un “neoliberalismo” en tanto que nueva “etapa” del capitalismo. El neoliberalismo no es ni tiene vocación de constituirse en una nueva etapa diferenciada o superior del capitalismo, si por tal entendemos el juego de poder en el que el Estado tiende a favorecer, contrariamente al ideal liberal de competencia, a ciertas empresas o capitales privados, no ya desregulando, sino regulando a su favor. Lejos queda ya la célebre frase “el Estado es el problema” con la que Ronald Reagan –de la mano de Margaret Thatcher– venía a reflejar la hegemonía de una época marcada por la financiarización de la economía, en cuyo seno, dicho sea de paso, adquirió éxito ideológico la falaz relación entre desregulación estatal y expansión de las libertades individuales.

No es este el foco de tensión actual, al menos no el sentido en que puede apreciarse una metamorfosis de las relaciones laborales, que es precisamente a lo que hacemos referencia cuando hablamos de conflicto entre capital y trabajo. Más bien, los indicadores apuntan a un desplazamiento semántico que va desde la relación laboral “clásica”, con contornos claros, hacia una relación laboral difuminada, causante de los cambios que se constatan en conceptos como empleo, empresa, trabajo, jornada laboral, salario, seguridad o salud.

En efecto, frente a la “ciudadanía industrial” construida durante la época de posguerra, la cual garantizó ciertas seguridades en el ámbito social para la clase trabajadora, asistimos hoy a la emergencia de lo que algunos autores (Standing, 2013) han denominado “precariado”, noción expresiva de una clase social azotada por la inseguridad y desigualdad económica extremas; bajo el riesgo permanente de exclusión social, ni siquiera el trabajo conseguiría subvertir en este caso esa situación de precariedad. Son amplios, en ese sentido, los sectores de la población que se ven forzosamente arrojados a la temporalidad, el desempleo o el subempleo, situaciones de las que se derivan diversos desórdenes en el ámbito de la existencia, abanico que engloba tanto la seguridad y bienestar material como el equilibrio y ausencia de patologías a nivel psicológico.

El ejemplo que ilustra más perfectamente lo antedicho lo tenemos en la expansión y consolidación de la mal llamada “economía colaborativa”. Lo primero que hay que decir es que no puede considerarse “colaboración” lo que, en rigor, es ánimo de lucro perseguido a instancias del empleo de la fuerza de trabajo de otras personas, llámese esto como se quiera. La casuística de la economía digital o de plataformas, términos más cercanos a su descripción real, es compleja como para ser abordada con un mínimo de rigor aquí; no obstante, es posible decir algo al hilo de los famosos riders, los trabajadores quizá más representativos de estos nuevos esquemas de segmentación del trabajo y construcción contemporánea de la precariedad.

El trabajo del rider refleja como ningún otro lo que implica el vivir alejado de la certeza que ofrece la estabilidad de un empleo fijo. Así, sometidos a variados mecanismos de control –geolocalización– y puntuación –son calificados por los usuarios finales mediante un sistema de rating–, estos trabajadores precarios asienten en su explotación debido a la falta de alternativas con las que proveerse de aquellos recursos necesarios para su supervivencia. No se trata solo del salario, retribución que aquí se fija por unidad de obra/servicio y que depende del volumen de trabajo, insuficiente a todas luces para hacer frente a las necesidades más básicas; es, también, el modo en que queda subordinada la existencia del rider a la voluntad empresarial. Por ejemplo, a través del control, gestión y producción de su tiempo de vida. Y es que, aunque se establecen por parte de la plataforma unas franjas horarias para conectarse a la app, ello no obsta para vislumbrar cómo la jornada de trabajo queda derogada de facto. No hay, eventualmente, posibilidad real de desconexión. Así, la frontera entre empleado e individuo se difumina, en la medida en que los espacios y los tiempos –el empresarial y el de la vida– tienden a converger y confundirse entre sí.

En el plano jurídico, el debate acerca de los riders ha pivotado esencialmente en torno a la calificación jurídica de su relación. ¿Son trabajadores por cuenta ajena o autónomos? La práctica de las plataformas de economía digital ha consistido, fundamentalmente, en el recurso a contratos de tipo mercantil, arguyendo a tal efecto que los riders deben ser considerados como trabajadores autónomos. El objetivo es claro: reducir el catálogo de derechos sociales y, con ello, el coste empresarial asociado a los mismos. Sin entrar en los pormenores jurídicos, la formalización del contrato se ha venido realizando en la mayoría de las veces al amparo de la figura del trabajador autónomo económicamente dependiente; es esta una figura que contempla la Ley 20/2007, de 11 de julio, del Estatuto del trabajador autónomo y que resulta aplicable a aquellos autónomos cuyos ingresos dependen en más de un 75% de un solo pagador.

