Marx, K., Capítulo 24 de El Capital (1867)

Una revisión del capítulo 24 de El Capital «La llamada acumulación originaria» (1867, Marx), adaptado a la realidad neoliberal a la que nos enfrentamos.

La llamada acumulación originaria:

David Harvey suele ponerse como uno de los intérpretes de Marx más autorizados en la actualidad; es como un viejo rockero inglés, triunfando hasta sus último hálito en el continente americano, como si de (Mick) Jagger se tratara. A parte de escribir y editar libros, recientemente ha inaugurado una suerte de píldoras de podcast en las que trata de manera abordable algunos de los temas clave de la cosmovisión marxista. Partiremos de algunas de sus reflexiones para el análisis de este fragmento y lo condimentaremos con la realidad político-social más inmediata. El valor de este texto reside en dos partes fundamentales a mi modo de ver: la primera trataría la cuestión de la desmitificación de la fundación del capitalismo (algo no tan evidente) y la segunda encarna en sí un debate que parte de lo práctico a lo teórico: la definición de libertad.

Desmitificar

El principio del capítulo está muy relacionado con la vocación primera que tuvo esta web antes de llamarse Fáctico, cuando analizábamos la producción cinematográfica en clave emancipadora, pero, también en un sentido filosófico. Así, Marx empieza describiendo que papel tiene la fábula de la acumulación originaria en el imaginario popular. Un imaginario que legitima las desigualdades a través de una suerte de historia que bien recuerda al mito del emprendedor en la actualidad. Una anécdota del pasado -en palabras de Marx- que vendría a recordarnos que, si en la actualidad la desigualdad es tal, es porque ésta se basa en un pasado donde una clase de valientes risk-takers que salieron de su zona de confort se atrevieron a invertir, que se podría escuchar ahora. No obstante, la clave de este capítulo ataca a esa concepción y pone encima de la mesa cuestiones como los cercamientos de tierras, la desposesión o la criminalización del pobre como palanca para la acumulación y, por tanto, como caldo de cultivo de la sociedad capitalista.

Marx empieza describiendo que papel tiene la fábula de la acumulación originaria en el imaginario popular. Un imaginario que legitima las desigualdades a través de una suerte de historia que bien recuerda al mito del emprendedor en la actualidad. Una anécdota del pasado -en palabras de Marx- que vendría a recordarnos que, si en la actualidad la desigualdad es tal, es porque ésta se basa en un pasado donde una clase de valientes risk-takers que salieron de su zona de confort se atrevieron a invertir, que se podría escuchar ahora. No obstante, la clave de este capítulo ataca a esa concepción y pone encima de la mesa cuestiones como los cercamientos de tierras, la desposesión o la criminalización del pobre como palanca para la acumulación y, por tanto, como caldo de cultivo de la sociedad capitalista.

El capítulo también pone una marca, por ende, en el lugar y el momento donde nace el trabajo asalariado o como algunos marxistas han tenido a bien de llamar: semiesclavitud. Esto es, la desposesión de condiciones materiales efectivas para la libertad, como las tierras comunales, por ejemplo, u otras instituciones informales como la cesión de espacios de cultivo propio o la obligación de reservar un excedente de la producción para las viudas. En pocas palabras, este capítulo logra responder y da fecha del momento concreto e histórico en el cual nació el capitalismo y, por consiguiente, la fuerza de trabajo como mercancía.

No obstante, Harvey entiende que existen una serie de preguntas que también debemos tener en cuenta y tratar de responder una vez leídos estos párrafos. La fundamental, creo yo, es aquella que plantea si la violencia y la expropiación son de uso recurrente o fueron solo utilizadas en ese concreto momento histórico de transición. Rosa Luxemburgo, pero también Marx, vieron que era un recurso frecuente, pues la violencia se daba por un lado con lo relativo a la extracción de plusvalor pero también en la mercantilización y expropiación de formas de propiedad no capitalistas.

La principal reflexión e idea que debemos hacer nuestra es, por tanto, la persistencia violenta que existe en el seno de la forma que toma el capitalismo a la hora de desarrollarse. Este hecho tiene sus ecos en la realidad más cercana. Especialmente, tras la crisis, con el problema de la especulación en vivienda, los desahucios y, en su máxima expresión, su brazo armado -el movimiento DesOkupa- son un reflejo de esa voracidad descontrolada. En palabras del propio Harvey: «La crisis financiera es una crisis urbana». El movimiento pre-crisis era desarrollar vivienda y rellenarla de objetos y de personas, tras la crisis, la solución, en la mayoría de las ciudades, no pasa por activar la lógica consumista sino por exponer a las viviendas de alquiler o propiedad a un mercado desrregulado (normalmente gracias a plataformas de la gig economy) ante una vorágine de turistas de clases bienestantes o, en el caso de Barcelona, turistas de países en mejores circunstancias, no necesariamente de clases bienestantes, pero que salen ganando por la diferencia geopolítica en el seno de la Unión Europea entre Norte-Sur.

«Véase, pues, cómo después de ser violentamente expropiados y expulsados de sus tierras y convertidos en vagabundos, se encajaba a los antiguos campesinos, mediante leyes grotescamente terroristas a fuerza de palos, de marcas a fuego y de tormentos, en la disciplina que exigía el sistema del trabajo asalariado.«

Cap 24. pág 125. marxist.org

Las consecuencias no pueden ser, a su vez, más resonantes. Desde la pauperización de los expropiados, hasta la criminalización y gestión por vía del derecho penal de estos. Marx expone como se desarrollan las leyes de vagos y maleantes en el contexto de éxodo rural a las ciudades. Algo parecido sucede en la actualidad. Loïc Wacquant lo expone excepcionalmente en Las Cárceles de la Miseria. Recuerda a lo que ocurre en Barcelona, concretamente si pensamos las nuevas «patrullas ciudadanas» que se dedican a criminalizar a los parias de la expropiación de vivienda en Barcelona. Algo que el crimonólogo Adam Crawford ha denominado intolerancia selectiva, en contraposición a la «tolerancia cero» frente a la inseguridad de las que hacen gala estos grupos – incluído el Estado. La intolerancia selectiva hace referencia a la criminalización selectiva de ciertos grupos (pobres y racializados concretamente) asociados a tipos de crímenes concretos, sobre todo robos menores y tráfico marginal de drogas, lo que enjerga jurista se llama delitos contra el patrimonio o contra la salud pública. Mientras tanto, delitos mucho más serios como la especulación inmobilaria y la evasión fiscal son atendidos con respeto y mesura. En resumen, la gestión neoliberal de la marginalidad que provocan sus medidas politico-económicas significa meter en la cárcel a aquellos que no logra disciplinar a través de la precariedad. Un ejemplo paradigmático es el que trató Aldo Rubert, aquí, en el Fáctico, en relación a la penalización del acoso callejero en Francia.

«El capital viene al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, desde los pies hasta la cabeza

Construir sobre la base de una crítica: ¿Qué es libertad?

Pero, ¿qué podemos sacar en claro de este extracto en cuanto a praxis y deseos en la acción política de inspiración marxista? Lo que podemos sacar en claro es en primer lugar una crítica al concepto liberal-libertariano de libertad. Entendido, falsamente, como autopropiedad, como disposición absoluta para hacer lo que se desee. A nivel discursivo, esto se ha visto en las apariciones públicas de los CEOs de Glovo y Deliveroo estos últimos días fruto de la setencia del Juzgado de lo Social de Madrid en relación a la naturaleza de autónomo o asalariado de los riders; sus palabras, no sin cantidad de maquillaje y marketing, hacian un hincapie excesivo en la libertad de los riders en unirse a una plataforma, la libertad, una vez dentro, para rechazar o aceptar pedidos o la libertad de determinar los horarios o de abandonar el barco en caso de descontento.

Un análisis marxista requiere una aproximación ex-ante ambiciosa, pero también ex-post. Ex-ante por la necesidad de conocer los condicionantes y determinantes entre los cuales se consagra la relación laboral. En el caso de Glovo o Deliveroo, una coyuntura de precariedad y ausencia de oportunidades para la juventud. Ex-post para determinar cuales son los entornos en los que se lleva a cabo el proceso productivo.

Por tanto, si la situación previa es tal, ¿cómo es posible actuar libremente con todas las oportunidades abiertas, desde la necesidad y la escasez?

De ahí se puede derivar, por tanto, una noción de libertad basada en una serie de condiciones necesarias para su ejercicio. Libertad como ausencia de necesidad, de escasez, no como posibilidad, sin los pies en el suelo, sin implantación en realidad.

Quien no tiene medios propios de vida tiene que pedir permiso a otros para vivir, y por eso no es libre.

K. Marx

Crítica al Programa de Gotha (1875)

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