Al margen de la solución que han venido dando en los últimos los Tribunales y la Inspección de Trabajo a esta cuestión (que, en cualquier caso, consolida un criterio favorable a su consideración como trabajadores por cuenta ajena), lo que llama la atención es cómo el ámbito de la relación laboral se estrecha cada vez más. La seña de identidad del trabajo se circunscribe a la idea del empresario de sí; en otras palabras, nos hemos convertido en empresarios de nosotros mismos. Se trabaja más de lo que sociedad posfordista y su capital privado son capaces de emplear, de ahí que la relación entre empleo y riqueza esté menguando. La riqueza hoy se genera, sobre todo, fuera de la jornada de trabajo, espacio en principio ajeno al circuito productivo pero que, en última instancia, resulta vital para su supervivencia.

Paradójicamente, cada vez resulta más difícil encontrar un empleo (o más aun, un empleo capaz de sacarnos de la precariedad) y, sin embargo, al mismo tiempo la empresa está más presente que nunca en todas las dimensiones de la existencia. La vida parece así tomar la forma de una “empresa-mundo” (Jorge Moruno, 2015), sin un “afuera” al que poder agarrarse; la relación laboral, de este modo, deja de ser el centro de imputación del espacio de trabajo. Si la subjetividad es, como decía Foucault, el resultado de vincular al sujeto con una norma que lo produce, entonces la fábrica es hoy una institución que rompe las barreras del centro de trabajo, que nunca nos abandona y que, en cierto modo, crea performativamente aquello que somos. Podemos decir, entonces, que somos emprendedores en constante producción de sí mismos, ya que nuestra misión –si es que queremos dotarnos de recursos materiales para la
subsistencia– radica en formarnos y adaptarnos para encajar mejor con esa norma productora.

Los hechos evidencian lo que hemos afirmado hasta aquí. Basta con observar el incremento exponencial en el consumo de psicofármacos durante las últimas décadas en los países occidentales, con el consiguiente aumento de las llamadas “enfermedades del trabajo” que, en rigor, son enfermedades de nuestro modo de producción y de vida. Desde la deformación musculoesquelética de los cuerpos hasta los riesgos psicosociales, los trabajadores quemados simbolizan ese mercado-vida que es hoy el tótem del capital. Por otra parte, la implosión del discurso del coaching, la psicología positiva, el mindfulness y otras perogrulladas por el estilo vienen también para quedarse. Son la cara oculta de la precariedad del cuerpo. El individuo sano debe producirse a sí mismo, ocultar las heridas de su fragilidad y vulnerabilidad material, colocando la mirada en lo mental. Así, la superación ante la objetiva adversidad de unas condiciones hostiles para la vida constituye un mantra de nuestro tiempo. Tiene esto algo que ver con la esperanza, al estilo de «Los juegos del hambre», bestia capaz de alimentar la creencia de un ulterior mundo más justo que haría soportable la agonía de este.

En la empresa-mundo no solo hay exclusión, sino, sobre todo, inclusión; el individuo queda encerrado en una lógica que coloca la responsabilidad en la persona individual, fuera del sentido de lo colectivo. Si uno no encuentra trabajo es porque no está haciendo las cosas correctamente. Ese es el mensaje. Por ello, como señala Hochschild (2013), el capitalismo ha ido penetrando cada vez más en la economía del deseo. Hemos mercantilizado la vida íntima y abandonado los cuidados a la razón privada. En consecuencia, se da primacía a la idea de que los cuidados, la vida, son un servicio, no un derecho; así, subrepticiamente, se está desarticulando el concepto de ciudadanía, entendida como la noción que da soporte a la idea de “sujeto de derecho”.

¿Qué cabe esperar del horizonte que viene? Y más aún, ¿qué cabe hacer? Sería aventurado ofrecer una respuesta cerrada a estas preguntas. Lo que sí parece más o menos claro, a la luz de lo visto en los párrafos anteriores, es la necesidad de repensar los marcos de nuestro pensamiento y acción. Urge, por lo pronto, la necesidad de imprimir un cambio en los modelos y pautas de comportamiento. Si el poder no solo es prohibición, exclusión, sino, sobre todo, positividad, presencia absoluta, entonces resistir al mismo consiste en cambiar el modus vivendi imperante en nuestras sociedades. No basta con la lucha política en mayúsculas –siempre necesaria–, es urgente, además, afrontar la lucha política a nivel de la microfísica de los cuerpos. Tanto el individuo como el grupo deben articular un cuidado que vaya más allá del sujeto entendido como consumidor, plantando cara a la empresa-mundo fuera y dentro de la relación laboral stricto sensu. Trabajar para ahogar lo que siendo en apariencia invisible fundamenta su exorbitado poder; recomponer los vínculos desde la fragilidad que nos caracteriza; dar la lucha contra el teletrabajo, la reclusión y la conexión permanente con la empresa. En una palabra, resistir.


Por Daniel Peres Díaz

Referencias
BAUMAN, Z. 2002. Modernidad líquida. México: Fondo de Cultura Económica.

BECK, U. 1998. La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Barcelona: Paidós

HAN, B.C. 2010. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder.

HOCHSCHILD, A.R. 2013. La mercantilización de la vida íntima. Apuntes de la casa y el trabajo. Madrid: Katz.

MORUNO, J. 2015. La fábrica del emprendedor. Trabajo y política en la empresa- mundo. Madrid: Akal.

STANDING, G. 2013. El precariado. Una nueva clase social. Barcelona: Pasado y Presente.

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